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A la edad de treinta y dos años enseñó la Filosofía en Mitilene en Lámpsaco, de donde pasó a Atenas, donde fundó una nueva secta. Tenía un
hermoso jardín, y lo cultivaba con sus manos. Allí daba las lecciones a
sus discípulos. Con ellos pasaba una vida tranquila y agradable, y
paseándose y trabajando a su lado, les explicaba sus doctrinas, y se las
hacia aprender de memoria. De todos los puntos de Grecia, venían a oírle
y a admirarle los aficionados a la Filosofía.
En su trato manifestaba la
mayor sinceridad y candor. Era suave y afable con todo el mundo. Amaba
tan entrañablemente a sus parientes y amigos, que se consagraba
enteramente a ellos, y les daba cuanto tenía. Recomendaba especialmente
a sus discípulos que tratasen con afabilidad a los esclavos, y les
enseñaba con el ejemplo, pues era extraordinariamente humano para con
los suyos. Los instruía, les daba lecciones de Filosofía, y procuraba
suavizar su condición, por cuantos medios estaban a su alcance.
Se alimentaba de pan y agua, y de los frutos, y legumbres de su huerto.
Algunas veces decía a sus esclavos: «Traedme queso y leche, que hoy
quiero tratarme bien.» «Tal era, dice un historiador, el
hombre a quien la posteridad ha acusado de afeminado y de voluptuoso.»
Cicerón exclama en sus Tusculanas: «¡De cuan poco se contentaba
Epicuro!»
Sus discípulos imitaban su frugalidad y sus demás virtudes; muy pocos de
ellos eran los que bebían vino. No les permitía que hiciesen los gastos
en común, como los de Pitágoras, porque decía que ésta era más bien una
señal de desconfianza que de perfecta unión.
Decía que no había ocupación más noble que el estudio de la Filosofía;
que nunca era demasiado temprano para aprenderla, y que los viejos no
debían cansarse de estudiarla, porque ella sola da la felicidad, y éste
es el deseo de todas las edades.
La felicidad de que hablan los filósofos es una felicidad natural, esto
es, que se puede adquirir por las fuerzas naturales. Epicuro la cifra
no en los placeres sensuales, sino en la tranquilidad del ánimo, y en la
salud del cuerpo. En su opinión, poseer estos dos bienes al mismo
tiempo era el supremo bien del hombre.
He aquí algunas de sus principales doctrinas:
«La virtud es el medio más
eficaz de conseguir una vida feliz, porque no hay cosa más agradable que
vivir según las reglas de la sabiduría; gozar de una conciencia
tranquila; no tener que echarse en cara ningún crimen; no hacer daño a
nadie; hacer bien a cuantos se puede, y no faltar a ninguna obligación.
Sólo los hombres de bien pueden ser felices; sólo la virtud puede hacer
agradable la vida.
La sobriedad y la continencia son dignas de admiración, porque con ellas
se mantiene el espíritu en un estado de paz y de reposo, la salud del
cuerpo se conserva, y aun se restablece cuando otras causas la han
debilitado. Es necesario acostumbrarse a vivir con poco, porque esto es
lo que constituye la verdadera riqueza. Además de que los manjares
sencillos son tan agradables al que tiene hambre como los más
delicados, conservan la salud, la libertad del espíritu, la facilidad de
aplicarse en todo tiempo a la investigación de la verdad, y de arreglar
sensatamente nuestras operaciones. El que se acostumbra a una vida
frugal, goza más cuando asiste a un banquete que el que tiene un
banquete cada día, y el que tiene bastante con poco está más dispuesto a
soportar los reveses de la fortuna que el que no puede vivir sin
placeres y sin magnificencia.
Los excesos corrompen el alma y desordenan el cuerpo. Todo placer es
apetecible en si, pero los males que los rodean nos deben alejar de
ellos. Por la misma razón debemos sufrir un mal cuyas consecuencias nos
indemnizan del padecimiento que nos ocasiona.
La indolencia física es un placer perpetuo, y los placeres de los
sentidos nunca son tan intensos como los que afectan el alma. El cuerpo
siente las impresiones del momento; el alma goza o padece de lo que ha
gozado o padecido, y de lo que puede gozar o padecer.»
Hasta aquí la doctrina de Epicuro no presentaba nada opuesto a las
opiniones recibidas. Las opiniones de este filósofo, de que vamos a
hablar, le han suscitado en todos tiempos muchos enemigos, y le han
colocado, en el sentir de la mayor parte de sus sucesores, en el
catálogo de los más peligrosos sofistas.
