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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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AVIÑÓN

Aviñon - Diccionario Filosófico de VoltaireAviñón y su condado son ejemplos vivos del extremo a que pueden rayar el abuso de la religión, la ambición, la bribonería y el fanatismo. Su reducido territorio, después de pasar por mil vicisitudes, recayó en el siglo XII en la casa de los condes de Tolosa, descendientes de Carlo-Magno por la línea femenina.

Raimundo VI, conde de Tolosa, cuyos antepasados fueron los principales héroes de las cruzadas, se vio privado de sus Estados por otra cruzada que los papas suscitaron contra él, con el pretexto de que en muchas ciudades del condado los ciudadanos pensaban lo mismo que pensaban hacía más de doscientos años en Inglaterra, en Suecia, en Dinamarca, en las tres cuartas partes de Suiza, en Holanda y en la mitad de Alemania. Pero esto no era un motivo justo para entregar en nombre de Dios los Estados del conde de Tolosa al primer ocupante y para degollar y quemar vivos a sus vasallos con un crucifijo en la mano y una cruz blanca en la espalda. Todas las atrocidades que se nos refieren de los pueblos más salvajes son insignificantes si las comparamos con las barbaries de esa guerra que llamaron «santa». La atrocidad ridícula de algunas ceremonias religiosas se unió siempre a tales horrores. Sabido es que Raimundo VI fue arrastrado hasta una iglesia a presencia del legado del Papa, que se llamaba Milón, desnudo hasta la cintura, sin medias y sandalias, con una cuerda atada al cuello, de la que tiraba un diácono, mientras otro diácono le azotaba, un tercer diácono cantaba un miserere con los frailes y el legado del Papa comía.

De ese suceso arranca el derecho que los papas creen tener sobre Aviñón.

El conde Raimundo, que se dejó azotar como penitencia impuesta para conservar sus Estados, sufrió esa ignominia inútilmente, y tuvo que defender con las armas lo que creyó conservar sufriendo algunos azotes. Pasó por la dolorosa situación de ver sus ciudades incendiadas, y murió en 1213, en las vicisitudes de una de las guerras más sangrientas. Su hijo Raimundo VII no era sospechoso de ser hereje, como su padre, pero siendo hijo de hereje, debía perder todos sus bienes, siguiendo las disposiciones de las decretales. Así lo establecía la ley. Subsistió, pues, la cruzada contra él, y le excomulgaron en todas las iglesias los domingos y los días de fiesta, tocando campanas y con los cirios apagados.

El legado que estaba en Francia durante la minoría de San Luis cobraba el diezmo para sostener dicha guerra en Languedoc y Provenza. Raimundo se defendía con valor, pero renacían sin cesar las cabezas de la hidra del fanatismo, que amenazaban devorarle, hasta que al fin el Papa se vio precisado a celebrar la paz, porque la tal guerra consumía todos sus fondos, y Raimundo VII fue a firmar el tratado en el pórtico de la catedral de París. Le obligaron a pagar diez mil marcos de plata al legado, dos mil a la abadía de Citeaux, quinientos a la abadía de Clervaux, mil a la de Grand-Selve y trescientos a la de Belleperche, todo esto por la salvación de su alma. De ese modo negocia siempre la Iglesia.

Es digno de observarse que en el documento en que se consigna el tratado de paz, el conde de Tolosa pone siempre al legado del Papa delante del rey. En él dice: «Juro y prometo al legado y al rey cumplir de buena fe todas las condiciones y hacer que las cumplan mis vasallos.»

Además del pago de esas cantidades, le costó al conde de Tolosa perder lo siguiente: tuvo que ceder al papa Gregorio IX el condado de Venaissin, de la parte de allá del Ródano, y la soberanía de setenta y tres castillos de la parte de acá. El Papa se adjudicó estas posesiones por medio de una acta secreta, temiendo que constara en un instrumento público la confesión de haber exterminado muchísimos cristianos para usurpar la herencia ajena. Exigió además lo que Raimundo no podía darle sin el consentimiento del emperador Federico II de Alemania, esto es, las tierras del condado de la izquierda del Ródano, que constituían un feudo imperial. Federico II no ratificó nunca esta extorsión.

