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COMPENDIO DE LAS VIDAS DE LOS FILÓSOFOS ANTIGUOS

François Fénelon - Índice general

 

 


 

EPICURO

Nació el año tercero de la Olimpiada 109;
moría el segundo de la 127.
 

Epicuro, de la familia de los Filaidas, nació en Atenas el año 3 de la Olimpiada 109. A la edad de catorce años empeló a aplicarse a la Filosofía, y estudió algún tiempo en Samos, en la escuela de Pánfilo, que enseñaba las doctrinas de Platón, mas no gustando de aquellas opiniones abandonó aquel maestro, y tomó sucesivamente otros varios. Dicen que enseñó la Gramática, mas que no tardó en fastidiarse de esta ocupación. Lo cierto es que cobró mucha afición a las obras de Demócrito, de las que se sirvió después para crear su escuela.

A la edad de treinta y dos años enseñó la Filosofía en Mitilene en Lámpsaco, de donde pasó a Atenas, donde fundó una nueva secta. Tenía un hermoso jardín, y lo cultivaba con sus manos. Allí daba las lecciones a sus discípulos. Con ellos pasaba una vida tranquila y agradable, y paseándose y trabajando a su lado, les explicaba sus doctrinas, y se las hacia aprender de memoria. De todos los puntos de Grecia, venían a oírle y a admirarle los aficionados a la Filosofía.

En su trato manifestaba la mayor sinceridad y candor. Era suave y afable con todo el mundo. Amaba tan entrañablemente a sus parientes y amigos, que se consagraba enteramente a ellos, y les daba cuanto tenía. Recomendaba especialmente a sus discípulos que tratasen con afabilidad a los esclavos, y les enseñaba con el ejemplo, pues era extraordinariamente humano para con los suyos. Los instruía, les daba lecciones de Filosofía, y procuraba suavizar su condición, por cuantos medios estaban a su alcance.

Se alimentaba de pan y agua, y de los frutos, y legumbres de su huerto. Algunas veces decía a sus esclavos: «Traedme queso y leche, que hoy quiero tratarme bien.» «Tal era, dice un historiador, el hombre a quien la posteridad ha acusado de afeminado y de voluptuoso.»

Cicerón exclama en sus Tusculanas: «¡De cuan poco se contentaba Epicuro!»

Sus discípulos imitaban su frugalidad y sus demás virtudes; muy pocos de ellos eran los que bebían vino. No les permitía que hiciesen los gastos en común, como los de Pitágoras, porque decía que ésta era más bien una señal de desconfianza que de perfecta unión.

Decía que no había ocupación más noble que el estudio de la Filosofía; que nunca era demasiado temprano para aprenderla, y que los viejos no debían cansarse de estudiarla, porque ella sola da la felicidad, y éste es el deseo de todas las edades.

La felicidad de que hablan los filósofos es una felicidad natural, esto es, que se puede adquirir por las fuerzas naturales. Epicuro la cifra no en los placeres sensuales, sino en la tranquilidad del ánimo, y en la salud del cuerpo. En su opinión, poseer estos dos bienes al mismo tiempo era el supremo bien del hombre.

He aquí algunas de sus principales doctrinas:

 «La virtud es el medio más eficaz de conseguir una vida feliz, porque no hay cosa más agradable que vivir según las reglas de la sabiduría; gozar de una conciencia tranquila; no tener que echarse en cara ningún crimen; no hacer daño a nadie; hacer bien a cuantos se puede, y no faltar a ninguna obligación. Sólo los hombres de bien pueden ser felices; sólo la virtud puede hacer agradable la vida.

La sobriedad y la continencia son dignas de admiración, porque con ellas se mantiene el espíritu en un estado de paz y de reposo, la salud del cuerpo se conserva, y aun se restablece cuando otras causas la han debilitado. Es necesario acostumbrarse a vivir con poco, porque esto es lo que constituye la verdadera riqueza. Además de que los manjares sencillos son tan agradables al que tiene hambre como los más delicados, conservan la salud, la libertad del espíritu, la facilidad de aplicarse en todo tiempo a la investigación de la verdad, y de arreglar sensatamente nuestras operaciones. El que se acostumbra a una vida frugal, goza más cuando asiste a un banquete que el que tiene un banquete cada día, y el que tiene bastante con poco está más dispuesto a soportar los reveses de la fortuna que el que no puede vivir sin placeres y sin magnificencia.

Los excesos corrompen el alma y desordenan el cuerpo. Todo placer es apetecible en si, pero los males que los rodean nos deben alejar de ellos. Por la misma razón debemos sufrir un mal cuyas consecuencias nos indemnizan del padecimiento que nos ocasiona.

