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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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ANTROPÓFAGOS

I

Antropófagos - Diccionario Filosófico de VoltaireNos hemos ocupado ya del amor, y ahora, con una dura transición, pasaremos de los seres que se besan a los seres que se comen unos a otros. Desgraciadamente, es cierto que existieron los antropófagos, porque los encontramos en América, donde quizá los haya aún. Los cíclopes no fueron los únicos que en la antigüedad se alimentaron con carne humana. Juvenal, en una de sus sátiras, refiere que en Egipto, pueblo civilizado, famoso por sus leyes, y tan devoto que adoraba a los cocodrilos y a las cebollas, los tintiritas se comieron uno de sus enemigos que cayó en su poder. Este crimen se cometió casi a la vista de Juvenal, que estaba entonces en Egipto, y a poca distancia de Tintira. Con este motivo dice que los galos de Gascuña y los españoles de Sagunto se alimentaban algunas veces con la carne de sus compatriotas.

En 1737 trajeron cuatro salvajes de Mississipi a Fontainebleau. Yo conversé con ellos. Entre los salvajes había una señora de aquel país, a la que pregunté si había comido carne humana alguna vez, y francamente me contestó que sí que la había comido. Comprendiendo que me asombró su contestación, defendió su proceder, diciéndome que era preferible comerse al enemigo muerto que dejar a las fieras que lo devoraran, y que los vencedores debían tener esa preferencia. Nosotros matamos en las batallas a nuestros enemigos, y por la más insignificante recompensa proporcionamos alimento a los cuervos y a los gusanos: éste es el verdadero crimen. ¿Porque al muerto qué le importa que se lo coma un soldado, un cuervo o un animal carnívoro?

Respetamos más a los muertos que a los vivos, debiendo respetar lo mismo a unos que a otros. Las naciones que llamamos civilizadas han tenido verdadera razón para no poner en el asador a los enemigos vencidos, porque si se permitiera comerse a los habitantes de otras naciones, pronto acabaríamos comiéndonos a nuestros compatriotas. Pero las naciones civilizadas no siempre lo estuvieron. Fueron salvajes durante mucho tiempo, y en el infinito número de revoluciones que ha trastornado el globo, el género humano fue unas veces numeroso y otras escaso. Sucedió con los hombres lo que sucede hoy con los elefantes, los leones y los tigres, cuyas especies han disminuido mucho. En las épocas en que poblaban una región pocos hombres, desconocían los primeros rudimentos de las artes, y eran cazadores. La costumbre de alimentarse de lo que mataban les habituó a que trataran a sus enemigos como a los ciervos y a los jabalíes. La superstición hizo muchas víctimas humanas, y la necesidad obligó a comérselas.

¿Qué crimen es mayor?, ¿el de reunirse devotamente para hundir el cuchillo en el corazón de una doncella adornada con cintas, para honrar así a la Divinidad, o el de comerse a un hombre que mataron cuando se defendía como un bravo?

Podemos presentar muchos más casos de doncellas y de mancebos sacrificados a los dioses, que de mancebos y doncellas comidos; porque casi todas las naciones conocidas sacrificaban jóvenes de ambos sexos y los judíos los inmolaban. Este acto se llamaba condenar al anatema, y era un verdadero sacrificio, y se manda en el capítulo XXI del Levítico no perdonar a las víctimas destinadas al sacrificio. Pero no se prescribe en ninguna parte que se las coman; las amenaza únicamente. Como ya sabemos, Moisés dijo a los judíos que si no observaban sus ceremonias, padecerían sarna y las madres se comerían a sus hijos. Debemos creer que en la época de Ezequiel los judíos debían estar habituados a comer carne humana, porque les predice en el capítulo XXXIX que Dios les hará comer, no sólo los caballos de sus enemigos, sino a los caballeros. ¿Por qué los judíos no habían de ser antropófagos? Ésta es la única condición que hubiera faltado al pueblo de Dios para ser el pueblo más abominable del mundo.

