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BIOGRAFÍAS Y SEMBLANZAS

Vidas y referencias biográficas de los filósofos y pensadores - Índice General
 

 

 

VIDA DE LEIBNIZ (*)

TRAZADA POR ÉL MISMO (1)

1676

Autobiografía de LeibnizEl nombre de los leibnicianos o de los lubenicienses es eslavo, procedente de Polonia. Mi familia, llevada de su propio impulso y sin presentársela por ninguna otra parte esperanza de hacer fortuna, se proporcionó, por medio de ciertos amigos en la corte de Sajonia, algunos protectores, y sin más apoyo se dirigió allí, consiguiendo mi padre el cargo de profesor en la Universidad de Leipzig, asegurando así su tranquilo bienestar. Siendo mi padre muy versado en el despacho de los negocios, se le encomendaron los de la Academia que están a cargo de los comicios provinciales de los estados, teniendo los académicos también su asiento entre los prelados, habiendo acreditado en muchas ocasiones su lealtad y su inteligencia, con general aplauso.

Yo nací en Leipzig mismo, y cuando apenas tenía seis años perdí a mi padre, por cuya razón recuerdo muy poco de su persona y no puedo dar razón sino de lo que otros me contaron. Dos cosas no he olvidado; una, que como aprendiera muy pronto a leer, procuró mi padre con intención referirme varios sucesos que se acomodaran a lo escrito en lengua germánica para que cobrara afición a la historia sagrada y profana. Y fue tan feliz el resultado, que concibió de mí las mayores esperanzas para lo futuro. Otro hecho es ciertamente notable, y que recuerdo como si se hubiera verificado antes de ayer. Era un domingo, mi madre había ido al templo por la mañana para oír el sermón, mi padre estaba enfermo en su poltrona. Mi tía y yo estábamos solos en el cuarto de estufa, y yo, cuando aun no estaba del todo vestido, brinqué sobre el escaño arrimado a la pared junto al cual había una mesa, a la que se había acercado mi tía para vestirme; jugando me subo a la misma mesa, queriendo aquélla como cogerme, brinco de lo alto de la mesa al pavimento; el padre y mi tía concurren al ruido y se encuentran con que estaba en el suelo ileso y riéndome, distante casi tres pasos de la mesa, intervalo mayor que el que podría brincar un niño de mi edad. Por cuya razón mi padre, conociendo que había sido como un milagro el que librara tan bien, dio un aviso al templo para que, concluido el sermón, se dirigiera una acción de gracias a Dios en la forma acostumbrada; este lance prestó materia a muchas conversaciones en la ciudad. Mi padre, ya por este hecho; ya por no sé qué sueños o augurios, concibió de mí tan grandes esperanzas, que muchas veces dio ocasión a que se rieran de él sus amigos. Mas ya no fue posible contar con su apoyo, ni disfrutar de las ventajas que me hubiera proporcionado, porque murió poco después de este suceso.

