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DICCIONARIO ENCICLOPÉDICO HISPANO-AMERICANO (1887-1910)

Índice


 

 

ALMA, su idea en las religiones antiguas (mitología)

ALMA

Mitología. Todos los pueblos se han preocupado de la suerte del alma humana, tanto en su peregrinación por el mundo unida al cuerpo, como en su suerte futura cuando desligada de lo físico entra en la morada eterna que le está reservada. Todas las Teogonías contienen en su dogma transcendentales conceptos referentes al alma y la mitología figurada ofrece de ella variedad de representaciones.

Los egipcios, que mostraban gran despego de la vida terrena por considerarla tránsito breve para la eterna, tenían del alma singular concepto; creíanla doble, compuesta de dos elementos, uno ígneo que denominaban Khú (inteligencia), y el otro (espíritu). Del primero dice Hermes Trimegisto: «cuando la inteligencia, el más sutil de los pensamientos divinos, se desprende del cuerpo terrestre, toma su túnica de fuego y recorre el espacio, abandonando el alma al juicio». Los dos expresados elementos del alma humana, se referían: el llamado Khú, inteligencia, a Dios, y el segundo a la materia, de cuyos vicios participaba. En el principio, como dice Maspere, la partícula de inteligencia que daba ser al hombre, revestíale de fuego sutil dejándole en libertad de recorrer los mundos, de obrar sobre los elementos, de ordenarlos y fecundarlos según le pareciese; pero al entrar en la prisión terrestre, despojábase de la túnica de friego de que habla Hermes, porque el fuego con su solo contacto bastaba para purificar al hombre, destruyendo los elementos groseros a pesar de los cuales el alma seguía siendo divina en el mundo. Durante su permanencia en la tierra, el alma , recogía la inteligencia, poniéndola a cubierto como bajo un velo que debilitara su brillo; pero demasiado pura para vivir en consorcio directo con la materia, empleaba para el cumplimiento de la voluntad un agente inferior que es el espíritu o soplo, Niwú, el cual por la misma imperfección hallábase apto para repartirse por el cuerpo sin aniquilarle o herirle; penetraba en las venas, hinchaba las arterias, mezclándose con la sangre, llenando y llevando, por decirlo así, al animal entero; por consecuencia el alma, , es la envoltura de la inteligencia, Khú, el espíritu, Niwú la envoltura del alma, el cuerpo, Khat, la envoltura del espíritu, manteniéndose unidas por lazos invisibles que duraban tanto como la vida todas estas partes, de origen y virtudes diferentes; tal era el hombre según el principio de la alta filosofía egipcia, la cual admitía asimismo, que el ser humano tenía de común con las bestias el cuerpo, el espíritu y el alma, sólo que las bestias desposeídas de razón vivían guiadas por el instinto y apegadas a la materia, y el hombre, como poseedor del preciado tesoro de la inteligencia, sabía y podía distinguir el bien del mal. La inteligencia, añade Maspere, asociada a un alma humana, propendía arrancar a ésta de la tiranía del cuerpo y elevarla hasta sí; mas faltándole la vestidura de fuego que le prestara fuerza, solían arrastrarle las pasiones y los deseos groseros de la carne. El combate interno y permanente entre el espíritu y la materia se manifiesta hasta que la muerte sorprende al hombre, y entonces el espíritu se acoge al alma, coagúlase la sangre, las venas y las arterias se vacían, y el cuerpo abandonado a sí mismo se resolvería prontamente en moléculas informes, si las moléculas del embalsamamiento no le prestasen estabilidad eterna. La inteligencia recobraba con su libertad su envoltura luminosa y convertíase en demonio, Khú; el alma, abandonada de la inteligencia y separada del cuerpo, comparecía sola ante el tribunal de Osiris, juez supremo, al cual y a los cuarenta y dos miembros del tribunal, la conciencia, o como decían los egipcios, el corazón, deponía contra ella, enumerando sus acciones, sus pensamientos; haciendo y repitiendo firmes protestas de sus virtudes; si merecía el castigo, después de sufrir las maldiciones de su propia conciencia, debía buscar un cuerpo humano en que alojarse para obtener, sujeta a nuevas pruebas, completa purificación, pudiendo en último término, si el lago de fuego vigilado por los cinocéfalos, en el cual creen ver algunos egiptólogos el purgatorio egipcio, no era bastante para devolver al alma su prístina pureza, caer en el infierno, o sea en la más completa aniquilación. Si, por el contrario, el alma era absuelta, antes de poder contemplar las verdades supremas en la gloria, debía lanzarse a través de los espacios desconocidos, que la muerte acababa de abrir a su vuelo, guiada por la inteligencia y sostenida por la esperanza cierta, a la felicidad eterna de que se gozaba en las moradas celestes, en los campos del Ar-arú, siendo en vano que el mal opusiera espantables engaños para desviar al alma en su peregrinación etérea.

