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Ya había dicho en el primero de la misma obra: «Me parece, y esta
opinión está generalmente recibida, que Sócrates es el primero que
separando a la Filosofía de la investigación de los secretos de la
Naturaleza, a que los filósofos anteriores se habían aplicado
exclusivamente, la empleó en lo que más de cerca toca a las obligaciones
de la vida, de modo que solo trató de examinar las virtudes y los
vicios, y en qué consisten el bien y el mal, diciendo que todo lo que
respecta a los astros está a demasiada altura del hombre, y que aunque
pudiésemos alcanzar aquellos conocimientos, en nada podrían contribuir a
arreglar nuestra conducta.» Su único estudio fue, pues, aquella parte
de la filosofía que dice relación con las costumbres, y que comprende
todas las edades y todas las condiciones. Este nuevo modo de filosofar
tenía en su favor el ejemplo del que lo inventó, pues Sócrates fue el
modelo de los buenos ciudadanos, tanto en la paz, como en la guerra.
De
todos los filósofos afamados, él ha sido el único, como observa Luciano,
que se dedicase al ejercicio de las armas. Se halló en dos campañas, y
aunque fueron funestas al partido que defendía, se comprometió y dio
pruebas de mucho valor. En una de ellas, salvó la vida a Jenofonte, que
cayó del caballo en la retirada, y hubiera perecido a manos de los
enemigos, si Sócrates no le hubiera sacado del peligro, llevándole en
hombros gran trecho hasta que apareció el caballo. En la otra, los
atenienses vencidos y derrotados se retiraron, siendo Sócrates el
último, y mostrando tanto brío, que los enemigos no se atrevieron a
atacarle. Estas fueron las dos solas ocasiones en que Sócrates puso el
pie fuera de Atenas, muy al contrario de los otros filósofos, que
empleaban muchos años en viajar y en conversar con los sabios de las
otras naciones. Pero como el estudio a que se había dedicado se
concentraba en el hombre mismo, creyó que los viajes no le enseñarían
más que lo que podría aprender entre sus compatriotas. Y como la moral
se enseña más bien con el ejemplo que con la doctrina, se propuso seguir
en la práctica, todo lo que la recta razón y la virtud exigen. En
observancia de esta máxima, habiendo sido nombrado senador y prestado
juramento de dar siempre su voto con arreglo a las leyes, se negó a
aprobar el decreto en que el pueblo condenaba a muerte a nueve jefes del
ejército, y aunque el pueblo se exasperó y muchos hombres poderosos le
amenazaron, no por esto cedió, pues no se creía autorizado a violar el
juramento por dar gusto al pueblo.
Fuera de esta ocasión, no consta que
haya ejercido cargos públicos, pero aunque vivía como particular, gozó
de tanto aprecio en Atenas por su probidad y por sus virtudes que sus
conciudadanos le respetaban más que a los magistrados.
Cuidaba del aseo de su persona y censuraba a los que no lo hacían así;
más no dio en el fasto ni en la afectación, sino que observaba un justo
medio entre ambos excesos. Aunque era pobre, dio grandes pruebas de
desinterés. Daba sus lecciones gratuitamente, no como los demás
filósofos, que sacaban mucho dinero de sus discípulos, exigiéndoles
gratificaciones más o menos cuantiosas, según los bienes que poseían.
Decía que no le era fácil entender cómo se podía sacar un provecho
pecuniario de la enseñanza de la virtud, como si no fuera una ventaja
harto sólida y lisonjera inspirar virtudes a un hombre y acarrearse su
amistad. Antifón, sofista que deseaba desacreditar una doctrina a la que
no tenía ánimo de conformarse, le dijo que tenía razón en no tomar
dinero de sus discípulos, porque era hombre de conciencia, y sabía muy
bien que lo que les enseñaba no valía nada. Pero Sócrates le confundió
fácilmente. Sin embargo, nunca tuvo escuela abierta como los demás
filósofos de la antigüedad. Daba sus lecciones hablando familiarmente
con el primero que se presentaba.