II

Herrera nos asegura que los mejicanos se comían las víctimas humanas que inmolaban. Casi todos los viajeros de la América primitiva y misioneros dicen que los brasileños, los caraibos, los iroqueses, los hurones y los hijos de algunas otras tribus se comían los prisioneros que hacían en la guerra, y ese hecho lo consideran como costumbre de toda la América. Se encuentran tantos autores antiguos y modernos que nos hablan de los antropófagos, que no podemos negar su existencia. Los pueblos que sólo se ocupaban de la caza, como los brasileños y los canadienses, teniendo insegura la subsistencia, no era extraño que algunas veces se convirtieran en antropófagos. El hambre y la venganza les acostumbrarían a esa clase de alimento; y cuando vemos en siglos más civilizados que el pueblo de París devora los restos sangrientos del mariscal de Ancre, y el pueblo de La Haya se come el corazón del gran pensionario de Witt, no debe sorprendernos que ese horror, pasajero en las naciones civilizadas, se perpetuase en los pueblos salvajes.

El más antiguo de los libros que poseemos no nos permite dudar que el hambre arrastrase a los hombres a cometer semejantes excesos. El profeta Ezequiel, según sus comentaristas, promete a los hebreos, de parte de Dios, que si se defienden bien contra el rey de Persia podrán comer carne de caballo y carne de caballero. Marco Polo dice que en su época, en parte de la Tartaria, los magos, o sean los sacerdotes, tenían derecho a comerse la carne de los criminales sentenciados a muerte. Todo esto subleva el corazón; pero el cuadro que nos ofrece el género humano en casi todos los pueblos causa el mismo efecto con mucha frecuencia.

¿Cómo los pueblos que vivían a mucha distancia unos de otros han podido asemejarse en esa horrible costumbre? ¿Debemos creer que no es absolutamente opuesta a la naturaleza humana como parece serlo? Indudablemente esta costumbre resulta rara, pero es indudable que existe o ha existido. Sabemos que no era frecuente que los tártaros y los judíos se comieran a sus semejantes. En los sitios de Sancerre y de París, durante las guerras religiosas, el hambre y la desesperación obligaron a las madres a alimentarse con la carne de sus propios hijos. El venerable Las Casas, obispo de Chiapa, dice que ese error sólo lo cometieron en América algunos pueblos por los que él no había viajado. Dampierre asegura que nunca encontró antropófagos, y quizá hoy no existan dos poblaciones en las que esté en uso tan horrible costumbre.

 

Américo Vespucio dice en una de sus cartas que los brasileños se quedaron muy sorprendidos cuando les hizo saber que los europeos no se comían a sus prisioneros de guerra hacía ya mucho tiempo. Los gascones y los españoles cometieron antiguamente esa barbarie, según refiere Juvenal en su sátira XV. Él fue testigo en Egipto de semejante abominación, cometida durante el consulado de Junius: tuvieron una cuestión los habitantes de Tintira y los de Ombo, se batieron, y uno de los primeros cayó en poder de los segundos, lo cocieron y se comieron su carne y sus huesos; pero Juvenal no dice que eso fuera una costumbre admitida, al contrario, lo refiere como hecho extraordinario.

El jesuita Charlevoix, a quien yo traté, y que era un hombre verídico, da a entender en su historia del Canadá, en cuyo país vivió treinta años, que todos los pueblos de la América septentrional eran antropófagos, porque nota como cosa extraordinaria que los canadienses no comían carne humana en 1711.

El jesuita Brebræuf refiere que en 1640 se convirtió el primer iroqués; pero que como por desgracia se había emborrachado con aguardiente, se apoderaron de él los hurones, que entonces eran enemigos de los iroqueses, y fue condenado a muerte el prisionero, a quien el padre Brebræuf bautizó, poniéndole el nombre de Josef. Le hicieron sufrir varios tormentos, que soportó cantando, como era costumbre en el país, y después de atormentarle, le cortaron un pie, una mano y la cabeza; luego los hurones metieron todos sus miembros en una caldera, se los comieron y ofrecieron un pedazo al padre Brebræuf.

