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DICCIONARIO ENCICLOPÉDICO HISPANO-AMERICANO (1887-1910)

Índice


 

 

ALMA, su naturaleza y relación con el cuerpo (filosofía: psicología filosófica)

ALMA (1) (2) (3) (4) (5)

III. Sirviéndonos de un criterio empírico-ideal (que viene exigido hasta por los precedentes históricos que dejamos indicados), debemos sustituir las entidades escolásticas, las conjeturas y las hipótesis, con la observación de la realidad viva, dentro de la cual se agita la energía anímica. Patente por demás es la enseñanza que debemos recoger de la consideración histórica que precede. Se mueve el pensamiento filosófico, y lo mismo el científico, entre la tendencia unitaria o monista, que impone la racionalidad del pensamiento, y el dualismo, a que inclinan las observaciones y experiencias en la realidad complejísima de nuestro ser y en la que nos rodea. La tendencia monista, (Platón, Spinoza, Hegel, Schopenhauer, Hœckel) es propia de las reconstrucciones llevadas a cabo de las ideas de alma y espíritu, mientras que el dualismo (lucha perdurable de espiritualistas y materialistas) tiene su abolengo y aun su perenne reproducción en los períodos de crítica y de ampliación de análisis y de interpretación de la idea anímica. Para no cristalizar el pensamiento en ninguno de estos dos extremos, debemos iniciar, con el criterio indicado, el estudio del hombre, declarando su complejidad. (Homo duplex). Esta complejidad, cúpula y remate del orden real, es el punto de partida del procedimiento lógico. En pro de la distinción, persistente e imborrable, de la complejidad humana deponen la experiencia propia de las contrariedades y luchas que cada cual siente dentro de sí (las dos almas de Fausto; la materia y el alma, entre las cuales no cabe la paz, según nuestro Espronceda; el ángel y la bestia de Pascal; el abismo entre la racionalidad y la bestialidad de que habla Montaigne ; el ángel bueno y el ángel malo de la sabiduría popular: el video meliora, proboque, deteriora sequor, del poeta latino, etc. ) y los conocidísimos fenómenos de la doble sensación (dolor que tortura las entrañas del mártir y a la vez le proporciona goce al dar su vida en holocausto de la fe) y el doble movimiento (pereza del cuerpo y acicate del deber). Pródiga es la experiencia, ofreciendo hechos que denuncian esta distinción. Tienen las sensaciones del calor y del frío un carácter relativo (como todas las sensaciones); son variables según la constitución del individuo (ya lo hacía notar Platón en medio de su idealismo, recordando que el vino sabe bien al que está sano y mal al enfermo) y para el mismo individuo según el estado de su organismo. No se hubiera podido estudiar científicamente el calor a no hallar un medio que manifestase sus diversos grados con independencia de las impresiones personales en los movimientos que produce la dilatación de la mayor parte de los cuerpos y que son el principio común de los termómetros. Aislar el estudio del calor de las impresiones personales es poner aparte el sujeto de las sensaciones, distinguiéndole de los elementos objetivos de éstas; es, pues, reconocer la existencia distinta del ser sensible. Decir que en los fenómenos naturales sólo existe forma y movimiento equivale a proclamar la inmaterialidad y persistencia del sujeto que piensa y siente. Pero de esta distinción y en ella nacen los dos escollos igualmente peligrosos, dentro de los cuales se mueve la inteligencia. Acentuada la distinción, surge el dualismo y la oposición insoluble entre espiritualistas y materialistas; mientras que si se desconoce u olvida, toma relieve el monismo, que identifica y suma cualidades distintas en una cantidad hipotéticamente considerada como homogénea. En ambas hipótesis avasalla la discreción del pensamiento científico la tendencia habitual de nuestro entendimiento a personificar lo abstracto, abandonando el nudo y corazón del problema, que en el caso presente consiste en fijar específicamente la naturaleza del alma. Para ello hay necesidad de atenerse a los datos empíricos y a las percepciones de la conciencia y es preciso reconocer que el problema formulado en semejantes términos es, más que psicológico, propiamente cosmológico y en un sentido superior metafísico.


 

Debemos aplazar la solución del problema (que también la inteligencia necesita saber esperar, cuando no sabe o no quiere y se precipita, la circunspección impone dicha exigencia) y hemos de estudiar la vida humana y en ella reconocer que todo es psico-físico, pues si el hecho vulgar de que una bota nos oprime el pie dificulta la concentración del pensamiento, el acto, en apariencia pura y exclusivamente espiritual, del arrobamiento o deliquio del místico tiene su eco obligado en la exacerbación del sistema nervioso.
 