La opinión de Sócrates acerca del culto que se debía tributar a los
dioses era conforme en todo al oráculo de Apolo en Delfos: a saber, que
cada hombre debía adorarlos a su modo y según las ceremonias practicadas
en su país. Él lo hacia así, y aunque sus facultades no le permitían
hacer grandes sacrificios, creía que los dioses apreciaban tanto sus
pobres ofrendas como las suntuosas de los potentados. Nada era tan
agradable a los dioses, en su opinión, como el ser honrados por los
hombres de bien. La oración que les dirigía era muy sencilla y
religiosa. Nada les pedía, sino lo que ellos tuviesen a bien darle, y
decía que no les pedía riquezas y honores, porque era lo mismo que si
les pidiese la gracia de jugar a los dados, o la de dar una batalla, sin
saber cual seria el éxito ni quien saldría ganancioso y triunfante.
Lejos de apartar del culto de los dioses a los que lo practicaban, creía
que era su obligación convencer y reducir a los que miraban este culto
con desprecio. Jenofonte cuenta los medios de que se valió para
conseguir este fin con un impío llamado Aristodemo, y ciertamente parece
increíble que un hombre educado en el paganismo tuviese ideas tan sanas
y juiciosas como las que encierran los discursos que pronunció en esta
ocasión.
Era pobre, como ya hemos dicho, pero tan contento con la
pobreza, que no quiso ser rico, como hubiera podido serle aceptando los
regalos que le querían hacer sus amigos y discípulos; pero los rehusó
constantemente, con harto sentimiento de su mujer, a quien no agradaba
tanta filosofía. Era tan moderado en la comida y en el traje que el
sofista Antifón no cesaba de burlarse de su mezquindad, pero Sócrates le
hizo ver cuánto se engañaba el que creía que la felicidad consistía en
la abundancia, en la holgura y en el deleite. Aunque sumamente rígido
consigo mismo, era sumamente indulgente y tolerante con los demás. Lo
primero que procuraba inspirar a sus discípulos era el respeto a los
dioses, y después la templanza y el odio a los placeres sensuales,
probándoles que privaban al hombre del bien más preciando que poseía,
que era la libertad.
Sus lecciones eran sumamente agradables, pues se
reducían a conversaciones amistosas, sin aparato, sin plan, tratando del
primer asunto que se ofrecía. Empezaba haciendo una pregunta, como el
hombre que desea instruirse, después, aprovechándose de las respuestas
que se le habían dado, probaba a sus oyentes la proposición contraria a
la que ellos habían establecido al principio de la conversación. Pasaba
la mayor parte del día en estas conferencias, y recibía perfectamente a
los que venían a oírle. Aunque no dejó nada escrito, podemos juzgar de
su moral por lo que de ella han dicho Jenofonte y Platón. Estos dos
escritores, discípulos suyos, están perfectamente de acuerdo no sólo en
las doctrinas que le atribuyen, sino también en el modo de exponerlas, prueba
irrecusable de que no han fingido lo que refieren. Platón, sin embargo,
si hemos de dar crédito al mismo Sócrates, le atribuyó cosas que nunca
dijo.
¿Como es posible que un hombre tan justo, tan moderado, tan religioso,
fuese condenado a muerte como impío y como pervertidor de los jóvenes
atenienses? Esta injusticia sólo pudo hacerse en tiempos de desorden y
bajo el gobierno sedicioso de treinta tiranos. He aquí lo que dio
ocasión a tan odiosa iniquidad. Critias, el más poderoso de estos
tiranos, había sido, como Alcibíades, discípulo de Sócrates, pero los
dos le abandonaron cuando vieron que su ambición y destemplanza no
estaban de acuerdo con los documentos del filósofo. Critias hizo mas: se
convirtió en un encarnizado enemigo de su maestro, porque éste le
censuró amargamente una pasión vergonzosa, y nada omitió para evitar el
logro de sus deseos, así que cuando se vio dueño del poder, lo primero
en que pensó fue en vengarse de aquel agravio. Tenía, además, otra razón
muy poderosa para desear la muerte de Sócrates. Éste hablaba libremente
contra los tiranos, y viendo cuántos buenos ciudadanos sacrificaban a su
ambición, dijo un día en presencia de muchas personas que no era buen
vaquero aquel cuyas vacas enflaquecían continuamente. Critias y su
compañero Caricles conocieron el sentido de la comparación, y
promulgaron inmediatamente una ley prohibiendo en Atenas la enseñanza
del arte de discurrir, y aunque Sócrates no había enseñado nunca este
arte, bien se echaba de ver que el tiro iba dirigido a él, y que se le
quería privar de la libertad de expresar sus sentimientos, como lo hacia
de continuo con sus amigos.
