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COMPENDIO DE LAS VIDAS DE LOS FILÓSOFOS ANTIGUOS

François Fénelon - Índice general

 

 


 

SOLÓN

Nació el año tercero de la 35 Olimpíada; fue pretor en Atenas el año tercero de la 45 y murió al principio de la 55 a edad de 78 años.
 

Solón traía su origen de Atenas y nació en Salamina en la Olimpiada 35. Excestides, su padre, descendía del rey Codro, y su madre era prima hermana de la madre de Pisístrato. Empleó una parte de su juventud en viajar por Egipto, que era entonces el punto de reunión de todos los sabios. Después de haberse instruido en la forma de gobierno y en todo lo relativo a las leyes y costumbres del país, volvió a Atenas, en donde su mérito extraordinario y su distinguido nacimiento le proporcionaron empleos de mucha consideración.

Solón era hombre de gran sabiduría, unida a mucho vigor, firmeza y sinceridad. Era excelente orador, poeta, legislador y buen militar. Toda su vida fue celoso defensor de la libertad de su patria, gran enemigo de los tiranos y siempre manifestó poco empeño en enriquecer a su familia. Imitó a Tales en no fijarse a ningún maestro. Dejó el estudio de las causas naturales, para darse enteramente a la moral y a la política. Él fue el autor de esta hermosa máxima: La moderación es buena en todo.

Un día Solón se hallaba en Mileto, adonde le había atraído la gran reputación de Tales. Después de haber conversado algún tiempo con este filósofo le dijo: «Extraño mucho, Tales, que no os hayáis casado, porque tendríais mucho gusto en dar educación a vuestros hijos.» Tales no respondió nada por entonces. Pocos días después se compuso con un amigo suyo el cual, fingiéndose extranjero, fue a hacer una visita a Solón. Díjole que acababa de llegar de Atenas. «¿Y que dejas de nuevo? preguntó Solón. Nada sino es que cuando yo salía, iban a enterrar a un joven ateniense a cuyas exequias asistía todo el pueblo, por ser hombre de distinción e hijo de uno de los principales habitantes de Atenas. Su padre está fuera del pueblo, hace algún tiempo. Sus amigos tratan de darle la noticia con mucha precaución a fin de que no se muera de la pena.» «¡Oh pobre padre! exclamó Solón: ¿Y como se llama el desventurado?» «Le he oído nombrar, respondió el extranjero, pero no lo tengo presente: solo sé qué es hombre de gran sabiduría.» Solón cuya inquietud se aumentaba por instantes, le preguntó si el nombre del padre era Solón. «Justamente», respondió el extranjero. Solón entonces lleno de amargura y desesperación empezó a desgarrarse los vestidos, arrancarse los cabellos y darse de golpes en la cabeza. En fin, hizo todo lo que hacen los que reciben una grave pesadumbre. «¿A que lloras y te atormentas, le dijo Tales, por una pérdida que todas las lágrimas del mundo no pueden reparar?» «¡Ah, contestó Solón, lloro por eso mismo; porque mi mal no tiene remedio.» Al fin, Tales se echó a reír de los gestos que Solón hacia. «¡Oh amigo Solón! le dijo, ve aquí porque huyo del matrimonio. Temo someterme a su yugo, y el dolor del más sabio de los hombres, me hace ver que el corazón más firme no puede resistir el dolor que nace del amor de los hijos. No te aflijas más: todo lo que has oído ha sido una fábula

Los atenienses y los de Megara habían estado mucho tiempo en guerra cruel sobre la pertenencia de la isla de Salamina. En fin, después de muchos destrozos en una y otra parte, los atenienses, que eran los que más habían perdido, cansados de derramar tanta sangre, mandaron promulgar pena de muerte contra todo aquel que se atreviese a proponer la guerra para recobrar a Salamina, que ya estaba en posesión de Megara. Solón temía hacerse perjuicio a si mismo si hablaba, o hacérselo a su patria si guardaba silencio. Para poder obrar y decir impunemente todo lo que se le antojase, tomó el partido de fingirse loco y muy en breve esta noticia se esparció por toda la ciudad.

