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COMPENDIO DE LAS VIDAS DE LOS FILÓSOFOS ANTIGUOS

François Fénelon - Índice general

 

 


 

ANAXÁGORAS

Nació en la Olimpiada 70;
murió en la 88, de edad de 72 años.
 

Anaxágoras, hijo de Egesibulo, tuvo conocimientos físicos más vastos y más correctos que los filósofos que le habían precedido. Era de Clazómenes, ciudad de Jonia, y de una familia muy ilustre, tanto por su origen como por las grandes haciendas que poseía. Floreció hacia la Olimpiada 76. Fue discípulo de Anaxímenes, que lo había sido de Anaximandro, y éste de Tales, a quien los griegos miraban como el primero de todos los sabios.

 Anaxágoras se aficionó de tal modo a la filosofía, que renunció a los negocios públicos y privados para darse enteramente al estudio. Abandonó sus bienes, para no distraerse de esta ocupación. Sus padres le reconvinieron muchas veces, pero en vano. Se retiró de su patria y no se empleó sino en la investigación de la verdad. Hubo quien le echó en cara el poco caso que hacia de su patria. «Al contrario, respondió señalando al cielo, la estimo en mucho.» Se estableció en Atenas, y transfirió allí la escuela jónica, que siempre había estado establecida en Mileto, donde la fundó Tales. A la edad de veinte años empezó a enseñar la filosofía en Atenas, y continuó este ejercicio durante treinta años.

Un día presentaron a Pericles un carnero que tenía un cuerno en medio de la frente. El adivino Lampón explicó este fenómeno diciendo que significaba la pronta reunión de las facciones que dividían al pueblo de Atenas. Anaxágoras lo explicó de otro modo, diciendo que el cerebro del animal no llenaba completamente el cráneo, el cual era elevado, con una punta en la que empezaban las raíces del cuerno. Hízose la disección y resultó que Anaxágoras tenía razón. Esto le hizo mucho honor, pero también le resultó a Lampón de su vaticinio, pues algún tiempo después de este suceso, cayó la facción de Tucídides, y no hubo más partido en Atenas que el de Pericles.

Es opinión común que Anaxágoras fue el primero que dio a luz un curso completo de filosofía. Admitió por primeros principios lo infinito, y un espíritu o inteligencia que gobierna la materia y que compone la universalidad de los seres. Por esto, los otros filósofos le llamaban el Espíritu. No creía que esta inteligencia había creado la materia, sino que la había dispuesto. Su opinión era que al principio del mundo todas las cosas existentes estaban mezcladas y confundidas, y que esta confusión duró hasta que la inteligencia las separó y las dispuso en el orden que vemos. Ovidio ha explicado muy bien esta opinión al principio de sus Metamorfosis. Anaxágoras no reconocía otra divinidad que esta inteligencia, y tan desengañado estaba acerca de la existencia de las divinidades paganas, que Luciano dice que Júpiter le aniquiló con un rayo, en castigo del desprecio que hacía de él y de los otros dioses.Anaxágoras - Lebiedzki - Philosophers of Athens (detalle) - Athens - National and  Kapodistrian University of Athens

Decía que no había vacío en la naturaleza; que todo estaba lleno, y que cada cuerpo, por pequeño que fuese, podía ser dividido hasta lo infinito, de modo que si hubiera instrumentos capaces de dividir el pie del insecto más pequeño, se podrían cubrir con sus partes cien mil millones de cielos, sin agotar la divisibilidad de las partes que quedasen enteras. Creía que cada cuerpo se componía de partículas homogéneas y daba el nombre de Homeomería a esta semejanza de partes. Para probar la falsedad de su sistema y la necesidad de la existencia de partes heterogéneas, le decían sus contrarios que los huesos y los nervios crecían sin que el animal comiese huesos ni nervios; que la sangre aumentaba sin que el animal bebiese sangre, a lo cual respondía que a la verdad no había en la naturaleza cuerpos enteramente homogéneos, que en la hierba había huesos, sangre y nervio, puesto que los animales viven de hierba, pero que cada cuerpo tomaba su nombre de la materia que dominaba en su composición; que para que un cuerpo fuese llamado madera o hierba, bastaba que fuese compuesto de mayor número de partículas de una de estas sustancias que de otra alguna, y que estas partículas formasen por su aglomeración la superficie del cuerpo.

