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COMPENDIO DE LAS VIDAS DE LOS FILÓSOFOS ANTIGUOS

François Fénelon - Índice general

 

 


 

PERIANDRO

Tirano de Corinto, contemporáneo de los filósofos que preceden. No se sabe exactamente el año de su nacimiento, ni el de su muerte.
 

Es muy extraño que los griegos hayan dado el título de Sabio a un loco como Periandro. Sin duda sólo han tenido en consideración sus máximas, sin hacer caso del desarreglo de su vida. Habló siempre como sabio y vivió como frenético.

Durante mucho tiempo, tuvo un comercio infame con Cratea, su madre. Un día hizo voto de erigir una estatua de oro en honor dé Júpiter si salía victorioso en los juegos olímpicos; en efecto, en los primeros juegos que se celebraron fue vencedor, más no teniendo dinero para realizar su voto, hizo despojar de sus alhajas a las señoras que se habían adornado magníficamente para asistir a una fiesta, y de este modo tuvo todo lo que le era necesario.

Periandro era hijo de Cipseles, de la familia de los Heráclides, y ejercía la tiranía en Corinto, ciudad de su nacimiento, bajo el reinado de Haliates, rey de Libia. Se había casado con Lisis, hija del príncipe de Epidauro; se le mostró siempre muy apasionado y le mudó el nombre de Lisis, llamándola Melisa. Tuvo dos lujos de este matrimonio; Cipseles, el mayor, parecía torpe y mentecato, pero Licofrón, el menor, tuvo un genio elevado, y era muy capaz de gobernar un reino.

Algunas mujeres interesadas dieron a Periandro sospechas sobre la conducta de su mujer, que a la sazón estaba embarazada. Periandro tuvo furiosos celos. Un día la encontró subiendo una escalera y le dio con el pie tan fuerte golpe en el vientre que la echó a rodar y la mató, como también al hijo que llevaba en el seno. Después se arrepintió, y para vengarse de las acusadoras de su mujer las mandó arrojar a una hoguera.

Cuando Procleo supo el modo con que su hija había sido tratada, mandó que le llevasen a sus dos nietos, a quienes amaba entrañablemente. Los tuvo algún tiempo en su poder para consolarse, y cuando los restituyó a su padre, los abrazó y les dijo: «Hijos míos, ya conocéis al asesino de vuestra madre.» El mayor no entendió lo que estas palabras querían decir, pero hicieron tanta impresión en el ánimo del menor, que cuando estuvo de vuelta a la casa paterna, no quiso hablar con su padre, ni responderle a las preguntas que le hizo. Entonces el padre examinó al mayor, Cipseles, para saber lo que el abuelo les había dicho, más Cipseles, que no tenía buena memoria, le contó solo que los había tratado muy bien. Esta respuesta no satisfizo a Periandro, el cual sospechaba otra cosa. Tanto le instó, que Cipseles, por fin, se acordó de las últimas palabras que el abuelo les había dirigido al separarse, y se las refirió al padre. Periandro conoció entonces las intenciones de Procleo, y determinó vengarse de Licofrón, su hijo menor, obligándole a tener que implorar su misericordia. Para esto mandó a las personas que le habían dado alojamiento que le arrojasen de él, y Licofrón se presentó pidiendo asilo en otras muchas casas, más nadie quería admitirle, temiendo las amenazas del padre. Encontró, por fin, algunos amigos que se compadecieron de su suerte, y que, aventurándose a las resultas, le dieron una habitación. Periandro entonces, publicó un bando imponiendo la pena de muerte a todo el que acogiese o dirigiese la palabra a su hijo. El temor de tan riguroso castigo llenó de espanto a los corintios, nadie se atrevía a acercársele; todos le miraban con terror, de modo que el desgraciado mancebo pasaba las noches en los pórticos de la ciudad. Cuatro días después, Periandro, que le vio medio muerto de hambre y de miseria, tuvo compasión de él y le dijo: «O Licofrón; ¿cual suerte es más apetecible, pasar una vida tan desgraciada como la tuya, o ser dueño de mi poder y de mis tesoros? Tú eres mi hijo, y príncipe de la floreciente ciudad de Corinto. El suceso que te ha exasperado tanto contra mí, y de que yo he sido la causa, me ha sido muy sensible. Pero tus desgracias son obra de tus manos, pues te las has ocasionado, irritando a quien debías obedecer. Ahora que conoces los efectos de tu obstinación contra tu padre, te permito que vuelvas a casa.» Licofrón, insensible como una piedra a las expresiones de su padre, le respondió con gran frialdad: «Tú mereces la pena que has impuesto a los otros, puesto que me has dirigido la palabra.» Cuando Periandro vio que era imposible vencer la tenacidad de su hijo, tomó el partido de alejarle de su vista, y le desterró a Córcira, país que le estaba sometido.

