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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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ARRIANISMO

Arrianismo - Diccionario Filosófico de VoltaireLas grandes controversias teológicas que se suscitaron durante mil doscientos años, se promovieron siempre en la Grecia. ¿Qué hubieran dicho Homero, Sófocles, Demóstenes y Arquímedes, si hubieran presenciado las cuestiones de aquellos sutiles ergotistas que tanta sangre costaron?

Arrio goza todavía el honor de que se le atribuye ser el inventor de su opinión, como Calvino pasa par ser el fundador del calvinismo. La vanidad de ser jefe de secta es la segunda de las vanidades del mundo, y la de ser conquistador la primera. Esto no obstante, ni Calvino ni Arrio pueden jactarse de la triste gloria de su invención.

Disputábase ya mucho tiempo sobre la Trinidad, cuando Arrio se inmiscuyó en la cuestión en la disputadora ciudad de Alejandría, donde Euclides no pudo conseguir tranquilizar los espíritus. No hubo jamás pueblo tan frívolo como el de Alejandría, ni siquiera lo son tanto los parisienses.

Debió disputar con gran ardor sobre el misterio de la Trinidad, porque el patriarca que escribió la Crónica de Alejandría, que se conserva en Oxford, asegura que dos mil sacerdotes sostenían el partido que Arrio abrazó.

Transcribiremos aquí, para comodidad del lector, lo que dice de Arrio un pequeño libro que no es fácil de tener a mano:

«He aquí una cuestión incomprensible que desde hace mil seiscientos años promueven la curiosidad, la sutilidad sofística, el espíritu de cábala, el furor de dominar, la rabia de perseguir, el «fanatismo» ciego y sanguinario, la credulidad bárbara, y que causó más horrores que la ambición de los reyes, que sin embargo causaron muchos. ¿Jesús es el verbo? Si es el verbo, ¿emanó de Dios con el tiempo o antes del tiempo? Si emanó de Dios, ¿es su coetáneo y su consustancial, o sólo es una sustancia semejante? ¿Es distinto Él o no lo es? ¿Fue creado o engendrado? ¿Puede engendrar también? ¿Tiene la paternidad o la virtud productiva sin tener la paternidad? ¿El Espíritu Santo fue creado, o engendrado, o producido? ¿Procede del Padre, procede del Hijo, o procede de los dos? ¿Puede engendrar, puede producir? ¿Su hipóstasis es consustancial con la apóstasis del Padre y del hijo? ¿Cómo teniendo precisamente la misma naturaleza, la misma esencia que el Padre y que el Hijo, no puede hacer las mismas cosas que esas dos personas que son lo mismo que Él?

»Estas cuestiones, superiores a la razón humana, debía decidirlas la Iglesia infalible. Se hacinaron muchos raciocinios y muchos sofismas, se enfurecían, se odiaban y se excomulgaban unos cristianos a otros por alguno de esos dogmas que son inaccesibles para el espíritu humano antes de la época de Arrio y de Atanasio. Los griegos y egipcios eran hábiles; cortaban un caballo en cuatro partes, pero entonces sólo le cortaron en tres. Alejandro, obispo de Alejandría, se apresura a predicar que, siendo Dios necesariamente individual, mónada, en toda la extensión de la palabra, constituye una mónada triple. El sacerdote Arrio se escandaliza de la mónada que proclama Alejandro y explica el misterio de otro modo diferente; arguye con los mismos argumentos que el sacerdote Sabelio, que había argumentado como Praxeas el Frigio. Alejandro reúne en seguida un Concilio poco numeroso de gentes que participaban de su opinión, y ese Concilio excomulga al sacerdote, su contrincante. Entonces, Eusebio, obispo de Nicomedia, abraza el partido de Arrio, y se encarniza la lucha religiosa.

»Confieso que el emperador Constantino era un malvado, un gran criminal, que ahogó a su mujer tomando el baño, que degolló a su hijo, que asesinó a su suegro, a su cuñada y a su sobrino; confieso también que era un hombre hinchado de orgullo y entregado a los placeres excesivos, un detestable tirano; pero confieso que tenía buen sentido: no se escala el Imperio, no se subyuga a todos los rivales por una casualidad. Cuando vio encendida la guerra civil en los cerebros escolásticos, envió al campo de batalla al célebre obispo Ozio con cartas persuasivas para las dos partes beligerantes. En una de ellas decía: «Sois unos locos necios, porque disputáis sobre cosas que no entendéis; es indigno de la gravedad de vuestro ministerio mover tanto ruido por un asunto tan insignificante.»