Según Epicuro el alma es corporal, y muere al mismo tiempo que el
cuerpo, de cuyas impresiones depende. Esta dependencia se echa de ver en
todas nuestras operaciones. Los dolores físicos turban la razón y
extinguen la memoria. Las impresiones que producen terror y sobresalto,
embargan el uso del pensamiento, y a veces lo aniquilan. Por el mismo
orden, el cuerpo depende del alma, y así es que los sentimientos que
nacen de ella suelen producir palidez, desmayos y temblores. El pudor
enciende el rostro, el miedo debilita los miembros, la cólera acelera el
movimiento de la sangre, y las pasiones profundas turban la digestión.
¿Cómo puede haber tan íntima correspondencia entre estas dos sustancias
si no se tocan? ¿Y como pueden tocarse si no son de la misma naturaleza?
Tangere enim et tangí, nisi corpus, nulla potest res.
Por esto, suponía que lo que llamamos alma, no es otra cosa que la parte
más ligera, más sutil, más delicada de nuestra sustancia, esparcida por
todo el cuerpo, y que forma parte de él, como los pies y las manos. De
aquí se infiere que cuando el cuerpo muere el alma se disipa, por
consiguiente la muerte no es un mal; porque no hay bien ni mal sin
sentimiento. Ahora bien, cuando la muerte sobreviene el sentimiento se
extingue; nada tenemos de común con ella; cuando ella es, nosotros no
somos. Es cierto que en tanto que existimos es natural desear existir
si nos acomoda, porque somos felices. Pero debemos salir de la vida,
como salimos de un convite en que hemos comido buenos manjares.
Epicuro decía que había pocos hombres que supiesen sacar partido de la
vida; que el estado presente nos disgusta, porque continuamente estamos
en expectación de otro estado en que creemos ser más venturosos, pero la
muerte viene a sorprendernos antes de que semejantes esperanzas se
realicen; que lo más sabio es gozar del tiempo presente sin pensar en el
que vendrá después; que la felicidad de la vida no se debe calcular por
los años que nos quedan por vivir, sino por el bienestar del momento;
que una vida corta y agradable es más digna de nuestros deseos que una
larga y penosa; que un convite en que hay pocos platos y buenos vale
más que uno en que abundan los malos; que si la muerte nos priva de todo
goce, también nos libra de todo deseo, y que después de la muerte nada
padecemos, porque nada deseamos.
Epicuro no creía en los infiernos, y decía que todo lo que se decía
sobre Tántalo y Sísifo y las danaides eran fábulas inventadas para
significar los tormentos que traen consigo las pasiones. Tampoco creía
en el destino, ni en la ciencia da averiguar lo futuro. La libertad, en
su opinión, consiste en una absoluta indiferencia.
Epicuro habló siempre de la Divinidad con gran respeto, y sus
sentimientos sobre el Ser Supremo eran elevados y grandiosos, «El
impío, decía, no es el que desecha los dioses que el pueblo
adora, sino el que atribuye al Ser Supremo las necedades que el pueblo
atribuye a sus ídolos. En la Divinidad no hay nada que no sea digno de
la inmortalidad y de la dicha suprema.»
Creía que era necesario adorar a un Ser superior, porque es innegable
que goza de una naturaleza superior; que el culto no debía fundarse en
el deseo de la recompensa, ni en el temor del castigo; que la superstición no puede
producir más que crímenes y desórdenes. Describía a los dioses como
unos seres felices, que habitan sitios agradables, en que no hay lluvia,
ni viento, ni nieve, ni tempestades, sino un aire sereno y una luz
brillante; allí viven rodeados de placeres y sabiendo gozar de su
ventura. No creía en la Providencia, porque decía que si los dioses se
mezclasen en nuestros negocios, no podrían gozar de la beatitud
inherente a su naturaleza. De aquí infería que los sacrificios y las
oraciones son inútiles; que no había mérito ninguno en invocar los
dioses; que el hombre no debe acudir a ellos en sus infortunios sino
mirar todos los sucesos con ánima tranquila.
La idea que tenía del origen de la superstición era original. Decía,
pues, que el sueño representa a la fantasía, fantasmas, y espectros de
una forma espantosa, que amenazan al hombre con voces terribles; que
como al mismo tiempo hay en la naturaleza efectos admirables cuyas
causas nos son enteramente desconocidas, estas ideas se ligan en la
imaginación con aquellas visiones nocturnas, y de sus resultas los
hombres llegan a persuadirse que aquellos seres misteriosos tienen su
residencia en los cielos y en los astros, atribuyendo a su poder y a su
influjo la lluvia, los truenos, los rayos, y el gobierno de todas las
cosas visibles.