Es de advertir que, según el Libro de los Muertos, el alma antes de llegar al tribunal de Osiris, después de haberse separado del cuerpo, tenía que hacer un viaje peligroso por las regiones de ultratumba, en las cuales le asaltaban terribles monstruos y seres quiméricos, con los cuales había de luchar, pudiendo vencerlos solamente por medio de exorcismos y fórmulas mágicas. – El alma aparece representada en los monumentos egipcios por un gavilán con cabeza humana; otras veces bajo la forma humana completa, especialmente en las representaciones del Amenti o sala del tribunal de Osiris, en la cual le introducía la Diosa Má, la verdad; también es frecuente en algunos monumentos la representación de la momia visitada por el alma, ésta en forma de ave según hemos indicado.

Los asirios creían en la inmortalidad del alma y en otra vida en la que había un cielo, morada de los bienaventurados, y un infierno donde los culpables recibían el castigos de sus faltas. Los babilonios, menos espirituales que los asirios, a pesar de ser la misma religión la practicada por unos y otros, tuvieron del alma un concepto más material.

En la religión irania, que era la de los medas y persas, el hombre sufría en la tierra las adversidades propias de la lucha constante de los dos principios, del bien y del mal, y a su muerte el alma después de permanecer por espacio de tres días junto a los despojos mortales, los abandonaba al alba del cuarto día para transportarse al lugar donde había de ser juzgada. Allí el genio Rashún pesaba sus acciones hienas y malas en la balanza infalible donde el testimonio de su propia vida decía la salvación o la condenación eterna. Al salir del tribunal colocábanla a la entrada del puente Ciuvat que estaba suspendido sobre el infierno y conducía al paraíso; al alma impía no le era dable franquear el paso del puente y caía fatalmente al abismo donde la esclavizaba el genio maligno Angromainyus; pero el alma pura le pasaba sin pena auxiliada por el ángel Craosha, y llegando hasta el trono de Aura-Mano, guiada por Vohu-Mano, al igual que Zoroastro, ocupaba el sitio que le designaba hasta el día de la resurrección de los cuerpos.

Los antiguos pobladores de la Arabia conservaron en sus principios religiosos la idea de la inmortalidad del alma. Según se deduce de las inscripciones de los antiguos habitantes del Yemen, los pertenecientes a la casta superior, la de los guerreros jectanidas, prestaban culto especial a los muertos, los cuales aparecen en el Olimpo yemenita en la misma categoría que los dioses. En cuanto a las gentes del país de Hedjaz, Causin de Perceval ha esclarecido esta cuestión difícil, diciendo que mientras unos pensaban que todo acababa para el hombre con la muerte, otros, admitiendo la resurrección y la otra vida, creían que el alma, al separarse del cuerpo, tomaba la forma de un ave, a la cual llamaban hama o sada, especie de mochuelo, que no cesaba de revolotear cerca de la tumba del difunto, lanzando plañideros gritos, y de llevarle nuevas de lo que hacían sus hijos. Si el individuo había sido víctima de homicidio, el ave gritaba: Escuní, «dadme de beber», y repetía la exclamación hasta que los parientes hubiesen vengado la muerte del difunto, vertiendo la sangre del matador.

