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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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Voltaire - Diccionario Filosófico  

►  Pedro el grande y J. J. Rousseau

 

PEDRO

La crucifixión de San Pedro (Caravaggio)- Pedro -Diccionario Filosófico de Voltaire¿Por qué los sucesores de San Pedro tuvieron mucho poder en Occidente y ningún poder en Oriente? Esto equivale a preguntar por qué los obispos de Wurtzburgo y de Salzburgo se atribuyeron los derechos de regalía en los tiempos de anarquía, mientras que los obispos griegos permanecieron siempre siendo vasallos. Las circunstancias, la ocasión, la ambición de unos y la debilidad de otros, lo hicieron y lo harán todo en el mundo. Es inútil que repitamos que hablando de este modo hacemos siempre abstracción de lo que es divino. Semejante anarquía la autorizó la opinión pública, y la opinión es la reina de los hombres, no porque ésta era determinada en ellos, sino porque su palabrería pasa muchas veces por opinión.

«Yo te daré las llaves del reino de los cielos.» Estas palabras que atribuyen a Jesús dirigidas a Pedro dieron pie a los partidarios acérrimos del obispo de Roma para sostener, en el siglo XI, que el que da lo más da lo menos; que como los cielos rodean al mundo y Pedro tenía las llaves del continente, debía tener también las llaves del contenido. Si se entiende por cielo las estrellas y todos los planetas, es evidente, según opina Tomasio, que las llaves dadas a Simón Barjona, apellidado Pedro, eran unas llaves maestras. Si se entiende por cielo las nubes, la atmósfera, el éter, el espacio en el que ruedan los planetas, según opina Meursins, no hay cerrajero capaz de hacer llave para semejantes puertas. Pero los chistes no son razones.

Las llaves en Palestina eran una clavija de madera que ataban con una correa. Jesús dijo a Pedro: «Lo que tú atares en el mundo, atado estará en el cielo.» De esas palabras los teólogos del Papa dedujeron que a los papas se les había concedido el derecho de atar y de desatar a los pueblos del juramento de fidelidad que habían prestado a sus reyes y de disponer según su voluntad de todos los reinos. Esto es sacar magníficas conclusiones. Los comunes, en los Estados Generales celebrados en Francia en 1302, decían en una exposición dirigida al rey que «Bonifacio VIII era un bobalicón que creía que Dios ataba y encarcelaba en el cielo todo lo que él ataba en la tierra». El famoso luterano de Alemania Melánchthon no podía oír que Jesús hubiera dicho a Simón Barjona: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Asamblea, mi Iglesia.» No podía concebir que Dios usara de ese juego de palabras, de agudeza tan extraordinaria, y que el poder del Papa se fundara sobre un equívoco. Esta idea sólo puede permitirse a un protestante.

Es tradicional la creencia de que Pedro fue obispo de Roma, pero ya está averiguado que ni en su época ni mucho después hubo allí ningún obispado particular. La sociedad cristiana no tomó forma hasta la mitad del siglo II. Puede ser que Pedro hiciera el viaje a Roma; puede ser que lo crucificaran cabeza abajo, aunque no era ésa la costumbre, pero no tenemos ninguna prueba de nada de esto. Conservamos una carta firmada por él, en la que dice que está en Babilonia, y juiciosos canonistas sostienen que donde dice Babilonia debe entenderse Roma. De modo que suponiendo que la hubiera firmado en Roma, hubieran también podido deducir que la carta había sido escrita en Babilonia. Durante mucho tiempo se han sacado consecuencias como estas, y así es como el mundo se ha gobernado.

Hubo en Roma un santo varón al que hicieron pagar muy caro un beneficio en dicha ciudad, lo cual se llama simonía; le preguntaron si creía que Simón Pedro había estado allí, y respondió: «No sé que Pedro haya estado en Roma, pero estoy seguro de que sí que estuvo Simón.»

En cuanto a la persona de San Pedro, es preciso confesar que Pablo no fue el único a quien escandalizó su conducta; fueron varios los que lo echaron en cara a él y a sus sucesores. San Pablo le reprendió severamente porque comía carnes prohibidas, como la de cerdo, de liebre y otras. Pedro se defendía diciendo que vio el cielo abierto a la sexta hora y que descendía de sus cuatro ángulos un gran mantel lleno de anguilas, de cuadrúpedos y de aves, y que la voz de un ángel le dijo: «Mata y come.» Sin duda es la misma voz que dijo a muchos pontífices: «Matad y comeos la sustancia del pueblo»; este reproche de Wollaston me parece demasiado fuerte.

