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Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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ALEJANDRO

Alejandro Magno - Diccionario Filosófico de VoltaireLos historiadores sólo se deben ocupar hoy de Alejandro para decir algo nuevo de él, para destruir las fábulas históricas, físicas y morales que desfiguran la historia del único grande hombre que hubo entre los conquistadores de Asia. Cuando se reflexiona sobre lo que hizo Alejandro, el cual, en la edad fogosa de los placeres y en la embriaguez que producen las conquistas, fundó más ciudades que los demás conquistadores del Asia destruyeron; cuando se reflexiona que un joven de veintidós años cambió el comercio del mundo, nos sorprende y nos extraña que Boileau le trate de loco, de ladrón de carretera, y proponga al superintendente de policía La Reynié unas veces que le encierre en una cárcel, y otras que mande que le ahorquen. Semejante petición, si se presentara en el tribunal del palacio de policía, no debía admitirse, porque se oponen a su admisión el derecho consuetudinario de París y el derecho de gentes. Alejandro estaba «exceptuado», porque fue elegido en Corinto capitán general de la Grecia, y por su cargo debía vengar a la patria de las invasiones de los persas, y cumplió con su deber destruyendo ese Imperio. Y uniendo siempre a la magnanimidad el más extraordinario valor, respetando a la mujer y a las hijas de Darío, prisioneras suyas, no mereció de ningún modo ser encarcelado ni condenado a muerte, y si lo fuese tendría derecho a apelar ante el tribunal del mundo entero de la sentencia indigna y necia de La Reynié.

Rollín afirma que Alejandro se apoderó de la famosa ciudad de Tiro por favorecer a los judíos, enemigos de los troyanos. A pesar de esto que dice Rollín, es probable que Alejandro tuviera otras razones, entre ellas la de convenir a un capitán prudente no dejar que Tiro fuera dueña del mar mientras él se dirigía a atacar Egipto.

No cabe duda que Alejandro respetaba Jerusalén; pero paréceme que es impertinente decir que «los judíos ofrecieron un ejemplo raro de fidelidad, digno del único pueblo que conocía entonces al verdadero Dios, negándose a entregar víveres a Alejandro, porque habían jurado ser fieles a Darío». Sabido es que los judíos se sublevaban contra sus soberanos en muchas ocasiones, porque, según su ley, no debían servir a ningún rey profano.

Si se negaron imprudentemente a pagar contribuciones a su vencedor, no se negaron por ser fieles a Darío, sino porque su ley les ordenaba expresamente que miraran con horror a las naciones idólatras. En sus libros las execran continuamente, y constan en ellos las reiteradas tentativas que hicieron para sacudir su yugo. Si al principio se negaban a pagar las contribuciones, fue porque sus rivales, los samaritanos, las pagaron sin dificultad, y porque creyeron que Darío, hasta siendo vencido, era todavía bastante poderoso para sostener a Jerusalén contra Samaria.

También es falso que los judíos fueran entonces «el único pueblo que reconoció al verdadero Dios», como dice Rollín. Los samaritanos adoraban a Dios, pero en otro templo; poseían el mismo Pentateuco que los judíos y con los mismos caracteres hebraicos, esto es, tirios, que los judíos habían perdido. El cisma que se promovió entre Samaria y Jerusalén fue, en pequeña escala, lo mismo que el cisma promovido entre los griegos y los latinos. El odio fue igual por entrambas partes, suscitado por el mismo fondo de religión. Alejandro, en cuanto se apoderó de Tiro con el apoyo del famoso dique, que hoy todavía causa la admiración de los inteligentes, fue a castigar a Jerusalén, que estaba cerca del camino que pensaba seguir. Los judíos, llevando al frente su sumo sacerdote, se presentaron a él humildemente y le entregaron cuantiosa suma, porque es sabido que el dinero apacigua a los conquistadores irritados. Alejandro se apaciguó, y los judíos continuaron siendo vasallos suyos y de sus sucesores. Esta es la historia verdadera y verosímil.

