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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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EZEQUIEL

Ezequiel - Diccionario Filosófico de VoltaireEzequiel, esclavo en Caldea, tuvo una visión a las orillas del riachuelo de Chovard, que se pierde en el Eufrates. No debe sorprendernos que viera animales de cuatro caras y cuatro alas, con pies de becerro, ni ruedas que girasen solas y estaban dotadas del espíritu de la vida. Esos símbolos sólo complacen a la imaginación; pero varios críticos se sublevan contra la orden que le dio el Señor de comer durante trescientos noventa días pan de cebada, de trigo y de mijo lleno de excrementos humanos.

El profeta, resistiéndose, contestó a ese mandato: «Señor, mi alma hasta hoy no ha sido profanada»; y el Señor le replicó: «Pues bien; toma femta de buey en vez de excremento de hombre, y amasa el pan con esta femta.»

Como no es costumbre comer semejantes confituras con pan, la mayoría de los hombres encuentran que ese mandato es indecente e indigno de la Majestad Divina. Esto no obstante, debemos confesar que la boñiga de vaca y los diamantes del Gran Mogol son perfectamente iguales, no sólo ante los ojos del Ser Divino, sino también ante los ojos del verdadero filósofo; y respecto a los motivos que Dios tuvo para ordenar semejante desayuno a su profeta no nos incumbe a nosotros averiguarlos. Nos basta hacer ver que ese mandato, que nos parece extraño, no les pareció tan extraño a los judíos.

Verdad es que la Sinagoga no permitía en la época de San Jerónimo la lectura de Ezequiel a los jóvenes hasta que cumplieran los treinta años. Pero estaba prohibida porque en el capítulo XVIII dice el profeta que el hijo no será responsable de la iniquidad del padre, y que no se dirá: «Los padres han comido racimos verdes, y los hijos tendrán denteras.» Esto está en contradicción con Moisés, que, en el capítulo XXVIII de los Números, asegura que los hijos participarán de la iniquidad de los padres hasta la tercera y cuarta generación.

Ezequiel, en el capítulo XX, hace decir al Señor que dio a los judíos «preceptos que no son buenos». He aquí por qué la Sinagoga prohibía a los jóvenes una lectura que podía poner en duda las leyes de Moisés.

Los censores de nuestros días extrañan más aún el capítulo XVI de Ezequiel, por la manera con que el profeta trata de dar a conocer los crímenes de Jerusalén. Describe al Señor hablando con una prostituta del modo siguiente: «En cuanto naciste, aún no te habían cortado el cordón umbilical; estando aún desnuda, ya tuve lástima de ti; creciste, se formaron tus pechos, creció tu vello; pasé y te vi; me hice cargo de que estabas en el tiempo de los amantes; cubrí tu ignominia, extendiendo sobre ti mi manto; acudiste a mí; te lavé, te perfumé, te vestí y te calcé bien; te di un manto, te puse brazaletes y un collar, pendientes en las orejas y corona en la cabeza. Orgullosa entonces de tu hermosura, fornicaste por tu cuenta con todos los transeúntes, y después de edificar un sitio de perdición, te prostituiste hasta en las plazas públicas, abriendo las piernas a todo el mundo, y te acostaste con los egipcios; no satisfecha con esto, has pagado a tus amantes y les has hecho regalos, y pagando en vez de ser pagada, obraste al revés que las demás prostitutas.»

Los críticos referidos se indignan mucho más de lo que dice Ezequiel en el capítulo XXIII. Una madre tenía dos hijas que perdieron su virginidad prematuramente; la mayor se llamaba Oolla y la menor Ooliba: «Oolla se volvía loca con los señores jóvenes, con los magistrados y con los caballeros, y se acostaba con los egipcios desde su adolescencia. Ooliba, su hermana, fornicó mucho más con oficiales, con magistrados y con caballeros membrudos, y era tan liviana, que iba buscando las caricias de los que tenían el miembro tan grande como los burros y que arrojaban tanto semen como los caballos.»

Estas descripciones, que indignan a los espíritus débiles, sólo son alegorías de las iniquidades de Jerusalén y de Samaria. Ese modo de expresarse, que hoy nos parece libre, no lo era entonces. La misma candidez se encuentra en muchos pasajes de la Biblia. Las frases de que se vale para describir el coito de Booz con Ruth, de Judá con su cuñada, no son deshonestas en hebreo, y lo serían en los idiomas modernos. No nos cubrimos con un velo si no nos avergüenza nuestra desnudez. ¿Cómo era posible en aquellos tiempos ruborizarse al pronunciar la palabra «testículos», cuando tocaban los de las personas a las que hacían alguna promesa, cuando era una muestra de respeto, un símbolo de fidelidad, como antiguamente entre nosotros los antiguos señores feudales poner las manos entre las de sus señores soberanos?

Las naciones modernas traducen los testículos por piernas. Eleazar pone la mano en la pierna de Abraham; José pone la mano en la pierna de Jacob. Esta costumbre era muy antigua en Egipto: los egipcios estaban tan lejos de creer que era indecente lo que nosotros no nos atrevemos a nombrar ni a enseñar, qu llevaban en procesión un miembro viril de gran tamaño, que llamaban phallum, para dar gracias a los dioses porque les proporcionó ese miembro para la propagación del género humano. Esto prueba que nuestra decencia no es la decencia de los pueblos antiguos, y que es preciso que nos despojemos de nuestras preocupaciones cuando leemos autores antiguos o cuando viajamos por naciones lejanas. La Naturaleza es la misma en todos los lugares, pero los usos y las costumbres son distintos en todas partes.

Me encontré un día en Amsterdam con un rabino que estaba muy empapado de la Biblia, y hablando conmigo me dijo: «Amigo mío, os debemos estar agradecidos por habernos hecho conocer la sublimidad de la ley mosaica, el desayuno de Ezequiel y sus hermosas actitudes sobre el lado izquierdo. Oolla y Ooliba son dos tipos admirables, que simbolizan que un día el pueblo judío será dueño de todo el mundo. Pero ¿por qué habéis omitido otros tipos que son poco más o menos de la misma fuerza? ¿Por qué no habéis descrito al Señor cuando dijo al sabio Oseas, desde el segundo versículo del primer capítulo: «Oseas, toma una prostituta y hazle hijos»? Éstas son sus mismas palabras. Oseas cohabitó con la joven, de la que tuvo un hijo, luego una hija, y más tarde otro hijo. Pero aún hay más; el Señor, en el tercer capítulo, le dice: «Busca una mujer que no sólo sea disoluta, sino adúltera.» Oseas obedeció, pero la obediencia le costó quince escudos y un sextario y medio de cebada; porque ya sabéis que en la tierra prometida había muy poco trigo. ¿Podéis explicarme lo que todo eso simboliza?» «No», le contesté. «Ni yo tampoco me lo explico.» Un sabio grave, que nos oyó hablar, se acercó a nosotros y nos dijo que todo eran ficciones ingeniosas y agradables. Un joven muy instruido, dirigiéndose a él, le replicó: «Si os gustan las ficciones, creedme, debéis dar la preferencia a las de Homero, a las de Virgilio y a las de Ovidio, pues al que le gusten las profecías de Ezequiel merece participar de su desayuno.»



 

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