La indolencia física es un placer perpetuo, y los placeres de los sentidos nunca son tan intensos como los que afectan el alma. El cuerpo siente las impresiones del momento; el alma goza o padece de lo que ha gozado o padecido, y de lo que puede gozar o padecer.»

Hasta aquí la doctrina de Epicuro no presentaba nada opuesto a las opiniones recibidas. Las opiniones de este filósofo, de que vamos a hablar, le han suscitado en todos tiempos muchos enemigos, y le han colocado, en el sentir de la mayor parte de sus sucesores, en el catálogo de los más peligrosos sofistas.

Según Epicuro el alma es corporal, y muere al mismo tiempo que el cuerpo, de cuyas impresiones depende. Esta dependencia se echa de ver en todas nuestras operaciones. Los dolores físicos turban la razón y extinguen la memoria. Las impresiones que producen terror y sobresalto, embargan el uso del pensamiento, y a veces lo aniquilan. Por el mismo orden, el cuerpo depende del alma, y así es que los sentimientos que nacen de ella suelen producir palidez, desmayos y temblores. El pudor enciende el rostro, el miedo debilita los miembros, la cólera acelera el movimiento de la sangre, y las pasiones profundas turban la digestión. ¿Cómo puede haber tan íntima correspondencia entre estas dos sustancias si no se tocan? ¿Y como pueden tocarse si no son de la misma naturaleza?

Tangere enim et tangí, nisi corpus, nulla potest res.

Por esto, suponía que lo que llamamos alma, no es otra cosa que la parte más ligera, más sutil, más delicada de nuestra sustancia, esparcida por todo el cuerpo, y que forma parte de él, como los pies y las manos. De aquí se infiere que cuando el cuerpo muere el alma se disipa, por consiguiente la muerte no es un mal; porque no hay bien ni mal sin sentimiento. Ahora bien, cuando la muerte sobreviene el sentimiento se extingue; nada tenemos de común con ella; cuando ella es, nosotros no somos. Es cierto que en tanto que existimos es natural desear existir si nos acomoda, porque somos felices. Pero debemos salir de la vida, como salimos de un convite en que hemos comido buenos manjares.Epicuro - Mosaico en la Main Reading Room of James Harmon Hoose Library of Philosophy (1929, Los Angeles, The University of Southern California, Mudd Hall of Philosophy) - Ralph Carlin Flewelling

Epicuro decía que había pocos hombres que supiesen sacar partido de la vida; que el estado presente nos disgusta, porque continuamente estamos en expectación de otro estado en que creemos ser más venturosos, pero la muerte viene a sorprendernos antes de que semejantes esperanzas se realicen; que lo más sabio es gozar del tiempo presente sin pensar en el que vendrá después; que la felicidad de la vida no se debe calcular por los años que nos quedan por vivir, sino por el bienestar del momento; que una vida corta y agradable es más digna de nuestros deseos que una larga y penosa; que un convite en que hay pocos platos y buenos vale más que uno en que abundan los malos; que si la muerte nos priva de todo goce, también nos libra de todo deseo, y que después de la muerte nada padecemos, porque nada deseamos.

Epicuro no creía en los infiernos, y decía que todo lo que se decía sobre Tántalo y Sísifo y las danaides eran fábulas inventadas para significar los tormentos que traen consigo las pasiones. Tampoco creía en el destino, ni en la ciencia da averiguar lo futuro. La libertad, en su opinión, consiste en una absoluta indiferencia.

Epicuro habló siempre de la Divinidad con gran respeto, y sus sentimientos sobre el Ser Supremo eran elevados y grandiosos, «El impío, decía, no es el que desecha los dioses que el pueblo adora, sino el que atribuye al Ser Supremo las necedades que el pueblo atribuye a sus ídolos. En la Divinidad no hay nada que no sea digno de la inmortalidad y de la dicha suprema.»

Creía que era necesario adorar a un Ser superior, porque es innegable que goza de una naturaleza superior; que el culto no debía fundarse en el deseo de la recompensa, ni en el temor del castigo; que la superstición no puede producir más que crímenes y desórdenes. Describía a los dioses como unos seres felices, que habitan sitios agradables, en que no hay lluvia, ni viento, ni nieve, ni tempestades, sino un aire sereno y una luz brillante; allí viven rodeados de placeres y sabiendo gozar de su ventura. No creía en la Providencia, porque decía que si los dioses se mezclasen en nuestros negocios, no podrían gozar de la beatitud inherente a su naturaleza. De aquí infería que los sacrificios y las oraciones son inútiles; que no había mérito ninguno en invocar los dioses; que el hombre no debe acudir a ellos en sus infortunios sino mirar todos los sucesos con ánima tranquila.