La India, en sus diferentes religiones, perseveró en el concepto ya expuesto de la inmortalidad del alma. Los Arias le conservaban en los Vedas y rendían honores a sus antecesores (Pitris) para asegurar a sus almas el acceso al cielo. En cuanto al infierno, está como presentida su existencia en el Rig-Veda, y Yama, el dios de la muerte, es una personificación de la tierra, receptáculo de los cadáveres. Vino Brahma a modificar las creencias de los arias, y Manú consignó en el libro II de sus leyes que «El alma es el conjunto de los dioses; el universo reposa en el alma suprema, el alma es quien produce la serie de actas cumplidos por los seres inanimados»; y después de exponer el concepto de Brahma, su elemento, prosigue: «Así como el hombre reconoce en su propia alma, al alma suprema, presente en todas las criaturas, se muestra él mismo a los ojos de todos, y obtiene la suerte más dichosa, la de ser al fin en Brahma»; concluyendo por afirmar, que sólo por virtud de la plegaria y la contemplación es como «el indio será juzgado digno de ir a encontrar de nuevo a la divinidad suprema, tan ligero como el viento y revestido de forma inmortal.»


 

Por último, el Budismo vino a modificar radicalmente con nuevas doctrinas, el espíritu religioso de la India. De la metafísica de Buda se desprende que el hombre pasaba cerca de ochenta mil años recorriendo el mundo terrestre que estaba debajo del mundo ideal en que habitaba el Andibuda, viajando de la región terrestre a la región divina o a la región infernal, según sus méritos o sus faltas, hasta que purificado por la meditación llegaba al nirvana o sea al aniquilamiento final según unos, o a la absorción en Dios, según otros; teniendo además cómo lenitivo y remedio la confesión durante la vida terrestre.

 La permanencia en el cielo como en el infierno era temporal, y así como al salir del primero volvía a morar el alma en el cuerpo de un sabio, al salir del segundo venía a vivir bajo la forma de una cosa más o menos ínfima o abyecta, por lo común la de un animal. La existencia estaba sujeta a seis condiciones principales de la existencia que los seres recorrían en sus trasmigraciones, borrando cada una de estas el recuerdo de la vida precedente. Sólo los Budhas la recordaban.

Los fenicios cuyos sombríos mitos les llevó a un culto naturalista y grosero, impusieron silencio, como dice Creuzer, a los sentimientos más sagrados de la naturaleza: degradando las almas con supersticiones atroces y disolutas, hubieron de ser por fuerza gente de poca fe en los fines últimos del alma humana.