Periandro estaba muy irritado contra Procleo, a quien atribuía los disturbios que reinaban entre su hijo y el. Reunió tropas, se puso a su cabeza, y declaró la guerra a aquel príncipe. Esta empresa le salió tan bien como podía desear. Después de haberse apoderado de Epidauro, hizo prisionero a Procleo, y le retuvo en su poder, sin quitarle la vida.Busto de Periandro - Copia romana de un original griego del siglo IV a.C. Museos Vaticanos

Algún tiempo después, Periandro, que empezaba a envejecer, mandó llamar a Licofrón de su destierro, para abdicar el trono en su favor, pues su hijo mayor no parecía muy apto para el manejo de los negocios públicos. Licofrón no quiso dar respuesta alguna al mensajero que le llevó la noticia. Periandro, que amaba tiernamente a su hijo, no desmayó. Mandó a su hija a Córcira, creyendo que tendría bastante influjo en su hermano para reducirle a aceptar el poder. La princesa empleó, en efecto, todos los recursos de su celo y de su cariño a fin de vencer su tenacidad. “¿Quieres, le decía, que un extranjero se apodere del cetro de Corinto? El poder es como una mujer inconstante, que tiene muchos adoradores. Nuestro padre es viejo y tiene un pie en la sepultura. Si no vienes pronto, cierto es que toda la familia va a quedar arruinada. No abandones pues a otros las grandezas que te esperan y que tan legítimamente te pertenecen.” Licofrón le respondió que no pondría jamás los pies en Corinto, en tanto su padre residiese allí. La princesa, de vuelta a casa de su padre, le dio cuenta de la resolución de Licofrón, y entonces Periandro envió otro mensaje a su hijo, diciéndole que viniese cuando quisiere a tomar posesión del reino, pues él estaba decidido a pasar el resto de sus días en Córcira. Licofrón consintió en ello, y ya uno y otro se disponían al viaje, cuando los habitantes de Córcira, que no querían que Periandro viniese a vivir con ellos, dieron, muerte a su hijo. Periandro sintió amargamente esta desgracia, y para vengarse, mandó que trescientos niños de las primeras familias de Córcira fuesen enviados a Haliates, donde deberían castrarlos. El barco en que hacían el viaje estos inocentes tuvo que recalar a Samos, cuyos habitantes tuvieron compasión de ellos, y les aconsejaron en secreto que se acogiesen al templo de Diana. Entraron en él y los de Samos no quisieron que los corintios los sacasen bajo el pretexto de que la diosa les daba su protección. Entretanto, hallaron medios de suministrarles víveres sin declararse abiertamente enemigos de Periandro. Enviaban todas las tardes a los jóvenes de Samos, de ambos sexos, a bailar alrededor del templo, adonde echaban tortas hechas con miel. Los niños de Córcira las recogían y de ellas subsistían. Los corintios se volvieron a su patria. Periandro se apesadumbró tanto por no poder vengar a su hijo como lo había proyectado, que resolvió quitarse la vida, pero, no queriendo que nadie supiese el paradero de su cadáver, imaginó el arbitrio siguiente: mandó venir dos jóvenes y les indicó un sendero poco frecuentado. Les mandó que se paseasen por él la noche siguiente, que matasen al primero que pasase y que le enterrasen inmediatamente. Después llamó a otros cuatro, a quienes mandó que se paseasen por aquel mismo camino, un poco más tarde y que si encontraban dos jóvenes, les diesen muerte y los enterrasen.

Después mandó llamar mayor número de jóvenes, y que matasen y enterrasen a los cuatro. Tomadas estas disposiciones, se presentó a la hora oportuna en el sitio señalado y pereció a manos de los dos primeros jóvenes. Los corintios, que no pudieron hallar su cadáver, le alzaron un monumento sepulcral con una inscripción para honrar su memoria.

Periandro fue el primer rey que salió escoltado con guardias, y el primero que mudó el nombre de magistrado en el de tirano. No permitía a toda clase de gentes vivir en la ciudad. Trasíbulo, cuyos consejos solía seguir, le escribió en estos términos: «Nada he ocultado al mensajero que me envías. Le he llevado a un sembrado de trigo, y en su presencia he cortado todas las espigas que se alzaban sobre las otras. Sigue mi ejemplo, si quieres conservar el mando. Quita la vida a los principales habitantes de la ciudad, sean amigos, sean enemigos, porque un usurpador debe desconfiar de aquellos que más afecto le demuestran.»

Periandro decía que nada se resiste al hombre, puesto que había hallado medio de romper un istmo; que con la paciencia y el ingenio se logra todo; que el hombre no debe jamás proponerse las riquezas por recompensa de sus acciones; que los reyes no pueden tener guardias más fieles que el afecto de los súbditos; que nada es tan apreciable como la tranquilidad; que no sólo debe ser castigado el que hace un mal, sino también el que tiene designio de hacerlo; que los placeres son pasajeros, y la gloria eterna; que el sabio debe ser moderado en la felicidad, y prudente en la desgracia, y que no la amistad debe ser constante a pesar de todas las vicisitudes de la suerte.

Periandro amaba a los sabios, y escribía a todos los de Grecia, convidándolos a pasar algunos días en Corinto, como hacían en Sardes. Los recibía con mucho agrado, y hacía cuanto estaba en su poder para contentarlos.

Reinó cuarenta años, y murió en la Olimpiada 42. Algunos son de opinión que hubo dos Periandros y que después, los dichos y hechos de los dos, se han atribuido a uno sólo.

 

 

 

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