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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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Voltaire - Diccionario Filosófico  

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CIRCUNCISIÓN

Circuncisión - Diccionario Filosófico de VoltaireCuando Herodoto relata lo que le refirieron los bárbaros de los países por donde viajó, cuenta tonterías, como la mayor parte de los viajeros, y no nos exige que le creamos cuando nos describe las aventuras de Ciges y de Candanle; ni la de Arión, que fue transportado montado en un delfín; ni la consulta que hicieron al oráculo para saber lo que hacía Creso, contestándoles aquél que estaba cociendo una tortuga; ni cuando refiere que, habiendo relinchado el caballo de Darío, declaró rey a su dueño; ni otras muchas fábulas a propósito para divertir a los niños. Pero cuando Herodoto habla de lo que ha visto, de las costumbres de los pueblos que estudió, de las antigüedades que conoce, entonces es un historiador que habla a los hombres.

«Parece —dice en el libro de Euterpes— que los habitantes de la Cólquida son originarios de Egipto. Lo juzgo así por mí mismo más que por lo que oigo decir, porque he visto que en Cólquida se acuerdan mucho más de los antiguos egipcios que en Egipto se acuerdan de las antiguas costumbres de Colcos. Esos habitantes de las márgenes del Ponto-Euxino creen provenir de una colonia que estableció Sesostris; y yo lo conjeturo así, no sólo porque son morenos y tienen el cabello atezado, sino también porque los pueblos de Cólquida, de Egipto y de Etiopía son los únicos del mundo que se hacen circuncidar, pues los fenicios y los de la Palestina confiesan que han tomado la circuncisión de los egipcios. Los sirios, que habitan hoy las riberas del Thermodón y de Patenia, y los macrous, sus vecinos, confiesan que hace poco tiempo que han admitido tal costumbre de Egipto. Esa costumbre, considerada como ceremonia, es antiquísima en Etiopía y en Egipto. No podré asegurar qué nación de las dos la tomó de la otra, pero es verosímil que los etíopes la tomaran de los egipcios; como, en cambio, los fenicios abolieron la costumbre de circuncidar a los recién nacidos desde que dejaron de tener comercio con los griegos.»

Apoyándonos en este pasaje de Herodoto, es evidente que varios pueblos habían tomado la circuncisión del Egipto, pero ninguna nación cree haber adquirido esta costumbre de los judíos. ¿A quién debemos, pues, atribuir el origen de esta costumbre, a la nación de la que confiesan haberla adquirido varios pueblos, o a otra nación mucho menos poderosa, menos comercial, menos guerrera, relegada a un rincón de la Arabia Pétrea, que no ha transmitido ninguna de sus costumbres a los otros pueblos?

Los judíos dicen que antiguamente los recibieron por caridad en Egipto. ¿No es, pues, verosímil que el pueblo pequeño imitara esa costumbre de un pueblo grande, y que los judíos la adquirieran de sus señores?

Clemente de Alejandría refiere que, viajando Pitágoras por Egipto, se vio obligado a circuncidarse para ser admitido en sus misterios. Era, pues, indispensable estar circuncidado para pertenecer a la clase de los sacerdotes de Egipto, que existían ya cuando José llegó a dicha nación, clase antigua y observadora de las ceremonias con escrupulosa exactitud.

Los judíos confiesan que permanecieron durante doscientos cinco años en Egipto, y dicen que no se circuncidaron en ese espacio de tiempo. Es, pues, muy claro que durante esos doscientos cinco años los egipcios no adoptaron la circuncisión de los judíos. ¿Podían adoptarla acaso luego, cuando los judíos les robaron los vasos sagrados que les habían prestado, y llevándoselos huyeron al desierto, según su propio testimonio? ¿El señor adoptaría la principal muestra de la religión de un esclavo ladrón y fugitivo? Eso sería obrar contra la naturaleza humana.

Dice el libro de Josué que los judíos fueron circuncidados en el desierto. Éstas son sus palabras: «Os he libertado de lo que constituía vuestro oprobio en Egipto.» ¿Qué oprobio pudo ser éste para las gentes que se encontraban entre los pueblos de Fenicia, entre los árabes y los egipcios, mas que el que los hacía despreciables a los ojos de las tres naciones citadas? ¿Cómo pudieron librarse de ese oprobio? Cortándoles un poco de prepucio. ¿No es éste el sentido natural de dicho pasaje?

El Génesis dice que Abraham había sido circuncidado antiguamente; pero Abraham estuvo viajando en Egipto, que hacía ya mucho tiempo era un reino floreciente, dirigido por un rey poderoso, y nada tiene de particular que en un reino tan antiguo estuviera ya establecida la circuncisión. Además, la circuncisión de Abraham no tuvo consecuencias, su posteridad no fue circuncisa hasta la época de Jesús.

Antes de los tiempos de Josué, los israelitas confiesan que adoptaron varias costumbres de los egipcios. Les imitaron en muchos sacrificios y ceremonias, en los ayunos que observaban los días de las fiestas de Isis, en las abluciones, en raparse la cabeza los sacerdotes. El incienso, el candelabro, el sacrificio de la vaca, la purificación por medio del hisopo, la abstinencia de comer cerdo, el horror que profesaban a los utensilios de cocina de los extranjeros, todo esto son pruebas de que los hebreos, a pesar de la aversión que profesaban a la ilustrada nación egipcia, conservaron infinidad de costumbres de sus antiguos señores. No es de extrañar, pues, que los hebreos imitaran a los egipcios en la circuncisión, como lo hicieron los árabes sus vecinos.

No resulta extraordinario que Dios, que santificó el bautismo, que es tan antiguo en los pueblos asiáticos, santificara también la circuncisión, que no es menos antigua en los pueblos africanos.

Desde la época de Josué conoció el pueblo judío la circuncisión, y ha conservado ese hábito hasta nuestros días. Los árabes han hecho también lo mismo; pero los egipcios, que en los primitivos tiempos circuncidaban a los jóvenes y a las doncellas, andando el tiempo dejaron de hacer esta operación a las doncellas, y únicamente la reservaron para los sacerdotes, los astrólogos y los profetas. Así nos lo aseguraron Clemente de Alejandría y Orígenes, y efectivamente, ninguno de los Ptolomeos fue circunciso.

Los autores latinos, que tratan a los judíos con profundo desprecio, tratan con más miramiento a los egipcios. En todo el Egipto está vigente la costumbre de la circuncisión, pero es porque el mahometismo había adoptado esta costumbre de la Arabia.

Hay que confesar que es extraña la ceremonia de la circuncisión; pero debemos notar que en todas las épocas los sacerdotes de Oriente se consagraron a sus divinidades por medio de marcas particulares. Los sacerdotes de Baco se grababan con un punzón una hoja de hiedra en el cuerpo. Luciano dice que los partidarios de la diosa Isis se imprimían varios caracteres en el cuello. Los sacerdotes de Cibeles se castraban.

Hay motivos para suponer que los egipcios, que reverenciaban el instrumento de la generación y llevaban la imagen de éste con gran pompa en las procesiones, quisieran ofrecer a Isis y a Osiris, que eran los dioses que engendraron cuanto existe en el mundo, parte del miembro que esos dioses quisieron que sirviese para perpetuar el género humano. Las antiguas costumbres orientales son tan diferentes de las nuestras, que ninguna de ellas debe parecer extraordinaria al hombre que tiene instrucción. El parisién queda sorprendido cuando le dicen que los hotentotes cortan un testículo a sus hijos pequeñuelos, y los hotentotes quizá se sorprenderían si les dijeran que en París se conservan a los niños los dos testículos.

 

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