Creciendo en edad y en fuerzas, me complacía infinitamente en leer las historias; y los libros germánicos que caían en mis manos no los soltaba hasta haberlos leído del todo. Concurrí a la escuela para estudiar latín, e indudablemente hubiera tardado en aprender esta lengua lo que se acostumbra, si no se me hubiese presentado una ocasión que aceleró mi enseñanza. Casualmente en la casa donde vivía encontré dos libros, que sin duda algún hombre estudioso había prestado; me acuerdo que uno era Tito Livio, y otro un tesauro cronológico de Sethi Calvicio. Éste último, por decirlo así, lo devoré inmediatamente, y pude entenderle con más facilidad, por que tenía en mi poder un libro germánico de historia universal que en muchos puntos decía lo mismo. Mas, con respecto a Tito Livio, dudé por mucho tiempo, porque como ignoraba las cosas y las formas de los antiguos, y la dicción de sus historiadores está tan distante de la inteligencia vulgar, apenas podía comprender buenamente un solo renglón. Mas como la edición era antigua, tenía al margen grabadas las figuras, me fijaba en ellas con empeño y leía las palabras que les estaban unidas, y sin fijarme en lo que encontraba oscuro, y saltando por lo que no podía entender, repetía mis lecturas sobre el libro y sobre los grabados, y cuando no podía salir con mi intento, después de algún intervalo volvía a la carga, hasta llegar a comprender las más de las cosas, teniendo en ello un placer indecible, y conseguía al fin conocer el conjunto. En este estado, como por casualidad hiciera yo saber todo esto a mi preceptor en la escuela, me preguntó de dónde sacaba tales cosas. Yo le contesté lo que conservaba reciente en mi memoria. El preceptor, con cierto disimulo, se dirigió a los que estaban encargados de mi educación, y les dijo que evitaran a todo trance causar una perturbación en mis estudios con lecciones prematuras e intempestivas, que cuadraba tanto el Tito Livio a mi enseñanza como poner un coturno a un pigmeo, que era preciso arrancar de las manos de un muchacho los libros de otro siglo, y que sólo debía permitírseme leer la introducción de Comenio y el Catecismo de la escuela. Indudablemente hubiera convencido a mis encargados, si por casualidad no hubiese intervenido en este coloquio cierto caballero de la vecindad, muy erudito, que había viajado mucho, y que acostumbraba a frecuentar la casa del preceptor. Convencido aquél de que era una ilusión del preceptor, nacida de envidia o de ignorancia, la de querer medir por un mismo rasero a todos, le replicó diciendo que era inicuo e intolerable ahogar las primeras semillas del genio, mostrando una dureza y una estupidez necia. Y antes bien, que al niño que promete salir de lo ordinario se le debe favorecer y prestar auxilio. Este caballero me llamó cerca de sí, y quedó bastante satisfecho con mis ajustadas respuestas, y entonces me condujo a la casa de mis parientes maternos, y les suplicó que pusieran a mi disposición la biblioteca de mi padre que había estado hasta entonces cerrada. Yo miré esto como un verdadero triunfo y como si hubiera encontrado un tesoro. Deseaba leer los más de los autores antiguos, que sólo conocía por sus nombres, Cicerón, Quintiliano, Séneca, Plinio, Herodoto, Jenofonte, Platón, los escritores de la historia augustana, y muchos padres latinos y griegos de la Iglesia. Llevado de mi entusiasmo foliaba todos estos autores, y su misma variedad causaba en mí un singular deleite; y así no tenía aun doce años cuando entendía perfectamente el latín, balbuceaba el griego y escribía versos con una singular facilidad, siendo tanto lo que adelanté en esto último, que como se encargara a un joven de la escuela la composición de unos versos para la víspera de la fiesta de Pentecostés y como enfermara tres días antes de la función, sin que ninguno de los condiscípulos se prestara a suplirle, ni el encargado le diera a Leibniz el trabajo que tenía preparado, yo me encerré en el museo desde el amanecer hasta la noche, y escribí trescientos hexámetros, que fueron muy alabados por los preceptores, y que pronuncié sin enmienda el día de la fiesta.

Ciertamente fueron tales mis adelantos en humanidades y poesía, que temieron mis amigos me dejara llevar del encanto de las musas por la dulzura de esta ciencia, y que me causaran hastío los estudios serios y ásperos, mas por el resultado vieron lo contrario. Como me dedicara en primer término a la lógica, que los demás miraban con una especie de horror, yo me apliqué a ella con resolución. No me limitaba sólo a explicar los preceptos valiéndome de ejemplos, cosa que sólo yo hacía entre todos mis condiscípulos con admiración de mis preceptores, sino que promovía dudas y hasta descubría otras nuevas, que para que no se me olvidaran procuraba anotar en mi libro de memorias. Leí, tiempo andando, lo que había escrito cuando tenía catorce años, y me causaba una particular complacencia. Entre varios descubrimientos que se me ocurrieron en aquella edad, voy a presentar un ejemplo. Veía que en la lógica los términos simples se colocaban y ordenaban en ciertas clases, que son los que se llaman predicamentos. Me admiraba yo por que los términos complejos o las enunciaciones no se distribuían en clases, en un orden tal que pudieran derivarse y deducirse mutuamente las unas de las otras, y yo llamaba a estas clases predicamentos de las enunciaciones, que era la materia de los silogismos, como los predicamentos vulgares y simples son materia de las enunciaciones. Esta duda la propuse a mis preceptores, ninguno de los cuales me satisfizo, y antes bien me amonestaron, que no era propio de niños inventar cosas nuevas en materias que no hubiera cultivado lo bastante; y después me encontré con que lo que yo quería hacer con los predicamentos o series de las enunciaciones es lo mismo que hacen los matemáticos con los elementos, que preparan las disposiciones como deduciéndose la una de la otra; que es lo que en vano había solicitado yo de los filósofos. Mientras tanto me consagré a conocer las obras de Zabarela, de Rubio, de Fonseca y de otros escolásticos con no menos calor que el que había empleado con los historiadores: y mis adelantos llegaron hasta el punto de leer con la mayor facilidad a Suárez lo mismo que las fábulas Milesias que vulgarmente se llaman romances.

