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Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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OVIDIO

Ovidio - Diccionario Filosófico de VoltaireLos sabios han escrito algunos volúmenes para averiguar con certeza el rincón del mundo en el que Octavio Augusto desterró a Ovidio Nason. Lo único cierto que sabemos de él es que nació en Sulmona, que se educó en Roma, y que pasó diez años de su vida en la ribera derecha del Danubio, en las inmediaciones del mar Negro. Aunque a esa nación la llaman bárbara, no hay que creer que era salvaje. En ella escribían versos. Cotis, reyezuelo de una parte de la Tracia, componía versos dedicados a Ovidio en la lengua de los dacios, que aprendió el poeta latino de tal modo, que versificaba en dicho idioma. Parece que se debían escribir versos griegos en la antigua patria de Orfeo, pero poblaban entonces aquellos países las naciones del Norte, que probablemente hablarían un dialecto tártaro, parecido al antiguo eslavo. Ovidio no había nacido para escribir versos tártaros. El territorio de los tomitas, donde lo desterraron, pertenecía a la Mesia, provincia romana, y estaba situado entre el monte Hemo y el Danubio, en el grado cuarenta y cuatro, como los más hermosos climas de  Francia; pero las montañas que tiene al Sur y los vientos del Norte y del Este que recibe del Ponto Euxino, el frío y la humedad que le dan los bosques y el Danubio, hacen insoportable esa región para el hombre que nació en Italia; por eso Ovidio no vivió allí mucho tiempo, y murió a la edad de sesenta años. En sus elegías se queja del clima, pero no de sus habitantes. Aunque lo coronaron de laureles y le concedieron privilegios, no podía olvidar que estaba desterrado de Roma.

Lo que sucedió a Ovidio es una prueba de la esclavitud en que vivían los romanos. El poco caso que los emperadores hacían de la observancia de las leyes lo comprueba el ver que Octavio, faltando a ellas, desterró a un hijo de una familia ecuestre. Antes de aquella época se necesitaba la aprobación de un plebiscito, de una ley nacional, para privar a un romano de su patria. Aunque una cábala desterró a Cicerón, fue desterrado, sin embargo, con arreglo a las leyes.

El delito que cometió Ovidio fue sin duda haber presenciado algo vergonzoso en la familia de Octavio. Los doctos no han podido saber a punto fijo si encontró a Augusto cometiendo deshonestidades con un mancebo, o si sorprendió a algún escudero en brazos de la emperatriz Livia, con la que Octavio se casó estando embarazada de otro, o si vio a Augusto ocupado con su hija o con su nieta, o haciendo otra cosa peor. Lo más probable es que Ovidio sorprendió a Augusto en un incesto. Un autor casi contemporáneo, Miuntiano Apuleyo, dice: «Pulsum quoque inex ilium quod Agusti incestum vidisset

Octavio Augusto tomó para desterrarle el pretexto de haber publicado un libro inocente, El arte de amar, escrito con decencia, en el que no se encuentra una palabra obscena. El pretexto fue ridículo. ¿Cómo era posible que Augusto, de quien todavía conservamos versos deshonestos, desterrara a Ovidio por haber facilitado a sus amigos algunos años antes copias de El arte de amar? ¿Cómo podía afear a Ovidio una obra decorosamente escrita, al mismo tiempo que aprobaba versos de Horacio, en los que este poeta prodigaba las frases más infames de la prostitución? Era indudablemente impudente vituperar a Ovidio y tolerar a Horacio. Es claro, pues, que Octavio alegaba una mala razón, no atreviéndose a declarar la razón verdadera. La prueba de que el motivo del destierro de Ovidio fue haber presenciado algún estupro, algún incesto, alguna infame aventura secreta de la sagrada familia imperial, es que Tiberio, ese monstruo hipócrita y lascivo, cuando ascendió al trono no levantó el destierro a Ovidio, que en vano lo suplicó al autor de las proscripciones, al envenenador de Germánico, que fue sordo a las súplicas del desventurado poeta, que continuó viviendo en las orillas del Danubio.

Podernos hacer a Ovidio un cargo casi tan grande como a Augusto y como a Tiberio: el de elogiar a esos dos emperadores. Las alabanzas que les prodiga son tan exageradas, que excitarían la indignación si las hubiera dedicado a príncipes bienhechores, pero él se las dirigió a los tiranos. Puede perdonarse el elogio excesivo dirigido a un príncipe que nos mima, pero no merece perdón tratar como a un dios al príncipe que nos persigue. Hubiera sido más decoroso para Ovidio embarcarse cien veces en el mar Negro y refugiarse en la Persia, que componer su libro De los tristes. Extrañas fueron esas alabanzas de Ovidio, que deseaba en el fondo de su corazón que otro Bruto librara a Roma de Octavio, mientras públicamente y en verso deseaba a ese tirano la inmortalidad.

 

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