»Constantino no tenía como «asunto insignificante» ocuparse de la Divinidad, sino el modo incomprensible de esforzarse en explicar la naturaleza de la Divinidad. El patriarca árabe que escribió la Historia de lo Iglesia en Alejandría dice también, poco más o menos, que habló Ozio en ese tono al presentar la carta del emperador. He aquí lo que dijo: «Hermanos míos: cuando el cristianismo empieza a vivir en paz, le queréis sumergir en una discordia eterna. El emperador tiene razón para deciros que disputáis por un asunto insignificante. Si el objeto de vuestra controversia fuese esencial, Jesucristo, que todos reconocemos como nuestro legislador, se hubiera ocupado de él; Dios no hubiera enviado su hijo al mundo para enseñarnos nada más el Catecismo. Todo lo que él nos ha dicho expresamente es obra de los hombres y está sujeto a los errores humanos. Jesús os recomendó que os amarais unos a otros, y le desobedecéis aborreciéndoos unos a otros y atizando la discordia en el Imperio. Únicamente el orgullo es el que mantiene vuestra interminable disputa, y Jesús, vuestro señor, os mandó que fuerais humildes. Ninguno de vosotros puede saber si Jesús fue creado o engendrado; ¿y qué os importa su naturaleza, si a la vuestra le corresponde el ser justos y razonables? ¿Qué tiene de común esa vana ciencia de palabras con la moral que debe dirigir vuestros actos? Recargáis la doctrina con misterios, cuando fuisteis nacidos para fortalecer la religión por medio de la virtud. ¿Pretendéis acaso que la religión cristiana sea una colección de sofismas? ¿Para eso vino al mundo Jesucristo? Hora es ya de que cesen vuestras disputas; adorad a Dios, humillaos ante Él, dad limosnas a los pobres y poned paz en las familias, en vez escandalizar el Imperio con vuestras discordias.» De ese modo habló Ozio a espíritus tercos. Se reunió un Concilio en Nicea, y de él nació una guerra civil espiritual en el Imperio romano. Esa guerra trajo otras, y de siglo en siglo unos sectarios religiosos persiguieron a los otros hasta nuestros días.»

Lo más triste de esto fue que la persecución empezó en cuanto hubo terminado el citado Concilio; y al empezar ésta, Constantino no sabía qué partido tomar ni a quién perseguir. Constantino no era cristiano, aunque se encontraba al frente de los cristianos, porque el bautismo era lo único que constituía entonces el cristianismo, y a él no lo bautizaron. Además acababa de ordenar la reedificación del templo de la Concordia en Roma. Sin duda alguna le era indiferente que Alejandro, Eusebio o el sacerdote Arrio tuvieran o no tuvieran razón. Por la carta que acabamos de copiar se comprende con claridad que menospreciaba la empellada controversia.

Entonces sucedió lo que no se ve ni se verá nunca en ninguna corte. Los enemigos de los que después se llamaron arrianos acusaron a Eusebio de Nicomedia de haber perseguido en tiempos antiguos al partido que capitaneaba Licinio contra el emperador. «Tengo pruebas de ello —dijo Constantino en una carta—, y me las han suministrado los sacerdotes y los diáconos de su séquito, que yo he cogido», etcétera, etc.

De este modo, desde que se celebró el primer gran Concilio, la intriga y la persecución quedaron establecidas con el dogma. Constantino concedió los beneficios de las capillas de los que no creían en la consustancialidad a los que creían en ella, confiscó los bienes de los disidentes en provecho suyo y abusó de su poder desterrando a Arrio y a sus partidarios, que eran entonces los más débiles. Dícese también que autoritariamente sentenció a muerte a todo el que, teniendo las obras de Arrio, no las quemara; pero este hecho no es cierto. Constantino, aunque se complacía en derramar sangre humana, no llevó su crueldad hasta el exceso de que sus verdugos asesinaran a los que conservaran libros heréticos, mientras él dejaba con vida al hereje.

Pero como todo cambia pronto en el mundo, varios obispos inconsustanciales, algunos eunucos y no pocas mujeres intercedieron con el emperador para que perdonara a Arrio, y obtuvieron la revocación de la orden de su destierro. En los tiempos modernos hemos visto lo mismo muchas veces.