Rollín repite un extraño cuento, tomándolo del exagerado historiador Flavio Josefo, que lo refirió unos cuatrocientos años después de la expedición de Alejandro. Pero éste merece perdón, porque trata en todas las ocasiones de defender a su desgraciada patria. Rollín dice después de Josefo que cuando el sumo sacerdote Jaddus se prosternó ante Alejandro, éste vio el nombre de Jehová grabado en una lámina de oro que brillaba en el birrete de Jaddus, y como entendía perfectamente el hebreo, se arrodilló a su vez y adoró a Jaddus. Como este exceso de cortesía asombró a Parmenión, Alejandro le dijo que conocía a Jaddus hacía mucho tiempo; que se le apareció diez años atrás con el mismo traje y con el mismo birrete, mientras él estaba soñando en la conquista del Asia (conquista en la que no pensaba entonces); que el mismo Jaddus le excitó a pasar el Helesponto, asegurándole que Dios se pondría al frente de los griegos y le haría vencer a los persas. Ese cuento de vieja estaría en su sitio en la historia de Los cuatro hijos de Aymón y en la de Roberto el Diablo, pero es indigno de figurar en la vida de Alejandro.

Sería muy útil para la juventud publicar una Historia antigua bien razonada, de la que se extirpasen cuentos y absurdos. La fábula de Jaddus merecería respeto si a lo menos se encontrara en los libros sagrados; pero como ni siquiera la mencionan, nos es lícito ponerla en el ridículo que se merece.
 

 

No se puede dudar que Alejandro conquistó la parte de las Indias que está más acá del Ganges, y que era tributaria de los persas. Mr. Holwell, que vivió treinta años entre los brahmanes de Benarés, que aprendió su lengua moderna y su antigua lengua sagrada, nos asegura que en los anales de aquéllos está probada la invasión de Alejandro, al que llaman Mahadukoit Kounha, gran bandido, gran asesino. Esos pueblos pacíficos no podían llamarle de otro modo, y es creíble que pusieran igualmente sobrenombres semejantes a los reyes de Persia. Sus anales dicen que Alejandro entró en el país por la provincia que se llama hoy Bandahar, y es probable que tuviese algunas fortalezas en aquella frontera.

 

Alejandro descendió luego por el río Zombodipo, que los griegos llamaron Sind. No se encuentra en la historia de Alejandro ni un solo nombre indio. Los griegos no llamaron nunca por su propio nombre a una sola ciudad ni a ningún príncipe asiático; lo mismo hicieron con los egipcios: hubieran creído deshonrar la lengua griega sujetándola a una pronunciación que les parecía bárbara.

Si Flavio Josefo refirió una fábula ridícula concerniente a Alejandro y a un pontífice judío, Plutarco, que escribió mucho tiempo después de Josefo, también quiso adornar con alguna fábula la vida de su héroe. Aumentó todavía lo que dice Quinto Curcio. Uno y otro aseguran que Alejandro, al dirigirse a la India, ordenó que le adoraran, no sólo los persas, sino también los griegos. Pero es preciso saber lo que Alejandro, los persas, los griegos, Quinto Curcio y Plutarco entendían por la palabra «adorar».

Si entendemos por «adorar» invocar a un hombre como a una divinidad, ofrecerle incienso y sacrificios, erigirle altares y templos, Alejandro no exigió nada de todo eso. Si pretendió que, siendo el vencedor y el dueño de los persas, le saludaran a la manera persa, que se prosternaran ante él en ciertas ocasiones y que le trataran como a un rey persa, no pretendió nada que no fuera natural y razonable.