La idea que tenía del origen de la superstición era original. Decía, pues, que el sueño representa a la fantasía,  fantasmas, y espectros de una forma espantosa, que amenazan al hombre con voces terribles; que como al mismo tiempo hay en la naturaleza efectos admirables cuyas causas nos son enteramente desconocidas, estas ideas se ligan en la imaginación con aquellas visiones nocturnas, y de sus resultas los hombres llegan a persuadirse que aquellos seres misteriosos tienen su residencia en los cielos y en los astros, atribuyendo a su poder y a su influjo la lluvia, los truenos, los rayos, y el gobierno de todas las cosas visibles.

Por lo que hace a la mansión que los dioses habitan, Lucrecio, refiriéndose al sistema de Epicuro, dice que aquella mansión no tiene ninguna semejanza con los palacios de la tierra, porque siendo los dioses de una naturaleza tan sutil que ni aun con el entendimiento nos es dado comprenderlos, es necesario que su habitación sea proporcionada a esta naturaleza aérea.

Todos los filósofos han convenido en la existencia de una materia primera de que se forman todas las cosas físicas, pero acerca de la naturaleza de esta materia siempre han estado divididas las opiniones. La de Epicuro fue que los átomos son los primeros elementos de las cosas, y da el nombre de átomos a los corpúsculos indivisibles. Admite además otro principio, que es el vacío, más no cree que entra en la composición de los cuerpos, sino que es necesario para el movimiento, porque si no hubiera vacíos en el Universo, los corpúsculos no podrían moverse, y formarían una masa compacta incapaz de producir.

Estos átomos, según Epicuro, han existido en la eternidad, y existirán eternamente; el número de sus formas es incomprensible, aunque no infinito. Su peso es la causa de su movimiento, y el choque de los unos con los otros la de su unión fortuita. Los diferentes modos que tienen de unirse es el origen de las diferencias que observamos en los seres y en los efectos naturales, producidos únicamente por la casualidad que los agrega. Son como las letras del alfabeto, que forman diversas palabras según su diversa colocación. Las voces Roma y Amor, tienen dos sentidos diferentes, aunque compuestos de las mismas letras; así los mismos átomos pueden producir diferentes compuestos. Sin embargo, toda especie de átomos no son susceptibles de entrar indiferentemente en toda especie de cuerpos. Probablemente los que constituyen la lana no llegarían jamás a formar un diamante, del mismo modo que las letras de la voz Roma, no pueden jamás formar la voz Tule.

Los átomos, en el sistema de Epicuro, están en perpetuo movimiento, y de aquí proviene el estado mudable de los seres. Unos disminuyen, y con sus despojos otros crecen y se aumentan. A medida que una sustancia se corrompe, sus átomos forman otro u otros seres distintos de aquel. El resultado de estas transformaciones es que nada perece y nada se aniquila.

Hubo un tiempo en que todos los átomos estaban en un estado de completa separación, y sus reuniones casuales han compuesto una infinidad de mundos, cada uno de los cuales perece al cabo de cierto tiempo, ya por el fuego, como sí el sol se acercase a la tierra y la quemase, ya por otro trastorno; pero de los fragmentos disueltos de un mundo destruido se forma otro nuevo, que empieza muy en breve a producir nuevos anímales. El mundo que habitamos no es más que un montón de ruinas de una gran catástrofe, como lo prueban esas cavernas profundas, esos sistemas de montañas, esas capas de diferentes suelos y rocas, esos lagos y ríos subterráneos; en fin, todas esas desigualdades del globo, señales evidentes de un desorden y de un sacudimiento.

Epicuro creía que el Universo es infinito, que no tiene centro, ni extremidades, y que desde cualquier punto de su extensión se puede atravesar un espacio interminable.

Llamaba necedad a la opinión de los que creían que los dioses han formado el mundo por amor a los hombres, pues no era probable que esta idea les hubiese ocurrido de repente, después de haber estado tanto tiempo sin pensar en ella; además que el mundo es demasiado imperfecto para ser obra de unos seres perfectos.

Decía que la tierra había producido los hombres y los otros animales; en su primera época estaba impregnada de grasa y de nitro, y el calor del sol convirtió estas sustancias en hierbas y arbustos. En seguida se alzaron unas excrecencias o tumores que crecieron poco a poco, hasta llegar a perfecta madurez, y entonces se rompió la piel exterior, y de cada tumor salió un animal, que empezó a respirar y a alimentarse de la leche que llevaban los arroyos.