Sócrates, sin embargo, no se acobardó. Se
presentó a los dos autores de la ley, y les pidió que se la explicasen;
pero como las preguntas del filósofo los embarazaban demasiado, le
declararon formalmente que le prohibían entrar en conversación con los
jóvenes de Atenas. Sócrates quiso saber lo que ellos entendían por
jóvenes, y le respondieron que todo el que tuviese menos edad de treinta
años. Le dijeron además que no le permitían hablar con los artesanos,
que ya estaban hartos de oírle. «¿Y que les he de responder, dijo
Sócrates, si me preguntan qué es piedad y qué es justicia. Respóndele lo
de las vacas, dijeron los tiranos.» Entonces comprendió el filósofo de donde venia el enojo, y lo que debía
temer de semejantes hombres.
Pero sus enemigos, viendo que no era fácil atacarle de frente, teniendo
tanta reputación de hombre virtuoso y sabio, creyeron que seria mucho
mejor empezar desacreditándole y con este objeto compuso Aristófanes su
comedia intitulada Las Nubes, en que se representa a Sócrates enseñando
el arte de hacer parecer justo lo que es injusto. La comedia produjo el
efecto deseado. Dado este primer paso, Melito se presentó acusando a
Sócrates de no reconocer los dioses que adoraba Atenas, y de introducir
otros nuevos; de corromper a los jóvenes y de enseñarles a no respetar a
sus padres ni a los magistrados. Concluía su acusación pidiendo que se
impusiese a Sócrates la pena de muerte. A pesar de todo el poder de los
tiranos, si Sócrates hubiera querido hacer algo en su favor, cierto es
que no se hubieran atrevido a condenarle, pero la entereza con que
respondió a su acusador, negándose a pagar una malta, porque esto seria
reconocerse culpable, exasperó a sus enemigos, sobre todo cuando
habiéndole preguntado que pena creía merecer, respondió que el pueblo
debía mantenerle toda la vida. Los tiranos no pudieron sufrir más, y la
pena de muerte fue pronunciada. Un filósofo llamado Lisias le compuso
una apología, para que se sirviese de ella ante los jueces. Sócrates la
oyó y confesó que era muy buena, pero que no la aceptaba porque no le
convenía. «¿Y porque no te conviene, le preguntó Lisias,
supuesto que convienes que es buena? » Porque, un vestido, respondió Sócrates, puede
ser muy bueno y no estar hecho a mi medida.
Sócrates estuvo mucho tiempo
en la cárcel aguardando que se ejecutase la sentencia, cuyo retardo se
debió a la casualidad siguiente: Los atenienses enviaban todos los años
a Delos un buque cargado de regalos, para el templo de Apolo, y habían
hecho voto de no ejecutar ninguna sentencia de muerte durante este
viaje. El buque había salido de Atenas el día antes de empezarse el
proceso de Sócrates; tardó mucho tiempo en regresar, por causa de los
vientos contrarios, y entretanto el filósofo estaba en la cárcel,
conversando con sus amigos y discípulos, como si se hallase libre y sin
peligro. Un día fue a verle Critón, su íntimo amigo, y, lleno de dolor,
le dijo que el buque no tardaría en llegar, pero que era muy fácil
evitar la muerte que se le preparaba, pues se le podía proporcionar un
medio seguro de escaparse de la prisión, y le suplicó con el mayor
encarecimiento que abrazase este partido. Sócrates, después de haberle
dado gracias por tan señalada prueba de amistad, le probó con razones
tan sólidas que la acción que le proponía era contraria a las leyes, a
la moral y a la filosofía, que Critón no supo que responderle. Llegado
el día en que Sócrates debía beber la cicuta fatal, que era el suplicio
acostumbrado en Atenas, fueron a verle muchos amigos atenienses y
extranjeros. Estaba con su mujer, la cual lloraba amargamente, y se
quejaba con la mayor vehemencia de su suerte. Sócrates dijo con la
mayor serenidad: «Que se lleven a esa mujer.»