Por lo que hace a la mansión que los dioses habitan, Lucrecio,
refiriéndose al sistema de Epicuro, dice que aquella mansión no tiene
ninguna semejanza con los palacios de la tierra, porque siendo los
dioses de una naturaleza tan sutil que ni aun con el entendimiento nos
es dado comprenderlos, es necesario que su habitación sea proporcionada
a esta naturaleza aérea.
Todos los filósofos han convenido en la existencia de una materia
primera de que se forman todas las cosas físicas, pero acerca de la
naturaleza de esta materia siempre han estado divididas las opiniones.
La de Epicuro fue que los átomos son los primeros elementos de las
cosas, y da el nombre de átomos a los corpúsculos indivisibles. Admite
además otro principio, que es el vacío, más no cree que entra en la
composición de los cuerpos, sino que es necesario para el movimiento,
porque si no hubiera vacíos en el Universo, los corpúsculos no podrían
moverse, y formarían una masa compacta incapaz de producir.
Estos átomos, según Epicuro, han existido en la eternidad, y existirán
eternamente; el número de sus formas es incomprensible, aunque no
infinito. Su peso es la causa de su movimiento, y el choque de los unos
con los otros la de su unión fortuita. Los diferentes modos que tienen
de unirse es el origen de las diferencias que observamos en los seres y
en los efectos naturales, producidos únicamente por la casualidad que
los agrega. Son como las letras del alfabeto, que forman diversas
palabras según su diversa colocación. Las voces Roma y Amor, tienen dos
sentidos diferentes, aunque compuestos de las mismas letras; así los
mismos átomos pueden producir diferentes compuestos. Sin embargo, toda
especie de átomos no son susceptibles de entrar indiferentemente en
toda especie de cuerpos. Probablemente los que constituyen la lana no
llegarían jamás a formar un diamante, del mismo modo que las letras de
la voz Roma, no pueden jamás formar la voz Tule.
Los átomos, en el sistema de Epicuro, están en perpetuo movimiento, y
de aquí proviene el estado mudable de los seres. Unos disminuyen, y con
sus despojos otros crecen y se aumentan. A medida que una sustancia se
corrompe, sus átomos forman otro u otros seres distintos de aquel. El
resultado de estas transformaciones es que nada perece y nada se
aniquila.
Hubo un tiempo en que todos los átomos estaban en un estado de completa
separación, y sus reuniones casuales han compuesto una infinidad de
mundos, cada uno de los cuales perece al cabo de cierto tiempo, ya por
el fuego, como sí el sol se acercase a la tierra y la quemase, ya por
otro trastorno; pero de los fragmentos disueltos de un mundo destruido se forma otro nuevo, que empieza muy en breve a producir nuevos
anímales. El mundo que habitamos no es más que un montón de ruinas de
una gran catástrofe, como lo prueban esas cavernas profundas, esos
sistemas de montañas, esas capas de diferentes suelos y rocas, esos
lagos y ríos subterráneos; en fin, todas esas desigualdades del globo,
señales evidentes de un desorden y de un sacudimiento.
Epicuro creía que el Universo es infinito, que no tiene centro, ni
extremidades, y que desde cualquier punto de su extensión se puede
atravesar un espacio interminable.
Llamaba necedad a la opinión de los que creían que los dioses han
formado el mundo por amor a los hombres, pues no era probable que esta
idea les hubiese ocurrido de repente, después de haber estado tanto
tiempo sin pensar en ella; además que el mundo es demasiado imperfecto
para ser obra de unos seres perfectos.
Decía que la tierra había producido los hombres y los otros animales; en
su primera época estaba impregnada de grasa y de nitro, y el calor del
sol convirtió estas sustancias en hierbas y arbustos. En seguida se
alzaron unas excrecencias o tumores que crecieron poco a poco, hasta
llegar a perfecta madurez, y entonces se rompió la piel exterior, y de
cada tumor salió un animal, que empezó a respirar y a alimentarse de la
leche que llevaban los arroyos.
