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DICCIONARIO ENCICLOPÉDICO HISPANO-AMERICANO (1887-1910)

Índice


 

 

CARNÉADES, filósofo griego, director de la Academia de Platón (biografía)

CARNÉADES

Biografías. Célebre filósofo griego. Nació en Cirene, Libia, hacia el año 213 a. de J. C.; murió en el 126 antes de nuestra era, después de haber dirigido mucho tiempo y con gloria para su nombre la Academia. Esta escuela, fundada por Platón, había sufrido en el transcurso de los años profundas alteraciones, y Carnéades pasa por el fundador de una Academia nueva. El filósofo de Cirene, negando, como Arcesilao, que fuera posible al hombre conocer la verdad con caracteres de certeza, no llegó, sin embargo, a negar la existencia de aquélla. «No poseemos, decía él, la evidencia, pero sí la probabilidad. La verdad plena y sin velos pertenece a los dioses. Nuestra inteligencia percibe apariencias más o menos confusas; no lo que es verdadero, pero sí lo probable, y esta luz tan incierta, por débil que sea, nos permite opinar. La suspensión absoluta del juicio es un estado imposible; no se puede conceder al hombre el obrar habiéndole antes prohibido juzgar.» Carnéades discutió con los estoicos acerca del criterio de la verdad, que aquéllos veían en la sensación, la cual, al mismo tiempo que modifica nuestra naturaleza, representa un objeto cierto. Carnéades concedía que toda sensación se manifiesta y manifiesta su objeto; pero negaba que lo manifestase tal cual era. La sensación, según él, es un testimonio infiel que da indistintamente lo verdadero y lo falso, y que no puede, por lo tanto, ser creído.
      El célebre filósofo dirigía contra la razón los mismos ataques, y afirmaba que no existe medio alguno para distinguir lo verdadero de lo falso. Reconociendo que es imposible al sabio retener siempre su juicio, desarrollaba su doctrina de la probabilidad, y establecía una verdadera escala de probabilidades, cuyo más alto grado permitía al sabio opinar mejor aún que obrar. Carnéades pasó toda su vida disputando contra todas las escuelas, atacando todas las opiniones, sin retroceder ante el absurdo, y recogiendo los aplausos de una juventud aficionada a los buenos discursos, y a la que no exigía ningún esfuerzo de inteligencia. Había estudiado las obras de Crisipo y la dialéctica de Diógenes de Babilonia, y volvió contra aquéllos sus propias armas. En lo moral rechazaba los dogmas del Pórtico y las doctrinas de Aristipo, manteniéndose en un lugar medio entre la severidad de los unos y la facilidad de los otros.
       Para prepararse a la lucha tomaba una dosis de eléboro, a fin de tener el espíritu libre y avivado el fuego de su imaginación. Su ardor para el trabajo era tan grande, que desatendía el cuidado de su persona, y con frecuencia se olvidaba de tomar alimento. El eco extraordinario de su voz, la flexibilidad de su espíritu, la riqueza inagotable y la impetuosidad de su elocuencia, que se ha comparado a una corriente rápida que arrastra cuanto halla a su paso, la sutileza de sus razonamientos, la vivacidad de sus ataques y de sus réplicas, le rodearon de una multitud de jóvenes deseosos de oírle y de asistir a sus controversias, que parecían verdaderos combates, y en las que el jefe de la Academia era siempre el vencedor. Carnéades, el estoico Diógenes de Babilonia y el peripatético Critolao marcharon a Roma, como embajadores, o mejor aún, como abogados de Atenas, para obtener la reducción de un tributo de quinientos talentos, y durante el tiempo de su embajada (154) dieron conferencias a las que la juventud romana, dejando sus placeres, acudió en tropel. Cuéntase que Carnéades pronunció un día un discurso en elogio de la Justicia, ganando todos los sufragios, y que al siguiente combatió con igual fuerza y éxito aquella virtud, y refutó victoriosamente su discurso de la víspera. Se afirma que en secreto conservaba las viejas tradiciones platónicas, y que, declamando en público contra la Justicia, daba a los que le inspiraban confianza máximas de la moral más pura y vivía según las reglas de la Justicia. Murió sin dejar ninguna obra. Después de él desapareció la Academia, o, lo que es más exacto, cayó en manos de retóricos sin originalidad y de filósofos sin carácter.





 

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Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano (vol. 4, pág. 749)          CARNÉADES, filósofo platónico, director de la Academia (biografía)

 

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