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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA

JAIME BALMES (1810-1848) - Índice general


 

Historia de la Filosofía  - Jaime Balmes                                                                         Capítulo LV - KANT

LV - KANT

Kant - Historia de la filosofía310. El nombre de Kant anda en boca de cuantos hablan de la filosofía moderna; y, sin embargo, es probablemente uno de los autores menos leídos, porque serán pocos los que tengan la necesaria paciencia, que en verdad no debe ser escasa, para engolfarse en aquellas obras difusas, oscuras, llenas de repeticiones, donde, si chispea a las veces un gran talento, se nota el prurito de envolver las doctrinas en un lenguaje misterioso, que nos recuerda los iniciados de Pitágoras y Platón. Kant ha ejercido mucha influencia en la filosofía de este siglo, y muy particularmente en Alemania, donde se reúnen las dos condiciones más a propósito para la lectura de sus obras: paciente laboriosidad y amor de lo nebuloso. Encerrado en su gabinete de Koenisberg, donde pasó su larga vida, terminada a los ochenta años, en 1804, cuidaba poco el filósofo de la realidad del mundo; encastillado en su yo, a la manera de Descartes, da a sus teorías una dirección muy diferente de la del filósofo francés; éste sale al instante del yo para elevarse a Dios y ponerse en comunicación con el mundo físico; pero Kant se establece allí definitivamente, como en una isla de que no es posible salir sin ahogarse en los abismos del Océano.

311. No niega Kant la existencia de Dios, ni del mundo físico, ni del orden moral; hasta admite estas cosas acomodándose al sentido común; lo que niega es que la razón pueda llegar a ellas. Su Crítica de la razón pura es la muerte de la razón. Sea como fuere, ya que es necesario tener idea de su sistema, procuraré presentarla tan clara como me sea posible, consultando la brevedad.

312. Partiendo Kant de un hecho de conciencia, o sea del yo, los primeros fenómenos que se le ofrecen son las sensaciones y las representaciones internas que de ellas resultan. A la explicación de esto dedica lo que él llama Estética trascendental.

313. Kant entiende por sensación «el efecto de un objeto sobre la facultad representativa, en cuanto nosotros somos afectados por él». Es necesario advertir que prescinde absolutamente de la naturaleza del objeto afectante y que sólo atiende al efecto que resulta en nosotros, a lo puramente subjetivo.

314. Por intuición entiende Kant una percepción cualquiera que se refiere a un objeto; de suerte que hay intuición cuando el conocimiento es considerado como un medio.

315. La intuición empírica es «la que se refiere a un objeto por medio de la sensación». Vemos un árbol: la representación interna, en cuanto es una afección del yo, es sensación; en cuanto se refiere a un objeto (real o aparente) es intuición empírica o experimental.

316. El fenómeno es «el objeto indeterminado de la intuición empírica». ¿Qué es eso que corresponde a la representación y a que llamamos árbol? Kant no lo sabe; pero eso, sea lo que fuere, en cuanto es el término o punto de referencia de la representación interna, lo llama fenómeno, porque es algo que aparece; Kant prescinde de lo que es.

317. La realidad de la cosa en sí misma es el noumeno noumena; hasta qué punto el fenómeno, lo que aparece, está acorde con el noumeno o la realidad; ésta es otra cuestión de que por ahora prescinde el filósofo.

318. Aun en el orden sensible no todo dimana de la experiencia; hay algo a priori: el espacio. Para que ciertas sensaciones sean referidas a objetos externos, esto es, a alguna cosa que ocupe un lugar diferente del nuestro, y hasta para que podamos representarnos las cosas como exteriores unas a otras, es decir, no sólo como diferentes, sino como situadas en lugares distintos, debemos tener anteriormente la representación del espacio. De donde se infiere que la representación del espacio no puede dimanar de la relación de los fenómenos ofrecidos por la experiencia; por el contrario, es indispensable presuponer esta representación para que la experiencia sea posible. La representación del espacio no es, pues, un producto de la experiencia, es una condición necesaria para el ejercicio de la sensibilidad, una forma a priori que hay en nosotros; un espacio de tabla rasa donde se pintan los fenómenos. En sí misma no contiene nada real, pero todo lo sensible se puede retratar en ella.