Entre este gran número de animales, había muchos monstruosos, los unos
sin boca, los otros sin pies, los otros con los miembros unidos
desproporcionadamente. Los que, por causa de estas irregularidades,
carecían de los medios de alimentarse, no tardaron en perecer, y solo se
conservaron los que pudieron con el uso de sus órganos bien dispuestos
nutrirse y sostenerse. Estos fueron los que formaron las especies que se
han mantenido y propagado basta ahora.
En este estado primitivo del mundo el frío, el calor, y la intemperie
no eran tan desiguales ni fuertes como en la época actual. Los hombres
eran más robustos que nosotros; su cuerpo estaba cubierto de pelo; la
inclemencia de las estaciones no los molestaba; no conocían el uso de
las ropas; dormían sobre la tierra, donde quiera que les cogía la noche;
no había sociedad, y cada cual vivía de por sí. Se alimentaban de los
frutos de bosques, y muchas veces tenían que lidiar con las fieras. Para
poder resistirles, se juntaron algunos, y entonces empezaron a formar
chozas, a cazar, y a vestirse con las pieles de los animales. Cada
hombre se unió con una mujer, y vivió aparte con ella. Tuvieron hijos,
y las caricias de estos suavizaron la condición áspera de los padres.
Tal fue el origen de la sociedad. Los vecinos se juntaron con los
vecinos, y al principio indicaban los objetos con gestos y movimientos,
pero no tardaron en inventar palabras para designarlos. Las palabras se
fueron aumentando, y con su auxilio los hombres pudieron expresar sus
pensamientos.
El sol les dio a conocer el uso del fuego, porque con el ardor de sus
rayos preparaban la carne de los animales de que se alimentaban. Pero
habiendo caído un rayo en un cuerpo combustible, los hombres, que
conocían ya la utilidad del fuego, en lugar de apagarlo lo conservaron
y aplicaron a los usos domésticos,
Poco a poco se fueron edificando pueblos, y dividiendo las tierras; más
esta división se hizo al principio con mucha desigualdad, porque los más
fuertes tomaron más parte que los débiles, y después obligaron a éstos a
que los obedeciesen, y se declararon jefes y soberanos. En aquel tiempo
no tenían otra defensa que los miembros de su cuerpo, pero después de
haber incendiado los bosques vieron una sustancia que el calor había
derretido, y que al cabo de algún tiempo se consolidaba. El brillo de
esta sustancia les causó admiración, pero conocieron que por medio del
fuego podrían hacer de ella lo que quisiesen. Desde luego sólo pensaron
en hacer armas; después hicieron frenos para los caballos e
instrumentos para labrar la tierra.
La naturaleza les enseñó la práctica de las operaciones agrícolas. Por
ejemplo, habiendo observado que la bellota que caía en tierra producía
una encina, creyeron que del mismo modo les seria fácil multiplicar los
frutos y los granos de que se alimentaban; de aquí el origen de la
Agricultura.
Hasta entonces la fuerza y la astucia habían prevalecido, pero desde el
descubrimiento del oro y de la plata los hombres se aficionaron a estos
metales, y cada cual pensó en hacer una buena provisión de ellos. Hubo
algunos que juntaron gran cantidad, y los pueblos, cansados de los
reyes, les quitaron la vida, y obedecieron a los ricos. Inmediatamente
se crearon los gobiernos populares, se formaron leyes, y se nombraron
magistrados para ponerlas en ejecución.
A medida que los hombres se despojaban de su ferocidad primitiva, se
multiplicaban y esparcían en la superficie del globo. Empezaron a comer
unos en casa de otros, y después de haber comido bien, se divertían en
oír el canto de los pájaros, y tanto les gustó, que procuraron imitarlo,
lo cual dio origen al canto. El ruido que hacía el viento en las cañas
les inspiró la idea de formar instrumentos, y la admiración que les
causaba el curso de los astros les hizo aplicarse a la Astronomía.
Pero muy en breve se despertó la avaricia, y dio lugar a las
desavenencias y a las guerras, y como la vanidad quería perpetuar la
memoria de las hazañas a que ellas daban lugar, hubo poetas que las
celebraron en sus ritmos y pintores que las representasen en sus
lienzos. La tranquilidad que sucedía a estas turbulencias les daba
tiempo para perfeccionar estas artes, y para inventar otras para su
recreo y diversión.
La regla que deben seguir los hombres para llegar al conocimiento de la
verdad es, según Epicuro, el testimonio de los sentidos, pues nada
conocemos sino es en virtud de sus impresiones, y ellos son los únicos
instrumentos que nos hacen distinguir lo verdadero de lo falso. El
entendimiento viene al mundo sin ideas; cuando los órganos corporales se
han formado, le transmiten impresiones, que son el origen de todos los
conocimientos. El entendimiento puede pensar en las cosas ausentes y
creer que están presentes, pero los sentidos son los que únicamente
pueden deshacer este error. Toda razón debe, pues, fundarse en la
autoridad de los sentidos.
