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Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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Voltaire - Diccionario Filosófico  

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FRANCISCO JAVIER

San Ignacio de Loyola y San Francisco - Diccionario Filosófico de VoltaireCreemos conveniente decir algunas verdades respecto a la vida del célebre Francisco Xavero, que nosotros llamamos Javier, y que es conocido por el apóstol de las Indias. Muchísimas gentes creen todavía que estableció el cristianismo en toda la costa meridional de las Indias, en unas veinte islas, y sobre todo en el Japón. No hace treinta años que no era permitido dudarlo en Europa.

Los jesuitas se atreven a compararle con San Pablo. Escribieron sus viajes y sus milagros Tursellin, Orlandin, Lucena y Bartolí, todos ellos jesuitas, pero poco conocidos en Francia.

Cuando el jesuita Bouhours compuso su historia, pasó por un hombre de talento. Vivía en la más excelente compañía de París, y no me refiero a la compañía de Jesús, sino a los personajes de más tono en el mundo que se distinguían por el ingenio y por el saber. Tuvo fama de poseer un estilo puro que huía de la afectación, y llegó a ser propuesto candidato de la Academia Francesa, que no vaciló pasar por encima de las reglas de su instituto para admitir en su corporación al padre Bouhours; además, éste gozaba de gran influencia en su orden, que en aquel tiempo, por prestigio casi inconcebible, dirigía a todos los príncipes católicos.

Empezaba entonces a abrirse paso la sana crítica; pero sus progresos eran lentos, y los autores, por regla general, se ocupaban más de escribir bien que de escribir verdades. Bouhours compuso las vidas de San Ignacio y de San Francisco Javier, sin atraerse ninguna crítica. Apenas le censuraron que comparara a San Ignacio con César y a Javier con Alejandro. Esas comparaciones las consideraron como flores retóricas.

He visto en el colegio de los jesuitas de la calle de San Jacobo un cuadro de doce pies de anchura y de doce pies de longitud, que representa a Ignacio y a Javier ascendiendo al cielo, cada uno de ellos en un carro magnífico, tirado por cuatro caballos blancos; el Padre Eterno está en la parte alta del lienzo, pintado con una hermosa barba blanca que le cuelga hasta la cintura; Jesucristo y la Virgen María están a sus lados; el Espíritu Santo está debajo de ellos, representado por un pichón, y los ángeles están uniendo las manos y bajando la cabeza para recibir al padre Ignacio y al padre Javier. Si alguno se hubiera burlado públicamente de ese cuadro, el reverendo padre La Chaise, confesor del rey, hubiera en seguida dictado una orden secreta para que prendieran al burlón sacrílego.

Debemos confesar que Francisco Javier puede compararse con Alejandro en que los dos fueron a las Indias, como Ignacio se parece a César en que, como él, estuvo en la Galia; pero Javier, venciendo al demonio, fue mucho más allá que el vencedor de Darío. Verdaderamente causa satisfacción verle pasar a convertir infieles voluntariamente de España a Francia, de Francia a Roma, de Roma a Lisboa, de Lisboa a Mozambique, después de haber dado la vuelta al África. Permaneció mucho tiempo en Mozambique, donde recibió de Dios el don de la profecía; luego pasó a Melenda, y disputó sobre el Corán con los mahometanos, que entenderían tan bien su idioma como él entendería el de ellos; encuentra allí hasta caciques, aunque no los haya mas que en América. El barco portugués que le conduce llega a la isla Zocotora, que es sin duda la de las Amazonas, y en ella convierte a todos los insulares y edifica una iglesia: desde allí se dirige y llega a Goa, donde ve una columna en la que Santo Tomás había escrito que un día San Javier llegaría allí a establecer la religión cristiana, que floreció antiguamente en la India. Javier pudo leer perfectamente los antiguos caracteres hebreos o indios con los que estaba escrita aquella profecía. Coge luego una campanilla, reúne a su alrededor a todos los niños, les explica el Credo y los bautiza. Su gran placer consistió en casar a todos los indios con sus queridas.

Luego va desde Goa al cabo Camorín, a la costa de la Pechería y al reino de Travancor; en cuanto llega a un país tiene afán por dejarlo: se embarca en el primer buque portugués que encuentra, y no le importa a Javier la ruta que lleve ese buque; con tal de viajar está contento. Recíbenle por caridad y vuelve dos o tres veces a Goa, a Cochín, a Corí, a Negapatán, a Meliapar. Ve un buque que se dirige a Malaca, y Javier se embarca en él y se dirige a Malaca, con el sentimiento de no haber podido ir a Siam, a Pegú y á, Tonkín.