Después de haber compuesto algunos versos elegiacos que aprendió de memoria, salió de su casa con un vestido roto, un gorro sucio y una cuerda al cuello. Todo el pueblo se juntó en rededor; entonces Solón subió a la piedra en la que ordinariamente se hacían las proclamas públicas, y, contra su costumbre, se puso a recitar versos. «!Ojalá, decía en ellos, no fuese mi patria Atenas! ¡Ah! hubiese yo nacido en Folegandes o en Sieina, o en cualquier otro punto, todavía más bárbaro y más remoto! A lo menos no pasaría por la vergüenza de que me señalen con el dedo, diciendo: ese es un ateniense que se escapó ignominiosamente de Salamina. Venguemos pronto el agravio que hemos recibido y recuperemos la agradable mansión de que nuestros enemigos nos han despojado tan injustamente.» Estas palabras hicieron tanta impresión en los atenienses que inmediatamente revocaron la ley. Tomaron las armas y determinaron hacer la guerra a los de Megara. Dióse el mando de las tropas a Solón, el cual se embarcó con ellas en barcas de pesca. Seguíalo una galera de treinta y seis remos, y todo el convoy echó el ancla bastante cerca de Salamina. Los de Megara que estaban en la ciudad notaron alguna novedad y corrieron desordenadamente a las armas. Destacaron un buque para averiguar lo que había sucedido y este buque fue tomado por Solón, el cual mandó atar a todos los que venían dentro, e hizo embarcar en su lugar los atenienses más valientes, con orden de que se dirigiesen hacia Salamina, ocultándose cuanto les fuera posible. Solón, a la cabeza de las demás tropas, desembarcó en otro punto; salió al encuentro de los enemigos que se habían puesto en campaña y mientras les daba batalla, los que habían ido en el barco de Megara llegaron a la ciudad y se apoderaron de ella. Solón, después de haber derrotado a los enemigos, restituyó sin rescate los prisioneros que había hecho en el combate y erigió un templo al dios Marte en el mismo sitio en que había conseguido la victoria. Algún tiempo después los de Megara se obstinaron inútilmente en recobrar a Salamina; en fin, las partes beligerantes convinieron en tomar por árbitros a los lacedemonios. Solón probó ante los diputados de Esparta que Filo y Eurilaces, hijos de Ayax, rey de Salamina, habían venido a establecerse a Atenas, ofreciendo aquella isla a los atenienses si los admitían en el número de sus conciudadanos. Mandó abrir muchos sepulcros para hacer ver que los cadáveres de Salamina tenían el rostro vuelto hacia el mismo lado que los de Atenas, en vez que los de Megara los volvían al lado opuesto; en fin, que los de Salamina grababan en los sepulcros los nombres de la familia del muerto, según la costumbre particular y exclusiva de los atenienses. Pero los de Megara no tardaron en tomar su desquite, porque los disturbios que había, mucho tiempo hacia, entre los descendientes de Cilón y los de Megacles tomaron tanto incremento que de sus resultas estuvo a pique de perderse la ciudad. Cilón había aspirado antes a hacerse dueño de Atenas; descubierta su conspiración se le dio muerte, como también a muchos de sus cómplices. Todos los que pudieron escapar se refugiaron en el templo de Minerva. Megacles, que entonces era magistrado, les habló con tanta elocuencia que los obligó a presentarse ante los jueces, teniendo en la mano un hilo cuya otra extremidad estaba atada a la estatua de la diosa, con lo cual no perdían la inmunidad de que gozaban. Cuando bajaban del templo el hilo se rompió, y Megacles dijo que esto significaba que la diosa les negaba su protección. Algunos de aquellos infelices fueron inmediatamente presos y apedreados por el pueblo. Los que se refugiaron en los altares fueron casi todos pasados a cuchillo sin ningún respeto. Muy pocos se salvaron, gracias a los ruegos de las mujeres de los magistrados.