319. De esto se sigue que cuando trasladamos a lo exterior eso que llamamos extensión, aplicamos a los objetos una cosa que no les pertenece, un hecho puramente subjetivo: la forma, la condición de nuestra sensibilidad, y, por consiguiente, todo esto que llamamos mundo corpóreo se reduce a un conjunto de representaciones internas, a que damos sin fundamento una realidad externa. Así la teoría de Kant lleva derechamente al idealismo; no se alcanza cómo, admitido el principio, se podrá eludir la consecuencia.

320. En la primera edición de su Crítica de la razón pura no se asusta Kant en vista del idealismo; por el contrario, parece establecer sin rodeos la posibilidad de que todo sea pura ilusión, pues dice: «El concepto trascendental de los fenómenos en el espacio es una advertencia crítica de que en general nada de lo percibido en el espacio es una cosa en sí; que el espacio es además una forma de las cosas que tal vez les sería propia si fuesen consideradas en sí mismas; pero que los objetos en sí nos son completamente desconocidos, y que lo que llamamos objetos exteriores no es otra cosa que las representaciones puras de nuestra sensibilidad, cuya forma es el espacio y cuyo correlativo verdadero, es decir, la cosa en sí misma, es por esta razón totalmente desconocida, y lo será siempre, pero sobre la cual no se interroga jamás a la experiencia.» (Estética trascendental, sec. I.)

321. La intuición del espacio es la forma de la sensibilidad externa; pero hay además en los fenómenos, tanto externos como internos, lo que llamamos sucesión o tiempo; sin esto no nos percibiríamos a nosotros mismos. Así, pues, el tiempo es la forma y la condición de la sensibilidad interna o de los fenómenos en la conciencia. El tiempo es a priori, es decir, independiente de la experiencia; pues que hace la experiencia posible en la sucesión, como el espacio en la extensión; por lo mismo no está inherente a las cosas, es una condición puramente subjetiva de nuestra intuición interna. De esto se sigue que nosotros sabemos únicamente que percibimos las cosas en una sucesión, pero ignoramos si esta sucesión se halla en las cosas, pues que no siendo ella más que un hecho puramente subjetivo, una condición necesaria para nuestra experiencia, no podemos atribuirla a los objetos mismos sin faltar a las reglas de una sana lógica. Así discurre el filósofo alemán.

322. Por donde se ve que Kant no se limita a decir que el tiempo no es una cosa real distinta de las cosas, en lo cual convendrían la mayor parte de los metafísicos; afirma que ignoramos si hay en las cosas sucesión real, pues que la sucesión que nosotros percibimos es una condición puramente subjetiva, una mera forma de nuestra intuición. Así, después de haber hecho dudosa la realidad de la extensión, esparce la misma duda sobre la realidad de la sucesión, de suerte que todo cuanto se refiera al tiempo y al espacio no es más para nosotros que un conjunto de representaciones, y la ciencia que tiene por objeto el mundo no se debería llamar cosmología, sino fenomenología, pues que no se ocupará del mundo o cosmos, sino de los fenómenos.

323. En esta doctrina está el idealismo de Berkeley; se hizo a Kant esta observación, y él procuró sincerarse en un pasaje que se halla en la segundo edición de su Crítica de la razón pura, y que pongo a continuación, ya en prueba de mi imparcialidad, ya también para dar una muestra del estilo de este filósofo: «Cuando digo: en el espacio y en el tiempo la intuición de los objetos exteriores y la del espíritu representan estas dos cosas tales como ellas afectan nuestros sentidos, no quiero decir que los objetos sean una pura apariencia, porque en el fenómeno los objetos, y hasta las propiedades que nosotros les atribuímos, son siempre considerados como alguna cosa dada realmente; sino que como esta calidad de ser dada depende únicamente de la manera de percibir del sujeto en su relación con el objeto dado, este objeto, como fenómeno, es diferente de sí mismo como objeto en sí. Yo no digo que los cuerpos parezcan simplemente ser exteriores, o que mi alma parezca simplemente haber sido dada en mi conciencia: cuando yo afirmo que la calidad del espacio y del tiempo (conforme a la cual yo pongo el cuerpo y el alma como siendo la condición de su existencia) existe únicamente en mi modo de intuición y no en los objetos en sí mismos, caería en error si convirtiese en pura apariencia lo que debo tomar por un fenómeno; pero esto no tiene lugar si se admite mi principio de la idealidad de todas nuestras intuiciones sensibles. Por el contrario, si se atribuye una realidad objetiva a todas esas formas de las representaciones sensibles, no se puede evitar el que todo se convierta en pura apariencia; porque si se consideran el espacio y el tiempo corno calidades que deban hallarse en cuanto a su posibilidad en las cosas en sí, y se reflexiona sobre los absurdos en que entonces se cae, porque dos cosas infinitas que no pueden ser sustancias, ni nada inherente a las sustancias, y que son, no obstante, alguna cosa existente y hasta la condición necesaria de la existencia de todas las cosas, subsisten todavía aun cuando todo lo demás quede anonadado, en tal caso no se puede reprender al excelente Berkeley de haber reducido los cuerpos a una mera apariencia.» (Estética trascendental.)

