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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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ADULACIÓN

Adulación - Diccionario Filosófico de VoltaireEn la remota antigüedad no se encuentran rastros de adulación. No la usaban Hesíodo ni Homero, no dirigían sus cantos a ningún griego que desempeñara altas dignidades ni a su esposa, así como Thomson dedica cada canto de su poema Las estaciones a alguna persona rica, ni como muchos autores de epístolas en verso que hoy yacen en el olvido, dedicaron en Inglaterra sus obras a personas de alta posición, colmándolas de elogios. Tampoco se encuentran adulaciones en Demóstenes. La manera de pedir limosna en armoniosos versos empieza en Píndaro, si no me equivoco. No puede tenderse la mano de un modo más enfático.

Entre les romanos, el sistema de adular data de la época de Augusto. Julio César apenas tuvo tiempo para que le adularan. No conocemos ninguna epístola dedicada a Silo, a Mario ni a sus esposas y queridas. Creo que debieron dedicar versos malos a Lúculo y a Pompeyo; pero gracias a Dios, no han llegado hasta nosotros.

Es espectáculo poco edificante ver que Cicerón, que era igual en dignidad a César, hable delante de él defendiendo como abogado a un rey de la Bitinia y Armenia, llamado Geyotar, acusado de haber tendido lazos y hasta de pretender el asesinato de César. Dice Cicerón que se ve cohibido en presencia de tan ilustre personaje, y le llama vencedor del mundo, victorem orbis terrenum, pero la adulación no llega hasta la cabeza y conserva cierto pudor. En la época de Augusto, la pierde y llega el famoso abogado a los últimos extremos.

El Senado acuerda discernir a dicho emperador la apoteosis en vida. Esta adulación se convierte en una especie de tributo que los romanos tuvieron que pagar a los emperadores siguientes. Fue ya una especie de costumbre. A nadie puede halagar una adulación que se generaliza.

En Europa no tenemos grandes ejemplos de adulación hasta Luis XIV. Su padre, Luis XIII, fue muy festejado; pero sólo se le tributan alabanzas en algunas de las odas de Malherbe, el que, siguiendo la costumbre, le llama «el rey más grande de los reyes», como los poetas españoles llaman al rey de España y los poetas ingleses laureados llaman al rey de Inglaterra. Pero casi todos sus elogios los dedica al cardenal Richelieu. Sobre Luis XIV cayó un diluvio de adulaciones; pero no le perjudicaron como al héroe de la anécdota, que quedó ahogado bajo los montones de hojas de rosas que arrojaron sobre él; las adulaciones le sirvieron para que se portara mejor. La adulación, cuando se funda en motivo plausible, no es perniciosa, estimula a acometer grandes empresas; pero sus excesos son viciosos, como los excesos de la sátira.

Es necedad bastante ordinaria la de los oradores que se empeñan en elogiar al príncipe que es incapaz de hacer nada bueno. Es vergonzoso para Ovidio tributar elogios a Augusto desde el Ponto, donde aquél le desterró.

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