Tan malvada acción hizo aborrecibles a los magistrados y sus descendientes, que desde entonces fueron odiados por el pueblo. Muchos años después los descendientes de Cilón llegaron a ser muy poderosos, y la enemistad que reinaba entre los dos partidos se encendía cada día más y más. Solón, entonces magistrado, temió que estas divisiones acarreasen la pérdida de la ciudad, los redujo a escoger árbitros que decidiesen la disputa y estos fallaron en favor de los cilónios. Todos los descendientes de Megacles fueron desterrados y los huesos de los que habían muerto fueron arrojados del territorio de Atenas. Los de Megara se aprovecharon de esta ocasión: tomaron las armas cuando los ánimos estaban en el más alto punto de exasperación y se apoderaron de Salamina.

Apenas se apaciguó la sedición sobrevino otra cuyas consecuencias no fueron menos peligrosas. Los pobres estaban tan cargados de deudas, que los jueces los adjudicaban diariamente como esclavos a sus acreedores, los cuales los hacían trabajar, o los vendían según les acomodaba. Muchos de ellos se amotinaron, resueltos a escoger un jefe y a exigir que en lo sucesivo ninguno fuese declarado esclavo por no haber podido pagar sus deudas el día de la expiración del término, obligando además a los magistrados a hacer una división por igual de los bienes, como Licurgo había hecho en Esparta. Los alborotos fueron tan grandes y tan animados estaban los sediciosos, que no se podía hallar remedio alguno para apaciguarlos. Solón fue escogido por los dos partidos para arreglar amigablemente tanta desavenencia. Al principio se negó a adoptar un cargo tan espinoso, y solo pudo resolverse a ello por el amor que tenía a su patria. Se le había oído decir muchas veces que la igualdad evitaba las contestaciones y cada cual interpretaba esta sentencia en su favor. Los pobres creían que solo quería reducir todos los ciudadanos a una perfecta igualdad; los ricos por el contrario pensaban que su intención era medir a todos según el nacimiento y la dignidad. De este modo se hizo tan agradable a unos y a otros que todos le instaron que aceptase la soberanía. Aun aquellos que no tenían interés alguno en estas reyertas, no hallaban otro medio para terminarlas que reconocer por jefe al que pasaba por el más hombre de bien y por el más sabio de la tierra. Solón lo rehusó desde el principio y declaró que jamás consentiría en ello. Sus mejores amigos no podían menos de censurarlo. «Sois muy simple, le decían. ¿Podéis rehusar, sólo por el nombre vano de tirano, una soberanía que adquirís de un modo tan legítimo? ¿No se declaró Timondas rey de Eubea? ¿Pítaco no reina hoy día en Mitilene?» Solón, sin embargo, se manifestó inflexible en su resolución. «La soberanía legítima, decía, y la tiranía, son sin duda muy apetecibles: pero están rodeadas de precipicios y no hay camino para poder salir de ellos.» Jamás se le pudo resolver que adoptase un partido tan ventajoso. Todos sus amigos le trataban de loco y de insensato. Solón, sin embargo, se dedicó seriamente a apaciguar las discordias de Atenas. Mandó abolir todas las deudas antiguas y prohibió toda reclamación para su cobro y afín de dar ejemplo, restituyó siete talentos que le tocaban de la herencia de su padre. Declaró nulas todas las deudas que se hiciesen en adelante con obligación personal, impidiendo así y cortando de raíz el inconveniente que había sido la causa de las últimas revueltas. Está resolución descontentó desde luego a los dos partidos; los ricos sentían perder lo que les era debido, y los pobres no querían mas que la división por igual de las riquezas. Pero de tal modo se convencieron unos y otros en lo sucesivo de la utilidad de las medidas tomadas por Solón, que le escogieron da nuevo para apaciguar los tumultos causados por las tres facciones diferentes que reinaban en Atenas, autorizándole a reformar las leyes según lo creyese oportuno, y a establecer el gobierno que más le agradase.