Mientras tanto, los encargados de mi educación (que sólo me eran molestos por la parte que tomaban en mis estudios), así como antes temían que me entregara a la poesía, temieron ahora que me consagrara con el mismo exceso a las sutilezas escolásticas; y esto nacía de que ignoraban que mi espíritu no se puede dar por satisfecho con un género solo de cosas. Como me dedicara al estudio del derecho, dejando todos los demás, me consagré a él decididamente, dando pruebas de gran aprovechamiento.

Conocí claramente que los estudios que había hecho en la historia y en la filosofía me facilitaban extraordinariamente el de la jurisprudencia comparada, en términos que llegué a conocer las leyes, y no contento con la teoría que consideraba como demasiado fácil, fijé mi espíritu en la práctica del derecho. Era amigo mío un provincial leipsiense a quien llaman die Hofgerichte, asesor conciliario. Éste me llevaba consigo muchas veces para leer las actas, y me enseñaba con ejemplos las razones para justificarlas. De esta manera pude yo penetrar muy pronto lo más íntimo de esta ciencia, teniendo una complacencia en desempeñar las funciones de juez, así como aborrecía las argucias de los abogados, en términos que jamás quise abogar en el foro, a pesar de que todos reconocían en mis escritos la propiedad y pureza de la lengua germánica. De esta manera, a los diez y siete años de edad me consideraba el hombre mas feliz porque conocía la ciencia; no por las opiniones de los demás, sino como fruto de mi propio esfuerzo, lo cual fue causa de que se me considerase como el primero entre mis iguales en todas las escuelas públicas y privadas, no sólo a juicio de mis preceptores, sino también por el testimonio de todos mis condiscípulos, consignado en versos congratularios que dieron a luz. En este estado llegó el tiempo de pensar en el destino de mi vida, y, por consiguiente, lo que vulgarmente se llama promoción. La facultad jurídica de Leipsick consta de doce asesores, que son distintos de los profesores, quienes se dedican mas bien a evacuar respuestas y consultas que a dar lecciones y sostener tesis académicas. En ella entran todos los doctores de derecho por antigüedad, y por la muerte de uno entra otro. Veía yo que, si me recibía luego de doctor, me hallaría entre los primeros y aseguraría mi suerte; pero se suscitó en aquel acto una gran contienda por haberse resuelto crear sólo algunos doctores, excluyendo los jóvenes, dejándolos para otra promoción. Muchos de los profesores favorecían a los primeros. Advertida por mí esta intriga de mis émulos, mudé de consejo y me decidí salir de allí y volar a mi libre albedrío; y tuve por indigno que un joven permaneciera en un sitio como si se le sujetara con un clavo; porque hacía ya tiempo que mi espíritu aspiraba a una gloria mayor mediante el conocimiento de los estudios en mi patria, y fuera de mi patria, y de las ciencias matemáticas. Por entonces publiqué cierta disertación titulada «De arte combinatoria», que varones muy doctos leyeron con aceptación, y entre ellos Kirchero y Baylio de gran nombradía. Kirchero no había publicado aún, por entonces, su obra sobre el mismo asunto. Después, tomé el grado de doctor en la Academia de Altorf, a la edad de veintiún años, con aplauso general; porque como tuviera precisión de discutir públicamente, diserté con tanta facilidad, y expuse mi doctrina con tanta claridad, que no sólo los oyentes ponderaron mi inventiva, tan nueva como desconocida en un jurisconsulto, sino que los argumentantes opositores lo reconocieron así, dándose por completamente satisfechos. Cierta persona desconocida, muy erudita, que había asistido al acto, escribió a un amigo suyo de Nuremberg, y cuya carta vi yo después, en la que prodigaba tales alabanzas a mi ejercicio que, hasta cierto punto, me ruborizaba su lectura; y hubo algún profesor que dijo públicamente que jamás en aquella cátedra se habían recitado versos del mérito de los que yo pronuncié en el mismo acto de la promoción.

