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COMPENDIO DE LAS VIDAS DE LOS FILÓSOFOS ANTIGUOS

François Fénelon - Índice general

 

 


 

BÍAS

Contemporáneo de Pitaco; floreció en tiempo que Haliates y después Creso reinaban en Lidia.
 

Bías de Priene, pequeña ciudad de Caria, gozó de gran reputación en Grecia, en tiempo de Haliates y de Creso, rey de Lidia, desde la olimpiada cuarenta hasta su muerte. Era un excelente ciudadano, muy desinteresado, político diestro y hombre de bien.

Vivía con mucha sencillez, aunque había nacido muy rico. Gastaba todo su caudal en socorrer a los que lo necesitaban; pasaba por el orador más elocuente de su tiempo; empleaba su talento en defender a los pobres y a los afligidos, sin querer otra utilidad que la gloria de haber servido a su patria. Nunca defendió causa que no creyese muy justa, lo cual era ya una especie de proverbio en el país, pues cuando querían dar a entender que una causa era muy buena, decían: “Bías podrá defenderla.» Y cuando querían hacer el mayor elogio posible de un orador decían: «Mejor saldrá que Bías.»

Desembarcaron un día unos piratas cerca de Mesena en el Peloponeso, y tomaron por fuerza algunas doncellas que fueron a vender a Priene. Bías las compró, las llevó a su casa y las cuidó como a sus propias hijas. Les hizo muchos regalos y las devolvió a sus padres. Esta generosa acción le dio tanta fama, que muchas gentes le llamaban el príncipe de los sabios.

Algún tiempo después los pescadores de Mesena encontraron en el vientre de un pescado un vaso de oro con esta inscripción: Al más sabio. El senado se reunió para determinar lo que debía hacerse. Las doncellas que Bías había tratado con tanta humanidad se presentaron en compañía de sus padres al senado, y gritaron a la vez que nadie era mas sabio que Bías. El senado le envió el vaso. Bías lo estuvo examinando y habiendo leído la inscripción, no quiso aceptarlo, y dijo que aquel título solo correspondía a Apolo.

Hay quien dice que este vaso no es otra cosa que la trípode de que se ha hablado en la vida de Tales, y que aquella historia no tiene otro fundamento sino el haber sido enviada la trípode a Bías, después de otros filósofos. Otros dicen que Bías fue el primero a quien se presentó.

Haliates, rey de Lidia, después de haber arruinado muchas ciudades de la Grecia asiática, fue a poner sitio aPriene. Bías era entonces el primer magistrado de la ciudad, y resistió vigorosamente durante largo tiempo. Más como Haliates se obstinaba en llevar adelante su empresa, y como la ciudad además padecía mucho por la escasez de víveres, Bías mandó cebar dos mulos y los echó al campo enemigo, como si se hubieran escapado de la ciudad. Haliates sorprendido de ver aquellos animales en tal estado, temió que le seria difícil reducir la ciudad por hambre. Halló un pretexto para enviar allí un hombre, mandándole que se informase de su situación. Bías penetró el designio de Haliates. Mandó hacer grandes montones de arena y cubrirlos de harina, de modo que el emisario creyó que los víveres abundaban. Haliates, engañado con este artificio, determinó alzar el sitio, dejó a los de Priene en paz e hizo alianza con ellos. Después tuvo la curiosidad de ver a Bías y le mandó a decir que viniese a hacerle una visita en su campamento. Bías respondió a sus emisarios: «Decidle al rey que vivo aquí, y que le manda que coma cebollas y llore todo el resto de sus días.»

Bías gustaba de la poesía. Compuso más de dos mil versos llenos de preceptos de moral sobre el modo de vivir feliz y de gobernar acertadamente la república en paz y en guerra. Decía comúnmente: «Procurad ser agradable a todo el mundo. Si lo conseguís hallaréis mil satisfacciones en el curso de la vida. La ostentación y el desprecio con que miramos a los hombres no ha producido nunca más que males y disputas.»Busto de Bias - Copia romana de un original griego - Museos Vaticanos