324. Por este pasaje se echa de ver que Kant distingue entre la pura apariencia y el fenómeno; por ejemplo: eso que nos aparece como un árbol, no dice Kant que sea una cosa del todo ilusoria; sólo sostiene que lo aparente no tiene nada de común con la realidad; no destruye, pues, la realidad misma o la cosa en sí; sólo afirma que esta cosa no es tal como aparece. Admite que con respecto a nosotros el mundo es una apariencia, pero no que en sí sea una pura apariencia. Dudo mucho que Berkeley quisiese significar más; el filósofo irlandés no negaría la realidad de los seres que nos afectan, no negaría que los fenómenos de la sensibilidad dimanasen de objetos reales; sólo quería significar que estas cosas no eran, como nosotros creíamos, objetos realmente extensos, lo cual le bastaba para su teoría idealista. Todo esto se lo concede Kant, pues que la extensión o la forma del espacio la reduce a un hecho puramente subjetivo, al que no corresponde en la realidad nada extenso, sino una cosa en si que ignoramos lo que es; por consiguiente, admite la posibilidad del idealismo, y como añade que el trasladar la forma del espacio al exterior conduce a absurdos, no sólo admite la posibilidad del idealismo, sino la necesidad; y como por fin aplica al tiempo lo mismo que al espacio, resulta que el idealismo es quizás más refinado que el de Berkeley, pues que destruye la existencia y la posibilidad no sólo de la extensión, sino también de la sucesión.. (V. Filosof. fund., lib. XIV, caps. XII y XVII.)

326. A más de la facultad de sentir, admite la de concebir, o el entendimiento; la primera nos ofrece los objetos en intuiciones; la segunda los concibe; aquélla es una receptividad o potencia pasiva, ésta una espontaneidad; sin la sensibilidad, ningún objeto nos sería dado; sin el entendimiento, ningún objeto sería concebido; pensamientos sin materia y sin objetos, son vanos; intuiciones sin conceptos, son ciegas. El entendimiento no tiene otra materia de sus conceptos que la ofrecida por las intuiciones sensibles; su modo de conocer es puramente discursivo, no intuitivo; es decir, que en sí no tiene un objeto dado; sólo puede discurrir sobre los que se le dan en la representación sensible. Así para el conocimiento se necesita la facultad de pensar y la de sentir; no se las puede separar sin destruir el conocimiento.

326. La ideología de Kant se reduce, pues, a los puntos siguientes: Iº El origen de todos nuestros conocimientos está en los sentidos. El espacio es la forma, la condición de las intuiciones sensibles externas. El tiempo es la forma de la intuición interna. 2º A más de la facultad sensitiva hay la conceptiva o el entendimiento. 3º Las intuiciones sensibles por sí solas no engendran conocimiento, son ciegas. 4º Las intuiciones sensibles son materia de conocimiento en cuanto se someten a conceptos o a la actividad intelectual. 5º El conocimiento humano no es intuitivo, sino discursivo. Este sistema tiene mucha analogía con el de los escolásticos; sólo que Kant le da interpretaciones que conducen a resultados funestos. Filosof. fund., lib. IV, cap. VIII.)

