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Se aplicó a la poesía
y a todo lo concerniente al culto divino. Él fue el primero que empleó
las ceremonias de consagrar templos y purificar los campos, las ciudades
y aun las casas particulares. No apreciaba mucho a sus compatriotas. San
Pablo, en su epístola a Tito, cita un verso de Epiménides, en que,
hablando de los cretenses, dice que son embusteros, perezosos y malas
bestias.
He aquí como se cuenta la historia del sueño de Epiménides. Su padre le
envió al campo a buscar una oveja. Estando de vuelta, se separó un poco
del camino, y como era medio día, y hacia mucho calor, entró a descansar
y refrescarse en una caverna. Echóse a dormir y estuvo durmiendo
cincuenta y siete años. Al despertar, creyendo que había dormido un
tiempo regular, lo primero que hizo fue buscar la oveja; no viéndola en
ninguna parte, salió de la cueva y quedó admirado al ver cuánto había
mudado el aspecto del país. Corrió al sitio en que había tomado la
oveja, y vio que la casa había mudado de habitantes y que todas las
personas a quienes se dirigía se hacían de nuevas y no- sabían lo que
quería decir. Volvió lleno de espanto a la ciudad de Cnosos, y por todas
partes veía caras nuevas; entró en casa de su padre y le preguntaron
quien era y que buscaba. Al fin, con gran trabajo y después de muchas
explicaciones, le reconoció un hermano suyo menor que él, a quien había
dejado niño y que ya estaba viejo. Una aventura tan extraordinaria hizo
mucho ruido en todo aquel país, y Epiménides fue mirado como un hombre
especialmente favorecido por los dioses. Los que no dan asenso a esta
fábula, son de opinión que empleó los cincuenta y siete años en viajar
bajo otro nombre.
Cuando Megacles hizo pasar a cuchillo a todos los ciudadanos del partido
de Solón, sin perdonar a los que se habían acogido a los altares, tal
fue el terror de los atenienses, que no podían gozar de un momento de
reposo. La peste afligía aquel país y sus pobladores creían además que
las sombras de los muertos se aparecían de noche en todas partes.
Consultados los adivinos, dijeron que, según los sacrificios denotaban,
la ciudad de Atenas había estado contaminada con una gran abominación.
Entonces se dio la comisión a Nicias de pasar a Creta para llevar a
Epiménides a Atenas, por ser tan grande la reputación de que gozaba
aquel filósofo en toda Grecia. Epiménides consintió en ello y habiendo
llegado a la ciudad, tomó consigo muchas ovejas negras y blancas, las
llevó al Areópago y allí las soltó, dejándolas ir por donde querían:
pero mandó que se siguiesen sus pasos, y que se inmolase cada una en
honor de una divinidad diferente, en el primer sitio en que se parase.
Por esto en tiempo de Laercio se veían en Atenas tantos altares
consagrados a dioses cuyos nombres se ignoraban. Las órdenes de
Epiménides fueron rigurosamente observadas y desde entonces cesaron las
enfermedades y las apariciones.
Epiménides, cuando llegó a Atenas, se
hizo muy amigo de Solón, y contribuyó en gran manera al establecimiento
de sus leyes. Hizo conocer la inutilidad de las bárbaras ceremonias que
practicaban las mujeres en los funerales, Acostumbró poco a poco a todo
el pueblo de Atenas a hacer oración y celebrar sacrificios, y le
dispuso, por este medio, a vivir con arreglo y con sumisión a los
magistrados.
Un día, después de haber contemplado algún rato el puerto de Muniquia,
dijo a los que le acompañaban: «Los nombres viven en tinieblas espesas
acerca del porvenir. Si los atenienses supieran cuántas desgracias les
atraerá este puerto, se lo comerían ahora mismo.»
Después de haberse detenido algunos días en Atenas, Epiménides dispuso
su regreso. Los atenienses le prepararon un navío, y le dieron un
talento por su trabajo, más el filósofo les dio gracias, rehúso el
dinero y se limitó a pedirles su amistad. Después estableció relaciones
muy estrechas entre Atenas y Cnosos. Antes de salir, mandó construir un
hermoso templo en honor de las Furias.
Epiménides quiso hacer creer que era Eaco y que había resucitado muchas
veces. Nunca comió delante de testigos, por lo que el vulgo creyó que
las ninfas le mantenían con maná.
Vaticinó a los lacedemonios la dura esclavitud a que los sometieron los
habitantes de Arcadia.
Un día, estando edificando un templo dedicado a las Musas, salió una voz
del cielo y dijo: «Epiménides, no consagres el templo a ninguna otra
divinidad que a Júpiter.»
Cuando supo que Solón se había retirado de Atenas, a fin de consolarle y
de atraerle a Creta, le escribió en los términos siguientes:
«Ten ánimo,
amigo mío. Si Pisístrato hubiera reducido hombres acostumbrados a la
servidumbre, o que ignorasen lo que son las buenas leyes, quizás podría
durar algún tiempo su dominio, pero las tiene que haber con hombres
libres y valientes. Los atenienses no tardarán en acordarse de las
lecciones de Solón. Tendrán vergüenza de las cadenas que arrastran, y no
podrán sufrir que un tirano los tenga tanto tiempo en esclavitud. En
fin, aun cuando Pisístrato domine en Atenas durante toda su vida, el
reino no pasará a sus hijos. Te aconsejo que no vayas errando de un
lugar a otro. Ven sin pérdida de tiempo a Creta, donde no hallaras
tirano que te atormente. Si los amigos de Pisístrato te encuentran en
alguna parte, como es muy posible, no dudes que se venguen de ti.»
Epiménides pasó toda su vida en la práctica de las virtudes. Era muy
aficionado a la poesía y escribió muchas obras en verso. Compuso un
poema sobre la generación de los Curetas y de los Coribantes, y otro
sobre la expedición de Colcos.
Epiménides vivió, según algunos, 157 años, y 298 según otros. Como toda
su vida fue misteriosa, hubo quien dijo que había envejecido en tantos
días cuantos años había estado durmiendo. Los cretenses le hacían
sacrificios como a un dios. Los lacedemonios conservaron religiosamente
su cadáver, en virtud de un oráculo que se lo había mandado así. |