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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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Voltaire - Diccionario Filosófico  

►  Asmodeo

 

ASFALTITES (LAGO DE SODOMA)

Lago Asfaltites - Diccionario Filosófico de VoltairePalabra caldea, que significa una especie de betún que abunda en los países que riega el Eufrates. Los climas europeos también lo producen, pero de muy mala calidad. También se recoge en grandes cantidades en Suiza; con él quisieron llenar en colmo dos torres que se elevan a los lados de una de las puertas de Ginebra, pero sólo duró un año; la mina quedó abandonada, pero pueden cubrirse los fondos de los tazones de las fuentes mezclando ese betún con polvos de resina; y quizás llegue un día en que se dé uso más sutil. El verdadero asfalto es el que se recogía en los alrededores de Babilonia, y con el que se supone componían el fuego griego.

Existen muchos lagos llenos de asfalto o de un betún que se le parece, así como hay otros que están impregnados de nitro. De esta clase existe un gran lago en el desierto de Egipto que se extiende desde el lago Medis hasta la entrada del Delta, y que se llama el lago de Nitro.

El lago Asfaltites, conocido por el nombre de lago de Sodoma, fue famoso durante mucho tiempo por su betún; pero en la actualidad los turcos no lo gastan, bien sea porque la mina, que está debajo del agua, haya disminuido, o porque salga de peor calidad o sea muy difícil sacarlo del fondo del agua. Algunas veces se desprenden partículas aceitosas y hasta pedazos, que sobrenadan, y los recogen, hacen con ellos una mezcla y los venden por bálsamo de la Meca. La Naturaleza no espera que le apliquen ningún bálsamo para suministrar al cuerpo la sangre y la linfa que necesita, ni para formar una nueva carne que sustituya a la que las llagas hacen perder. Los bálsamos de la Meca, de Judea y del Perú sólo sirven para impedir la acción del aire, para tapar la herida, pero no para curarla; el aceite no hace nacer la piel.

Flavio Josefo dice que en su época, en el lago de Sodoma no se criaban peces, y que el agua era tan ligera, que los cuerpos más pesados no se iban a fondo. Sin duda, en vez de decir tan «ligera», quiso decir tan «pesada», pero no lo experimentó. Después de todo, podía suceder muy bien que el agua estancada, impregnada de sales y materias compactas, pesando más que un cuerpo de semejante volumen, como el de un animal o el de un hombre, le obligara a sobrenadar. La equivocación de Josefo consiste en dar una razón falsa de un fenómeno que pudo ser verdadero.

Es creíble también que en dicho lago no hubiera peces. El asfalto no es sustancia a propósito para alimentarlos; pero sin embargo, es verosímil que en dicho lago no todo fuera asfalto; tiene de longitud veintitrés o veinticuatro leguas, y recibiendo en su manantial las aguas del Jordán, pudiera recibir también los peces de este río, aunque tal vez tampoco los tenga el Jordán, y por lo tanto, no puede suministrarlos; quizás sólo se encuentren peces en el lago superior de Tiberíades.

Añade Josefo que los árboles que crecen en las orillas del mar Muerto producen frutas de muy buen aspecto, pero que se convierten en polvo cuando las mordemos para comérnoslas. Esto ya no me parece tan probable, y nos da pie para suponer que Josefo no lo sabe por experiencia, y que da esta noticia exagerada, así como es exagerado en todo. Por regla general, producen frutas de hermosa vista y de buen sabor los terrenos sulfurosos y salados, como son los de Nápoles, de Catania y de Sodoma.

La Sagrada Biblia nos dice que destruyó cinco ciudades el fuego del cielo. En esta ocasión la física atestigua lo mismo que el Antiguo Testamento, aunque no la necesitamos para eso y aunque todos los comentaristas no estén de acuerdo. Se han conocido varios terremotos, en los que cayeron muchos rayos y que destruyeron otras ciudades más importantes que Sodoma y Gomorra.

Pero el río Jordán, teniendo necesariamente su embocadura en ese lago sin salida, en ese mar Muerto, que es semejante al mar Caspio, debe haber existido siempre en el mismo sitio; luego esas cinco ciudades no pudieron ocupar nunca el terreno que ocupa el lago de Sodoma. La Sagrada Escritura no dice tampoco que ese terreno se convirtiera en lago; dice todo lo contrario: «Dios hizo llover desde el cielo azufre y fuego, y Abraham, al levantarse por la mañana, dirigió la vista a Sodoma y a Gomorra y a las tierras que las rodean, y sólo vio cenizas revoloteando como el humo de una fragua» (1).

Luego las cinco ciudades, Sodoma, Gomorra, Seboán, Agama y Segor, debían estar situadas en la playa del mar Muerto. Pero cualquiera objetará que no es posible que en aquel desierto inhabitable, como es hoy, en el que sólo se encuentran algunas hordas de ladrones árabes, existieran cinco ciudades opulentas sumergidas en las delicias del vicio y en los placeres infames que constituyen el último refinamiento de la lubricidad, lo que sólo es propio de naciones ricas y gastadas. Pero a esa objeción puede contestarse que aquel terreno no era entonces un desierto.