El célebre Eusebio, obispo de Cesárea, conocido por sus obras, que están escritas con poco discernimiento, acusaba tenazmente a Eustaquio, obispo de Antioquía, de ser sabeliano, y Eustaquio acusaba a Eusebio de ser arriano. Se celebró un Concilio en Antioquía, de éste salió triunfante Eusebio y depusieron a Eustaquio, ofrecieron el obispado de Antioquía a Eusebio, pero éste no lo aceptó. Los dos partidos se agriaron uno contra otro, y éste fue el preludio de las guerras de controversia. Constantino, que desterró a Arrio por no creer que el Hijo era consustancial, desterró entonces a Eustaquio por creerlo. Esos contrasentidos son comunes en la Historia.

San Atanasio era entonces obispo de Alejandría, y se negaba a admitir en dicha ciudad a Arrio, que el emperador le enviaba, diciendo «que Arrio estaba excomulgado, y que el excomulgado no debía tener casa ni patria, no podía comer ni acostarse en ninguna parte, y que él prefería obedecer a Dios a obedecer a los hombres». En seguida se reunió un nuevo Concilio en Tiro, en el que los Padres depusieron a Atanasio, que tuvo que irse a Tréveris, desterrado por el emperador. De modo que, primero Arrio y después Atanasio, su gran enemigo, fueron castigados sucesivamente por un hombre que ni siquiera era cristiano.

 

Los dos partidos se valían del artificio, del fraude y de la calumnia, siguiendo la antigua y eterna costumbre. Constantino les dejó disputar y que se llenaran de injurias recíprocamente. Tenía cuestiones más graves de que ocuparse. Por esa época fue cuando el «buen príncipe» hizo asesinar a su hijo, a su mujer y a su sobrino Licinio, que apenas había cumplido doce años y era la esperanza del Imperio.

El partido de Arrio quedó victorioso siempre durante el reinado de Constantino. El partido contrario tuvo la poca aprensión de escribir que el día de San Macario, uno de los más ardientes sectarios de Atanasio, sabiendo que Arrio se dirigía a la catedral de Constantinopla para entrar en ella acompañado de muchísimos partidarios, rogó a Dios con tanto fervor que confundiera a dicho hereje, que Dios atendió al ruego de Macario, y en seguida las tripas de Arrio le salieron por el orificio del ano, cosa que es imposible; pero en fin, Arrió murió.

Constantino murió también al año siguiente, en 337 de la era vulgar. Créese que lo mató la lepra. El emperador Juliano, en su obra titulada Césares, dice que el bautismo que recibió dicho emperador algunas horas antes de morir no cura a nadie de la enfermedad que él padecía. Como sus hijos reinaron cuando él murió, la adulación de los pueblos romanos, que entonces eran esclavos, llegó a tal extremo, que los que profesaban la antigua religión le tuvieron por Dios, y los que profesaban la religión nueva le tuvieron por santo. Durante mucho tiempo se celebró su fiesta al celebrar la de su madre.

En cuanto murió, las perturbaciones que había promovido la palabra «consustancial» agitaron el Imperio con mayor violencia. Constancio, hijo y sucesor de Constantino, fue tan cruel como su padre, y como él celebró concilios, y estos concilios se anatematizaban mutuamente. Atanasio recorrió la Europa y el Asia para sostener su partido; pero los secuaces de Eusebio le rindieron. Los destierros, los encarcelamientos, los tumultos y los asesinatos marcaron el fin del reinado de Constancio. El emperador Juliano, fatal enemigo de la Iglesia, hizo cuanto pudo para restablecer la paz, pero no lo consiguió. Joviano, y luego Valentiniano, concedieron completa libertad de conciencia, que los dos partidos encarnizados sólo aprovecharon para extremar su odio y su furor.

Teodosio se puso de parte del Concilio de Nicea, pero la emperatriz Justina, que reinaba en Italia, en Iliria y en África, como tutora del joven Valentiniano, proscribió el Concilio de Nicea, y en seguida los godos, los vándalos y los borgoñones, que se lanzaron sobre muchas provincias, al encontrar en ellas establecido el arrianismo, se afiliaron a él para gobernar los pueblos que habían conquistado con la religión que éstos profesaban.

Los godos, por el contrario, siguieron la doctrina del Concilio de Nicea; y Clovis, que fue su vencedor, se afilió también a ella, así como los otros bárbaros se adhirieron a la doctrina de Arrio. El gran Teodorico, en Italia, mantuvo la paz entre los dos partidos, y por fin la fórmula del Concilio de Nicea prevaleció en Oriente y en Occidente.

