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DICCIONARIO ENCICLOPÉDICO HISPANO-AMERICANO (1887-1910)

Índice


 

 

BUDA, Gautama, Siddharta, creador del budismo (biografía)

BUDA

Biografía. El nombre Buda, cuyo significado en sánscrito es sabio o iluminado, y que se aplica por antonomasia al fundador del budismo, no es un nombre propio, como algunos escritores han creído, sino simplemente el sobrenombre de Siddharta, vástago de la rama de los Gautama (de aquí el nombre de Zramana Gautama, el asceta de los Gautamas, que también se le aplica), e hijo del rey Cuddhona, que dominaba en el pequeño estado de Kapilavastu, comprendido próximamente entre Udh, Goraspur y Nepal.
      La época en que vivió Siddharta, objeto de mil controversias, no ha podido puntualizarse cuál sea; unos, siguiendo la tradición china, la fijan once siglos antes de Jesucristo; otros, prefiriendo la cingalesa, la señalan seis o setecientos años antes del Redentor, y escritor hay que, separándose de los unos y de los otros, toma un término medio, y la determina en el siglo VIII anterior a nuestra era. Nosotros, sin mostrar preferencia por ninguna, y si acaso por aquella de los cingaleses, por ser la que de las tres nos parece más aceptable, referiremos la historia del Buda descartando cuanto nos sea posible los hechos históricos de la fábula en que, como casi la totalidad de las historias de esta especie, se halla envuelta.
       Apartándonos, pues, de la leyenda según la que Buda, ya Dios, antes de nacer de Mayadevi, quiso bajar una nueva vez al mundo para librar a los hombres y descendió al seno de la reina, esposa de Cuddhona, como un rayo luminoso de cinco colores, y descartando también los sucesos maravillosos que se cuentan como propios de su existencia terrenal, diremos que Siddharta, fruto de la unión del rey de Kapilavastu y su esposa Mayadevi, quien murió siete días después del nacimiento de su hijo (Mayadevi, de Maya, ilusión; mujer por tal extremo bella que se le había dado tal nombre porque parecían ajenas de la realidad sus perfecciones), pasó los primeros años de su niñez al cuidado de su tía materna, Maha-Radjapati, sin que demostrase el carácter divino que se le atribuye, aunque fuera de una disposición verdaderamente grande, pero completamente natural, para aprender todas las cosas. Hasta la edad de veinte años su vida no fue como la de otro cualquier hombre, sino mucho más recogida. Muy joven le habían hecho casar con Gopa, mujer bella y virtuosa, digna del hombre que fuera su esposo, y su existencia al lado de ella transcurría tranquila y reposada; pero al cumplir los cuatro lustros, como en cierta ocasión que iba de paseo tropezase con un anciano y de él aprendiese que la vejez y la debilidad eran el destino suyo, por ser el de todos los hombres, y habiéndose encontrado otra vez con un enfermo, y por él sabido que el dolor y la enfermedad eran los compañeros de la vida, y poco tiempo después, ante un cadáver, que la muerte era necesariamente el final de aquélla, lleno de disgusto por las miserias humanas que tan a lo vivo se le habían mostrado, hastiado de los placeres con que en vano quería hacer olvidar a su memoria cuán poco estables eran las cosas terrestres, pidió permiso a su padre para retirarse a la soledad, y a pesar de las súplicas y aun de las órdenes del buen anciano, un día salió de su palacio, cambió sus ricos ropajes por unos miserables, cortóse los cabellos, y en un lugar llamado Urulviva pasó seis años en el más riguroso ascetismo. De aquí pasó a Budha Gaya, ermita en la provincia de Bengala, donde permaneció largo tiempo, y en ella fue donde se transformó en Buda y acabó de arreglar su doctrina, que muy luego empezó a propagar viajando.
       Su primer discípulo, a lo que parece, fue un primo cuyo llamado Ananda, y entre los que primero convirtió merecen ser citados casi todos los habitantes de Radjagriha, en el Magadha, y de Zrevuti, en el Kozala, cuyos soberanos también abrazaron sus creencias. No fueron, sin embargo, sus doctrinas aceptadas sin gran oposición por parte de los Brahmanes, y parece cierto que ante Pracenadji, uno de los reyes convertidos antes de que lo fuese, sostuvo una larga controversia contra sus enemigos, que fueron vencidos por su palabra.
        A los doce años de su salida de la casa paterna volvió a ella. Su padre, ya muy viejo, le recibió con los brazos abiertos; él le expuso sus doctrinas, y entonces Cuddhana y todos sus súbditos se convirtieron igual que Maha Pradjapati, Gopa y las otras dos mujeres de Siddharta, Jazodhara y Utpalavarna. Luego continuó su predicación, y la edad de ochenta años (el 543 antes de Jesucristo, dice un escritor) en Kusinagara, viniendo de Radjagriha acompañado de su primo Ananda y de varios de sus discípulos, exhaló su postrer aliento. Dícese que antes de atravesar el Ganges, fijando una mirada en Radjagriha que allá a lo lejos se distinguía, dijo: «Ésta es la última vez que la contemplo»; y con efecto, después de pasar el río Vaizalí cerca de la ribera de Atchiravati, se sintió mal, paróse a descansar en un bosque que allí había, y en él le sorprendió la muerte. De su cuerpo quemado ocho días después fueron repartidas las cenizas en ocho partes, una de las cuales fue llevada a Kapilavastu. Sus últimas palabras dirigidas a sus discípulos fueron éstas: «En el ánimo del creyente no debe existir duda de que lo que es causa de la vida y de la existencia, lo es también de la muerte y la destrucción. No lo olvidéis nunca, y que vuestras almas se llenen de esta verdad».
      Vamos a terminar la historia de Buda transcribiendo un curioso diálogo que sostuvo con uno de sus discípulos y que mejor que ninguna explicación enseña hasta qué extremo las palabras de aquél hallaron eco en el corazón de sus conciudadanos. Purna, que es el que con Siddharta sostenía el diálogo, fue un riquísimo comerciante que, habiendo abrazado el budismo, abandonó todos sus negocios y se empeñó en ir a predicar la nueva doctrina a los habitantes de Cronaporanta, famosos por su ferocidad. Buda, para averiguar si sus creencias son firmes, le pregunta: – Purna, cuando los hombres de Cronaporanta te insulten con palabras groseras, cuando se encolericen contra ti y te injurien, ¿qué pensarás de ellos? – Que son buenos, porque no me abofetean ni me apedrean. – Y si te abofetean y apedrean, ¿qué pensarás? – Que son bondadosos y dulces, puesto que no me apalean ni me acuchillan. – Y si te apalean y te acuchillan, ¿qué pensarás de ellos? – Que son bondadosos, puesto que no me privan por completo de la vida. – Pero, y si te privan de la vida, ¿qué pensarás de ellos? – Que son buenos y caritativos, puesto que con tan pocos dolores me privan de este cuerpo miserable. – Está bien, – dijo Buda; – con la perfección y la paciencia de que estás dotado, puedes ir a predicar a los cronaporantas. Ve, pues, y ya que tú estás libre, libra a los demás; ya que has llegado a la ribera, haz que lleguen los demás; ya que estás consolado, consuela; ya que has llegado al Nirvana completo, haz que los demás lleguen como tú.» Y con efecto, a dar fe a la tradición, Purna fue y convirtió a los indómitos cronaporantas. 

Budismo





 

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Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano (vol. 3, págs. 992-993)                                       Vida de BUDA, Gautama, Siddharta (biografía)

 

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