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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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ASTROLOGÍA

Astrología - Diccionario Filosófico de VoltaireLa astrología está apoyada en mejores cimientos que la magia, porque si nadie ha visto nunca duendes, larvas, divas, peris ni demonios, en cambio se ha visto muchas veces realizarse las predicciones de los astrólogos. Cuando dos astrólogos consultados tienen que decir sobre la vida de un niño o sobre la temperatura, y uno de ellos dice que llegará a hombre y el otro que no llegará; cuando uno de ellos anuncia la lluvia y el otro el buen tiempo, es indudable que uno de los dos es profeta.

La desgracia que han tenido los astrólogos consiste en que el cielo ha cambiado después que se establecieron las reglas de la astrología. El sol, que en el equinoccio estaba en el signo del Cordero en la época de los argonautas, se encuentra actualmente en el signo del Toro; y los astrólogos, por desgracia de su arte, atribuyen hoy a una morada del sol lo que visiblemente pertenece a otra. Sin embargo, esto no es una razón demostrativa contra la astrología; demuestra que los maestros del arte se equivocan, pero no demuestra que el arte no pueda existir.

No es un absurdo decir: «El niño que nació en el creciente de la luna, durante una estación tempestuosa, al salir tal o cual estrella nacerá con constitución endeble y su vida raquítica será corta», porque esto es lo que verdaderamente sucede a los temperamentos muy delicados. Tampoco es un absurdo decir lo contrario, esto es, que el niño que nazca cuando la luna esté en su lleno, o el sol en toda su fuerza y en tiempo sereno, nazca con constitución fuerte y goce vida larga y feliz. Si estas observaciones se hubiesen repetido muchísimas veces y se hubieran encontrado exactas, la experiencia, al cabo de algunos millares de siglos, hubiera podido formar un arte del que no cabría dudar. Hubiéramos creído, con grandes probabilidades de acierto, que los hombres eran como los árboles y como las legumbres, que se deben plantar y sembrar en ciertas estaciones. Hubiera sido inútil contradecir a los astrólogos diciéndoles: «Mi hijo nació en excelente temperamento, y sin embargo, ha muerto en la cuna.» El astrólogo hubiera contestado: «Muchas veces sucede que se mueren árboles plantados en la estación oportuna; respondo de los astros, pero no puedo responder del vicio de conformación que podáis haber transmitido a vuestro hijo; la astrología sólo obra cuando no hay causa que se oponga al bien que los astros pueden proporcionar.»

Tampoco se puede desacreditar la astrología diciendo: «De dos niños que nacieron en el mismo minuto, uno fue rey y el otro fue sólo fabriquero de su parroquia», porque pudieran contestar probando que uno de los dos hizo su suerte siendo fabriquero, y el otro también, llegando a ser rey. Y si se objetara que el bandido que Sixto V mandó ahorcar nació al mismo tiempo que Sixto V, que desde pastor de cerdos llegó a ser Papa, los astrólogos replicarían que los dos niños habían nacido con la diferencia de algunos segundos, porque es imposible, según las reglas de la astrología, que la misma estrella conceda la tiara y la horca. Como una multitud de experiencias han desmentido las predicciones, al fin han comprendido los hombres que ese arte es ilusorio; pero antes de desengañarse fueron crédulos muchísimo tiempo.

Uno de los más famosos matemáticos de Europa, Stoffler, que floreció a últimos del siglo XV y a principios del XVI, y trabajó muchos años en la reforma del calendario propuesta en el Concilio de Constanza, predijo que sobrevendría un diluvio universal el año 1523. Este diluvio debía llegar en el mes de febrero, cálculo probable, porque Saturno, Júpiter y Marte se encuentran entonces en conjunción en el signo de los Peces. Quedaron consternados todos los pueblos de Europa, Asia y África que se enteraron de esa predicción, esperando el diluvio, a pesar de ver el arco iris. Algunos autores contemporáneos refieren que los habitantes de las provincias marítimas de Alemania se apresuraron a vender las tierras que poseían, baratísimas, a los que tenían más dinero que ellos y menos credulidad. Cada uno de los habitantes de esas provincias compró un buque para que le sirviera de arca. Un doctor de Tolosa, que se llamaba Auriol, mandó construir una gran arca para él, su familia y sus amigos, y se tomaron las mismas precauciones en gran parte de Italia. Pero llegó el mes de febrero y no cayó una sola gota de agua. Nunca se vio un mes tan seco, y los astrólogos quedaron en ridículo. A pesar de esto, no se desanimaron, y el público siguió teniendo fe en ellos. Casi todos los príncipes siguieron consultándolos. No tengo yo el honor de ser príncipe, y a pesar de esto, el célebre conde de Boulainvilliers y el italiano Colonna, que gozaba de gran fama en París, me predijeron que moriría infaliblemente a la edad de treinta y dos años. Pero yo he tenido la malicia de engañarles hasta ahora durante más de treinta años, y les pido humildemente que me perdonen (1).

Menos debe sorprendernos todavía que a tantos hombres superiores al vulgo, tantos príncipes, tantos papas, que no se hubieran dejado engañar si se tratara de sus propios intereses, los haya seducido tan ridículamente la impertinencia de la astrología.

Eran muy orgullosos, pero muy ignorantes. Las estrellas sólo a ellos predecían el destino; el resto del universo era una canalla sobre la que las estrellas no se dignaban influir. Se parecían a cierto príncipe, que temblaba al ver un cometa, y decía gravemente a los que no le temían: «Comprendo que estéis tranquilos y que no le temáis; no sois príncipes.»

El famoso duque Walstein fue uno de los hombres más infatuados con esta manía. Como era príncipe, dio en creer que el Zodíaco se formó para él expresamente. No sitiaba ciudad ni empeñaba una batalla antes de haber celebrado Consejo con el cielo; pero como el grande hombre era muy ignorante, había nombrado jefe de su Consejo a un bribón italiano, que se llamaba Juan Bautista Seni, al que pagaba el sostenimiento de una carroza de seis caballos y veinte mil libras de pensión. Juan Bautista Seni no pudo prever que Walstein sería asesinado por orden de su soberano Fernando II, ni que él tendría que regresar a pie a Italia.

Es evidente que sólo pueden hacerse conjeturas sobre el porvenir; pero estas conjeturas pueden ser tan probables, que se aproximen mucho a la certidumbre. Si vemos que una ballena se traga a un hombre, podemos apostar mil contra uno que sé lo comerá; pero no podemos tener la misma seguridad, después de leer las aventuras de Hércules, de Jonás y de Rolando el loco, de que permanecerá mucho tiempo en el vientre de un pez.

Nunca se repetirá bastante que Alberto el Grande y el cardenal de Ailly hicieron los dos el horóscopo de Jesucristo. Leyeron evidentemente en los astros el número de diablos que sacaría de los cuerpos de los poseídos y la clase de muerte de que moriría; pero por desgracia, esos dos sabios astrólogos lo predijeron siglos después de haber sucedido.

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(1) Voltaire escribió este artículo en 1556, teniendo sesenta y dos años. Aún vivió mucho más.—N. del T.

 

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