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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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Voltaire - Diccionario Filosófico  

►  Ignorancia

 

IGNACIO DE LOYOLA

San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier - Jesuitas - Diccionario Filosófico de VoltairePara conquistar gran fama y ser fundador, os aconsejo que seáis loco, pero que vuestra locura sea oportuna en la época en que vivís. En vuestra locura debe haber un fondo de razón que dirija vuestras extravagancias y que os haga ser excesivamente terco. Podrá suceder que os ahorquen, pero si no os ahorcan, debéis abrigar la esperanza de que os erijan altares.

¿Podéis decirme en conciencia si hubo jamás en el mundo otro hombre más digno de una casa de orates que San Ignacio, o sea Iñigo el de Vizcaya, que era su verdadero nombre? Le trastorna el juicio la lectura de la Leyenda Dorada, como más tarde se lo trastornan a Don Quijote de la Mancha los libros de caballería. El buen Iñigo empieza por ser el caballero de la Virgen, y vela sus armas en honor de su dama. Se le aparece la Santa Virgen, que acepta sus servicios; luego se le aparece varias veces llevando consigo a su hijo. El diablo, que está al acecho y que prevé todo el mal que los jesuitas le causarán un día, arma una batahola de duendes dentro de la casa, en la que rompe todos los vidrios. Pero el hijo de la Virgen lo expulsa haciéndole el signo de la cruz; el diablo huye a través de las paredes, dejando en ellas una gran abertura, que cincuenta años después de este suceso todavía se enseña a los curiosos.

Su familia, al ver el trastorno de sus facultades mentales, piensa encerrarle y en ponerle a dieta, pero él se desembaraza de su familia lo mismo que del diablo, y huye de ella sin saber adónde. Encuentra a un moro y disputa con él sobre la Inmaculada Concepción; el moro, que comprende su estado, le deja lo más pronto que puede. Iñigo no sabe qué hacer: si matar al moro o rezar a Dios por él; deja que decida esta cuestión su caballo, que, más cuerdo que él, vuelve a tomar el camino del establo.

Ignacio, después de esta aventura, resuelve ir en peregrinación a Belén mendigando. Su locura aumenta en el camino; los dominicos tienen lástima de él en Manresa, y lo retienen en el convento durante algunos días, hasta que le dejan ir, viendo que no conseguían curarle. Se embarca en Barcelona, llega a Venecia, de donde lo expulsan; vuelve otra vez a Barcelona, siempre mendigando, siempre teniendo éxtasis y viendo con frecuencia a la Santa Virgen y a Jesucristo.

Le hacen comprender, por fin, que para ir a Tierra Santa a convertir turcos, cristianos de la Iglesia griega, armenios y judíos, necesitaba estudiar algo de teología. Ignacio no deseaba otra cosa; pero para ser teólogo es indispensable saber antes gramática y conocer el latín; pero esto no le da cuidado; va al colegio a la edad de treinta y tres años a estudiar esas materias; allí se burlan de él y no aprende nada.

Desesperado de no poder ir a convertir infieles, le tuvo lástima el diablo; se le apareció y le juró, bajo la fe de cristiano, que si quería entregarse a él le convertiría en el hombre más sabio de la Iglesia de Dios. Ignacio no tuvo inconveniente en someterse a la disciplina de semejante maestro, y volvió a asistir a clase, en la que le dieron latigazos algunas veces, pero no por eso fue  más sabio.

Expulsado del colegio de Barcelona; perseguido por el diablo, que le castigaba por haberse arrepentido de aceptar la proposición; abandonado por la Virgen María, que no se cuidaba de proteger a su caballero, no por eso desistió éste de sus propósitos. Empezó a recorrer el país con los peregrinos de Santiago y a predicar en las calles de ciudad en ciudad. Le encierran en las cárceles de la Inquisición; cuando sale de éstas le meten en la prisión de Alcalá, de la que se escapa, y va a Salamanca, donde lo vuelven a encerrar. Conociendo por fin que no podía ser profeta en su patria, resuelve ir a estudiar a París, y hace el viaje a pie, precedido de un asno que llevaba su equipaje, sus libros y sus escritos. Al menos, Don Quijote llevaba un caballo y un escudero; Ignacio no llevaba ni una cosa ni otra.

En París encuentra las mismas vejaciones que en España: le bajan los calzones en el colegio de Santa Bárbara, con la idea de azotarle ceremoniosamente. Su vocación le hace al fin ir a Roma.

¿Cómo pudo suceder que un hombre tan extravagante fuese muy considerado en Roma, tuviera discípulos y resultase el fundador de una orden poderosa, en la que ingresaron personas muy dignas de estimación? Era terco y entusiasta; encontró otros entusiastas como él, a los que se asoció. Éstos, que estaban dotados de más razón que él, restablecieron un poco la suya, y llegó a ser más cuerdo al finalizar su vida, y hasta tener habilidad para conducirse.

Quizá Mahoma empezó por ser tan loco como Ignacio en las primeras entrevistas que tuvo con el ángel Gabriel, y quizá Ignacio, colocado en la situación de Mahoma, hubiera realizado las mismas hazañas que el Profeta, porque era tan ignorante, tan visionario y tan bravo como él.

 

Voltaire - Diccionario Filosófico    

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