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COMPENDIO DE LAS VIDAS DE LOS FILÓSOFOS ANTIGUOS

François Fénelon - Índice general

 

 


 

JENÓCRATES

Vivía al principio de la Olimpiada 110, y moría el año tercero de la 116.
 

Jenócrates fue uno de los más ilustres filósofos de la antigua Academia, por su probidad, por su prudencia, y por la pureza de sus costumbres. Nació en Calcedonia y era hijo de Agatenor. Hízose discípulo de Platón, siendo todavía muy joven, y se aficionó tanto al filósofo, que le acompañó a Sicilia, cuando Platón fue a aquella isla llamado por Dionisio.

Su entendimiento era sólido, pero comprendía con mucha lentitud. Platón solía decir que Aristóteles necesitaba brida y Jenócrates espuela. Otras veces decía en tona de chanza: «Es menester uncir este asno con un caballo.» Era muy grave y circunspecto, y su maestro le aconsejaba que hiciese un sacrificio a las Gracias. Jenócrates pasaba la vida encerrado en la Academia. Cuando salía por las calles de Atenas, que era raras veces, todos los mancebos de buen humor le hacían rabiar dándole chascos y diciéndole chanzas y apodos. Otras veces le exponían a las más irresistibles tentaciones, de las cuales, sin embargo, sabia defenderse. La célebre Friné, apostó que le subyugaría, y un día en que Jenócrates había bebido algo más de lo regular, aquella hermosa cortesana se presentó en su habitación, magníficamente adornada. Estuvo en su compañía largo rato, procurando cautivarle por todos los medios imaginables; más no lo pudo conseguir. Friné, avergonzada, se vengó de él con epigramas.

Era no menos desinteresado que casto. Alejandro le envió una gran cantidad de dinero, más Jenócrates no tomó más que tres minas y le devolvió lo demás, diciendo a los que le habían traído aquel regalo: «Alejandro tiene que mantener a mucha gente, y, así, más falta le hace el dinero a el que a mí.»

Cuando estaba en Sicilia, ganó una corona de oro, por haber bebido más vino que los otros convidados. De vuelta a Atenas, consagró la corona a Mercurio.Jenócrates . Ilustración de Galerie der alten Griechen und Rumer (1801, Augsburg)

Una vez fue enviado con otros embajadores al rey de Macedonia, Filipo. Éste los obsequió mucho y les hizo magníficos regalos, les dio muchas audiencias, y los sedujo de modo que estaban dispuestos a ceder en un todo a su voluntad. Jenócrates, sin embargo, no quiso admitir los regalos, ni asistir a los banquetes ni a las audiencias. Cuando la embajada volvió a Atenas los que la componían dijeron al pueblo que había sido enteramente inútil la presencia de Jenócrates, puesto que nada había hecho, y de nada les había servido. El pueblo manifestó mucho descontento y ya iba a condenar a Jenócrates, a que pagase una multa, más él refirió todo lo que había pasado, y dijo a los atenienses que tuviesen mucho cuidado con los negocios públicos, en atención a que los embajadores, seducidos por los regalos y obsequios del rey, habían abrazado sus intereses. De repente, cambiaron los sentimientos del pueblo por Jenócrates, el cual empezó a ganar gran reputación. Este negocio hizo mucho ruido, y Filipo confesó después que el único embajador a quien no había podido vencer era Jenócrates,

Durante la guerra de Lamia, Antipater hizo prisioneros a muchos atenienses. Jenócrates tuvo la comisión de negociar su rescate. Cuando Antipater le vio entrar en su palacio, lo primero que hizo fue convidarle a comer, más él respondió que antes de todo era necesario tratar del objeto de su embajada, y poner en libertad a sus compatriotas. Antipater, admirado de tanto patriotismo, despachó con prontitud el negocio, y los atenienses fueron puestos en libertad.

Hallándose en Sicilia en presencia de Dionisio, éste dijo a Platón: «Puede ser que haya quien te corte la cabeza. Para eso, dijo Jenócrates, es menester que haya quien corte antes la mía.»

Cuando el filósofo Espeusipo se sintió viejo y achacoso, mandó llamar a Jenócrates y le rogó que le sucediera en la dirección de la Academia, que había estado a su cargo desde la muerte de Platón. Jenócrates convino en ello y empezó a enseñar públicamente. Cuando venia alguno a su escuela, sin saber música, geometría, ni astronomía, Jenócrates le aconsejaba que se retirase, puesto que carecía de los fundamentos de la ciencia.

Los atenienses tenían tan alta idea de la probidad de Jenócrates, que debiendo ser testigo en una causa, y habiéndose acercado al altar, a prestar el juramento en la forma ordinaria, los jueces se levantaron, y no quisieron permitírselo, diciendo que su palabra bastaba, y que el juramento, en un hombre como él, era inútil.

Polemón, hijo de Filóstrato, joven de malísima conducta, entró un día en la Academia, coronado de flores, y dando muestras del mucho vino que había bebido. Jenócrates estaba hablando de la templanza, y continuó su lección en los términos más enérgicos y elocuentes. Polemón le oyó con atención a pesar del estado en que se hallaba, y quedó tan convencido que abandonó el género de vida que había seguido hasta entonces, y fue después uno de los discípulos más aventajados de la Academia, en términos que sucedió a Jenócrates en la enseñanza. Jenócrates compuso muchas obras en verso y en prosa. Dedicó un libro a Alejandro, y otro a Efestión.

Tuvo enemigos, porque no guardaba consideraciones con nadie. Los atenienses, al cabo, fueron tan injustos que le vendieron como esclavo. Demetrio de Falerio le compró y le puso inmediatamente en libertad.

Siendo de edad de 82 años, tropezó una noche con una vasija, cayó, y murió al instante. Había enseñado en la Academia por el espacio de 22 años. Florecía en tiempo de Lisímaco, en la Olimpiada 102.

 

 

 

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