Entre este gran número de animales, había muchos monstruosos, los unos sin boca, los otros sin pies, los otros con los miembros unidos desproporcionadamente. Los que, por causa de estas irregularidades, carecían de los medios de alimentarse, no tardaron en perecer, y solo se conservaron los que pudieron con el uso de sus órganos bien dispuestos nutrirse y sostenerse. Estos fueron los que formaron las especies que se han mantenido y propagado basta ahora.

En este estado primitivo del mundo el frío, el calor, y la intemperie no eran tan desiguales ni fuertes como en la época actual. Los hombres eran más robustos que nosotros; su cuerpo estaba cubierto de pelo; la inclemencia de las estaciones no los molestaba; no conocían el uso de las ropas; dormían sobre la tierra, donde quiera que les cogía la noche; no había sociedad, y cada cual vivía de por sí. Se alimentaban de los frutos de bosques, y muchas veces tenían que lidiar con las fieras. Para poder resistirles, se juntaron algunos, y entonces empezaron a formar chozas, a cazar, y a vestirse con las pieles de los animales. Cada hombre se unió con una mujer, y vivió aparte con ella. Tuvieron hijos, y las caricias de estos suavizaron la condición áspera de los padres. Tal fue el origen de la sociedad. Los vecinos se juntaron con los vecinos, y al principio indicaban los objetos con gestos y movimientos, pero no tardaron en inventar palabras para designarlos. Las palabras se fueron aumentando, y con su auxilio los hombres pudieron expresar sus pensamientos.

El sol les dio a conocer el uso del fuego, porque con el ardor de sus rayos preparaban la carne de los animales de que se alimentaban. Pero habiendo caído un rayo en un cuerpo combustible, los hombres, que conocían ya la utilidad del fuego, en lugar de apagarlo lo conservaron y aplicaron a los usos domésticos,

Poco a poco se fueron edificando pueblos, y dividiendo las tierras; más esta división se hizo al principio con mucha desigualdad, porque los más fuertes tomaron más parte que los débiles, y después obligaron a éstos a que los obedeciesen, y se declararon jefes y soberanos. En aquel tiempo no tenían otra defensa que los miembros de su cuerpo, pero después de haber incendiado los bosques vieron una sustancia que el calor había derretido, y que al cabo de algún tiempo se consolidaba. El brillo de esta sustancia les causó admiración, pero conocieron que por medio del fuego podrían hacer de ella lo que quisiesen. Desde luego sólo pensaron en hacer armas; después hicieron frenos para los caballos e instrumentos para labrar la tierra.

La naturaleza les enseñó la práctica de las operaciones agrícolas. Por ejemplo, habiendo observado que la bellota que caía en tierra producía una encina, creyeron que del mismo modo les seria fácil multiplicar los frutos y los granos de que se alimentaban; de aquí el origen de la Agricultura.

Hasta entonces la fuerza y la astucia habían prevalecido, pero desde el descubrimiento del oro y de la plata los hombres se aficionaron a estos metales, y cada cual pensó en hacer una buena provisión de ellos. Hubo algunos que juntaron gran cantidad, y los pueblos, cansados de los reyes, les quitaron la vida, y obedecieron a los ricos. Inmediatamente se crearon los gobiernos populares, se formaron leyes, y se nombraron magistrados para ponerlas en ejecución.

A medida que los hombres se despojaban de su ferocidad primitiva, se multiplicaban y esparcían en la superficie del globo. Empezaron a comer unos en casa de otros, y después de haber comido bien, se divertían en oír el canto de los pájaros, y tanto les gustó, que procuraron imitarlo, lo cual dio origen al canto. El ruido que hacía el viento en las cañas les inspiró la idea de formar instrumentos, y la admiración que les causaba el curso de los astros les hizo aplicarse a la Astronomía.

Pero muy en breve se despertó la avaricia, y dio lugar a las desavenencias y a las guerras, y como la vanidad quería perpetuar la memoria de las hazañas a que ellas daban lugar, hubo poetas que las celebraron en sus ritmos y pintores que las representasen en sus lienzos. La tranquilidad que sucedía a estas turbulencias les daba tiempo para perfeccionar estas artes, y para inventar otras para su recreo y diversión.

