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DICCIONARIO ENCICLOPÉDICO HISPANO-AMERICANO (1887-1910)

Índice


 

 

ALMA DEL MUNDO (filosofía)

ALMA (1) (2) (3) (4) (5)

V. Alma de mundo. Espíritu colectivo.

Por presentimiento espontáneo y por reflexión, toda la cultura griega estimó el alma como principio general de la vida y cual energía animadora de todo lo existente. De semejante noción procede luego la concebida con el nombre de alma del mundo (a la cual sustituye, aunque con sentido diferente, la moderna idea del espíritu colectivo), tomada del sabor panteísta, propio de toda la filosofía oriental. Vaga y equívoca esta noción, susceptible de muchas y muy contrapuestas representaciones fantásticas, apenas si la discreción del análisis puede concretamente determinar el concepto genuino de lo que entendió con este nombre la filosofía antigua. La confusión en la doctrina platónica de la inspiración poética con la reflexión filosófica, la teoría equívoca del ente y del acto perfecto en la Metafísica de Aristóteles y las combinaciones más o menos arbitrarias de las doctrinas de los dos grandes maestros, dan muy escasos indicios que puedan guiar a una exposición exacta de lo que se entendía en otros tiempos por alma del mundo. Se concibió en un principio como fuerza inmaterial, aunque a la materia unida, origen de todo movimiento, y principio plástico para educir o Sacar de su seno la inagotable riqueza de formas que se observan en la naturaleza. Como a esta idea, indeterminada y vaga, se han unido representaciones míticas y fantásticas, se llegó en ocasiones a dotarla de personalidad y hasta a sustituir con ella la idea de Dios (por ejemplo, los Estoicos). La teoría del alma del mundo en Pitágoras está tomada de aquellas densas brumas que rodean al panteísmo oriental. Para Platón el alma del mundo está en la inteligencia suprema o en el cielo divino de las ideas; pero no es precisamente esta inteligencia suprema, sino la relación que mantiene con lo variable y pasajero, que toma del seno de aquélla las almas particulares. Esta relación, que debe ser dinámica y de orden en medio de lo transitorio, es la encargada de esparcir por todo el universo el movimiento, la sensibilidad y la vida. Más concreta la idea entre los Estoicos, al concebir el alma del mundo como principio plástico e informador, llega a sustituir la idea de Dios, y pensada la naturaleza como ser interiormente animado, parece que para el Estoicismo queda precisada la fórmula, concibiendo toda la realidad, reducida a un panteísmo naturalista, en cuanto reconoce omnem vim divinam in Naturâ sitam.
       Luego que la filosofía escolástica rechazó las hipótesis acerca del origen del alma humana, afirmando que este origen se debe a la creación directa por obra de Dios, perdió importancia la idea del alma del mundo; pero reaparece con el Renacimiento, sobre todo en la Filosofía de la naturaleza de Van-Helmont y H. Morus. En la misma época algunos teólogos alemanes (Comenius y Bayer) pretenden interpretar la Biblia libremente, y hallar en ella la idea del alma del mundo en aquel espíritu de Dios que flotaba sobre la superficie de las aguas como primer hálito de vida y cual principio animador de todo lo existente. Se ve, pues, que jamás sale de esta indeterminación la idea del alma del mundo, y no se encuentra en Schelling, ni aun en el Panteísmo poético de Alemania (Herder y Goethe) mayor precisión acerca de la misma idea, cuya concepción se mueve siempre entre estos dos extremos: o identificación completa con la idea de Dios, o emanación y como primera creación de Dios, de la cual proceden plásticamente, cual de principio informador, las almas individuales. Concebido hoy por la Filosofía de la naturaleza, desde los bellos presentimientos y anuncios de Humboldt, orden y regularidad en el Cosmos; diferenciada la jerarquía interior de los órdenes de vida dentro del Universo, libre la idealidad de representaciones fantásticas, depurada la reflexión del vicio y error que consiste en personificar lo abstracto: queda latente como sedimento laborable en el sentido filosófico y en la intención científica la idea del alma del mundo, o mejor, del espíritu colectivo como un consensus o sinobia moral, que une y conexiona los espíritus individuales en fines, tendencias y aspiraciones comunes.