Los habitantes del monte querían que el pueblo decidiese de todos los negocios públicos; los de la llanura eran de opinión que se confiase el gobierno a un cierto número de ciudadanos escogidos entre los de más distinción, y los de la marina estaban por un sistema medio en virtud del cual el cuerpo supremo del Estado debía componerse de ciudadanos de las dos clases, nombrados por la suerte. Solón empezó por abolir las leyes de Dracón, su predecesor, cuya severidad era demasiada. Las faltas más ligeras se castigaban con la pena de muerte como los más graves crímenes. La misma pena se imponía al ocioso, al que hurtaba un manojo de hierbas o un puñado de fruta, que al sacrílego, al homicida, al reo de las más horribles maldades. Esto dio lugar a que se dijere que las leyes de Dracón estaban escritas con sangre. Un día preguntaron a este legislador qué razón había tenido para prodigar la pena de muerte, a lo que respondió: «Las faltas más pequeñas la merecen, y para las graves no encuentro otra mayor.»

Solón dividió los ciudadanos en tres órdenes según los bienes que cada uno de ellos poseía. Admitió a todo el pueblo a la decisión de los negocios públicos, excepto a los artesanos que vivían de su trabajo. Éstos estaban excluidos de los empleos y no gozaban de los mismos privilegios que los demás. Mandó que los primeros magistrados fuesen siempre sacados del primer orden; que en caso de sedición, el ciudadano que permaneciese neutro entre los partidos fuese declarado infame; que si el hombre que se había casado con una heredera rica era impotente, su mujer pudiese escoger entre los parientes del marido el que más le conviniese; que el dote de las mujeres se redujese a tres trajes y a algunos muebles de poco valor, y que fuese lícito matar a un adultero si le cogía infraganti.

Prohibió hablar mal de los muertos. Permitió a los que no tenían hijos instituir herederos a los que escogiesen con tal de que en la época de dictar el testamento estuviesen en su sano juicio. Dispuso que el disipador de sus bienes fuese declarado infame y privado de todos sus privilegios, como también el hijo que no mantuviese a sus padres en la vejez; sin embargo el hijo no tenía esta obligación con respeto a su padre si este no le había enseñado un oficio.

Que ningún extranjero pudiese ser ciudadano de Atenas, sino había sido desterrado de su patria para siempre o sino se establecía en Atenas con su familia para ejercer algún empleo o profesión.

Disminuyó las recompensas que se daban comúnmente a los atletas.

Mandó que se educasen por cuenta del público los lujos de los que habían muerto defendiendo a su patria; que un tutor no pudiese vivir con la madre de sus pupilos, y que el próximo heredero no pudiese ejercer el cargo de tutor; que el robo fuese castigado con pena de muerte y que el que sacase un ojo a otro perdiese los dos suyos.

Las leyes de Solón fueron grabadas en piedra. Los miembros del consejo reunidos solemnemente juraron que las observarían y que las harían observar. Los encargados en ejecutarlas juraron además que si alguno de ellos faltaba a esta obligación ofrecería al templo de Apolo una estatua de oro del mismo peso que la de esta divinidad. Había jueces nombrados para interpretar las leyes en caso de haber casos en que fuera preciso.

Solón estaba un día escribiendo sus leyes y Anacarsis se echó a reír burlándose de este trabajo. «¿Quieres, le dijo, con algunos renglones escritos reprimir la injusticia y las pasiones de los hombres? Tus leyes son como las telarañas que solo prenden a las moscas.» «Los hombres, respondió Solón, observan aquello en que han convenido entre sí. De tal modo arreglaré yo mis leyes, que todos los ciudadanos conozcan que les es más útil obedecerlas que violarlas.» Preguntáronle que razón había tenido para no hacer una ley contra los parricidas. «Porque no he creído, respondió, que haya hombres capaces de cometer semejante delito.»

Solía decir a sus amigos que un hombre de setenta años no debía temer la muerte ni quejarse de las desgracias de la vida; que los cortesanos son como las fichas del juego, que sólo sirven para contar, y que representan más o menos valor según el capricho del príncipe; que los que rodean a los príncipes no deben aconsejarles lo más agradable, sino lo más ventajoso; que la mejor guía que tenemos para conducirnos es la razón, y que nada debemos hacer sin consultarla; que debemos tener más confianza en la probidad de un hombre que en su juramento; que no debemos contraer amistades de ligero, pero que es peligroso romper las ya contraídas; que el medio más seguro y más pronto de rechazar la envidia es olvidarla; que el hombre no debe mandar sin haber aprendido antes a obedecer; que todos los hombres deben mirar con horror la mentira; en fin, que debemos honrar a los dioses, respetar a nuestros padres y no tener trato con los malos.