Los griegos consideraban al alma desprendida del cuerpo, como un especie de fantasma, sustancia semimaterial que ofrecía semejanza perfecta con el cuerpo y al cual llamaban Eidolon. El Eidolon, como se ve, ofrece analogía con el o doble de las creencias egipcias; creían, pues, que la vida del cuerpo y del alma se prolongaba más allá de la existencia terrestre. De esta creencia que tuvieron en un principio los helenos se derivó el culto de los muertos y de los héroes. Homero expone este concepto de un modo grosero, pues dice que el cuerpo después de la muerte subsiste en estado de forma, aunque sin sustancia, y que el alma sólo es una sombra. En tal estado los nervios no dan vitalidad a la carne ni a los huesos; la irresistible llama de la pira funeraria domina a la vez nervios, carnes y osamentas, pero el alma desprendida del cuerpo revolotea como un sueño. La idea de una recompensa o de un castigo después de la muerte en razón de nuestro comportamiento en la vida terrena, no se ofrece todavía en los poemas homéricos y hesiódicos: El hombre, según la trascendental filosofía de la Grecia, estaba sometido al destino, lo cual no impedía que fuera responsable de sus actos. En las creencias populares más antiguas de la Grecia estaba contenida la relación singular que los helenos encontraban entre la idea de muerte y las divinidades a que rendían culto en los misterios eleusianos. Hades y Perséfone reunían en sí en los tiempos homéricos los dos principales poderes de la muerte. Dejando a un lado la explicación del verdadero sentido mítico de estas dos divinidades y el estudio comparativo a que conduce su origen védico, debemos decir que la creencia general suponía la morada de Hades, el país de los muertos de la Odisea, en las profundidades de la tierra, y las cavernas, los desfiladeros, los abismos naturales eran considerados como las comunicaciones misteriosas del mundo de los vivos con el dominio de los muertos. Con el tiempo las leyendas poéticas de los héroes revistieron a estas supersticiones con caracteres fantásticos y leyendas en las cuales figuran personajes mitológicos, tales como Cervero, Orfeo, Eurídice, Piritoos, Ulises y otros de los cuales no hemos de ocuparnos ahora, como tampoco de la descripción que dan los poemas homéricos y hesiódicos de la morada de Hades, o infierno de la mitología griega. Para penetrar en ella, las almas debían atravesar los ríos, que la separaban del mundo, conducidas por Hermes en la barca de Caron. La muerte estaba personificada en la mitología griega por Thanatos, hombre barbado y con alas, hermano gemelo de Hypnos, hijos de la noche, dioses sombríos que presidían a la muerte. Los principios que representaban las divinidades mencionadas y más principalmente las Erinyas vengadoras de la muerte, que guardaban la vida humana, y las demás personificaciones que componen el ciclo de las divinidades del destino humano, hizo concebir a los griegos la idea de una justicia que se ejercía después de la muerte. Según Esquilo, Hades pedía cuenta de su vida a los hombres: su memoria nada olvidaba y su espíritu lo examinaba todo. A semejanza del Osiris egipcio, Hades estaba auxiliado por un tribunal compuesto de príncipes legendarios, célebres por su virtud y su piedad, que administraban justicia a los muertos, cual la hubieran ejercido con los vivos. La idea del tribunal del Hades condujo necesariamente a la idea de una separación entre los buenos y los malos, mereciendo los primeros vivir en el Eliseo que les prometiera a los iniciados y a los hombres piadosos la religión de los Misterios, y los segundos al Tártaro, lugar tenebroso situado en las últimas profundidades de la tierra donde sufrían los suplicios por haber pecado contra los dioses; pero estas creencias relativas al Tártaro y al Eliseo no se manifestaron con claridad hasta el siglo VI. – Como se ha podido apreciar, hay grande analogía entre las creencias relativas a los fines últimos del alma humana en el Egipto y en la Grecia: en cuanto a las imágenes del alma en los monumentos, algunas veces aparece entre las garras de las harpías, como en en el bajo relieve de Xantos, de carácter oriental. Pero a medida que la imaginación griega prestó al alma forma más sensible, llegando al concepto del Eidolon, se hicieron más frecuentes las representaciones del alma. Las pinturas de los vasos muestran al Eidolon en la figura de un pájaro con cabeza humana o en un ser que reproduce la figura del muerto en proporciones reducidas. En las escenas de combate el Eidolon alado, armado como un hoplita, revolotea sobre el cuerpo del guerrero que acaba de abandonar; el asunto frecuente de esta clase de representaciones suele ser Héctor y Aquiles, disputando sobre el cuerpo de Patroclo. En época más reciente, entre los siglos IV y III, los pintores ceramistas atenienses modifican un poco la antigua concepción del Eidolon al dibujarle en los lekythos, pues escogen por asunto la exposición del muerto, el pasaje en la barca de Caron o el cumplimiento de los ritos funerarios junto a la estela: el Eidolon revolotea sobre una figurita desnuda y alada que no ofrece semejanza con el cuerpo. Las representaciones de la Psychostasia o peso de las almas verificado por Hermes, están inspiradas en los pasajes de los poemas homéricos. Como puede apreciarse, la Psychostasia ofrece interesante analogía con las escenas del juicio del alma en el Amenti egipcio, pues Tot es el Hermes egipcio que tiene el fiel de la balanza en presencia de Osíris, supremo juez; pero en el Egipto a diferencia de la Grecia el peso de las almas constituyó una especie de dogma. Si se presta testimonio a los monumentos figurados, las creencias relativas a la suerte de las almas después de la muerte física, no merecieron gran fe en la Grecia.