Los filósofos explican de diferentes modos la visión. Epicuro creía que
los cuerpos estaban continuamente despidiendo superficies semejantes a
ellos, las cuales, cuando se encuentran con los ojos, forman la
impresión que llamamos visión, y así es como sabemos la existencia de
los cuerpos que están fuera de nosotros.
El olor, el calor, los sonidos, la luz y las otras cualidades sensibles,
no son meras percepciones del espíritu, sino que existen fuera de
nosotros, como las sentimos, no siendo otra cosa que cierta cantidad de
materia figurada y movida de cierto modo, y que por consiguiente debe
hacer cierta impresión en los órganos del hombre. Por ejemplo, el olor
es efecto de las partículas que despiden las flores y que llenan el
ambiente; el sonido es la vibración que produce en el aire la agitación
del cuerpo sonoro. La diferencia de impresiones consiste en la diferente
configuración de órganos, y si las hojas de un vegetal parecen dulces a
un animal y agrias a un hombre, es porque el paladar del hombre no está
formado como el de aquel animal.
Los estoicos, que profesaban una virtud muy austera y que tenían mucha
vanidad, llegaron a mostrarse envidiosos de la fama que iba adquiriendo
Epicuro, cuya doctrina era diametralmente opuesta a la que ellos
enseñaban. Hicieron grandes esfuerzos para desacreditarle, y publicaron
algunas calumnias con las que aspiraban a denigrar su reputación. Da
aquí proviene que los que han leído los libros de estos filósofos y les
han dado crédito, han creído que Epicuro era un hombre de perversas
costumbres, siendo así que su moderación y su recato eran ejemplares.
«Epicuro, dice San Gregorio, ensoñaba que
el placer era el fin a que todos los hombres aspiraban, pero a fin de
hacer ver que no quería hablar del placer sensual, observó la más
escrupulosa castidad, y confirmó su doctrina con sus costumbres.»
Epicuro no quiso tomar parte en los negocios públicos, porque prefería
la vida sosegada a las ocupaciones turbulentas. Las estatuas que los
atenienses le erigieron eran un testimonio público de
la alta estimación con que le miraban. Todos los que se adhirieron a él
continuaron en su escuela, excepto Metrodoro, que la abandonó y siguió
la Academia, bajo la dirección de Carnéades; más no estuvo en ella mucho
tiempo, pues a los seis meses, cansado de aquellas doctrinas, volvió al
epicureismo, en el que permaneció hasta su muerte, ocurrida pocos meses
antes de la de Epicuro. Su escuela se conservó con el mismo esplendor,
aun en los tiempos en que estaban desiertas las otras.
Epicuro, a la edad de 72 años, cayó enfermó en Atenas, donde poco antes
había suspendido sus lecciones. Su mal era una retención de orina, que
le causaba dolores agudísimos, pero él los sufría con la mayor
tranquilidad. Cuando conoció que se acercaba el último momento, dio
libertad a algunos de sus esclavos, dispuso de sus bienes, mandó que se
solemnizase cada año el día de su nacimiento y el del de sus padres,
legó su huerto y sus libros a Hermaco de Mitilene, que le sucedió en la
enseñanza, y le impuso la condición de dejar aquellos bienes a los otros
que le fueran sucediendo en aquel encargo. Enseguida escribió a Idomeneo esta carta:
«Gracias a los dioses, me hallo en el día más
feliz, y en el último de mi vida. De tal modo me devoran los dolores,
que no es posible imaginar un tormento más cruel. Sin embargo, en medio
de mis males, siento un gran consuelo cuando me acuerdo de los
raciocinios con que he enriquecido la Filosofía. Te ruego, por el cariño
que siempre me has manifestado, y por la doctrina que profesamos, que
cuides de los hijos de Metrodoro.»
Catorce días después de haber sentido los primeros síntomas de su
dolencia, Epicuro se puso en un baño caliente y tomó un vaso de vino
puro; lo bebió, exhaló el último suspiro, encargando a sus parientes y
amigos que estaban presentes que se acordasen de él y de los preceptos
que les había dado. Murió el primer año de la Olimpiada 127. Su muerte
afligió mucho a todo el pueblo de Atenas. |