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RETRATO DE LEIBNIZ (*)

TRAZADO POR ÉL MISMO

Autorretrato de LeibnizSu padre era delgado y bilioso, pero aún más sanguíneo, y en sumo grado meditabundo. En menos de una semana, murió por consunción sin ninguna fatiga. La madre, obstruidos su pecho y garganta, murió sofocada.

Su temperamento, al parecer, no es bilioso, ni flemático, ni melancólico. No es sanguíneo, a causa de la palidez del semblante y por la falta de movimiento. No os bilioso, por la falta de sed, por el pelo lacio, el hambre canina y el sueño profundo. No es flemático, a causa de los repentinos movimientos del espíritu y de las afecciones, y por la delicadeza de cuerpo. No es frío o melancólico y seco, a causa de los ligeros movimientos del entendimiento y de la voluntad. Sin embargo, el temperamento bilioso es el que predomina en él.

Estatura mediana y de cuerpo delgado; el semblante pálido; las manos comúnmente frías; los pies largos en proporción al cuerpo, y lo mismo que los dedos de las manos, secos, sin ninguna disposición al sudor. El cabello negro y el cuerpo no excesivamente velloso. Los ojos, desde niño, poco vivos; la voz delgada y más elevada y clara que fuerte también fluida, pero no perfecta, porque las letras guturales y la k las pronuncia con dificultad. Los pulmones delicados, el hígado seco y cálido, cruzadas las manos con innumerables líneas. Se deleita con las cosas dulces, como el azúcar que acostumbra a echar en el vino. Gústanle los olores confortantes, porque está persuadido de que ellos sirven para recrear los espíritus, con tal que no sean cálidos. La tos no le causa la menor molestia y estornuda pocas veces. Jamás le persiguen los catarros; raras veces arroja flema, pero sí con frecuencia esputa, principalmente cuando bebe, en proporción de la acritud de la bebida. Los ojos, ni nadan en líquido, ni son demasiado secos; de aquí le resulta dificultad para ver de lejos, y mucho más de cerca. De noche, su sueño no se interrumpe, porque se acuesta tarde, y, para entregarse a sus elucubraciones, prefiere estudiar por la mañana.

El género de vida, desde niño, fue siempre sedentario y de muy poco movimiento. Desde sus primeros años, se dedicó a leer mucho y meditar en muchas cosas, y en las más de ellas como obra de su propio ingenio. Ansioso de penetrarlo todo y de descubrir cosas nuevas, se entrega a consideraciones más profundas que las que acostumbran todos los demás.

No ansía la conversación, porque sus tendencias le llevan más a la lectura solitaria y a la meditación. Comprometido ya en ella, la continúa sin disgusto y le complace cuando es alegre y de buen tono, prefiriéndola al juego y a los ejercicios gimnásticos.

Se acalora con facilidad; mas su ira, por lo mismo que es repentina, se desvanece al momento.

Nunca está ni demasiado triste ni demasiado alegre. Sus sentimientos y sus goces son siempre moderados. Su risa asoma a los labios con más frecuencia que la que reclama su interior. Es tímido para comenzar y audaz para proseguir lo comenzado.

Por el defecto de la vista no tiene una imaginación viva.

Por la debilidad de su memoria, un disgusto pequeño presente le aflige más que los males graves pasados.

Está dotado de un genio inventivo y de un juicio superior, y no le es difícil mezclar muchas cosas, leer, escribir, decir de repente y penetrar cualquiera cuestión metafísica hasta lo más profundo, si es necesario; de donde se infiere, que su cerebro es seco y espirituoso.

En él se agitan mucho los espíritus. Témome que le arrebate la muerte, debido a una consunción de los elementos húmedos por el estudio asiduo y las excesivas meditaciones, y por la debilidad de sus nervios.

 

 

(*) Obras de Leibniz. Traducción: Patricio de Azcárate. Colección Biblioteca Filosófica.
Medina y Navarro Editores, Madrid, 1877. Volumen 1.
Fuente: Biblioteca Nacional. Madrid. Signatura: 5/10910 (22)

 


 

 

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