Charlevoix habla también en otra parte de que en una ocasión los iroqueses se comieron a veintidós hurones. No podemos dudar que la naturaleza humana llegó en más de un país a este último grado del salvajismo, y que la execrable costumbre proviene de la más remota antigüedad, porque encontrarnos en la Sagrada Escritura la amenaza a los judíos de comerse a sus hijos, si no cumplen las sagradas leyes. En el capítulo XXVIII del Deuteronomio dícese a los judíos «que padecerán de sarna, que sus mujeres se entregarán a otros hombres, que se comerán a sus hijas y a sus hijos entre la agonía y la devastación, que se disputarán los hijos para alimentarse, que el marido no querrá dar a su mujer un pedazo de su hijo, porque le dirá que no tiene bastante para él».

Verdad es que atrevidos críticos sostienen que el Deuteronomio no se compuso hasta después del sitio de Samaria, durante el cual se dice en el libro cuarto de los Reyes que las madres se comieron a sus hijos. Pero esos críticos, al considerar el Deuteronomio como libro escrito después del sitio de Samaria, confirman esta espantosa aventura. Otros críticos opinan que el hecho no debió suceder como lo refiere el libro cuarto de los Reyes. Allí se dice que cuando el rey de Israel pasó por encima de la muralla de Samaria, una mujer, implorando su protección, exclamó: «Sálvame, señor rey.» Y él le respondió: «Tu Dios no te salva, ¿cómo te he de salvar yo? ¿Qué es lo que deseas?» Y ella le respondió: «Una mujer me ha propuesto que le entregara mi hijo, que nos lo comiéramos hoy y que mañana nos comeríamos el suyo; hemos cocido a mi hijo y nos lo hemos comido; y yo le he pedido hoy su hijo para que nos lo comiéramos, y ella lo ha escondido.»

Esos críticos sostienen que no es verosímil que el rey Benadad sitiase a Samaria, ni que el rey Joram paseara tranquilamente por la muralla para decidir allí los procesos que unos con otros tuvieron los samaritanos. Todavía es menos verosímil que dos mujeres no tuvieran bastante con un niño para alimentarse un par de días, cuando con él hubieran podido mantenerse cuatro. Pero de cualquier modo que presenten sus razones los susodichos críticos, debe creerse que los padres y las madres se comieron a sus hijos durante el sitio de Samaria, como se predijo en el Deuteronomio. Lo mismo sucedió en el sitio que Nabucodonosor puso a Jerusalén, y también lo predijo Ezequiel.

Jeremías exclama en una de sus lamentaciones: «Las mujeres se comerán sus pequeñuelos»; y en otra parte: «Las mujeres compasivas cocieron a sus hijos con sus propias manos y se los comieron.» También el poeta Barne dijo: «El hombre comió la carne de su hijo y de su hija.» Conocida es la historia que refiere Josefo de cierta mujer que se mantenía de la carne de su propio hijo cuando Tito estaba sitiando a Jerusalén. Se repite mucho y en muchas partes semejante salvajismo; por lo tanto, debe haber existido.

El libro que se atribuye a Enoch, citado por San Judas, dice que los gigantes que nacieron del trato de los ángeles con las hijas de los hombres fueron los primeros antropófagos. En la octava homilía, que se atribuye a San Clemente, hace hablar a San Pedro, que dice que los hijos de dichos gigantes se abrevaron de sangre humana y comieron la carne de sus semejantes. Resultaron de esto, añade el autor, enfermedades hasta entonces desconocidas, naciendo monstruos de todas clases, y entonces fue cuando Dios se resolvió a ahogar al género humano. Esto prueba que era universal la creencia de que existían antropófagos.

La Relación de las indias y de la China, que en el siglo VIII escribieron dos árabes, y que tradujo el abad Renandot, es un libro al que no debe darse crédito sin examinarlo, ni aun examinándolo; pero no se debe rechazar todo lo que esos dos viajeros dicen, sobre todo cuando sus relaciones las confirman otros autores que merecen crédito. Aseguran que en el mar de las Indias existen islas pobladas de negros que comen hombres; llaman a estas islas Ramín. Marco Polo, que no había leído la relación de esos dos árabes, dice lo mismo que ellos cien años después. El arzobispo Navarrete, que viajó mucho más tarde por dichos mares, confirma los anteriores testimonios, diciendo: «Los europeos que cogen, es opinión constante que se los comen vivos.»

