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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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MARIA MAGDALENA

María Magdalena - Diccionario Filosófico de VoltaireConfieso que no sé de dónde el barón D'Holbach, autor de la Historia crítica de Jesucristo, tomó que Santa María Magdalena «tuvo complacencias criminales» con el Salvador del mundo. Dice en la página 130, línea once de la nota, que eso es una opinión de los albigenses; pero yo no he leído nunca esa horrible blasfemia ni en la historia de los albigenses ni en sus profesiones de fe. Ésta es una de las muchas cosas que ignoro. Sé que los albigenses tuvieron la desgracia de no ser católicos romanos; pero me parece que, por otra parte, respetaban profundamente la persona de Jesús.

El autor de la Historia crítica de Jesucristo recomienda a sus lectores que lean la Cristiada, que es un poema en prosa, dando por sentado que haya poemas en prosa. Me vi, pues, obligado a consultar la página de la Cristiada de donde está tomada dicha acusación, y la encontré en el libro IV, pág. 335, nota 1.ª; pero dicho escritor no cita a nadie. En un poema épico pueden perdonarse las citas, pero en un libro en prosa se necesitan citas muy autorizadas cuando se trata de un hecho tan grave que pone de punta los pelos de todos los cristianos.

Hayan dicho o no los albigenses semejante impiedad, el autor de la Cristiada se apodera de ella y la convierte en novela. Introduce en escena a María Magdalena, hermana de Marta y de Lázaro, brillando con todos los encantos de la juventud y de la hermosura, ardiendo en todos los deseos y sumergida en todas las voluptuosidades. Según el autor, es una dama de corte; sus riquezas igualan a su nacimiento; su hermano Lázaro era conde de Betania, y ella marquesa de Magdalet. Marta poseía una gran herencia, pero no nos dice dónde radicaban sus tierras. «Tenía —dice el autor de la Cristiada —cien criados y multitud de amantes, y hubiera atentado contra la libertad de todo el universo. La riqueza, las dignidades y la ambición no fueron nunca tan queridos para Magdalena como el halagüeño error que hizo que le pusieran el sobrenombre de pecadora. Tal era la hermosura que dominaba en aquella capital cuando llegó allí el joven y divino héroe, que venía desde el extremo de la Galilea. Todas las pasiones de Magdalena cedieron entonces a la ambición de subyugar al héroe de quien tanto había oído hablar.»

Entonces el autor de dicho poema, La Baume-Desdossat, imita a Virgilio. La marquesa de Magdalet habla a su hermana para que le ayude a realizar la conquista del joven héroe, como Dido emplea a su hermana Ana para que caiga en sus redes el pío Eneas. Va al templo a oír el sermón que predicaba Jesús, aunque allí éste no predicó nunca. «Su corazón la impulsa a ponerse delante del héroe que ella adora; sólo espera que le dirija una mirada cariñosa para vencerle y sujetarle a la cautividad de sus atractivos.» Luego va a buscarle en casa de Simón el Leproso, que le daba una gran cena, aunque las mujeres no entraban nunca en los festines, y mucho menos en los de los fariseos. Magdalena le derrama un bote de perfume sobre las piernas, y después de enjugárselas con su larga cabellera blonda, se las besa.

No me entretendré en examinar si la pintura que hace el autor de los santos arrebatos de Magdalena es más mundana que devota; si los besos que le da están o no expresados con demasiada libertad; si la hermosa cabellera blonda con la que seca las piernas del Salvador tiene algún parecido con lo que hacía Trimalción, que al ir a comer se enjugaba las manos con los cabellos de un esclavo joven y hermoso. Es posible que el mismo autor presintiera que pudieran encontrarse sus descripciones demasiado lascivas, porque se adelanta en la crítica, copiando algunos fragmentos del sermón que Massillón pronunció sobre María Magdalena. He aquí uno de esos fragmentos:

