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COMPENDIO DE LAS VIDAS DE LOS FILÓSOFOS ANTIGUOS

François Fénelon - Índice general

 

 


 

PÍTACO

Florecía en la Olimpíada 42. Murió el tercer año de la 52, de edad de setenta años.
 

Pitaco, hijo de Hirradio, procedente de una familia de Tracia, nació en Mitilene, ciudad pequeña de la isla de Lesbos, en la olimpiada 29. Fue en su juventud muy emprendedor, valiente soldado, gran capitán y siempre buen ciudadano. Observaba la máxima de que es preciso acomodarse al tiempo y aprovechar la ocasión.

Su primera empresa fue ligarse con el hermano de Alceo, contra el tirano Melancro, que había usurpado la soberanía de la isla de Lesbos. Melancro fue derrotado y Pítaco adquirió gran fama de valiente.

 Los pueblos de Mitilene y de Atenas estaban en guerra, mucho tiempo hacia, sobre la posesión de un territorio llamado Aquilítides. Los habitantes de Mitilene dieron a Pítaco el mando de sus tropas. Cuando los dos ejércitos estaban uno enfrente de otro y próximos a combatir, Pítaco propuso un combate particular que terminase toda la reyerta, y para ella desafió a Frinón, general de los atenienses que siempre había salido victorioso en toda especie de combate, y que había sido coronado muchas veces en los juegos olímpicos. Frinón convino en pelear y ambas partes quedaron de acuerdo en que el vencedor seria dueño del territorio que había dado margen a la disputa. Los dos generales se presentaron solos delante de los dos ejércitos. Pítaco había ocultado una red debajo de su escudo y aprovechándose diestramente de los movimientos de Frinón, le envolvió en ella, diciendo: «No be cogido un hombre sino un pez.» Pítaco mató a su enemigo a vista de los dos ejércitos y quedó dueño del territorio. Los años templaron el ardor de Pítaco y poco a poco empezó a saborear la dulzura de la filosofía. Los de Mitilene, que le respetaban sobre manera, le dieron la soberanía de la ciudad. Adoctrinado por una larga y penosa experiencia, miró con serenidad las vicisitudes de la fortuna. Después de haber establecido el orden de la república, hizo dimisión de la alta dignidad que se le había conferido y que había estado ejerciendo por el espacio de doce años y se retiró enteramente de los negocios.

Pítaco miró con desprecio las riquezas después de haberlas deseado con ansia. Los de Mitilene en consideración a los grandes servicios que les había hecho, le ofrecieron un hermoso terreno, cubierto de arroyos, de bosques y viñas y cuyos productos bastaban para que hubiese vivido con el mayor esplendor en su retiro. Pítaco tomó su dardo, lo disparó con toda su fuerza, y se contentó con un terreno igual al cuadro del espacio que el dardo había transcurrido. Los magistrados sorprendidos al ver tanta moderación, le suplicaron que explicase los motivos que tenia. Él se contentó con responderles «que una parte valía más que el todo».

Creso le escribió convidándole a ver sus riquezas. Pítaco le respondió: “Veo que deseas enseñarme tus tesoros. Sin haberlos visto estoy convencido de que el hijo de Aliates es el más poderoso de los reyes: más yo no seria más rico de lo que soy teniendo todo lo que posee. De nada necesito: me contento con poco, es decir, con lo necesario para vivir yo y algunos amigos. Sin embargo iré a verte para darte gusto.»

Creso, después de haber subyugado los griegos del Asía, resolvió equipar una escuadra para apoderarse de las islas. Pítaco pasó entonces a Sardes. Creso le preguntó si había algo de nuevo en Grecia: «Príncipe, le respondió el filósofo, los insulares han comprado diez mil caballos. Van a hacerte la guerra y a atacarte en Sardes.» «¡Ojalá, dijo Creso, que los insulares ataquen a los lidios con caballería!» «Parece, continuó Pítaco, que deseas que los griegos de las islas te ataquen a caballo y en tierra firme; y tienes razón. Pero ¿no crees que se reirán de tu armada naval? Lo que más desean ellos es pelear en la mar con los lidios, aunque no sea más que para vengar los griegos que has sacrificado.» Creso se imaginó que Pítaco estaba enterado de sus designios; renunció a ellos y hizo alianza con los griegos insulares.Pítaco - Perugino. Prudence and Justice with Six Antique Wisemen - 1497, Perugia, Collegio del Cambio- (detail)

Pítaco era de un aspecto desagradable. Tenía siempre los ojos malos; era muy grueso y desaliñado, y andaba con mucha incomodidad por causa de unos dolores que padecía en los pies. Se había casado con la hija del legislador Dracón, mujer orgullosa e insolente, que despreciaba a su marido por su fealdad y que tenía la más alta idea de su prosapia. Un día Pítaco había convidado a comer a algunos filósofos amigos suyos. Cuando todo estuvo dispuesto, su mujer echó a rodar la mesa con todo lo que tenía encima. Pítaco, sin alterarse, dijo a los convidados: «Está loca: es menester compadecerla.» Esta continua discordia en que estaba con su mujer le había inspirado mucha aversión a los casamientos desproporcionados. Un día vino a consultarle un hombre que tenía a su disposición dos mujeres, una de su misma condición, otra muy superior a él por su genealogía y por su riqueza, y deseaba saber a cual de ellas debería dar la mano de esposo. Pítaco alzó el bastón en que estaba apoyado: «Anda, le dijo, a la calle donde los muchachos se juntan a jugar. Ellos podrán aconsejarte sobre lo que me preguntas.» El hombre fue en efecto, y vio que los muchachos se decían unos a otros: «Escoge tu igual.» Entendió el consejo y renunció a la novia que le era superior.