Los etruscos aceptaron las creencias y tradiciones religiosas de los griegos, revistiéndolas del tenebroso misterio que da la superstición y prestándoles fe más ciega y culto mas ferviente; de modo que si el siglo de los lacedemonios, con su escepticismo, pudo hacer olvidar a los griegos su suerte futura, la austeridad de los etruscos les llevó a dar suma importancia al culto a los muertos, como lo demuestran las tumbas etruscas, verdaderos tesoros arqueológicos, y a las preocupaciones consiguientes. En el panteón etrusco figuran Hades y Perséfone, Carus y Hermes, desempeñando los mismos papeles en el drama trascendental del juicio del alma, que en la mitología griega, y en las pinturas de las tumbas de Corneto y Orvieto, aparecen asociados a Mantus y Mania, divinidades infernales, viéndose en una de la primera localidad la representación de un sacrificio humano ante las últimas divinidades citadas. En las grandes placas de barro pintado de las tumbas de Cere, que se conservan en el Museo del Louvre, también aparece el alma representada en la figura de un ave que revolotea.

Los romanos, siguiendo las mismas creencias, que han sido causa de evidente confusión entre las mitologías de Grecia y de Italia, prestaron culto a los espíritus de los muertos con el nombre de Manes. Suponían a los Manes hijos de Mania, la tierra, cuyas misteriosas profundidades les servían de morada, la que sólo abandonaban para atormentar a los vivos. Éstos para aplacar a los Manes ejercitábanse en actos de piedad, siendo el más adecuado el llamado devotio. Como se ve, el concepto del eidolon seguía, aunque elevado por la superstición etrusca a la categoría divina. En las lápidas sepulcrales latinas se ven al comienzo de los epígrafes las letras D. M. S. que significan Dis Manibus Sacrum: es la invocación acostumbrada a los dioses Manes con que comenzaba todo epitafio. Los romanos creían, pues, que el alma, inmortal, continuaba viviendo en la morada de las sombras y que de tiempo en tiempo venía a visitar la tumba donde reposaba el cuerpo que había animado, dependiendo su suerte en el otro mundo de los honores que la prestaban sus descendientes. El origen de esta creencia entiende Wilkins que venía de tiempos muy antiguos, pues se la encuentra en los pueblos de la India y en los de la Grecia. Orco, dios activo de la muerte, es en el panteón romano lo que Hades en el griego, y el Orco denominaban los romanos al mundo subterráneo donde habitaban las almas, como Hades le denominaron los griegos. Orco, ya aparece como un guerrero armado que da al moribundo el golpe postrero, ya es el genio silencioso que toca a todas las puertas, o ya demonio nocturno, que revolotea desplegando sus negras alas. Es el príncipe del mundo subterráneo, y como tal, esposo de Proserpina. De la misma manera el barquero Caron de la leyenda griega, era en el mito romano Aquerón. Al culto de los muertos fue unida la superstición popular, que celebraba la fiesta a los Larves y Lemures, espíritus que perturbaban la razón de los vivos y torturaban a los muertos. La figura de un ave siguió simbolizando en Roma al alma humana. Unas veces es el Fénix, acompañado de las expresiones Æternitas consecratio, que según la creencia popular tenía el don especial de renacer de sus propias cenizas, bajo cuyo concepto se aplicaba como símbolo de la inmortalidad de alma, símbolo que luego emplearon los primeros cristianos en las Catacumbas. En las medallas y bajo relieves de apoteosis y consagración de los emperadores, representaban al alma conducida al cielo por el águila y el pavo real, símbolo de Júpiter y de Juno respectivamente. Por último, algunos mitógrafos consideran como imágenes del alma en los monumentos figurados de la antigüedad clásica, la mariposa y la figura de Psiquis, doncella con alas de mariposa, algunas veces velada como las desposadas, escondiendo una mariposa en el seno, aludiendo al himeneo del Amor y de Psiquis.
 

Alma (acepciones del término) - Alma (filosofía) - Alma (teología)



 

 

Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano (vol. 1, págs. 1024-1025 - editado: 22-9-2007)      ALMA, su idea en las religiones antiguas

 

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