Solón echó de ver que Pisístrato iba ganando mucho partido en Atenas y que iba tomando las medidas necesarias para hacerse con la soberanía. Hizo cuanto le fue posible para contrarrestar estos designios; convocó al pueblo en la plaza pública; se presentó armado y se explicó en estos términos: «atenienses, soy más sabio que los que desconocen las perversas ideas de Pisístrato y más valiente que los que las conocen y no tienen ánimo de declararse contra ellas. Pronto estoy a ponerme a vuestra cabeza y a combatir generosamente en favor de la libertad»» El pueblo que estaba en favor de Pisístrato, creyó que Solón estaba loco. Pasaron algunos días, Pisístrato se hizo una herida y se presentó cubierto de sangre y reclinado en un carro a vista del pueblo, quejándose de que sus enemigos le habían cogido a traición y le habían puesto en aquel estado deplorable. «Hijo de Hipócrates, le dijo Solón, mal representas el papel de Ulises, el cual se arañó para engañar a sus enemigos, empero tú te hieres para engañar a tus conciudadanos.» El pueblo se reunió y Pisístrato pidió una guardia de cincuenta hombres. Solón manifestó en público y con vigor las fatales consecuencias que traería consigo semejante medida, pero nada pudo conseguir de un pueblo alborotado.

Pisístrato tuvo cuatrocientos hombres a su disposición y no tardó mucho en alistar otras tropas para apoderarse de la fortaleza. Los principales habitantes de la ciudad miraron con la mayor extrañeza estas disposiciones, y solo pensaron en retirarse y ponerse al abrigo del riesgo que amenazaba. Solón, sin embargo, no se desanimó. Después de haber echado en cara a los atenienses su necedad y su cobardía; «Antes, les dijo, os era más fácil que ahora evitar que se formase esta tiranía: más ahora os será más glorioso aboliría y exterminarla de un todo.» Cuando vió que sus palabras no podían disipar la consternación que reinaba en el pueblo, se fue a su casa, tomó las armas y las puso a las puertas del senado, exclamando: «¡Oh amada, patria! He hecho cuanto he podido en tu favor con mis acciones y palabras. Juro a los dioses que nada he omitido en defensa de las leyes y de la libertad. ¡Oh amada patria! Me voy; te dejo para siempre puesto que soy el único enemigo del tirano. Todos los demás están resueltos a reconocerle por amo

Solón no quiso jamás obedecer a Pisístrato, y temeroso de que los atenienses le obligasen a reformar sus leyes que habían jurado observar, quiso más bien desterrarse voluntariamente y viajar para conocer el mundo que vivir molestado en Atenas. Pasó a Egipto donde se detuvo algún tiempo en la corte de Amasis. Pisístrato, que tenía en alto aprecio a Solón, le agradeció mucho que se hubiese retirado de los negocios públicos y le escribió la carta siguiente para empeñarle a volver:

«No soy yo el único griego que se ha apoderado de la soberanía. Nada cometo contra las leyes ni contra los dioses, pues desciendo de Codro, y pues que los atenienses han jurado conservar siempre el poder supremo en su familia. Cuido de que se observen tus reglamentos con mucha más escrupulosidad que si fuera el populacho quien gobernase. Me contento con los tributos establecidos anteriormente y nada tengo que me distinga del más humilde de los ciudadanos, sino es ciertos honores debidos a mi dignidad. No estoy resentido contra ti porque has descubierto mis designios; creo que lo hiciste por amor a la patria y no por odio contra mí, pues no sabías cual seria mi conducta en lo sucesivo, y si lo hubieras sabido quizás no hubieras desaprobado mi empresa. Vuelve pues y nada temas. Cree que Solón no debe tener miedo de Pisístrato, pues éste no ha querido hacer daño ni aun a aquellos que han sido siempre sus enemigos. Te consideraré como mi mejor amigo y gozarás a mi lado de toda especie de satisfacción, porque no te creo capaz de una infidelidad. Si tienes razones que te impiden venir a Atenas, te establecerás donde quieras. Consentiré gustoso, con tal de que yo no sea la causa de tu expatriación.»

