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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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Voltaire - Diccionario Filosófico  

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AUGUR

Augur - Diccionario Filosófico de VoltaireEs preciso estar poseídos del demonio de la etimología para decir con Pezron y otros autores que la palabra romana augurium proviene de las voces célticas au y gur. Au, según dichos sabios, debía significar el «hígado» entre los vascos y los bajo bretones, porque asu, que decían ellos que significaba «izquierda», debía designar el hígado que está a la «derecha», y gur significa «hombre» en lengua céltica, de cuya lengua ya no nos quedan rastros.

Es preciso llevar la curiosidad hasta un extremo absurdo para hacer que provengan del caldeo y del hebreo algunas palabras teutónicas y célticas. Bochard pertenecía al número de esa clase de curiosos, y antiguamente admiraban sus pedantes extravagancias. Da grima ver el aplomo con que algunos hombres de genio se empeñaron en probar que en las riberas del Tíber copiaron expresiones de la jerigonza que hablaban los salvajes de Vizcaya, pretendiendo que esa jerigonza fue uno de los primeros idiomas de la lengua primitiva, de la madre de las lenguas que se hablan en todo el universo.

La locura religiosa de los primeros augures se fundó originariamente en observaciones naturales. Las aves de paso indicaron siempre las estaciones; llegan en la primavera reunidas en bandadas y se van cuando aparece el otoño. La voz del cuclillo sólo se oye cuando hace buen tiempo, y parece que lo anuncia. Cuando las golondrinas vuelan casi tocando la tierra, anuncian la lluvia. Puede decirse que cada clima tiene un pájaro que le sirve de augur. Entre los observadores de la Naturaleza debió haber algunos bribones que persuadieron a los tontos de que tenían algo divino ciertos animales, y que su vuelo presagiaba nuestra suerte, escrita lo mismo en las alas de un gorrión que en las estrellas.

Los comentaristas de la historia alegórica de José, vendido por sus hermanos, y que llegó a ser el primer ministro de Faraón, rey de Egipto, por haber explicado uno de sus sueños, infieren que José era sabio en la ciencia de los augurios, porque su intendente se encargó de decir a los hermanos de aquél: «¿Por qué habéis robado a mi señor la taza de plata, en la que bebe y de la que saca sus augurios?» (1). José mandó llamar a sus hermanos, y les dijo: «¿Cómo os atrevisteis a portaros de ese modo? ¿No sabéis que nadie me iguala en la ciencia de augurar?» Judá conviene, de acuerdo con sus hermanos, en que José era un gran adivino, a quien Dios inspiraba, y entonces creyeron éstos que José era un señor egipcio. Resulta del texto, que los hermanos de José creyeron que el Dios de los egipcios y de los judíos descubrió el robo de la taza de plata.

He aquí, pues, establecidos los augurios y la adivinación en el libro del Génesis de un modo tan indudable, que casi en seguida se prohibieron en el Levítico, capítulo XIX, en el que dice: «No comeréis nada que tenga sangre; no daréis crédito a los augurios ni a los sueños; no os cortaréis la cabellera; no os afeitaréis la barba.»

Respecto a esa superstición de contemplar el porvenir en una taza, debemos decir que subsiste todavía. Es lo que hoy se llama «ver dentro de un vaso». Basta no haber experimentado ningún escape de semen, mirar hacia el Oriente y pronunciar estas palabras: Abaxa per dominum nostrum, y al momento, dentro de un vaso lleno de agua, se ve todo lo que se desea ver. Ordinariamente, para practicar esa operación, escogen niños que tengan el cabello largo. La cabeza rapada o con peluca es un obstáculo para ver dentro del vaso. Esa simpleza estuvo muy de moda en Francia en la época de la regencia del duque de Orleans y en los tiempos anteriores.

Los augures desaparecieron con el Imperio romano, y únicamente los obispos conservan el bastón augural, que se llama «báculo», y era la marca distintiva de la dignidad de los augures. De modo que el símbolo de la mentira se ha convertido en el símbolo de la verdad.

Innumerables eran los diferentes modos de adivinar; algunos de ellos han llegado hasta nuestros días. La curiosidad de leer el porvenir es una enfermedad que sólo puede curar la filosofía, ya que las almas débiles que siguen practicando el arte falso de la adivinación, y hasta los locos que se entregan al diablo, se aprovechan de la religión para cometer estas profanaciones que la ultrajan.

Los hombres que se dedican al estudio han notado que Cicerón, que pertenecía al colegio de los augures, escribió un libro titulado De Divinatione, expresamente para burlarse de ellos. Pero también han notado que el mismo Cicerón dice al final del libro que «se debe destruir la superstición, pero no la religión, porque la belleza del universo y el orden que reina en las esferas celestes nos obligan a reconocer que la Naturaleza es eterna y poderosa. Debemos mantener la religión, que debe ir unida al conocimiento de la Naturaleza, y extirpar todas las raíces de la superstición, porque la superstición es un monstruo que os persigue y os acosa por todas partes. Os inquieta y os perturba el encuentro de un falso adivino, un presagio, una víctima inmolada, un pájaro, un caldeo, un arúspice, un relámpago, un trueno, cualquier cosa. El mismo sueño que debía borrar vuestras penas y vuestros sobresaltos, os lo redobla, presentándoos imágenes funestas». Cicerón, al expresarse así, creyó que sólo hablaba a algunos ciudadanos romanos; pero hablaba a todos los hombres y a todos los siglos.

La mayoría de los grandes de Roma creían tanto en los augurios como los papas Alejandro VI, Julio II y León X han creído después en Nuestra Señora de Loreto o en la sangre de San Jenaro. Sin embargo, Suetonio refiere que Octavio tuvo la debilidad de creer que un pez que salió del mar en la playa de Actium le presagió el triunfo en una batalla. Añade que dicho emperador encontró en seguida a un arriero, al que preguntó cómo se llamaba su asno; y el arriero le contestó que se llamaba Nicolás, que significa «vencedor de los pueblos». Octavio ya no dudó de que obtendría la victoria, y mandó erigir estatuas de bronce al arriero, al asno y al pez. Suetonio asegura que esas estatuas se colocaron en el Capitolio.

Es lo más verosímil que el hábil tirano se burlara de las supersticiones de los romanos, y que las estatuas del pez, del asno y del arriero las erigiera por burla. Es posible, sin embargo, que a pesar de burlarse de las tonterías del vulgo, tuviera él también alguna tontería. El hipócrita y el bárbaro Luis XI tenía una gran fe en la cruz de Saint-Lô. Casi todos los príncipes, excepto los que tuvieron tiempo para leer y para ilustrarse, han sido víctimas de alguna superstición.

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(1) Génesis, cap. XLIV, vers. V y siguientes.

 

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