Texeira supone que los habitantes de Java se alimentaban de carne humana, y que abandonaron esa abominable costumbre doscientos años antes de la época en que él escribió. Añade que sólo conocieron costumbres más morigeradas cuando abrazaron la religión de Mahoma. Lo mismo se dice de Pegú, de los cafres y de muchos pueblos de África.

Marco Polo, que acabamos de citar, dice que algunas hordas tártaras, cuando condenaban a muerte a algún criminal, después que lo mataban se lo comían.

Lo raro, y más que raro increíble, es que esos dos árabes atribuyan a los chinos lo que Marco Polo atribuye a algunas hordas tártaras, diciendo «que generalmente los chinos se comen a todos los hombres que matan». Esta idea está tan contrapuesta a la benignidad de las costumbres chinas, que no es verosímil. Esto no obstante, debemos observar que el siglo VIII, en el que escribieron los dos árabes citados, fue uno de los siglos más funestos para la China. Doscientos mil tártaros asaltaron la gran muralla y saquearon Pekín, sumiendo todo el Imperio en la desolación. Es posible que se experimentara allí todo el horror del hambre. La China estaba entonces tan poblada como en la actualidad, y bien pudo suceder que en los pueblos pequeños algunos miserables comieran cadáveres. No debían tener interés esos dos árabes en inventar tan repugnante fábula, y quizás, como muchos viajeros, tomaron un caso particular por una costumbre del país.

Sin ir a buscar tan lejos esos casos, he aquí uno sucedido en mi patria, y en la misma provincia donde yo estoy escribiendo. Lo atestigua el vencedor de las Galias, el soberano Julio César. Estaba sitiando la ciudad de Alexia, y los sitiados resolvieron defenderse hasta el último extremo. Cuando carecieron de víveres, se reunieron en gran consejo, y uno de los jefes, que se llamaba Critognat, propuso, para saciar el hambre, comerse todos los niños unos tras otros, y de este modo no se debilitarían las fuerzas de los combatientes. Su proposición se aprobó por pluralidad de votos. En su discurso, Critognat dijo que sus antepasados recurrieron también a dicho alimento cuando estuvieron en guerra con los teutones y los cimbros.

Terminaremos este asunto con un testimonio de Montaigne, que, conforme con lo que le contaron los compañeros de Villegagnon, que regresaban del Brasil, y lo que él vio en Francia, certifica que los brasileños se comían a sus enemigos muertos en la guerra.

III

Dos ingleses que dieron la vuelta al mundo descubrieron que la Nueva Holanda es una isla más grande que Europa, y que los hombres se comen allí todavía unos a otros, lo mismo que en la Nueva Zelanda. ¿De dónde proviene esa raza? ¿Desciende de los antiguos egipcios, de los antiguos pueblos de la Etiopía, de los africanos, de los indios o de los buitres y de los lobos? ¡Qué distancia tan enorme media entre Marco Aurelio y Epicteto y los antropófagos de la Nueva Zelanda! Sin embargo, poseen los mismos órganos, son los mismos hombres. Ya me ocupé en otra parte sobre esa propiedad de la raza humana; pero deseo añadir algunas palabras más a las que dije.

He aquí lo que dice San Jerónimo en una de sus cartas, cuyas propias palabras transcribo: «Puedo deciros algo de lo que sé de otras naciones, porque siendo joven vi escoceses en las Galias, los que, pudiendo mantenerse en los bosques con la carne de los cerdos y otros animales, preferían cortar las nalgas a los hombres jóvenes y las tetas a las doncellas, y éste era su alimento favorito.»

Pelloutier, que trató de referir todo lo que podía honrar a los celtas, contradijo ese aserto de San Jerónimo, y sostuvo que se habían burlado de él; pero Jerónimo habla seriamente y asegura que lo vio. Puede disputarse con un Padre de la Iglesia sobre lo que oyó decir, pero sobre lo que vio por sus propios ojos no debe disputarse, porque siguiendo este sistema, lo más seguro es desconfiar de todo, hasta de lo que uno mismo ve.

Voltaire - Diccionario Filosófico    

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