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COMPENDIO DE LAS VIDAS DE LOS FILÓSOFOS ANTIGUOS

François Fénelon - Índice general

 

 


 

ANTÍSTENES

Contemporáneo de Platón.
 

Después de la muerte de Sócrates, sus discípulos se dividieron en tres sectas: Cínica, Académica y Cirenaica. Antístenes fue el jefe de los Cínicos, denominación cuyo origen es dudoso, pues los unos la atribuyen a la vida que hacían aquellos filósofos, parecida a la de los perros, en su poco aseo y falta de pudor, los otros a la puerta de Atenas, llamada Cinosargas, que era su punto de reunión.

Antístenes era hijo de un ateniense del mismo nombre y de una esclava. Cuando le echaban en cara que su madre era Frigia, contestaba: «¿Que importa? Cibeles, madre de los dioses, era del mismo país.» Su primer maestro fue el orador Gorgias. Después puso una escuela privada, y como era muy elocuente, acudía mucha gente a oírle. Fue a ver a Sócrates, movido de la curiosidad que le habla causado su gran reputación, y volvió tan satisfecho, que repitió la visita en compañía de todos sus discípulos, y con ellos se alistó en la escuela de Sócrates, y cerró la suya. Vivía en el puerto del Pireo, y andaba cada día más de cuarenta estadios, por el gusto de oír a Sócrates. Antístenes era muy austero en sus costumbres y en su modo de vivir. Rogaba a los dioses que le diesen la locura más bien que el apego a los placeres. Trataba con severidad a sus discípulos. Cuando le preguntaban que causa tenía para ello, respondía: «así hacen los médicos con los enfermos.» Él fue el primero que usó los distintivos de la secta cínica, que se reducían a un gran manto, a una mochila y a un bastón. Esto era todo lo que poseían, y con estos bienes, decían que eran más felices que Júpiter.

Se dejaba crecer la barba y no cuidaba de su persona. Solo se empleaba en estudiar la moral, y decía que las otras ciencias eran inútiles. El soberano bien a que aspiraba era la virtud y el desprecio del fasto.

Todos los cínicos vivían con mucha austeridad. No comían más que frutos y legumbres. Sólo bebían agua, y dormían en el suelo. Decían que la mayor excelencia de los dioses era no necesitar de nada, y que los hombres que más se acercaban a la Divinidad, eran los que menos necesidades tenían. Despreciaban la riqueza, la nobleza, y todas las ventajas que proceden de la Naturaleza y de la fortuna. De nada se avergonzaban, ni aun de las cosas más infames. No conocían la decencia, ni tenían consideración con nadie. Antístenes tenía mucha sutileza de ingenio, y un trato tan agradable, que persuadía a los que le escuchaban. En la batalla de Tanagra, dio pruebas de gran valor, lo que, sabido por Sócrates, le causó mucha alegría.

Sócrates le vio en cierta ocasión haciendo ostentación de un manto roto. «¡Oh Antístenes le dijo el filósofo, los agujeros de tu manto descubren tu orgullo. » Cuando Antístenes oía que los atenienses se jactaban de ser indígenas del país que habitaban, se burlaba de ellos diciéndoles: «Lo mismo les sucede a las tortugas y a los caracoles.» Decía que la ciencia más necesaria era desaprender el mal. Un hombre le presentó a un hijo suyo, para que fuera su discípulo, y le preguntó qué necesitaba para entrar en su escuela. El filósofo le dijo que era necesario llevase un libro nuevo, una pluma nueva y unas tablas nuevas, dando a entender, que el alma de su hijo debía ser como una cera nueva, dispuesta a recibir nuevas impresiones. Preguntáronle qué era lo que el hombre debía desear, y respondió: «Morir dichoso.» Se irritaba contra los envidiosos a quienes roía la ojeriza contra los buenos. Creía que era mejor ser cuervo que envidioso porque los cuervos viven de carne muerta y el envidioso ataca a los vivos. Dijéronle que la guerra destruía a muchos desgraciados. «Más son los que hace, respondió, que los que destruye.» Cuando le pedían que diese alguna idea de la Divinidad, respondía que no se parecía a nada de cuanto existía, y por consiguiente que era una locura querer representarla con imágenes sensibles. Decía que debemos respetar a nuestros enemigos, porque ellos son los primeros que conocen nuestras faltas y las publican, y por esto nos eran más útiles que nuestros amigos, dándonos ocasión de corregirnos.

He aquí algunos de sus Apotegmas. Antístenes - Reproducción en el museo Pushkin

 «Más debemos apreciar a un amigo que a un pariente, porque los lazos de la virtud son más fuertes que los de la sangre. Mejor es ser del pequeño número de sabios, que del gran número de necios. Cuando los malos nos elogian, es señal de que hemos obrado mal. El sabio no observa otras leyes que las de la virtud. A los ojos del sabio nada es nuevo ni extraño, porque todo lo ha previsto, y a todo está dispuesto. La nobleza y la sabiduría son una misma cosa, y así no hay otro noble que el sabio. El medio más seguro de llegar a la inmortalidad es vivir según los preceptos de la virtud. Deseemos a nuestros enemigos todos los bienes que pueden desear, excepto la sabiduría. El deleite es bueno para los hijos de nuestros enemigos. El que tiene una mujer hermosa y la deja salir adornada, debe tener buenas armas y un buen caballo para defenderla. Si no, que no le permita salir a la calle. El labrador no pone al arado asnos y caballos indistintamente, porque sabe que los asnos no sirven para labrar la tierra. Pero los atenienses cuando eligen un magistrado, no miran si sirve para gobernar. El filósofo puede hablar con hombres de mala vida, como el médico trata con los enfermos, sin enfermar. El provecho que he sacado de la filosofía es poder conversar conmigo mismo, y hacer de buena voluntad lo que otros hacen por fuerza.»

Antístenes vivió siempre muy reconocido a Sócrates, por las lecciones que le había dado. Él fue quien vengó la muerte de aquel gran hombre, porque habiendo acudido muchos extranjeros a Atenas con deseo de oírle, sin saber su muerte, Antístenes los llevó a casa de Anito, y les dijo: «Ved aquí un hombre más sabio que Sócrates, puesto que él es quien le ha acusado.» Anito fue arrojado de la ciudad, y Melito, otro acusador de Sócrates, murió a manos de aquellos extranjeros.

Antístenes cayó malo de una tisis, y parece que el deseo de vivir le hizo preferir una vida penosa a una muerte pronta. Diógenes entró un día a verle, y Antístenes exclamó: «¿Quien me librará de los males que padezco?» Diógenes sacó entonces un puñal que llevaba oculto debajo del manto. Antístenes le respondió que deseaba librarse de los dolores, más no de la vida.

 

 

 

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