Viéndose libre de este estorbo, empezó a hablar de la inmortalidad del
alma con tanta sabiduría y elocuencia, que los que le oían estaban
atónitos y llenos de admiración. Su discurso no fue una vana ostentación
de elocuencia, sino que su objeto principal era inculcar algunas
verdades morales muy dignas de estar siempre a la vista de los que
desean seguir el camino de la virtud; por ejemplo, que el sabio no debe
tener miedo a la muerte porque después de ésta es cuando el alma goza de
toda la plenitud de su ser, y de su verdadero destino; que la única
ocupación digna del alma durante su mansión en esta vida es adquirir
todo lo que pueda perfeccionarla y ennoblecerla; que la verdadera
filosofía consiste en aprender a morir; que para adquirir ideas sanas
sobre nuestra naturaleza, sobre nuestras obligaciones y sobre el modo de
desempeñarlas, es necesario huir de los placeres, y desprenderse de
todas las trabas que el cuerpo ofrece al libre ejercicio del
pensamiento; que la virtud sin sabiduría no es más que una sombra de
virtud y esclava del vicio; que si el alma se retira del cuerpo sin
señal alguna de la corrupción inherente al cuerpo, antes bien habiendo
procurado combatir los apetitos de éste, entonces va a reunirse a un ser
divino, inmortal, lleno de sabiduría, con el cual gozará de una
felicidad inefable, sin error, sin temor, sin ignorancia, sin ninguno de
los males que afligen a la naturaleza humana; por último, que lo que debe
decidir de la suerte eterna del hombre es el estado de su alma, esto
es, los vicios con que la haya contaminado, o las virtudes con que la
haya enriquecido.
Concluido este discurso empezó una escena digna de la admiración de
todos los hombres, y quizás la más interesante de cuantas presenta la
historia. Vamos a referirla copiando la narración de un testigo ocular
(1):

«En seguida Sócrates entró en un aposento inmediato para bañarse.
Critón le acompañó y los demás que estábamos presentes nos quedamos
hablando sobre todo lo que nos había dicho, y lamentándonos de la triste
situación en que nos íbamos a ver, privados del que mirábamos como
padre, y reducidos a la condición de unos huérfanos infelices. Cuando
salió del baño, le presentaron sus hijos, que eran tres, dos muy
pequeños, y otro algo mayor. También vinieron las mujeres de su casa, a
quienes dio algunas instrucciones, y después se retiraron con los hijos.
Entonces vino a donde nosotros estábamos. El sol iba acercándose al
horizonte. Casi al mismo tiempo entró el criado de los Once (2) y
acercándose a él, le dijo: "Sócrates, contigo no me sucederá lo que con
los otros reos que se hallan en tu situación, porque cuando vengo a
decirles, por orden del magistrado, que ya es hora de tomar el veneno, se
exasperan contra mí y me maldicen. Pero tú eres el más firme, el más suave y el mejor de cuantos han puesto
los pies en esta cárcel, de modo que a la hora ésta estoy seguro de que
no te quejas de mí, sino de los que tienen la culpa de tu desgracia.
Ahora, Sócrates, ya sabes lo que vengo a decirte. adios, procura
sobrellevar con firmeza esta dura necesidad."
El criado se echó a llorar
al decir estas palabras, y se apartó un poco, volviéndonos la espalda.
Sócrates, fijando en él la vista, le dijo: "Acos, amigo mió. Seguiré tus
consejos. Ved, dijo volviéndose a nosotros, la honradez de esté hombre.
Durante mi encarcelamiento, ha venido a verme y a conversar conmigo
muchas veces. Vale más que mis jueces. ¡Cuán sincero es su llanto!
