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Estando de vuelta de Fenicia, adonde fue a comprar púrpura, naufragó en
el Pireo y perdió todo el género que había comprado. Este contratiempo
le apesadumbró mucho. Fue a Atenas, entró en una librería, y se puso a
leer el libro segundo de Jenofonte para consolarse. Cobró afición a
aquella lectura, y muy en breve olvidó su desgracia. Preguntó al librero
dónde vivían los hombres de que hablaba aquel autor. El librero, que a
la sazón vio pasar a Crates el Cínico, dijo a Zenón, enseñándoselo:
«Sigue a ese que pasa». Zenón, que tenía entonces 30 años siguió en
efecto a Crates, y se alistó desde luego en el número de sus discípulos.
Como era tímido y recatado, no pudo acostumbrarse al impudor de los
Cínicos. Crates lo echó de ver, y quiso curarlo de su flaqueza, para lo
cual le dio un puchero lleno de lentejas, y le mandó que lo llevase al
arrabal de Cerámica. Zenón le obedeció, pero hizo cuanto pudo para
evitar las miradas de los que pasaban. Entonces Crates le preguntó: «Picarillo ¿por qué ocultas lo que a nadie hace daño?»
Zenón era aficionadísimo al estudio de la Filosofía, y daba gracias a la
fortuna porque había sepultado en el mar todo cuanto poseía. Estudió más
de diez años con Crates, sin poder vencer la repugnancia que le
inspiraban las modales de aquella escuela. Por fin, cuando resolvió
abandonarla y seguir la de Estilpón de Megara, Crates le quiso detener
por fuerza, más Zenón le dijo: «¡Oh Crates, los filósofos no se dejan
cautivar sino es por los oídos. Persuádeme con razones sólidas que tu
doctrina es mejor que la de Estilpón; si no lo haces así, aunque me
encierres en tu casa, mi espíritu estará en otra parte.»
Zenón pasó otros diez años con su nuevo maestro, y con Jenócrates y
Polemón. Después se retiró y estableció una nueva secta. En breve se
esparció su fama por toda la Grecia, y en poco tiempo llegó a ser el
filósofo más distinguido de aquel país. Los atenienses le apreciaron en
tales términos que le hicieron depositario de las llaves de la ciudad.
Le alzaron una estatua, y le regalaron una corona de oro. El rey
Antígono le admiraba sobremanera. Jamás iba a Atenas sin asistir a sus
lecciones; muchas veces iba a comer a su casa, o le llevaba a cenar a la
del músico Aristocles. Pero en lo sucesivo, Zenón se abstuvo de asistir
a los convites y a las reuniones, por no familiarizarse con los
concurrentes. Antígono quiso llevárselo a su Corte, más no lo consiguió
por más que hizo. Zenón le envió dos de sus discípulos, y con ellos le
mandó a decir que se alegraba de verle tan inclinado a las ciencias;
que su estudio le alejaría de los placeres sensuales, y le haría abrazar
la virtud; que no pudiendo ir en persona a verle, por no permitírselo
sus años ni su salud, le enviaba dos amigos que sabían tanto como él
y que eran más jóvenes y robustos; que siguiese sus consejos, y con
ellos lograría ser feliz.
Zenón era alto y seco, y sumamente moreno; por esto le dieron algunos el
sobrenombre de palmero de Egipto. Tenía la cabeza algo inclinada hacia
un lado, y las piernas gruesas y malsanas. Usaba siempre ropas de tela
muy ligera y ordinaria. Se mantenía con pan, higos, miel y vino dulce.
Era tal la pureza de sus costumbres que le miraban generalmente como el
emblema de la castidad. Andaba con mucha gravedad; era de ingenio agudo
y de índole severa. Cuando hablaba arrugaba la frente y torcía los
labios. Solía alegrarse en las partidas de diversión, y hacer reír a los
concurrentes con sus chistes, y cuando le hacían algunas observaciones
acerca de esta mudanza, respondía: «Las frutas duras se ablandan en
agua.»
Su estilo era conciso, y cuando le preguntaban la razón de esto decía
que el filósofo no debía pronunciar sino sílabas breves. Cuando
reprendía, era de un modo indirecto y en pocas palabras.
Haciéndole un joven muchas preguntas sobre materias demasiado elevadas,
Zenón tomó un espejo y se lo presentó diciéndole: «¿Te parece que esas
preguntas sientan bien con ese rostro?»
Decía que los malos discursos de los oradores se parecían a la moneda de
Alejandría, bella en la apariencia, y de poco valor intrínseco.