«Magdalena había sacrificado su reputación al mundo; su pudor y su nacimiento la defendieron al principio de las primeras asechanzas de su pasión, y es creíble que cuando la hirieron los primeros rayos les opusiera la barrera de su pudor y de su dignidad; pero en cuanto dio oídos a la serpiente y consultó su íntimo deseo, abrió el corazón a las asechanzas de la pasión. Magdalena amaba todos los placeres, y desde entonces todo lo sacrificó a dicho amor; ni la dignidad que adquirió en la cuna, ni el pudor, que es el mejor ornato de su sexo, salieron vivos de su sacrificio; no hubo para ella ningún freno, ni las burlas del mundo, ni las infidelidades de esos amantes insensatos a los que ella quería agradar, pero de los que nunca consiguió que la apreciaran, porque sólo la virtud puede apreciarse; nada pudo avergonzarla, y como la mujer prostituta del Apocalipsis, llevaba impresa en la frente la palabra «misterio», lo que quiere decir que se había quitado el velo y que sólo se la conocía ya por la marca de su loca pasión.»

Inútilmente he buscado este pasaje en los Sermones de Massillon, porque no existe en la edición que tengo y que he leído. Mas me atrevo a decir: ese estilo no es el del gran orador cristiano. El autor de la Cristiada debía habernos enterado de dónde copió esa rapsodia de Massillon, como debía habernos dicho dónde ha leído que los albigenses se atrevieran a imputar a Jesús estar en inteligencia indigna con la Magdalena. Por lo demás, ya no vuelve a hablar de la marquesa en el resto de la obra, y suprime el viaje que hizo a Marsella con Lázaro y sus demás aventuras.

¿Qué pudo inducir a un hombre sabio y algunas veces elocuente, como el autor de la Cristiada, a componer semejante poema? Quiso seguir el ejemplo de Milton; él mismo nos lo dice en el prefacio, pero sabido es lo engañosas que son las imitaciones. Milton, por otra, parte, no incluyó fábula tan monstruosa en un poema en prosa; Milton, que salpicó de preciosos versos libres su Paraíso perdido, la multitud de versos duros que le llenan sólo podía complacer a los wighs fanáticos, como dice el abad Grecourt: «Cantando el universo, perdido por una manzana, y a Dios creando el primer hombre para condenarle.» Milton complació a los presbiterianos, haciendo que el pecado se acostara con la muerte, disparando desde el cielo cañones de a veinticuatro, haciendo que se pelearan lo seco y lo húmedo, el frío y el calor, partiendo por el medio a los ángeles, edificando un puente sobre el caos, representando al Mesías que saca de un armario del cielo un gran compás para circunscribir el mundo, etc., etc. Virgilio y Horacio hubieran encontrado extravagantes estas ideas; pero alcanzaron buen éxito en Inglaterra, descritas en hermosos versos. El autor de la Cristiada se equivocó al creer que pudiera tener éxito su novela sin la ayuda de hermosos versos, que indudablemente son difíciles de escribir.

«El abad que traemos entre manos —dice Jerónimo Vida, obispo de Alba— escribió en otros tiempos en versos latinos una importante Cristiada, en la que imitó muchos versos de Virgilio.» «Pues bien, amigo mío; ¿por qué escribiste la tuya en prosa francesa, por qué no imitaste también a Virgilio?» «Milton escribió también su novela del Nuevo Testamento, su Paraíso reconquistado, en versos libres, que se parecen con frecuencia a la prosa mala.» «Deja en paz a Milton, y que se ocupe como quiera de Satanás y de Jesús. Sólo a él le es lícito conducir en buenos versos a la Galilea un ganado de dos mil cerdos, llevados por una legión de diablos que los ahogan en un lago. Sólo Milton puede decir que el diablo propone a Dios hacer juntos una buena cena. El diablo sólo puede en Milton llenar fácilmente la mesa de hortalizas, de perdices y de lenguados y de que escancien la bebida Hebe y Ganimedes a Jesucristo. El diablo puede llevar a Dios a una montaña, desde cuya cumbre le enseña el Capitolio, las islas Molucas y la ciudad de las Indias donde nació la hermosa Angélica, que trastornó la cabeza a Rolando. Pero Milton puede decir todo eso y conseguir que se burlen de él, como se burlan de ti, y no tienes más remedio que tener paciencia.»

 

Voltaire - Diccionario Filosófico    

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