El arrianismo reapareció a mitad del siglo XVI, aprovechándose de la ocasión que le facilitaron las controversias religiosas que se agitaban entonces en Europa. Pero reapareció armado con una nueva fuerza y con extraordinaria incredulidad. Cuarenta caballeros de Vicenza fundaron una academia, en la que se aprobaron los únicos dogmas que se juzgaron precisos para ser cristianos. Reconocieron a Jesús como verbo, como salvador y como juez; pero negaron su divinidad, su consustancialidad, y negaron también la Trinidad.

Los principales fundadores de dicha academia fueron Lelins, Socín, Ochin, Paruta y Gentilis. Miguel Servet se les agregó. Conocida es la desgraciada disputa que tuvieron con Calvino. Servet fue bastante imprudente para pasar por Ginebra en un viaje que hizo a Alemania. Calvino fue bastante cobarde para hacer que le prendieran y bastante bárbaro para hacer que le condenaran a ser quemado a fuego lento, es decir, al mismo suplicio que pudo evitar Calvino huyendo de Francia. Casi todos los teólogos de entonces fueron sucesivamente perseguidores o perseguidos, verdugos o víctimas.

El mismo Calvino pidió en Ginebra la muerte de Gentilis, y encontró cinco abogados que firmaron la petición de que Gentilis merecía morir en la hoguera. Esos horrores son dignos de un siglo abominable. Encarcelaron a Gentilis, que esperaba en la prisión morir en la hoguera como el español Servet; pero, menos valiente que éste, se retractó de la doctrina que había sostenido, halagó a Calvino elogiándole ridículamente y se salvó de morir abrasado por las llamas. Pero quiso su desgracia que al poco tiempo, por enemistarse con un bailío del cantón de Berna, le prendieran por arriano. Declararon varios testigos que había dicho que las palabras «Trinidad», «esencia», «hipóstasis» no se encontraban en la Sagrada Escritura, y sólo por esta declaración, sin más motivo, los jueces, que no sabían mejor que él lo que era una hipóstasis, le sentenciaron a perder la cabeza.

Fausto Socín, sobrino de Lelins, y sus compañeros, tuvieron mejor suerte en Alemania. Penetraron en Silesia y Polonia, donde fundaron iglesias; escribieron, predicaron y consiguieron lo que se proponían; pero con el transcurso del tiempo, como su religión estaba despojada de todos los misterios y era una secta filosófica tranquila más que una secta militante, fueron perdiendo todos sus partidarios, y los jesuitas, más famosos que ellos, los persiguieron y los dispersaron.

Los restos de esa secta que subsisten en Polonia, en Alemania y en Holanda, permanecen en silencio y tranquilos. Esta secta reapareció en Inglaterra con gran fuerza, produciendo mucho alboroto. El gran Newton y Locke se afiliaron a ella; Samuel Clarke, célebre cura de Saint-James, autor de un excelente libro sobre la existencia de Dios, declaró en voz alta que era arriano, y consiguió tener varios discípulos. No se presentaba en la parroquia el día que se recitaba allí el símbolo de San Atanasio. En el curso de esta obra se verá las sutilezas de que se valieron estos teólogos tercos, más filósofos que cristianos, para oponerse a la fe católica.

Aunque hubo muchísimos partidarios de Arrio en Londres entre los teólogos, las grandes verdades matemáticas que descubrió Newton y la sabia metafísica de Locke fijó mucho más la atención general del público. Los filósofos encontraron empalagosas las disputas sobre la consustancialidad. Sucedió a Newton en Inglaterra lo mismo que a Corneille en Francia, del cual quedaron olvidados Pertharite, Theodora y su colección de versos, para ocuparse todo el mundo de la tragedia Cinna. Se consideró a Newton como el intérprete de Dios en el cálculo de las fluxiones, en las leyes de la gravitación y en la naturaleza de la luz, no como un teólogo. Cuando murió le condujeron los pares y el canciller del reino para enterrarle al lado de los sepulcros de los reyes, y fue más reverenciado que éstos. Servet, que descubrió la circulación de la sangre, tuvo menos suerte al morir quemado a fuego lento en la pequeña ciudad de los Alobroges, avasallado por un teólogo de la Picardía.

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