Como Alfonso, hermano de San Luis, que era casado con la hija de ese desventurado príncipe, no tuvo hijos de ella, los Estados que Raimundo VII poseía en Languedoc fueron incorporados a la corona de Francia, según quedó estipulado en el contrato de matrimonio.

El condado de Venaissin, situado en la Provenza, lo restituyó magnánimamente el emperador Federico II al conde de Tolosa. Su hija Juana, antes de morir, dispuso de él en su testamento en favor de Carlos de Anjou, conde de Provenza y rey de Nápoles. Felipe el Atrevido, hijo de San Luis, violentado por el papa Gregorio X, entregó el condado de Venaissin a la Iglesia romana el año 1274, pero hay que confesar que Felipe el Atrevido dio lo que no era suyo, y que esa cesión era completamente nula.

Una cosa semejante sucedió con la ciudad de Aviñón. Juana de Francia, reina de Nápoles, descendiente del hermano de San Luis, acusada de haber hecho ahogar a su marido, imploró la protección del papa Clemente VI, que tenía la silla pontificia en Aviñón, ciudad perteneciente a los dominios de Juana, que era condesa de Provenza. Los provenzales obligaron en 1347 a Juana a jurar sobre los Santos Evangelios que no vendería ninguno de sus dominios; pero ésta, casi a continuación de prestar el juramento, vendió Aviñón al Papa. El acta auténtica se firmó el 14 de junio de 1348, y en ella se estipuló, como precio de la venta, la cantidad de ochenta mil florines de oro. El Papa la declaró inocente del asesinato de su marido, pero no le pagó la cantidad estipulada en el acta. Nunca pudo cobrarla, aunque la reclamó jurídicamente. De modo que Aviñón y su condado sólo fueron desmembrados de la Provenza por una rapiña repugnante e inicua que encubrió el velo de la religión.

Cuando Luis XI adquirió la Provenza, la adquirió con todos sus derechos, que hizo valer en 1464, como consta en una carta que Juan de Foix escribió a dicho monarca. Pero fue tanto el poder de Roma, que los reyes de Francia condescendieron en dejarle disfrutar de esa provincia, pero sin reconocer nunca legítima la posesión que de ella tenían los papas. En el tratado de Pisa, que en 1664 celebraron Luis XIV y Alejandro VII, se dice que «se vencerán todos los obstáculos que se presenten para que el Papa pueda disfrutar de Aviñón, como disfrutaba en tiempos anteriores». El Papa, pues, sólo disfrutó de esa provincia como los cardenales obtienen pensiones del rey, pensiones que son amovibles.

Aviñón y su condado causaban siempre embarazos a todos los gobiernos de Francia. Este pequeño territorio servía de refugio a todos los que hacían bancarrota y a los contrabandistas, y por eso ocasionaba grandes pérdidas, de las que el Papa ningún provecho sacaba.

Luis XIV hizo valer sus derechos dos veces, más por castigar al Papa que por incorporar a su corona Aviñón y su condado. Luis XV hizo justicia a su dignidad y a sus vasallos. El proceder indecente y grosero del Clemente XIII le obligó a reclamar los derechos de su corona a dicho territorio en 1768. Dicho Papa quiso obrar como si estuviéramos viviendo en el siglo XIV, y Francia le probó que vivíamos en el siglo XVIII, con aplauso de toda Europa.

Cuando el oficial general, con la orden terminante del rey, entró en Aviñón, marchó directamente a la habitación donde estaba el legado del Papa, y sin dejar que le anunciaran siquiera, le dijo: «Señor legado, el rey me envía a tomar posesión de la ciudad en su nombre.»

 

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