Creía que el sol era un pedazo de hierro encendido, mayor que todo el Peloponeso; que la luna era un cuerpo opaco y habitable, con montañas y valles, como la tierra; que los cometas eran unos agregados de muchas estrellas errantes, que se habían reunido por casualidad y que al fin se separaban; que la causa de los vientos era la rarefacción del aire por la acción del sol; que el choque de las nubes producía el trueno, y su frotación los relámpagos; que el terremoto provenía del aire encerrado en las cavernas subterráneas y las inundaciones del Nilo de las nieves derretidas de Etiopia. El movimiento de los astros, según este filósofo, era efecto del viento, o del aire, el cual los rechazaba como un resorte, cuando llegaban a ciertos puntos. Opinaba que la tierra no era redonda, y que ocupaba la parte más baja del Universo, por ser el elemento más pesado; que las aguas de su superficie, enrarecidas por el calor, subían en forma de vapor, y volvían a su primitivo estado, en forma de lluvia. La Vía Láctea, que según algunos filósofos era el camino de las divinidades de segundo orden para ir al consejo de Júpiter, y, según otros, el sitio en que residían las almas de los héroes, era, en el sentir de Anaxágoras, la reflexión de la luz solar. La producción de los primeros animales, era, según él, efecto del calor y de la humedad, y después la generación ha conservado las especies. Cayó una piedra de la atmósfera, de lo que Anaxágoras infirió que el cielo era de piedras, que se conservaban unidas en virtud de la rapidez de su movimiento, y que si esta rapidez llegase a disminuir, toda la máquina del mundo se destruiría en un instante.

Anaxágoras creía que lo que hoy es tierra firme llegaría a ser mar, y lo que es mar, tierra firme.

El soberano bien era, en su opinión, la contemplación de la Naturaleza, y cuando le preguntaban a qué había venido al mundo, respondía que a contemplar el sol, la luna, las estrellas, y las demás maravillas. Oyó a un hombre lamentarse de que moría en un país extranjero. «¿Que importa? dijo el filósofo; en todas partes hay caminos para ir al infierno». Cuando le dijeron que su hijo se había muerto, el mismo fue a enterrarle, y dijo: «Bien sabia yo que no había engendrado un inmortal.» La buena opinión de que gozaba Anaxágoras en Atenas duró poco. Los atenienses le acusaron a los magistrados, según unos, por traidor, según otros, por haber dicho que el sol no era un dios, sino una masa de hierro ardiendo. Cuando le intimaron la sentencia de muerte respondió con la mayor serenidad: «Hace mucho tiempo que la Naturaleza ha pronunciado la misma sentencia contra mis jueces.» Pericles, que había sido su discípulo, le defendió con tanta energía que los jueces suavizaron la sentencia. Le desterraron y multaron en cinco talentos. Anaxágoras sobrellevó esta desgracia con mucha firmeza. Empleó el tiempo de su destierro en viajar por Egipto y otros pueblos, con el fin de conversar con los sabios y estudiar las costumbres de las naciones extranjeras. Después de haber satisfecho su curiosidad, volvió a Clazómenes, su patria. Vio que sus tierras estaban incultas y abandonadas, y dijo: «Si estas tierras no estuvieran perdidas, lo estaría yo.» Con lo que dio a entender que si se hubiera dedicado a cuidar de sus bienes, no hubiera podido dedicarse al estudio de la Filosofía.

Anaxágoras se había esmerado en instruir a Pericles y le había ayudado en el manejo de los negocios. Pericles no se manifestó tan agradecido como debía. Anaxágoras viéndose cargado de años pobre y abandonado, se cubrió con su manto y resolvió dejarse morir de hambre. Súpolo Pericles y se afligió en extremo. Fue a verle y le rogó que mudase de decisión. Deploró la desgracia del Estado que iba a perder un hombre de tanto mérito, y la saya propia por perder un consejero tan útil. Anaxágoras, próximo a espirar, le dijo: «Pericles, los que tienen necesidad de luz, cuidan de echar aceite a la lámpara.» Antes de morir pidió que el aniversario del día de su fallecimiento se diese asueto a los muchachos de las escuelas, costumbre que se conservó largo tiempo. Murió de edad de 72 años.

 

 

 

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