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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA

JAIME BALMES (1810-1848) - Índice general


 

Historia de la Filosofía  - Jaime Balmes                                                            Capítulo VIII - PITAGÓRICOS

VIII - PITAGÓRICOS

Pitágoras - Historia de la filosofía31. El siglo VI antes de la era vulgar fue de verdadero progreso para la filosofía; en él hemos visto nacer la escuela jónica, y en el mismo se nos ofrece el origen de la itálica, de las cuales dimanaron en lo sucesivo todas las griegas.
    Pitágoras, fundador de la itálica, es uno de los personajes más notables que nos presenta la antigüedad. Nació en la isla de Samos por los años de 560 antes de la era cristiana. Oyó sucesivamente a Ferécides, Thales y Anaximandro; recorrió la Fenicia y el Egipto, en cuyos países aprendió la geometría y astronomía, iniciándose al propio tiempo en los misterios religiosos por la comunicación de los sacerdotes. Pasó después a Caldea y Persia, donde se perfeccionó en la aritmética y la música, y después de haber visitado Delfos, Creta, Esparta y otros países de la Grecia, se fijó en Crotona de Italia, en el país llamado la Gran Grecia, donde abrió su enseñanza.

32. Entre los discípulos de Pitágoras había dos clases: unos iniciados, otros públicos. Los iniciados formaban una especie de comunidad religiosa, pues llevaban vida común. Se los sujetaba a muchas pruebas; sólo así se los introducía a la presencia del maestro para recibir la doctrina misteriosa. Fácilmente se concibe el efecto que debía producir en la imaginación de los discípulos semejante sistema; así no es extraño que mirasen a Pitágoras como una especie de divinidad y que le escuchasen como infalible oráculo; es bien conocida la fórmula de los pitagóricos «el maestro lo ha dicho»; ya no se necesitaba más prueba.
    Los discípulos públicos recibían una enseñanza común; éstos eran en mayor número y no se instruían en los misterios de la escuela.

33. En las doctrinas de Pitágoras se halla el doble sello de las escuelas en que se había formado: la elevación, el espíritu místico y simbólico de los orientales, y el carácter, a un mismo tiempo bello y positivo, que distingue a los griegos. Las matemáticas, la física, la astronomía, la música, el canto, la poesía, al lado de la armonía de las esferas celestes y de la transmigración de las almas.

34. El filósofo de Samos admitía una grande unidad, de la cual dimana el mundo, y a éste le consideraba como un conjunto de otras unidades subalternas. Daba al número mucha importancia, y afirmaba que nuestra alma era un número. No es fácil determinar con precisión lo que entendía aquí por esta palabra; mas parece harto verosímil que sólo la aplicaba como un símbolo, que prefería tomar de las ciencias matemáticas, en las cuales estaba muy versado. Esta conjetura se fortalece considerando que los pitagóricos lo expresaban casi todo por números, ya por su afición a las matemáticas, ya también para encubrir a los profanos los misterios de la ciencia. Con el mismo objeto tenían dos doctrinas, o al menos dos maneras de expresarse: una para el público y otra para los iniciados; así lograban evitar las persecuciones que les hubiera quizá acarreado el contrariar en algunos puntos las creencias populares, que en aquellos tiempos y países debían de ser harto extravagantes para que las profesaran hombres de tan clara razón.

35. En el modo con que explicaban la formación del mundo se echa de ver el carácter simbólico de sus expresiones. Decían que la gran Mónada o unidad había producido el número binario, después se formó el ternario y así sucesivamente, continuando por una serie de unidades y números hasta llegar al conjunto de unidades que constituye el universo. Representaban la primera unidad por el punto, el número binario por la línea, el ternario por la superficie y el cuaternario por el sólido. Despojado este sistema de sus formas geométricas, contiene un fondo semejante al que hemos visto en la Jonia, la Persia, la China y la India.

36. La metempsicosis, o sea la transmigración de las almas de unos cuerpos a otros, la hemos encontrado también en Oriente, y es probable que allí la habría aprendido Pitágoras en sus viajes.