Después visita la isla de Sumatra, Borneo, Macasar, las islas Molucas, Ternate y Amboina. El rey de Ternate encerraba en su inmenso serallo cien mujeres como esposas suyas y setecientas u ochocientas concubinas. Lo primero que hace Javier es echarlas a todas de allí. Debe fijarse el lector en que la isla Ternate no tiene mas que dos leguas de diámetro.

Allí, encontrando otro buque portugués que parte para la isla de Ceilán, vuelve Javier a esa isla y da muchos paseos desde Ceilán hasta Goa y Cochín. Los portugueses comerciaban ya con el Japón, y Javier entra a bordo de un buque que se dirigía a dicho país, del que recorrió todas las islas. En una palabra, dice el jesuita Bouhours, «si se pusieran seguidas todas las leguas de los viajes que hizo Javier, andándolas se podría dar muchas veces la vuelta al mundo».

Hay que notar que empezó a viajar el año 1542 y que murió el año 1552. Si tuvo tiempo suficiente para aprender el idioma de las naciones que recorrió, hizo un verdadero milagro, y si poseía el don de las lenguas, fue todavía un milagro mayor. Por desgracia, en muchas de sus cartas dice que se veía obligado a servirse de intérpretes, y en otras confiesa que tenía gran dificultad para aprender la lengua japonesa, que no podía pronunciar bien.

El jesuita Boubours, transcribiendo algunas de sus cartas, no duda que San Francisco Javier «tuvo el don de las lenguas»; pero confiesa «que no lo tenía siempre, sino en muchas ocasiones, porque sin haber aprendido nunca la lengua china, predicaba todas las mañanas en chino en Amaguchi», que es la capital de una provincia del Japón.

Pero debió saber perfectamente las lenguas orientales, porque en dichos idiomas compuso canciones del Padrenuestro, del Avemaría y del Credo, para instruir a los niños y a las niñas.

Es admirable que ese hombre, que necesitaba intérpretes, hablase todas las lenguas a la vez como los apóstoles. Y cuando hablaba en portugués, ¿los indios, los chinos y los japoneses le entendían perfectamente? En una ocasión en que estaba hablando sobre la inmortalidad del alma, sobre el movimiento de los planetas, sobre los eclipses de sol y de luna, sobre el pecado y la gracia, sobre el paraíso y el infierno, le llegaron a entender veinte personas de diferentes naciones.

Pregúntase cómo ese hombre consiguió hacer tantas conversiones en el Japón. A esto debe contestarse sencillamente que no las hizo; pero que otros jesuitas que permanecieron mucho tiempo en aquel país, merced a los tratados convenidos entre los reyes de Portugal y los emperadores del Japón, convirtieron tanta gente, que encendieron una guerra civil, que según se asegura, costó la vida a cuatrocientos mil hombres. Éste fue el prodigio más conocido que realizaron los misioneros en el Japón. Pero los de Francisco Javier no dejan de tener su mérito.

Contamos, entre la multitud de milagros que hizo, el de los ocho niños resucitados. «El mayor milagro de Javier —dice el jesuita Bouhours— no fue el de resucitar muchos muertos, sino el de no morir él de fatiga.» El más gracioso de sus milagros fue el siguiente: dejó caer el crucifijo que llevaba en la mano en el mar, cerca de la isla Baranura, que yo creo que debía ser la isla Barataria, y a las veinticuatro horas se lo presentó un cangrejo entre sus patas. El más sorprendente de todos sus milagros (y después de hablar de éste ya no es menester hablar de ningún otro) fue el que le sucedió durante una tempestad que duró tres días, estando constantemente y al mismo tiempo en dos buques. Uno de ellos estaba a ciento cincuenta leguas del otro, y sirvió de piloto a los dos al mismo tiempo. Comprobaron este milagro todos los pasajeros, que no podían engañar ni ser engañados.

Todo lo anterior, aunque parezca mentira, se escribió seriamente y con éxito en el siglo de Luis XIV, en el siglo de las Cartas provinciales, de las tragedias de Racine, del Diccionario de Bayle y de otras muchas obras sabias.

Sería también una especie de milagro que un hombre de talento como Bouhours se prestase a imprimir semejantes extravagancias, si no supiéramos a qué excesos el espíritu de corporación, y sobre todo el espíritu monacal, arrastran a los hombres. Conservamos cerca de doscientos volúmenes enteramente parecidos al libro de que nos estamos ocupando, compilados por frailes; pero lo más funesto en esta cuestión es que los enemigos de los frailes compilan también por su parte, pero como compilan con más gracia, se leen más. Es deplorable que no se mire a los frailes en las diecinueveavas partes de Europa con el profundo respeto y con la justa veneración con que los miran todavía en algunas aldeas de Aragón y de la Calabria.

Después de hablar de Francisco Javier, es ya inútil discutir la historia de los otros Franciscos.

 

Voltaire - Diccionario Filosófico    

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