 

Para la ciencia y la filosofía modernas, el alma del mundo, el espíritu social y colectivo es el gran principio de la solidaridad, presentido por el poeta latino en el Homo sum, y ampliado después en todos los órdenes de seres y de realidad. La ley de la unidad del espíritu (salvo diferencias de grados cuantitativos y cualitativos -porque otra vez son correlativas la cantidad y la cualidad– dentro de la evolución cósmica) se denuncia, a pesar de la diferencia de medio social, de la diversidad de centros de cultura, y de la oposición de razas y caracteres, como el principio que rige y preside el desarrollo en el tiempo de los espíritus individuales.

 Del mismo modo que la sinobia une los huesos del organismo humano, la unidad latente en el espíritu colectivo (espíritu nacional, social, de raza, etc., ) establece conexiones entre los seres individuales. Sería una quimera, sin el supuesto de esta unidad, acometer la empresa de estudios comparados de todas las grandes manifestaciones de la realidad y de la vida. Podrá parecer a primera vista, según dice un pensador moderno, que nuestras vísceras interiores son exclusivamente de la individualidad pasajera y que su única ley es el egoísmo; pero la continuidad de la vida, la solidaridad biológica, y la acumulación de esfuerzos y energías constituyen advertencias y enseñanzas fecundas, que se desprenden del estudio de las ciencias naturales, como otras tantas consecuencias de alcance moral y aun religioso en el recto sentido de la palabra. De igual manera, y aun por razones más patentes, que nuestro organismo corporal se asimila las condiciones del medio natural circundante, se incorporan a nuestro espíritu en la tradición, en el hábito y en la herencia, los gérmenes de cultura y progreso que van depositando en el medio social las generaciones, que han sido como caudal que se ha de aumentar merced a la colaboración de las que son y serán en lo sucesivo. No tendrían razón de ser, de otro modo, los modernos y fecundísimos estudios de Psicología infantil y de Psicología de los pueblos (Volkerpsychologie, que dicen los alemanes), emprendidos con grande ardor por todas las gentes cultas en el supuesto de la unidad del espíritu. La vida intelectual, la vida afectiva y la de relación son a la vez personales e impersonales, y se hallan unidas por una especie de corriente magnética semejante a la ideada por Platón. Somos, en efecto, todos los hombres hermanos gemelos, como los de Siam, unidos por la cabeza y el corazón. Aunque exagerada, presintió esta gran verdad V. Hugo, al decir: «¡Cuando yo peco, la humanidad peca en mi!» Para no citar más que los más significados, Taine, Waitz, Steinthal y Lazarus (V. su Das Leben der Seele, dos t), incorporan al problema acerca de la naturaleza del alma humana el concepto orgánico y racional del espíritu colectivo, atmósfera moral, en cuyo seno se desenvuelve la vida de los individuos, y sin cuya condición no sería concebible el carácter biológico con que debe estudiarse la energía anímica. Así dice Lazarus con una observación perspicua, el espíritu colectivo, el total (Allgeist) no es la suma de unidades, o el montón o conjunto de los espíritus individuales. De igual modo que un árbol no es una selva, y ésta exige otras condiciones que el árbol, el pueblo, tomado en conjunto, en una asamblea, en una fiesta pública, posee ciertas maneras de ser que cada individuo no tiene aisladamente. De este complexus, que es una realidad viva, determinada por la conjunción y por el ponderado equilibrio de las cualidades medias de los espíritus individuales, surge el espíritu colectivo. En los flujos y reflujos de sus manifestaciones, la energía anímica vive individual y socialmente, revelándose, por tanto, el espíritu colectivo como un consensus que se objetiva, sirviéndose principalmente del lenguaje en su línea media, y que se impone a lo subjetivo de los individuos. Este nivel medio, cuyo germen fecundante abraza multiplicidad de factores: mitología, religión, culto, poesía popular, costumbres, ocupaciones, etc., es el soporte del espíritu objetivo.
 

ALMA (1) (2) (3) (4) (5)

Alma (acepciones del término) - Alma (mitología) - Alma (teología)



 

 

Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano (vol. 1, págs. 1023-1024 - editado: 22-9-2007)                             ALMA DEL MUNDO (filosofía)

 

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