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Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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AMAZONAS

Amazonas - Diccionario Filosófico de VoltaireEn los tiempos de la más remota antigüedad hubo mujeres vigorosas y atrevidas que pelearon como los hombres. La historia las nombra, y dejando aparte a Semíramis, a Tomyris y a Pentesilea, que quizás son fabulosas, está probado que iban muchas mujeres en los ejércitos de los primeros califas. Sobre todo, en la tribu de los Homeritas se consideraba como una ley dictada por el amor y la bravura que las esposas auxiliaran y vengaran a sus maridos en las batallas, y las madres a sus hijos.

Cuando el célebre caudillo Derar batallaba en Siria contra los generales del emperador Heraclio, durante el reinado del califa Abubeker, Pedro, que mandaba en Damasco, se apoderó en sus correrías de muchas musulmanas y de un rico botín. Las condujo a Damasco; entre esas cautivas estaba la hermana del mismo Derar. La historia árabe de Alvakedi, que tradujo Ockley, dice que era extraordinariamente hermosa, y que Pedro se enamoró de ella. La agasajó durante el camino y trató afectuosamente por ella a las demás prisioneras. Las hicieron acampar en una vasta llanura, bajo tiendas de campaña vigiladas por tropas que estaban a alguna distancia de ellas. Canlah (así se llamaba la hermana de Derar) propuso a una de sus compañeras, que tenía por nombre Oserra, librarse de la cautividad; la persuadió de que era preferible morir a ser víctimas de la lubricidad de los cristianos; su entusiasmo musulmán se comunicó a todas las prisioneras, y armadas de estacas de hierro y con sus cuchillos, que eran una especie de puñales que llevaban en el cinturón, formaron un círculo, apretándose unas contra otras y presentando sus armas a los que las atacaban. Pedro, al ver cómo se habían formado, empezó a reír, y en seguida avanzó hacia las mujeres, que lo recibieron a estacazos; titubeó mucho tiempo en usar de la fuerza, pero al fin se decidió, y estaban desenvainando los sables cuando súbitamente apareció Derar, hizo huir a los griegos y puso en libertad a su hermana y a las demás cautivas.

Este acontecimiento es sumamente parecido a los de los tiempos heroicos que cantó Homero. Es como los combates singulares que se libran al frente de los ejércitos, en los que los combatientes hablan unos con otros con frecuencia durante algún tiempo antes de llegar a las manos. El acontecimiento que hemos referido, sin duda alguna justifica a Homero.

Thomas, gobernador de Siria, yerno de Heraclio, atacó a Sergiabil en una salida que hizo de Damasco, rezando antes a Jesucristo. Luego le dijo a Sergiabil: «Injusto agresor, no podrás resistir a Jesús, que es mi Dios, y protege a los vengadores de su religión.» «Mientes, impío —le respondió Sergiabil—; Jesús no es superior a Adán ante Dios. Dios lo sacó del polvo y le concedió la vida, como a cualquier otro hombre, y después de permitirle que estuviera algún tiempo en el mundo, se lo llevó al cielo» (1).

Pronunciadas las anteriores palabras, empeñaron el combate, y una de las flechas que lanzó Thomas hirió al joven Abán, hijo de Saib, que estaba al lado del bravo Sergiabil. Abán cayó en tierra y expiró. En seguida participaron esta infausta noticia a su joven esposa, con la que estaba casado hacía muy poco tiempo. Su esposa, sin llorar, sin lanzar gritos, se precipita al campo de batalla, llevando el carcaj en la espalda y dos flechas en la mano. Dispara la primera, que mata al portaestandarte de los cristianos; su decisión asusta a los árabes, que gritan ala achar; dispara la viuda la segunda flecha, que traspasa un ojo a Thomas, que, lleno de sangre, tuvo que retirarse a la ciudad.

La historia árabe contiene muchos sucesos semejantes; pero no dice, como los antiguos, que las mujeres guerreras se quemaban la teta derecha para poder tirar mejor del arco, ni que viviesen sin hombres; por el contrario, exponían la vida en los combates por sus maridos y amantes, por lo que en vez de criticar a Ariosto y al Tasso porque introducen amantes guerreras en sus poemas, debe elogiárseles por haber pintado costumbres verdaderas e interesantes.

Indudablemente existieron en la época de locura de las Cruzadas mujeres cristianas que participaron con sus maridos de las fatigas y de los peligros de la guerra, y su entusiasmo llegó al extremo de que las mujeres de Génova se alistaran en las Cruzadas, formando en Palestina batallones femeninos y pronunciando un voto del que las eximió un Papa más juicioso que ellas.

 

Margarita de Anjou, esposa del desgraciado Enrique IV, rey de Inglaterra, en una guerra muy justa dio pruebas de heroico valor peleando en diez batallas para libertar a su marido. La Historia no ofrece otro caso tan comprobado de tanto valor ni de tanta constancia en una mujer. La aventajó la célebre condesa de Montfort, en Bretaña. «Esta princesa —dice D'Argentré— era virtuosísima, valiente como ningún hombre; montaba a caballo y lo manejaba magistralmente; peleaba mano a mano y mandaba un ejército como el más hábil capitán.» Espada en mano, recorrió sus Estados, que había invadido su competidor Carlos de Blois, y no sólo sostuvo dos asaltos en la brecha de Heunebon, armada de pies a cabeza, sino que se lanzó contra el campamento de los enemigos, seguida de quinientos hombres, lo incendió y lo redujo a cenizas.

 

Las hazañas de Juana de Arco, conocida por la «doncella de Orleans», son menos sorprendentes que las de Margarita de Anjou y las de la condesa de Montfort. Estas dos princesas estaban acostumbradas a la molicie de la corte y Juana de Arco se dedicaba al rudo ejercicio de los trabajos del campo, y es más singular y más difícil dejar la corte para ir a la guerra, que dejar una cabaña para lanzarse a los combates.

La heroína que defendió Beauvais es quizá superior a la que hizo levantar el sitio de Orleans. Aquélla peleó con tanto valor como ésta y no se vanaglorió de ser doncella ni de ser inspirada. En 1472, cuando el ejército borgoñés puso sitio a Beauvais, Juana Hachette, al frente de muchísimas mujeres, sostuvo un largo asalto, arrancó el estandarte que un oficial enemigo iba a enarbolar sobre la brecha, arrojó en el foso al portaestandarte y dio tiempo para que llegaran a socorrer a la ciudad las tropas del rey. Sus descendientes se han eximido de pagar la contribución de la talla. ¡Débil y vergonzosa recompensa! Las esposas y las hijas de los habitantes de Beauvais están orgullosas porque se las faculta para ir delante de los hombres en la procesión que se verifica allí todos los años el día del aniversario de la gloriosa jornada.

Casi todas las naciones se enorgullecen de haber tenido heroínas semejantes, aunque el número de éstas sea corto relativamente, porque la Naturaleza parece que no quiere dar a las mujeres tal destino. Todos los países cuentan con alguna mujer guerrera; pero el reino de las amazonas, que se supuso situado a orillas del Termodón, no es mas que una ficción poética, como casi todo lo que la antigüedad refiere.

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(1) Esa es la creencia de los mahometanos. La doctrina de los cristianos discípulos de Dasideles estuvo en boga mucho tiempo en la Arabia. Estos sectarios creían que Jesucristo no fue crucificado.

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