Solón le respondió:

«Creo que no me harás ningún daño; pues fui tu amigo antes que fueras tirano, y no debo ser más odioso a tus ojos que cualquier otro de los que aborrecen la tiranía. Dejo que cada uno piense lo que quiera acerca de si es más útil a los atenienses ser gobernados por un dueño absoluto que por muchos magistrados. Confieso que eres el mejor de los tiranos; pero no debo volver a Atenas. Después de haber establecido allí un gobierno libre y rehusado la soberanía que me ofrecían los atenienses, me censurarían con razón y creerían que yo aprobaba tus designios.»

También escribió a Epiménides en estos términos:

«Como mis leyes eran casi inútiles, su abolición no ha podido producir grandes ventajas a los de Atenas. Ni los dioses, ni los legisladores pueden ser útiles a los pueblos, sino los que los gobiernan cuando son bien intencionados. Mis leyes no han hecho grandes bienes, pero los que las han violado han echado a tierra la república, dejando el camino abierto a Pisístrato para que invadiese la soberanía. He predicho todo lo que ha sucedido; no me han querido creer; Pisístrato, que adulaba a los atenienses, les parecía más fiel que yo, que les decía la verdad. He ofrecido ponerme a la cabeza de los ciudadanos para evitar las desgracias que después han sobrevenido. Me trataron de loco y dieron guardias a Pisístrato, que se sirvió de ellas para reducir la ciudad a la esclavitud. Creo que no me quedaba otro partido que tomar sino retirarme.»

Creso, rey de Lidia, hizo tributarios suyos todos los griegos del Asia. Muchos sabios de aquel tiempo abandonaron la Grecía por diferentes motivos, y se retiraron a Sardes, capital del imperio de Creso, ciudad muy floreciente entonces y llena de personajes y de riquezas. Como Creso oía decir tantos bienes de Solón, entró en deseo de verle. Le mandó a decir que viniese a establecerse en sus estados y recibió la respuesta que sigue: Solón - Solón y Creso - Honthorst (1624, Hamburg, Kunsthalle)

«Te agradezco sobremanera la amistad que me manifiestas, y los dioses saben que si no hubiera tomado la resolución, mucho tiempo hace, de vivir en un estado libre, más quisiera vivir en tu reino que en la misma Atenas, mientras Pisístrato ejerza en ella un poder tiránico, pero en el género de vida que he abrazado, me es mucho más grato residir en un pueblo en que todos son iguales. Iré a verte sin embargo para tener el gusto de pasar algún tiempo en tu compañía. »

Solón pasó a Sardes para ver a Creso, que tanto deseaba conocerle. Al atravesar la Lidia, encontró muchos magnates con grandes acompañamientos y trenes suntuosos, y cada uno le parecía Creso. Al fin fue presentado a éste, que le aguardaba sentado en su trono y revestido de sus más brillantes galas. Solón no pareció admirado de tanta magnificencia. Creso le dijo: «Huésped, he oído hablar mucho de tu sabiduría, sé que has viajado mucho; pero ¿has visto algún hombre vestido con más magnificencia que yo?» Solón le respondió: «Los faisanes, los gallos y los pavos reales están mejor vestidos que tú, pues todas sus galas son naturales y no tienen que tomarse el trabajo de vestirse.» Esta respuesta inesperada sorprendió al rey, el cual mandó que le enseñasen todos sus tesoros. Después le mandó llamar y le dijo: «¿Has visto algún hombre más feliz que yo?» «Sí, respondió el filósofo: Telo, que ha sido hombre de bien y ha vivido en una república bien gobernada. Ha dejado dos hijos muy apreciados en Atenas, con un caudal suficiente para que sean bien educados y ha tenido la dicha de morir con las armas en la mano, ganando una victoria contra los enemigos de su patria. Los atenienses le han alzado un sepulcro en el mismo sitio en que perdió la vida y le han tributado los más altos honores.»