37. Esta escuela reconocía en el alma dos partes: inferior y superior, o sea pasiones y razón; aquéllas deben ser dirigidas y gobernadas por ésta, en cuya armonía consiste la virtud.

38. Se atribuye a los pitagóricos el haber considerado el universo como un gran todo armónico, cosmos; y la música de las esferas debió de significar el orden admirable que reina en los movimientos de los cuerpos celestes.

39. A pesar de la escasez de medios de observación, los pitagóricos hicieron notables adelantos en la astronomía; para dar una idea de la osada novedad de sus opiniones bastará decir que se atribuye a Pitágoras el haber enseñado el doble movimiento de la tierra, doctrina a que dió publicidad y extensión su discípulo Filolao.

40. La escuela pitagórica ejerció grande influencia en Italia, y Cicerón, al paso que nota el anacronismo de los que hacían pitagórico al rey Numa, anterior a Pitágoras cerca de dos siglos, no vacila en reconocer que debieron mucho a esta escuela los romanos de los primeros tiempos de la república. Esta conjetura se confirma por el mismo error, bastante común en Roma, de que Numa era pitagórico.

41. Los discípulos de Pitágoras no se ocupaban sólo de astronomía y matemáticas; se aplicaban también al estudio de la organización social y política. Quizá esto contribuiría un poco a que tuviesen que verter sus doctrinas en estilo misterioso; aquellos tiempos no eran de mucha tolerancia. Hasta parece que Pitágoras hizo sus tentativas de organización social en la Gran Grecia, y el reunir a sus discípulos en comunidad, y el prescribirles el ayuno, la oración, el trabajo, la contemplación, indica que el filósofo intentaba algo más que la formación de una escuela. Mientras la filosofía se ciñe a la mera enseñanza suele estar exenta de peligros; pero cuando se propone reformar el mundo, ya corre los azares de las empresas políticas. Así creen algunos que Pitágoras no murió de muerte natural y que fue asesinado porque se le suponían designios ambiciosos.

42. A Pitágoras se debe el modesto nombre de filósofo aplicado a los que se dedican a esta ciencia. Los griegos llamaban a la sabiduría sofia, y a sus sabios sofios; parecióle demasiado orgulloso este nombre, y tomó simplemente el de filo-sofo, que significa amante de la sabiduría; en vez de atribuirse la realidad de la sabiduría, se contentó con expresar el deseo, el amor con que la buscaba. He aquí cómo refiere Cicerón el curioso origen de este nombre: «Heráclides de Ponto, varón muy docto y discípulo de Platón, escribe que habiendo ido Pitágoras a Philiasia habló larga y sabiamente con el rey León, y que éste, admirado de tanto saber y elocuencia, le preguntó cuál era el arte que profesaba. Ningún arte conozco, respondió Pitágoras; soy filósofo. Extrañando el rey la novedad del nombre, preguntó qué eran los filósofos, y en qué se diferenciaban de los demás hombres, a lo cual respondió Pitágoras: «La vida humana me parece una de las asambleas que se juntan con grande aparato en los juegos públicos de la Grecia. Allí unos acuden para ganar el premio con su robustez y destreza, otros para hacer su negocio comprando y vendiendo; otros, que son, por cierto, los más nobles, no buscan ni corona ni ganancia, y sólo asisten para ver y observar lo que se hace y de qué manera; así nosotros miramos a los hombres como venidos de otra vida y naturaleza a reunirse en la asamblea de este mundo: unos andan en pos de la gloria, otros del dinero, y son pocos los que sólo se dedican al estudio de la naturaleza do las cosas despreciando lo demás. A estos pocos los llamamos filósofos, y así como en la asamblea de los juegos públicos representa un papel más noble el que nada adquiere y sólo observa, creemos también que se aventaja mucho a las demás ocupaciones la contemplación y el conocimiento de las cosas» (Tuse., lib. V).
 

Historia de la Filosofía  - Jaime Balmes                                                            Capítulo VIII - PITAGÓRICOS

Capítulo VII - Escuela jónica                                                                                  Capítulo IX - Xenófanes

 

 

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