«Amad a vuestros amigos con cautela, solía decir; pensad que pueden ser vuestros enemigos. Aborreced a vuestros enemigos con moderación, porque no es imposible que sean vuestros amigos. Escoged con el mayor esmero aquellos a quienes hayáis de dar este título. Amadlos con igualdad, pero distinguid el grado de mérito que cada uno posee. Imitad a vuestros amigos, si es honorífico darles semejante nombre, y creed que su virtud contribuirá en gran manera a vuestra reputación. No os deis prisa a hablar, que es señal de locura. Procurad adquirir sabiduría en la juventud, para que os sirva de consuelo en la ancianidad. Ésta es la mejor adquisición que podáis hacer, la única cuya posesión es segura y que no os podrá ser arrebatada. La cólera y la precipitación son los mayores enemigos de la prudencia. Los hombres de bien escasean, no así los necios y los malvados. No dejéis de cumplir todo lo que habéis prometido. Hablad de los dioses de un modo conveniente a su grandeza. Si hacéis alguna buena acción, dadles gracias. No seáis importunos, es mucho mejor que os obliguen a recibir que el obligar a los otros a dar. Nada emprendáis temerariamente, pero ejecutad con vigor lo que hayáis emprendido. No alabéis a un hombre por sus riquezas, si no merece poseerlas. Vivid como si a cada instante debierais morir, y como si debierais permanecer largo tiempo en la tierra. La salud vigorosa es un don de la naturaleza. Las riquezas son hijas del acaso, pero la sabiduría es quien únicamente pone al hombre en estado de dar buenos consejos a su patria. El deseo de las cosas imposibles es enfermedad del alma.»

Preguntáronle un día: ¿Que es lo que lisonjea más a los hombres? Y respondió: «La esperanza.» ¿Que es lo que más gusta? «La ganancia.» ¿Que es lo que con más dificultad se sobrelleva? «La pérdida de la riqueza.»

Decía que no hay hombre más desgraciado que el que no sabe sufrir la desgracia. Hallábase un día en un barco con algunos impíos. De repente se levantó una borrasca tan furiosa que el barco estuvo próximo a perecer. Los impíos asustados, invocaban a los dioses. «Callad, les dijo Bías; si los dioses saben que estáis aquí, somos perdidos.»

Un impío le preguntó que especie de culto debía tributarse a los dioses. Bías no le respondió. El impío instó y le rogó le dijese la causa de su silencio. “Callo, le respondió Bías, porque nada tienes tu que ver con lo que me preguntas.»

Decía que gustaba más de juzgar una disputa entre dos enemigos suyos que entre dos de sus amigos, porque era preciso reñir con el amigo que sale condenado, y es muy factible reconciliarse con el enemigo en cuyo favor se ha resuelto.

Un día se vio en la precisión de ser juez en la causa de uno de sus amigos, que debía ser condenado a muerte. Antes de pronunciar la sentencia se echó a llorar en medio del Senado. «¿Porque lloras? Le dijeron; en tu mano tienes salvar al reo si quieres.» «Lloro, respondió Bías, porque la naturaleza me manda tener compasión del desgraciado, y la ley me prohíbe dar oídos a la voz de la naturaleza.»

Bías no habla colocado jamás en el número de los bienes reales los que dependen de la fortuna. Creía que las riquezas son unas diversiones sin las cuales se puede vivir fácilmente, y que por lo común sólo sirven a separar al hombre del camino de la virtud.

Hallóse, por casualidad, en Priene, su patria, cuando la toma y saqueo de aquella infeliz ciudad. Los ciudadanos huían, llevando cada cual lo que podía; Bías fue el único que estuvo quieto en medio de aquel trastorno; sin moverse, y como si fuera insensible a las desgracias de su patria. Preguntáronle porque no trataba de salvar alguna cosa, como los otros hacían. «así lo hago, respondió, pues llevo conmigo todo lo que poseo.»

La acción que terminó la vida de Bías no fue menos ilustre que toda ella. Se había hecho llevar al Senado, donde defendió los intereses de uno de sus amigos, con mucho celo. Como era ya de una edad muy avanzada, se sintió cansado en demasía y apoyó la cabeza en el pecho de uno de sus nietos que le había acompañado. Cuando el orador de la parte contraria hubo terminado su discurso, los jueces pronunciaron en favor de Bías, que inmediatamente espiró en brazos de su nieto.

Los habitantes le hicieron magníficos funerales, y demostraron el gran sentimiento que semejante pérdida les ocasionaba. Erigiéronle un soberbio sepulcro, en que se leía el siguiente epitafio:

«Priene ha sido la patria de Bías, que fue en otro tiempo la honra de toda la Jonia y que tenido pensamientos más altos que todos los demás filósofos.»

Su memoria fue tan venerada en lo sucesivo que sus compatriotas le alzaron un templo y le tributaban honores extraordinarios.

 

 

 

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