Creso quedó no menos admirado que al oír la primera respuesta, y no pudo menos de creer que Solón era un insensato. «Pues bien, le dijo, después de Telo ¿cual es el más dichoso de los hombres?» Solón respondió: «Hubo en otro tiempo dos hermanos llamados Cleobis y Bitón. Eran tan robustos que siempre salían victoriosos en toda clase de combates. Se querían entrañablemente. Su madre, que era sacerdotisa de Juno y a quien ellos amaban mucho, tenía que ir un día de fiesta a hacer un sacrificio al templo. Tardaron mucho en traer los bueyes, y los dos hijos tiraron del carro y la llevaron al sitio a que debía ir. Todo el pueblo los colmó de bendiciones. La madre, llena de alegría, pidió a Juno que les enviase lo que más les conviniese. Después de haber hecho el sacrificio y de haber comido muy bien fueron a acostarse y los dos murieron en la misma noche.» Creso entonces se puso muy colérico. «Y qué?, le dijo. ¿No me colocas en el número de los hombres dichosos?» «¡Oh rey de los Lidios!, respondió Solón, tú posees grandes riquezas, eres dueño de muchas naciones; pero la vida está expuesta a tantas mudanzas, que no se puede hablar de la felicidad de un hombre en tanto no llega al fin de su carrera. El tiempo promueve cada día nuevos accidentes que no se esperaban. No cantemos pues la victoria antes que termine el combate.» Creso se disgustó mucho; despidió a Solón y no quiso volverle a ver.

Esopo, que se hallaba entonces en Sardes, adonde había venido de orden de Creso para divertirle, sintió mucho la mala acogida que aquel monarca había hecho a un hombre tan distinguido. «Oh Solón, le dijo, no conviene acercarse a los príncipes, sino es para decirles lo que les es agradable.» «Al contrario, respondió Solón, no conviene acercarse a los príncipes sino para aconsejarles lo mejor y para decirles siempre la verdad

Ciro tenía en una cárcel a Astiages, su abuelo materno, y le había despojado de sus estados. Creso abrazó la defensa de este anciano y declaró la guerra a Ciro. Como tenía riquezas inmensas y se veía a la cabeza de una nación que se reputaba la más belicosa del mundo, creía que nada le era imposible. Por desgracia fue derrotado y se retiró a Sardes donde fue sitiado y hecho prisionero después de catorce días de resistencia. Fue presentado a Ciro, el cual le mandó poner cadenas, y colocarle en lo alto de una pira, atado con catorce niños lidios; y allí debía morir en las llamas a vista de Ciro y de todos los persas. Cuando iban a dar fuego a la leña, Creso, en aquel deplorable estado, se acordó de las últimas expresiones de Solón, y exclamó suspirando: «¡Oh Solón, Solón, Solón!» Estas voces sorprendieron a Ciro, en tales términos que le mandó a preguntar si estaba implorando alguna divinidad en su infortunio. Creso no respondió, pero habiéndole mandado que se explicase, dijo con la mayor amargura: «¡Ah! Acabo de nombrar a un hombre que los reyes deberían tener siempre a su lado, y cuya conversación debería serles más preciosa que los más abundantes y magníficos tesoros.» Le instaron para que se explicase más. «Es un sabio de la Grecia, dijo, que mandé llamar en cierta ocasión para que admirase mi prosperidad, y me dijo con la mayor frialdad, como si todo mi esplendor no fuese más que una vanidad necia, que aguardase al fin de mi vida y que no me jactase de una dicha expuesta a tantas mudanzas.» Mientras Creso estaba hablando, el fuego ardía ya en lo bajo de la hoguera y las llamas empezaban a subir. Ciro tuvo compasión. El estado deplorable de un príncipe que había sido tan poderoso le hizo entrar en sí. Temió que le sobreviniese igual desgracia; mandó apagar el fuego y quitar a Creso las cadenas. Después le colmó de honores y se sirvió de sus consejos en los asuntos más arduos.