Pítaco era tan sobrio que sólo bebía agua de la fuente, aunque en Mitilene abundaban los vinos más delicados. Aconsejó en secreto a Periandro que se abstuviese del uso del vino, si quería salir bien en su designio de hacerse dueño de Corinto, y conservarse en la autoridad suprema.

Mandó que el que cometiese alguna falta en estado de embriaguez fuese doblemente castigado. Decía que la necesidad tenía tanta fuerza que los dioses mismos tenían que obedecer a sus leyes; que el hombre daba a conocer la extensión de su espíritu en el manejo de las cosas públicas; que los sabios debían prever las desgracias que podrían sobrevenirles a fin de poder evitarlas, y que los hombres de ánimo debían sufrirlas con resignación cuando venían; que era muy difícil ser hombre de bien; que lo mejor que él hombre podía hacer era aplicarse a hacer bien lo que actualmente estaba haciendo; que para lograr buen éxito en todo es necesario emplear mucho tiempo en pensar y muy poco en obrar lo ya pensado y resuelto; que la victoria más apreciable es la que se logra sin derramar sangre, y que para que un imperio esté bien gobernado se necesita que el rey y todos los que mandan obedezcan a las leyes, tan ciegamente como el más humilde de los ciudadanos.

Cuando tengáis algún proyecto, decía a sus discípulos, no os vanagloriéis de el, porque os harán burla los que os oyen si no lo lleváis a efecto. No echéis a nadie en cara la mala fortuna, no sea que os reconvengan también si llegáis a ser desgraciados. No habléis mal de nadie, ni aun de vuestros enemigos. Conservad vuestros amigos, y vivid con ellos con tanta reserva como si con el tiempo debieran ser vuestros contrarios. Amad la castidad, sed frugales y no digáis jamás una mentira. Respetad a los dioses. Devolved fielmente el depósito que os haya sido confiado y no reveléis jamás un secreto.

En unos versos que compuso dijo que era preciso tomar el arco y las flechas y salir a matar al hombre malo donde quiera que se le encontrase, porque su corazón era doble y sus labios no proferían nada que pudiese inspirar confianza al hombre de bien.

Creso le envió a su retiro una gran suma de dinero. Pítaco no quiso aceptarla, y respondió que poseía más de lo que necesitaba. Sus respuestas eran por lo común prontas y agudas. Jamás se detuvo en responder, cualquiera que fuese la pregunta que se le dirigía. Preguntáronle ¿cual era la cosa más mudable? «El curso de las aguas, respondió, y el corazón de la mujer.» ¿Que es lo que el hombre debía hacer lo más tarde que le fuese posible? «Pedir dinero prestado a su amigo.» ¿Que es lo que debía hacerse siempre y donde quiera? «Aprovecharse del bien y del mal que sobrevengan.» ¿Que cosa es la más agradable? «El tiempo.» ¿Cual la más oculta? «El porvenir.» ¿Cual la más fiel? «La tierra.» ¿Cual la más infiel? «La mar.»

Focaico le dijo que necesitaba un hombre de bien para confiarle un asunto de importancia. “Búscalo, le respondió, y no lo encontrarás.»

Tirreo, hijo de Pítaco, estaba un día en Cumas, en la tienda de un barbero, donde los jóvenes solían juntarse para hablar de noticias. Un jornalero, arrojó un aradón, el cual cayó por casualidad sobre Tirreo y le partió la cabeza. Los de Cumas se apoderaron del jornalero y le condenaron a muerte. Pítaco, enterado de todas las circunstancias del suceso, declaró inocente al acusado, diciendo que una falta cometida sin intención merece ser perdonada, y que el que la venga se hace culpable, castigando injustamente a un inocente.

Pítaco solía divertirse en componer versos. Así escribió sus leyes y algunas otras obras. Acostumbraba ejercitarse en moler trigo con un molino de mano. Fue maestro de Ferécides, colocado por algunos entre los sabios de Grecia y cuyo fin fue muy extraordinario.

Dicen que un día cuando la guerra estaba más encendida que nunca entre los de Éfeso y los de Magnesia, Ferécides, que defendía a los primeros, encontró a un hombre en el camino. Preguntóle de donde era, y cuando supo que era de Éfeso, le dijo: «Arrástrame por los pies al país de los magnesios y ve al instante a Éfeso a referir el modo con que he querido que me trates. Diles que no tarden en enterrarme si salen victoriosos.» El hombre desempeñó puntualmente tan singular encargo. Cuando los de Éfeso supieron esta noticia, se llenaron de esperanza. Dieron la batalla al día siguiente y ganaron una victoria decisiva. Buscaron en seguida el cadáver de Ferécides y le enterraron con gran solemnidad.

Pítaco murió en la isla de Lesbos, de edad de más de setenta años, en la olimpiada 52.

 

 

 

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