Otros críticos pueden hacer también esta objeción: «¿Cómo es posible que puedan existir cinco ciudades en las extremidades de un lago cuya agua no era potable?» La misma Sagrada Escritura nos hace saber que dicho lago era de asfalto antes del incendio de Sodoma. «Había allí muchos pozos de betún en los valles, y los reyes de Sodoma y de Gomorra, huyendo, cayeron en ellos» (2).

Tercera objeción que presentan los críticos: Isaías y Jeremías dicen que Sodoma y Gomorra nunca serán reedificadas; pero Esteban el geógrafo dice que Sodoma y Gomorra estaban situadas en las riberas del mar Muerto; y en la Historia de los Concilios se ve que había obispos de Sodoma y de Segor. A esta objeción puede contestarse que Dios haría nacer en dichas ciudades, cuando se reedificaran, habitantes menos culpables, porque entonces no había en ellas obispos in partibus.

 

¿Pero qué agua beberían los nuevos habitantes, siendo en esas ciudades salobre el agua de los pozos y encontrándose en la tierra, en cuanto se cava, asfalto y sal corrosiva? A esta cuarta objeción puede contestarse que en la actualidad aún hay árabes que habitan aquellos terrenos, que han podido acostumbrarse sin duda a beber agua nociva; que Sodoma y Gomorra, durante el bajo Imperio, sólo eran miserables cabañas, y que entonces había poquísimos obispos, cuyas diócesis se reducían a una pobre aldea; y se puede añadir además que los colonos de esas aldeas preparaban el asfalto y hacían con él un comercio productivo.

 

El desierto árido y ardiente que se extiende desde Segor hasta el territorio de Jerusalén produce bálsamo y aromas, por la misma razón que produce nafta, sal corrosiva y azufre. Dícese que en ese desierto se forman petrificaciones con gran rapidez; y este efecto hace verosímil, según la opinión de algunos físicos, la petrificación de Edit, mujer de Lot.

Pero dice el Génesis en el capítulo XIX, versículo XXVI, que dicha mujer, «al ir a mirar hacia atrás, quedó convertida en estatua de sal»; eso no fue una petrificación natural que operó el asfalto o la sal; fue un verdadero milagro. Flavio Josefo, en el libro primero de las antigüedades, dice que él ha visto esa estatua; y San Justino y San Ireneo se ocupan de ella como de un prodigio que subsistía aún en su época. Esos testimonios se consideran como fábulas ridículas.

Es, sin embargo, probable que algunos judíos se divirtieran tallando de un montón de asfalto una figura grosera de mujer y que dijeran por burla que era la mujer de Lot. Yo he visto palanganas de asfalto muy bien hechas y de larga duración; pero es preciso confesar que se excede San Ireneo cuando dice: «La mujer de Lot permaneció en el territorio de Sodoma, no en carne corruptible, sino en estatua de sal permanente, produciendo sus partes naturales sus efectos ordinarios.» Uxor remansil in Sodomis, jam non caro corruptibilis, sed statua salis semper manens, et per naturalia ea quæ sunt consuetudinis hominis ostendens. (Lib. IV, cap. II.) San Ireneo no se expresa con la exactitud de un buen naturalista al decir que la mujer de Lot no era de carne corruptible y que tenía la menstruación.

En el Poema de Sodoma, cuyo autor se supone que es Tertuliano, todavía se dice lo mismo más enérgicamente:

Dicitur, et vivens alio sub corpore, sexus
Mirifice solito dispungere sanguine menses;

cuyos versos, traducidos libremente, significan: «La mujer de Lot, aunque se convirtió en estatua de sal, sigue siendo mujer y menstrúa.»

El país de los aromas fue también el país de las fábulas. En las tribus de la Arabia Pétrea y en sus desiertos, los antiguos mitologistas suponen que Mirra, nieta de una estatua, huyó de su patria después de haber cohabitado con su padre, como las hijas de Lot cohabitaron con el suyo, y que se metamorfoseó en el árbol que produce la mirra. Otros mitologistas aseguran que huyó a la Arabia Feliz; pero tan sostenible es una opinión como otra.

Lo cierto es que ningún viajero europeo se ha dedicado todavía a estudiar el terreno de Sodoma: su asfalto, su sal, sus árboles y sus frutos, ni a pesar el agua del lago, ni a analizarla, ni a averiguar si las materias que son más pesadas que el agua ordinaria del lago sobrenadan, ni a hacer una descripción exacta de la historia natural de aquel país. Los peregrinos que van a Jerusalén no se ocupan de estas investigaciones; y ese desierto está infestado de árabes vagabundos que lo recorren hasta Damasco, refugiándose después en las cavernas de las montañas que el bajá de Damasco no puede supeditar. Por eso los curiosos no pueden enterarse de ninguna de las singularidades del lago Asfaltites. Es cosa que entristece a los doctores ver que entre tantos sodomitas que hay en Europa, no se encuentre uno solo que pueda proporcionarnos datos exactos de su antigua capital.

__________

(1) Génesis, cap. XIX.
(2) Id., cap. XVI, vers. 10.

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