Solón, después de haber salido de la Corte de Creso, pasó a Cilicia, adonde edificó una ciudad, a que dio el nombre de Solos. Habiendo sabido que Pisístrato continuaba ejerciendo el poder absoluto y que los atenienses se arrepentían de no haberse opuesto a su usurpación, les escribió en estos términos:

«Hacéis mal en acusar a los dioses como autores de vuestra mala fortuna. Si ahora sois desgraciadas, quejaos a vuestra ligereza y a vuestra locura, en no haber querido creer a los hombres bien intencionados, y en haberos dejado sorprender por las buenas razones y por las astucias de un hombre que solo quería engañaros. Las guardias que le habéis permitido tomar os guardarán en la esclavitud durante toda la vida.»

Periandro, tirano de Corinto, instruyó a Solón del estado de sus negocios y le pidió consejo. Solón le respondió:

«Me escribes que hay muchos que conspiran contra ti. Aun cuando te deshicieses de todos tus enemigos dándoles muerte, no ganarías mucho. Aquellos a quienes menos sospechas, te prepararán acechanzas; uno por temor de que le persigas, otro por odio a tu desconfianza, otro, en fin, porque creerá hacer un gran servicio a tu patria, dándote muerte. El mejor partido que puedes tomar es renunciar enteramente a la tiranía. Si no puedes resolverte a ello, llama tropas extranjeras para que tengan sujeto el país a fin de no temer a nadie ni verte en la precisión de imponer nuevos castigos.»

Solón pasó a Chipre y se hizo amigo de Filocipro, príncipe de Depia. La ciudad estaba edificada en un terreno estéril. Solón aconsejó a Filocipro que edificase otra en mejor sitio. Aprobada esta idea por el príncipe, Solón mismo designó un llano fertilísimo y dirigió todos los trabajos de la empresa, que salió a medida de sus deseos. Filocipro, en señal de su gratitud, dio a la nueva ciudad el nombre de Soles.

Solón no fue nunca enemigo del placer. Gustaba de la buena mesa, de la música y de todo lo que podía contribuir a hacer agradable la vida. No aprobaba las representaciones y espectáculos públicos en que no había más que fábulas y ficciones. Creía que estas cosas eran perniciosas a la república y que podían traer consigo muchos inconvenientes. Cuando estaba gozando del mayor crédito en Atenas, Tespis empezó a representar las tragedias que él mismo había compuesto. La novedad de este invento agradó sobremanera a los atenienses. Solón, que gustaba de divertirse, asistió un día a este espectáculo. Concluida que fue la representación, llamó a Tespis y le dijo: «No tienes vergüenza de mentir en público?» «No hay mal en ello, respondió Tespis, pues solo es por diversión.» «Sí, continuó Solón seriamente enfadado, pero si se aprueban estas mentiras porque divierten, pronto las veremos en los actos públicos y en los negocios más graves.» Mucho tiempo después, cuando Pisístrato se presentó en la plaza pública cubierto de sangre, Solón aludiendo a las representaciones dramáticas exclamó: «He aquí el origen funesto de todas esas imposturas

Algunos atribuyen a Solón la fundación del Areópago, consejo que se componía de los que habían desempeñado todos los cargos públicos del Estado. Un día le preguntaron cual era la nación más culta: «Aquella, respondió, en que el hombre que no ha sido ultrajado persigue con tanto calor al que ha injuriado a otro como si él mismo hubiera recibido la injuria.» Al fin de sus días había empezado un poema sobre la noticia que había tenido en Egipto de la existencia de una isla Atlántida, situada, según se decía, más allá del océano conocido. Murió en Chipre antes de haber concluido esta obra, en la olimpiada 55, a los ochenta y cuatro años de su edad. Mandó que sus huesos fuesen llevados a Salamina, que se quemasen allí y que se esparciesen las cenizas por el campo. Los atenienses después de su muerte le consagraron una estatua, en que estaba representado en traje de príncipe del pueblo, con el libro de sus leyes en la mano. Los habitantes de Salamina le erigieron otra que le representaba en traje de orador, hablando al público y ocultas las manos en los pliegues de la ropa.

 

 

 

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