La regla que deben seguir los hombres para llegar al conocimiento de la verdad es, según Epicuro, el testimonio de los sentidos, pues nada conocemos sino es en virtud de sus impresiones, y ellos son los únicos instrumentos que nos hacen distinguir lo verdadero de lo falso. El entendimiento viene al mundo sin ideas; cuando los órganos corporales se han formado, le transmiten impresiones, que son el origen de todos los conocimientos. El entendimiento puede pensar en las cosas ausentes y creer que están presentes, pero los sentidos son los que únicamente pueden deshacer este error. Toda razón debe, pues, fundarse en la autoridad de los sentidos.

Los filósofos explican de diferentes modos la visión. Epicuro creía que los cuerpos estaban continuamente despidiendo superficies semejantes a ellos, las cuales, cuando se encuentran con los ojos, forman la impresión que llamamos visión, y así es como sabemos la existencia de los cuerpos que están fuera de nosotros.

El olor, el calor, los sonidos, la luz y las otras cualidades sensibles, no son meras percepciones del espíritu, sino que existen fuera de nosotros, como las sentimos, no siendo otra cosa que cierta cantidad de materia figurada y movida de cierto modo, y que por consiguiente debe hacer cierta impresión en los órganos del hombre. Por ejemplo, el olor es efecto de las partículas que despiden las flores y que llenan el ambiente; el sonido es la vibración que produce en el aire la agitación del cuerpo sonoro. La diferencia de impresiones consiste en la diferente configuración de órganos, y si las hojas de un vegetal parecen dulces a un animal y agrias a un hombre, es porque el paladar del hombre no está formado como el de aquel animal.

Los estoicos, que profesaban una virtud muy austera y que tenían mucha vanidad, llegaron a mostrarse envidiosos de la fama que iba adquiriendo Epicuro, cuya doctrina era diametralmente opuesta a la que ellos enseñaban. Hicieron grandes esfuerzos para desacreditarle, y publicaron algunas calumnias con las que aspiraban a denigrar su reputación. Da aquí proviene que los que han leído los libros de estos filósofos y les han dado crédito, han creído que Epicuro era un hombre de perversas costumbres, siendo así que su moderación y su recato eran ejemplares.

«Epicuro, dice San Gregorio, ensoñaba que el placer era el fin a que todos los hombres aspiraban, pero a fin de hacer ver que no quería hablar del placer sensual, observó la más escrupulosa castidad, y confirmó su doctrina con sus costumbres.»

Epicuro no quiso tomar parte en los negocios públicos, porque prefería la vida sosegada a las ocupaciones turbulentas. Las estatuas que los atenienses le erigieron eran un testimonio público de la alta estimación con que le miraban. Todos los que se adhirieron a él continuaron en su escuela, excepto Metrodoro, que la abandonó y siguió la Academia, bajo la dirección de Carnéades; más no estuvo en ella mucho tiempo, pues a los seis meses, cansado de aquellas doctrinas, volvió al epicureismo, en el que permaneció hasta su muerte, ocurrida pocos meses antes de la de Epicuro. Su escuela se conservó con el mismo esplendor, aun en los tiempos en que estaban desiertas las otras.

Epicuro, a la edad de 72 años, cayó enfermó en Atenas, donde poco antes había suspendido sus lecciones. Su mal era una retención de orina, que le causaba dolores agudísimos, pero él los sufría con la mayor tranquilidad. Cuando conoció que se acercaba el último momento, dio libertad a algunos de sus esclavos, dispuso de sus bienes, mandó que se solemnizase cada año el día de su nacimiento y el del de sus padres, legó su huerto y sus libros a Hermaco de Mitilene, que le sucedió en la enseñanza, y le impuso la condición de dejar aquellos bienes a los otros que le fueran sucediendo en aquel encargo. Enseguida escribió a Idomeneo esta carta:

«Gracias a los dioses, me hallo en el día más feliz, y en el último de mi vida. De tal modo me devoran los dolores, que no es posible imaginar un tormento más cruel. Sin embargo, en medio de mis males, siento un gran consuelo cuando me acuerdo de los raciocinios con que he enriquecido la Filosofía. Te ruego, por el cariño que siempre me has manifestado, y por la doctrina que profesamos, que cuides de los hijos de Metrodoro.»

Catorce días después de haber sentido los primeros síntomas de su dolencia, Epicuro se puso en un baño caliente y tomó un vaso de vino puro; lo bebió, exhaló el último suspiro, encargando a sus parientes y amigos que estaban presentes que se acordasen de él y de los preceptos que les había dado. Murió el primer año de la Olimpiada 127. Su muerte afligió mucho a todo el pueblo de Atenas.

 

 

 

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