Censuraba amargamente la vanidad que los padres y los maestros inspiran
a los jóvenes, y refería a este propósito, que Cafesio, observando el
desmesurado orgullo de uno de sus discípulos, le dio un bofetón
diciéndole: «No por alzarte sobre los demás hombres serás más virtuoso;
pero si eres virtuoso, te alzarás sobre ellos.»
Cuando le preguntaban qué era un amigo, respondía: «Otro yo mismo».
Hallándose en un convite dado a los embajadores de Tolomeo, se mantuvo
tan callado que extrañándolo los embajadores le preguntaron si quería
que dijesen algo de su parte al rey. El filósofo respondió: «Decidle que
hay aquí un hombre que sabe callar.»
Los estoicos eran de opinión que el fin que se debe proponer el hombre
es vivir según la Naturaleza, y que la regla de la Naturaleza es la
razón; que debemos seguir la virtud por sí misma, y no por deseo de
recompensas; que ella basta para hacernos felices, y que los que la
poseen gozan de una dicha verdadera en medio de los mayores males; que
no puede haber nada útil, sino lo que es honesto, y que lo que es
vicioso no puede ser útil; que los placeres sensuales no son un bien,
porque se oponen a la razón; que el sabio no teme nada, y que mira con
tanta indiferencia la gloria como la ignominia; que la severidad y la
sencillez son las bases de su carácter; que le es lícito beber vino, más
no con exceso, a fin de no perder un solo instante el uso de la razón;
que debe respetar a los dioses, hacerles sacrificios, y abstenerse de
los deleites; que el sabio sólo es capaz de amistad; que tiene
obligación de tomar parte en los negocios públicos, a fin de evitar que
el vicio se propague, y a fin de excitar los ciudadanos a la virtud; que
sólo él es digno de gobernar los pueblos, porque sólo él conoce los
límites del bien y del mal; que sólo él es irreprensible, incapaz de
hacer daño, y de admirar lo que los otros admiran.
Decían que todas las virtudes estaban encadenadas entre sí, de modo que
el que poseía una las poseía todas; que no hay medio entre el vicio y
la virtud, y que es necesario que una acción sea buena o mala, como que una
línea sea recta o curva.
Zenón vivió hasta la edad de 98 años, sin haber experimentado la menor
incomodidad. Fue generalmente sentido, y el rey Antígono se afligió
mucho cuando supo la noticia, y exclamó «¡Qué espectáculo he perdido! Ninguno de los regalos que le he hecho le ha inducido jamás a cometer
una bajeza.»
Antígono envió diputados a los atenienses pidiéndoles que enterrasen a
Zenón en el arrabal de Cerámica. Los atenienses no estaban menos
sentidos que aquel monarca. Los principales magistrados le elogiaron
públicamente, y a fin de dar más autenticidad a sus elogios, expidieron
un decreto concebido en estos términos:
«En vista de que Zenón, hijo de Mnáseo, de Citio, ha pasado muchos años
en esta ciudad, enseñando la Filosofía; que se ha mostrado en toda su
conducta muy hombre de bien; que continuamente ha estado excitando a la
virtud a los jóvenes de su escuela; y que su vida ha sido en un todo
conforme a sus preceptos, el pueblo ha tenido a bien alabarle
públicamente, regalarle una corona de oro, a que es justamente acreedor
por su probidad y su templanza, y erigirle un sepulcro, a costa del
público, en Cerámica. El pueblo quiere que se elijan cinco hombres en
Atenas que se encarguen de mandar hacer la corona y labrar el
sepulcro; que el escriba de la República grabe este decreto en dos
columnas, una de las cuales se pondrá en la Academia y otra en el
Liceo, y que el dinero necesario para estos gastos sea, muy luego,
puesto a disposición del que corre con los negocios públicos, a fin de
que todo el mundo sepa que los atenienses honran las gentes de mérito
durante su vida y después de su muerte.»
Este decreto fue expedido en tiempo en que Arrhenidas era Arconte de
Atenas; algunos días después de la muerte de Zenón.
Esta ocurrió del modo siguiente: Un día al salir de la escuela, se dio
un golpe y se rompió un dedo. Creyó que este era un aviso que los dioses
le daban de que debía morir pronto. Penetrado de esta idea, dio un golpe
en la tierra y exclamó: «¿Me llamas? Pronto estoy.» Y sin más motivo se
ahorcó con la mayor serenidad. Hacía 48 años que enseñaba sin
interrupción, y 68 que había empezado a aplicarse a la Filosofía con
Crates el Cínico.
FIN
LYON, IMPRENTA DE J. M. BOURSY
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