Circundado el espíritu de la atmósfera de los fenómenos exteriores, de ella se alimenta como el cuerpo absorbe el aire que le rodea. Estas formas fenomenales producen en nosotros disposiciones (de ello es ejemplo la viva, movible y excitable impresionabilidad de los niños) que se fijan en los centros del encéfalo para convertirse de nuevo, bajo el impulso psíquico, en el estado fenomenal y sensible, sin que proceda la fenomenología sólo del macrocosmos (cual si el alma fuera sustancia pasiva u hoja de papel blanco, según dice Mausdley), sino también del microcosmos, de este pequeño mundo de lo orgánico. Así, según la fórmula de Pomponat, el alma es espiritual por el sujeto y material por el objeto, y aunque el elemento corporal no es su término único, no está nunca separada de él. A esta comunicación continua y nunca interrumpida entre la sensación que del exterior dimana, y el impulso psíquico, que procede de lo interno, hay que referir en general toda manifestación de la vida. Pero la vida toda comienza, según dice Hœckel, caracterizándose como un centro atractivo y asimilador de fuerzas con movilidad excesiva en los elementos que combina. Son estas combinaciones cuaternarias las que constituyen el medio interior orgánico (sangre y líquidos blastemáticos) de C. Bernard como asiento y base del centro asimilador y raíz morfológica de la diferenciación. La propiedad más genérica de este complexus, que se aísla o esboza su aislamiento, es la irritabilidad o sensibilidad, en la cual comienza la manifestación más rudimentaria de la psiquis o el alma. Lejos de identificarla con la inteligencia, es preciso reconocer su intervención insustituible en los organismos vivos como principio de individuación. Así es que podríamos definir preliminarmente el alma: principio de individuación, cuya base es lo inconsciente y cuyo desarrollo lleva a la conciencia. En el complexus rítmico de funciones, órganos, aparatos y procesos, que constituyen la vida y revela la experiencia con un divergente atomismo, reside como centro y núcleo el principio de la unidad cuantitativa y cualitativa (característica del orden y jerarquía que manifiesta la escala de los seres vivos) propia del individuo y base de la operación del ser vivo. Hasta en lo fisiológico hay necesidad de concebir el núcleo de la célula como el centro asimilador de los elementos que la individualidad viva toma del medio natural, elementos diferenciados en sus manifestaciones externas por el ejercicio de los órganos y en sus impulsos iniciales por el núcleo específico y enteramente propio, que cual sello y carácter imprime el nuevo ser a lo que genéricamente denominamos su constitución o naturaleza. Dentro de esta unidad típica, sin más localización, encuentra su base orgánica lo que pudiéramos denominar protoplasma moral, el principio de individuación o la psiquis. Sin el paralelismo de lo anímico con lo corporal, sin la coincidencia de la unidad del organismo con el principio de individuación, la actividad general y específica del espíritu quedaría cual si no existiese; porque como toda ella es interior termina en la fantasía, de la cual no saldría para incrustarse en la realidad exterior y colaborar con ella al fin general, a no ser por la correspondencia de la fantasía con el sistema nervioso. Si suponemos, por ejemplo, un gran artista, un Miguel Ángel paralítico, que careciendo de dominio sobre su cuerpo, tiene su espíritu preñado de geniales inspiraciones, no llegará a concretar en acto y obra cuanto se agita en su interior. Pero con la base orgánica la psiquis se muestra dotada de una receptividad universal, y mediante ella recibe en todas direcciones relaciones, influencias y excitantes del exterior, que forman el material de su cultura y educación. Manifiesta, pues, el análisis que la unidad morfológica, persistente y típica del organismo vivo (que se acentúa principalmente en la fisonomía, subsistiendo por cima del cambio incesante de materiales) es la base y condición de la espontaneidad inherente al espíritu como centro de reacción específica de todas aquellas fuerzas que se asimila del exterior. Así es el espíritu co-activo con los excitantes exteriores, cuya dirección modifica (V. ESPONTANEIDAD). La espontaneidad, que se señala en lo orgánico y que se inicia en los bajos fondos de lo inconsciente, donde se revelan las manifestaciones más rudimentarias de la vida, se encuentra, merced al progreso evolutivo de la psiquis y de la neurosis, acompañada de la reflexión consciente en los actos ya relativamente superiores de la vida psico-física. Poco o nada importa de momento el sentido con que se conciba la conciencia. Sea cualidad encargada del oficio pedestre de sumar sensaciones homogéneas y restar las diferentes, especie de contador automático como pretenden los físicos del alma; tenga, por el contrario, más alta y noble misión, como quieren los idealistas; siempre resultará una luz que establece discreción, orden o previsión dentro de los excitantes o factores, en medio de los cuales ha de producir el alma su impulso inicial y espontáneo. Esta espontaneidad consciente (característica del espíritu racional), que inquiere y elige medios dentro de sí en todo lo que la rodea para el cumplimiento de su fin, se revela como causa propia de sus actos (aunque condicionada e influida), infunde en todas sus obras el sello de su iniciativa y eleva la psiquis a la categoría de agente personal, es decir, de agente libre.
 

ALMA (1) (2) (3) (4) (5)

Alma (acepciones del término) - Alma (mitología) - Alma (teología)



 

 

Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano (vol. 1, págs. 1022-1023 - editado: 22-9-2007)                        ALMA, su naturaleza (filosofía)

 

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