Los miembros de los Parlamentos de Francia hablan de rodillas a los reyes cuando presiden los tribunales de justicia. El Tercer Estado habla de rodillas en los Estados Generales. Arrodillados sirven los vasos de vino al rey de Inglaterra, y de este modo sirven a muchos reyes de Europa en su consagración. De rodillas hablan al Gran Mogol, al emperador de la China y al emperador del Japón. Los consejeros de la China de orden inferior doblan la rodilla ante los consejeros de orden superior. Como reverencia al Papa, le besan el pie derecho. Ninguna de tales ceremonias se consideró nunca como una adoración en el sentido riguroso de la palabra; de modo que todo lo que se ha dicho sobre la supuesta adoración que exigió Alejandro está basado en un equívoco.

Sólo Octavio, que tomó por sobrenombre Augusto, mandó realmente que le adoraran, tomando la palabra en el sentido más estricto. Le erigieron templos y altares, y se conocieron sacerdotes de Augusto; fue esto un verdadero sacrilegio de adoración.

Las contradicciones respecto al carácter de Alejandro serían más difíciles de conciliar si no supiéramos que los hombres desmienten su propio carácter muchas veces, y que la vida y la muerte de los mejores ciudadanos y la suerte de una provincia han dependido con frecuencia de la buena o la mala digestión de un soberano bien o mal aconsejado.

Pero ¿cómo es posible conciliar hechos improbables que se refieren de una manera contradictoria? Unos autores dicen que Calisteno fue sentenciado a muerte y crucificado por orden de Alejandro, porque no le quiso reconocer como hijo de Júpiter. A esto debemos objetar que los griegos no usaban el suplicio de la cruz. Otros autores dicen que murió mucho tiempo después, de un exceso de gordura. Ateneo asegura que le encerraron en una jaula de hierro, como un pájaro, y en ella se lo comieron los gusanos. No es posible deducir la verdad de hechos tan contradictorios.

En la historia de Alejandro se encuentran aventuras que Quinto Curcio supone sucedidas en una ciudad y Plutarco en otra, y las dos ciudades distan una de otra quinientas leguas. Alejandro, completamente armado y solo, asalta una muralla y entra en una ciudad que estaban sitiando; esta ciudad estaba cerca de Candahar, si hemos de creer a Quinto Curcio, y cerca de la embocadura del Indo, si hemos de creer a Plutarco.

Cuando Alejandro llega a las costas de Malabar o al Ganges (que dista un punto de otro cerca de novecientas millas), manda que se apoderen de diez filósofos indios, que los griegos llamaban gimnosofistas, y que iban desnudos como los orangutanes. Les propone cuestiones dignas del Mercurio galante de Visé, y les asegura con seriedad que ahorcará primero al que las resuelva peor, y así sucesivamente mandará ahorcar a los otros.

Esa anécdota se parece a la de Nabucodonosor, que prometió matar a sus magos si no le adivinaban uno de los sueños que él había olvidado; y a la del califa de Las mil y una noches, que quería estrangular a su narradora en cuanto terminara de referirle el cuento. Plutarco es el que refiere esta tontería, y preciso es respetarla: Plutarco era griego.

Puede colocarse ese cuento al lado del envenenamiento de Alejandro por Aristóteles. Plutarco nos refiere que oyó decir a un tal Agnotemis, el cual a su vez lo había oído decir al rey Antígono, que Aristóteles envió una botella de agua de Nonacris, ciudad de la Arcadia; que esa agua era tan fría que mataba de repente a los que la bebían; que Antípatra envió dicha agua en un casco de pezuña de mulo, y por esto llegó fresca a Babilonia; que Alejandro la bebió y que murió al cabo de seis días, víctima de continua fiebre.

Aunque Plutarco lo dice, duda de la veracidad de esa anécdota. Lo que resulta probado en la historia de Alejandro es que a la edad de veinticuatro años conquistó la Persia en tres batallas; que tuvo tanto genio como valor; que cambió la faz de Asia, de Grecia y de Egipto y la del comercio del mundo, y que Boileau no debía burlarse de él no siendo capaz de realizar tan gigantescas empresas ni en doble número de años.

 

Voltaire - Diccionario Filosófico    

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