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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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antiguos y modernos

Antiguos y modernos - Diccionario Filosófico de VoltaireTodavía no está fallado el proceso promovido entre antiguos y modernos y está ventilándose desde la edad de plata que sucedió a la edad de oro. Siempre pretenden los hombres que el tiempo pasado sea mejor que el tiempo presente. En la Ilíada, queriendo Néstor insinuarse como prudente conciliador entre Aquiles y Agamenón, empieza diciendo: «He vivido antiguamente con hombres que valían más que nosotros; no conocí, ni conoceré nunca, personajes tan notables como Dryas, Ceneo, Exadius y Polifemo, que era semejante a los dioses», etc., etc.

La posteridad se encargó de vengar a Aquiles de las tonterías que le dijo Néstor, que era uno de esos hombres que se empeñan en alabar todo lo de los tiempos pasados. Nadie conoce a Dryas, ni oyó hablar nunca de Exadius ni de Ceneo; y en cuanto a Polifemo, que, según Néstor, era semejante a los dioses, goza de reputación poco envidiable, como es tener un solo ojo en la frente y comerse los hombres crudos.

Lucrecio no titubea en decir que la Naturaleza ha degenerado; en el libro segundo se expresa del modo siguiente:

Ipsa dedit dulces fætus et fabula læta
Quæ nunc vix nostro grandescunt ancta labore;
Conterimusque boves, et vires agricolarum, etc. (1)

 

La antigüedad está llena de elogios a otra antigüedad más remota. Sobre esta materia, el sabio e ingenioso Fontenelle hace las siguientes apreciaciones:

«La cuestión de la preeminencia entre los antiguos y los modernos, bien estudiada, se reduce a saber si los árboles que existían ayer en nuestros campos eran más grandes que los que existen hoy. Si lo fueron, Homero, Platón y Demóstenes no pueden tener equivalentes en los últimos siglos; pero si los árboles modernos son tan grandes como los antiguos, podemos igualarnos con Homero, con Platón y con Demóstenes. Aclaremos esta paradoja. Si los antiguos tenían más talento que nosotros, tendrían los cerebros mejor preparados, hechos de fibras más fuertes y más delicadas; pero ¿qué motivo hay para creer que los cerebros antiguos fueron superiores? Los árboles hubieran sido también más grandes y más hermosos, porque si la Naturaleza era entonces más joven y vigorosa, los árboles, lo mismo que los cerebros humanos, debieron haber participado del vigor y la juventud de la Naturaleza.»

Con permiso del ilustre académico, diremos que ese punto de vista no es el único que tiene la cuestión. No se trata de saber si la Naturaleza pudo producir en nuestros días tan grandes obras y tan excelsos genios como los de la antigüedad griega y latina; se trata de saber si efectivamente los ha producido. No es imposible que existan encinas tan grandes en el bosque de Chantilly como las del bosque de Dodona; pero suponiendo que las encinas de Dodona hubiesen hablado, es indudable que habrían aventajado a las de los bosques modernos, que probablemente no hablarán nunca.

Lamotte, escritor de ingenio, defiende en una oda a los escritores modernos; y viene a decir lo siguiente, poco más o menos, en una de las estrofas: «¿Por qué pretenden que yo inciense a los dioses falsos, de los que provengo? La misma inteligencia hace mover en mí los mismos resortes que en ellos. ¿Es que suponen que, caprichosa, la Naturaleza no nos favorece tanto como favoreció a los griegos y a los romanos? Siendo para los antiguos madre caprichosa, ¿había de ser para los modernos cruel madrastra?»

Podían contestarle a Lamotte: «Apreciad a vuestros antepasados, sin tributarles admiración, porque estáis dotados de la misma inteligencia y de los mismos resortes que Horacio y que Virgilio.» Pero quizás esa inteligencia no es absolutamente la misma; quizás poseyeron talento superior al vuestro, y lo desarrollaron en una lengua más rica y más armoniosa que las lenguas modernas, que son una mezcla horrible del vocabulario de los celtas y del latín corrompido. La Naturaleza no es caprichosa; pero pudo muy bien conceder a los atenienses un clima y un cielo más a propósito que los de Westfalia y del Limousin para producir ciertos genios. Pudo también el gobierno de Atenas, secundando al clima, infundir en la cabeza de Demóstenes algo que el aire de Clamart y de la Grenouillere y el gobierno del cardenal de Richelieu no infundieron en las cabezas de Omer Talón y de Jerónimo Bignon.

La Chapelle respondió a Lamotte en peores versos, de los que entresacamos los siguientes (2): «Imita y prostérnate ante esos dioses, de los que tú no desciendes. Si Horacio hubiera sido tu padre, hubiera producido hijos muy ingratos.»

Esta disputa le originó, pues, una cuestión de hechos. ¿La antigüedad fue más fecunda en grandes monumentos de todas clases, hasta la época de Plutarco, que lo son los siglos modernos desde la época de los Médicis hasta la de Luis XIV inclusive?

Los chinos, doscientos años antes de la era vulgar, construyeron su gran muralla, pero ésta no pudo librarlos de la invasión de los tártaros. Los egipcios, tres mil años antes, sobrecargaron su territorio con el peso de sus sorprendentes pirámides, que abarcaban cerca de noventa mil pies cuadrados de base. Nadie pone en duda que si hoy se quisieran emprender obras tan inútiles, no se conseguiría fácilmente ni derrochando muchísimo dinero. La gran muralla de la China fue un monumento fabricado por el temor, y las pirámides fueron los monumentos erigidos por la vanidad y por la superstición. Aquélla y éstas atestiguan la gran paciencia que tuvieron los pueblos, pero no atestiguan genio superior. Ni los chinos ni los egipcios hubieran sabido modelar una sola de las estatuas que producen los escultores modernos.

__________

(1) La Naturaleza languidece, la tierra está agotada abusando de su fuerza, degeneró el hombre, al cual fatiga un terreno ingrato que debilita a sus bueyes.

(2) La Chapelle era un cobrador de contribuciones, que tradujo a Tíbulo en detestables versos franceses. Pero a los muchos convidados que tenía en su mesa les parecían excelentes.

 

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