327. Estos conceptos, considerados entre sí, son meras formas lógicas en la opinión de Kant; nada encierran; es necesario que se las aplique a un objeto para que tengan valor y sentido; esta aplicación sólo pueden tenerla en las intuiciones sensibles; fuera de ahí, el uso que de los conceptos se haga es ilegítimo, es vano, no tiene ningún valor. Son un juego del entendimiento los conceptos, son formas vacías que es preciso llenar con fenómenos sensibles; lo que se llama categorías, si se las toma como conceptos de las cosas en general, se reducen a simples funciones lógicas; pueden ser miradas corno condiciones de posibilidad de las cosas mismas, «pero sin poderse mostrar en qué caso su aplicación y su objeto, y por consiguiente ellas mismas, pueden tener en el entendimiento puro, y sin la intervención de la sensibilidad, un sentido y un valor objetivo». (Lógica trascendental, lib. II, capítulo III.) Mas entonces se nos condena a no saber nada fuera del orden sensible, a no poder elevarnos científicamente al conocimiento de las cosas en sí mismas, pues que ni aun respecto a las sensibles podemos hacer uso de los conceptos sino en cuanto a la parte fenomenal o a la forma bajo que se presentan a la sensibilidad; entonces se hace imposible el conocimiento de Dios, del alma y de todo lo que no sea fenómeno sensible... Kant no retrocede ante esas terribles consecuencias, y dice sin rodeos: «Estos principios (los del entendimiento) son simples principios de la exposición de los fenómenos, y el fastuoso nombre de una ontología que pretende dar un conocimiento sintético a priori de las cosas en una doctrina sistemática, por ejemplo, el principio de causalidad, debe reemplazarse por la denominación modesta de simple analítica del entendimiento puro

328. Los incautos que hablan muy seriamente del espiritualismo de Kant y de sus triunfos sobre el sensualismo, mirándole como uno de los restauradores de las buenas doctrinas, todo, por supuesto, sin haber abierto una obra del filósofo alemán, y sólo por haberlo visto citado con elogio; esos incautos deben penetrarse de la exposición que precede. Por ella sabrán que Kant no admite más conocimiento posible en el hombre que simples funciones lógicas sobre los fenómenos sensibles; que Kant no admite ninguna de las demostraciones con que los más eminentes metafísicos han probado la espiritualidad del alma; que ni siquiera admite que pueda probarse que el alma es sustancia; que tampoco admite ninguno de los argumentos con que se ha probado la existencia de Dios, y que, por fin, el autor de la Crítica de la razón pura, coloca al espíritu en un puesto del todo aislado, donde sólo se le ofrecen fenómenos sensibles sobre los cuales puede pensar, pero de los que le es imposible salir, y cuando intenta extenderse por otras regiones con el auxilio de la ciencia, al querer descubrir lo que habrá con respecto a Dios, a otros seres y aun a sí propio, se halla reducido a un desconsolador ¡quién sabe!... En vano se esfuerza por salvar esa barrera; la Crítica de la razón pura le encierra allí con un rigor inexorable. (V. Filosof. fund., libs. IV, IX y X.—Metaf.)
     Las funestas teorías de Kant no podían menos de producir efectos desastrosos; desde entonces data el extravío filosófico de Alemania: por una parte el escepticismo más disolvente, por otra el dogmatismo más extravagante, expuesto en monstruosos sistemas.

329. Kant reduce toda nuestra ciencia a los fenómenos sensibles, y como a éstos no les otorga ni siquiera la realidad de la extensión y de la sucesión, pues que hace del espacio y del tiempo meras formas subjetivas, resulta que toda la ciencia es subjetiva, sin más objetividad que la puramente fenomenal o de apariencia. Así todo está en el yo; el entendimiento es la facultad de las reglas: «No es simplemente una facultad de hacerse reglas comparando fenómenos; es hasta la legislación para la Naturaleza, es decir, que sin el entendimiento no habría naturaleza o unidad sintética de la diversidad de los fenómenos según ciertas reglas...
    »Todos los fenómenos como experiencia posible están a priori en el entendimiento y de él sacan su posibilidad formal; de igual modo que están a título de puras intuiciones en la sensibilidad, y no son posibles sino por ella con relación a la forma.» (Lógica trascendental.) Sean cuales fueren las explicaciones con que haya pretendido Kant suavizar las consecuencias de sus principios, es cierto que el germen del error estaba en ellos y el desarrollo de ese germen no podía impedirle el filósofo de Koenisberg. En el estudio de sus obras se formaron los metafísicos alemanes; la filosofía del yo estaba en la Critica de la razón pura. Desde Kant a Fichte no hay más que un paso.
 

Historia de la Filosofía  - Jaime Balmes                                                                         Capítulo LV - KANT

Capítulo LIV - Condillac                                                                                              Capítulo LVI - Fichte

 

 

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