Casambón critica el modo como San Pedro trató a Ananías y a Safira, su mujer. «¿Con qué derecho —dice Casambón— un judío que era esclavo de los romanos mandaba que todos los que creyeran en Jesús vendieran sus bienes y pusieran a sus pies el valor de las ventas? Si en Londres algún anabaptista mandara que le trajeran todo el dinero de sus hermanos, le prenderían por seductor, por sedicioso y por ladrón y le encerrarían en Tiburn. ¿No es un hecho horrible hacer morir a Ananías porque, habiendo vendido sus campos y dando el dinero a Pedro, se quedó para él y para su mujer algunos escudos para satisfacer sus necesidades sin decírselo? En cuanto muere Ananías, muere su mujer, pues Pedro, en vez de avisarle caritativamente que acaba de matar a su marido una apoplejía por haberse guardado algunos óbolos, la hace caer en las mismas redes. Le pregunta si su marido ha entregado todo el dinero a los santos; la buena mujer le responde que sí, y muere súbitamente.» Esto también es muy duro.

 

 Coringio pregunta por qué Pedro, que mataba en el acto a los que le hacían limosna, no iba a matar a los doctores que crucificaron a Jesucristo y que a él mismo le azotaron más de una vez.

En los tiempos de Enrique IV y de Luis XIII, el abogado general del Parlamento de Provenza, Doraison de Torame, en el libro que lleva por título La iglesia militante, dedicado a Enrique IV, llena un capítulo entero con la sentencia que pronunció San Pedro en materia criminal. Dice que el decreto que dio contra Ananías y Safira lo ejecutó el mismo Dios, «en los términos y casos de la jurisdicción espiritual». Todo el libro está escrito en ese estilo. Como acabamos de ver, Coringio pensaba de otro modo que el abogado provenzal, y es indudable que en su país no había Inquisición cuando se aventuraba a hacer preguntas tan atrevidas.

Erasmo, ocupándose de Pedro, hace una observación singular: dice que el jefe de la religión cristiana empezó su apostolado renegando de Jesucristo, y que el primer pontífice de los judíos comenzó su ministerio construyendo un becerro de oro y adorándole.

De todos modos, nos describen a Pedro como un pobre que catequizaba a los pobres y que se parecía a los fundadores de las órdenes que vivieron en la indigencia, cuyos sucesores se convirtieron en grandes señores. El Papa, sucesor de San Pedro, unas veces ha ganado y otras ha perdido; pero le quedan todavía en el mundo cerca de cincuenta millones de hombres sujetos a las leyes religiosas, sin contar sus vasallos inmediatos.

Reconocer la autoridad del Papa es sujetarse a un señor que está a trescientas o cuatrocientas leguas de nosotros; esperarnos a pensar lo que ese hombre piense; no atreverse a juzgar en última instancia el proceso de que medie entre algunos conciudadanos sino por medio de comisarios que nombre ese señor extranjero; no atreverse a tomar posesión de las tierras que nos concede nuestro rey sin pagar antes una suma considerable a ese señor extranjero; no faltar a las leyes del país, que nos prohíben casarnos con nuestra sobrina, casándonos legítimamente con ella pagando una cantidad de consideración a dicho señor extranjero: éstas son las libertades de la Iglesia galicana, según dice Dumarsais.

Hay algunos pueblos que llevan mucho más lejos su sumisión al Papa. En nuestros días hemos presenciado que un soberano pidió permiso al Papa para que su tribunal real pudiera juzgar a frailes acusados de parricidio, y dicho rey no obtuvo este permiso y no se atrevió a juzgarlos (1).

Sabido es que antiguamente eran extraordinariamente extensos los derechos de los papas; eran superiores a los dioses de la antigüedad, porque los dioses sólo aparentemente disponían de los Imperios, y los papas disponían de ellos realmente.

Sturbinos dice que merecen perdón los que dudan de la divinidad y de la infalibilidad del Papa cuando se hacen las siguientes reflexiones:

Que cuarenta cismas han profanado la cátedra de San Pedro y veintisiete de ellos la han ensangrentado;

Que Esteban VII, que era hijo de un sacerdote, desenterró el cuerpo de Fórmoso, su predecesor, y mandó cortar la cabeza al cadáver;

Que Sergio III, convicto y confeso de asesinatos, tuvo un hijo de Marozia, cuyo hijo heredó el papado;

Que Juan X, amante de Teodora, fue estrangulado en su lecho;

Que Juan XI, hijo de Sergio III, se distinguió por su vida crapulosa;

Que Juan XII fue asesinado en casa de su querida;

Que Benedicto IX compró y revendió el pontificado;

Que Gregorio VII fue el promovedor de quinientos años de guerras civiles que sostuvieron sus sucesores;

Que, en fin, entre tantos papas disolutos, ambiciosos y sanguinarios, sobresalió Alejandro VII, cuyo nombre causa tanto horror a la humanidad como los nombres de Nerón y de Calígula.

Dícese que prueba la divinidad del carácter del Papa que haya subsistido a pesar de tantos crímenes; pero si los califas hubieran obrado de un modo más horrible, según ese raciocinio, serían más divinos.

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(1) El rey de Portugal José II.

 

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