Y el decano de la facultad de derecho Johann Wolfgang Textor, de quien tenemos un precioso libro sobre la situación de nuestro Imperio, escribió a Dilherum, pastor primario de Altorf, que había sostenido yo la controversia con gran aplauso y aceptación. A dos directores de escuela que con el canciller síndico asistieron al acto les dio esto ocasión para dispensarme grandes alabanzas; porque como estuviera a mi cargo pronunciar dos oraciones, una en prosa y otra en verso, recité la primera de una manera tan espedita, que creyeron que lo había hecho tomándola literalmente de la que tenía escrita. Mas como después comencé a recitar los versos, y me vi precisado a apartar mi vista del papel por el defecto de mis ojos, supusieron ellos que la primera oración en prosa había sido obra de la memoria, y se admiraban de que, supuesto esto, no la hubiera pronunciado con más rapidez, como me hubiera sido fácil. Les respondí que estaban en una equivocación, puesto que cuanto había expuesto y disertado en mi oración en prosa había sido improvisado sin tomarlo de ninguna parte; mas no queriendo darse por satisfechos, valiéndome de lo que acostumbran a hacer los predicadores, quienes sin más que enterarse del punto y de la marcha que hayan de seguir, pronuncian libremente sus discursos, siendo para mí tan fácil hacer esto en latín como ellos en alemán, les presenté el original de la misma oración, y examinándola vieron que lo que había dicho nada tenía que ver con lo escrito en ella. Este incidente me acreditó extraordinariamente en Nuremberg, en términos que poco después Milhero, jefe eclesiástico de la ciudad, me hizo saber, de orden de los directores de las escuelas, que si mi ánimo era ejercer algún día el cargo de profesor en aquella Academia, podría desde luego ofrecerme y comprometerme a ello. Pero entonces tenía yo otros planes, cuyas causas será conveniente exponer aquí.

Cuando joven manejaba los libros de la biblioteca de mi padre, y leí algunos de controversias. Llevado de la novedad y libre de preocupaciones (porque me guiaba sólo por mi juicio), todo lo estudiaba con gusto, y algunas obras con detención. También muchas veces consignaba al margen de los libros mis opiniones, notando que en esto hay también inconvenientes y algún peligro. Me complacían mucho los escritos de Calisto; también tenía ciertos libros sospechosos para algunos, pero esta misma circunstancia era para mí una recomendación. Entonces, por primera vez, empecé a conocer que no todas las cosas que cree el vulgo son ciertas, y que frecuentemente se disputa con calor sobre otras que no son tan vanas como se cree. No contaba diez y siete años cuando ya me entregaba con calor a la discusión de algunas controversias; y notaba que esto era fácil a un hombre cuidadoso y diligente. Me agradaba mucho el libro de Lutero de Servo arbitrio y los diálogos sobre la libertad de Laurencio Valla; había examinado los escritos de Egidio Hunnion y el comentario de Stulteki sobre la concordancia de las fórmulas, así como el análisis de la fe de Gregorio de Valencia y algunos opúsculos de Becano y otros escritos de Piscator. Como después me consagrara al estudio de la jurisprudencia, allí ya tomé otro rumbo. Porque como vi cuántas cosas superfluas, oscuras y dislocadas obran en el cuerpo de las leyes, me compadecía del tiempo que gastaba la juventud en estudios inútiles, creía que no era difícil el remedio, y que un hombre cuidadoso y entendido podía redactar la legislación en pocas proposiciones. Llevado de esta idea publiqué un libro titulado Método del derecho, que mereció la aprobación general y también de muchos hombres notables y entre ellos Pormero de Ratisbona y Spicelio, quienes lo manifestaron, ya a mí directamente en carta, ya por medio de sus amigos.

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(1) Es la que se conserva autógrafa en la Biblioteca regia de Hannover. Tenía Leibniz veinticuatro años, seis antes que tradujera a Platón.

 

(*) Obras de Leibniz. Traducción: Patricio de Azcárate. Colección Biblioteca Filosófica.
Medina y Navarro Editores, Madrid, 1877. Volumen 1.
Fuente: Biblioteca Nacional. Madrid. Signatura: 5/10910 (22)

 


 

 

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