Querido Critón, vamos a obedecerle: que me traigan el veneno si está
preparado, y sí no, que lo prepare él mismo." Critón le dijo que el sol
no se había puesto todavía, y que muchos reos no tomaban el veneno sino
mucho tiempo después de haber recibido la orden, cenando antes y gozando
de cuanto apetecen. "Tendrán sus razones para ello, respondió Sócrates,
y yo tengo las mías para no hacerlo. Lo único que ganaré bebiendo más
tarde el veneno será hacerme ridículo, manifestando tanto amor a la
vida que deseo prolongarla hasta el último momento. Anda, Critón, haz
lo que te digo y no me atormentes más." Entonces Critón hizo una seña al
criado, el cual preparó el veneno y se lo presentó. Sócrates preguntó
qué era lo que debía hacer; el criado respondió que después de tomar el
veneno debía dar algunos paseos hasta sentir alguna debilidad en las
piernas, y en seguida acostarse de espaldas. Sócrates tomó la copa no
solo sin alterarse, sino con cierto aire de satisfacción, y mirando al
criado le preguntó si era lícito hacer libaciones con el veneno, a lo
que el criado respondió que no había en la copa más que la dosis
necesaria. "Está Bien, repuso Sócrates, pero a lo menos, me será
permitido rogar a los dioses me den un buen viaje." Después de haber
dicho estas palabras se mantuvo algún rato en silencio, y en seguida
bebió todo el licor contenido en la copa, con una apacibilidad
maravillosa y que no se puede describir.
Ya no me fue posible contener el llanto, que hasta entonces había estado
comprimiendo con los mayores esfuerzos. Cubríme con el manto y me eché a
llorar, no por Sócrates, sino por mí mismo que tan excelente amigo iba a
perder. Critón se había retirado cubierto de lágrimas, y Apolodoro, que
no había cesado de llorar durante toda la conversación, se puso a
gritar, en términos que todos estábamos despedazados de dolor. Sócrates
no solo permaneció sereno sino que nos reprendió nuestra flaqueza.
"¿Sois vosotros, nos dijo, los hombres admirables? ¿Donde está la
virtud? Es necesario morir con tranquilidad y bendiciendo a Dios. Serenaos pues, y mostrad más entereza." Estas palabras nos llenaron de
confusión y nos obligaron a reprimir nuestras lágrimas. Entretanto
continuaba dando paseos, hasta que sintió que ya no podía andar más, y
se acostó de espaldas. Al mismo tiempo, el hombre que le había traído la
copa se acercó, y le apretó las piernas, preguntándole si lo sentía, y
respondió que no. Sócrates se tentó también, y dijo que cuando el frío
llegase al corazón, se separaría de nosotros. Ya estaba frío el vientre,
y entonces se descubrió y pronunció sus últimas palabras:
Critón debemos
un gallo a Esculapio: cumple este voto y no lo olvides (3). Critón
respondió que así lo haría, y que viese si tenía otra cosa que mandarle.
El hombre que le había dado el veneno, vio que los ojos de Sócrates,
fijos en él, daban las últimas miradas. Critón se acercó y le cerró los
ojos y la boca.»
Sócrates decía que tenía un genio o espíritu que le guiaba con sus
inspiraciones, sobre lo cual han escrito libros enteros Plutarco,
Apuleyo y Máximo de Tiro. Murió el primer año de la Olimpiada 95, de
edad de 68 años.
__________
(1) Fedón en el diálogo de Platón intitulado:
Fedón, o de la
inmortalidad del alma.
(2) El criado del tribunal llamado de los Once, era el que presentaba el
veneno a los condenados a muerte.
(3) Los que han querido justificar a Sócrates del espíritu de
superstición que indican estas palabras, dicen que tal era el respeto
con que miraba la religión de Atenas, que a pesar de estar convencido de
su falsedad, quiso conformarse con ella en sus últimos momentos. Dacier
es de opinión que las palabras de Sócrates tienen un sentido simbólico:
que el gallo significa el alma, y Esculapio el verdadero médico, esto
es, la Divinidad, y que lo que debe entenderse es que ponía su alma en
manos del verdadero médico, para que la curase y purificase. Tertuliano
es de esta opinión. Lo cierto es que en todas las conversaciones de
Sócrates abundan las alusiones a sus doctrinas y que sólo así se pueden
entender muchos parajes. |