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DICCIONARIO ENCICLOPÉDICO HISPANO-AMERICANO (1887-1910)

Índice


 

 

RENATO DESCARTES, filósofo, matemático y científico francés (biografía)        

DESCARTES (RENATO)

Biografías. Célebre filósofo francés, señor del Perrón. Nació en la Haye, población de la Turena, que hoy pertenece al departamento de Indre-et-Loire, el 31 de marzo de 1596. Murió en Estocolmo el 11 de febrero de 1650. Fue hijo de Joaquín Descartes, Consejero del Parlamento de Bretaña, y procedente de una noble y antigua familia de la Turena, y de Juana Brochard, hija de un Teniente General de Poitiers. Crióse débil y enfermizo, y dio a conocer desde sus primeros años sus felices disposiciones para el cultivo de la Ciencia. Ocho años de edad contaba al ser enviado a Paría para comenzar sus estudios e ingresar en el célebre Colegio de la Flèche, dirigido por los Jesuitas. Consagróse en el colegio con verdadero afán al conocimiento de las Matemáticas y de la Filosofía, y se dedicó también a la Poesía, a la que fue siempre muy aficionado. Mostró allí la independencia de su pensamiento y su espíritu verdaderamente filosófico, y notó bien pronto las imperfecciones de la doctrina escolástica y la necesidad de buscar nuevos y más seguros caminos para la filosofía.

Ya terminados sus estudios salió del colegio en 1612, y pasó al lado de su familia un año en Rennes, donde escribió un Tratado de esgrima, su primen obra. Quería su padre que abrazase Renato la carrera de las armas, pero antes de obligarle a que la adoptara le dejó marchar a París para une gozara con las diversiones y placeres de la juventud. Tres años vivió Descartes en la capital de Francia, distraído primeramente con los goces y galanteos propios de su edad, y atento luego, en oculto y retirado albergue, al estudio del Algebra y la Geometría, sus ciencias favoritas. Más tarde, cediendo a los deseos de su padre, entró en el ejército y sirvió sucesivamente bajo las banderas del Príncipe Mauricio de Nassau y del duque de Baviera, después a las órdenes del conde de Bucquoy, y se retiró del servicio en 1621. En el periodo de su vida militar realizó numerosos viajes y aprovechó todos los momentos de descanso que aquélla le dejaba para ampliar sus conocimientos filosóficos. Por la misma época escribió su Compendium musicae, sus Consideraciones sobre las ciencias, y sus tratados Del Álgebra, Demócrito, Experimenta, Præembula y Olimpica, y concibió la idea y formó el plan de su célebre Discurso del Método. Tras varios viajes por Alemania, Holanda, Flandes e Italia, fijó su residencia en París y se dedicó a sus trabajos científicos, que interrumpió en 1628 para tomar parte, como voluntario, en el sitio de la Rochela; terminado éste, se decidió a buscar un país tranquilo en que pudiera continuar sus estudios sin que nadie le molestara, y habiendo elegido Holanda se trasladó a ella en 1629 y permaneció allí por espacio de veinte años, que forman la época más fecunda de su vida. Entonces compuso el Discurso del Método, que publicó en francés en 1637; la Dióptrica, la Geometría y el Tratado de los Meteoros, que aparecieron unidos al Discurso; las Meditaciones metafísicas, escritas en latín y publicadas en 1641, con las Objeciones que se le habían hecho, y las Respuestas de Descartes y los Principios de la Filosofía, escritos también en latín y publicados en 1643. Sufrió el filósofo en aquella época no pocos disgustos y contrariedades. En 1640 supo la muerte de su padre, única persona de su familia que le comprendía y le amaba, pues sus hermanos fueron siempre para él malévolos y desleales. En el mismo año perdió a su hija natural Francisca, que había nacido en 1635, y a estas desgracias de familia se unieron contrariedades de otro género. Los Jesuitas, declarándose enemigos de las doctrinas cartesianas, trabajaron con todas sus poderosas influencias para conseguir que Descartes fuera perseguido. Gilberto Boecio, rector de la Universidad de Utrecht, le acusó de ateísmo, y le persiguió con tanto encono que el filósofo solicitó la protección de la embajada francesa. Secundaron en esta triste campaña los teólogos protestantes a los católicos; reprodujose, en suma, una vez más la lucha entre la intolerancia religiosa y el libre pensamiento, y sólo la prudencia, que algunos tachan de excesiva, de Descartes, impidió quo el nombre de éste aumentará el catálogo de las víctimas infinitas de las contiendas religiosas. Trabajaba entonces el ilustre pensador en su Tratado del mundo o de la luz, cuya impresión aplazó al recibir la noticia de la condenación de Galileo, y en los tratados Del hombre y de la formación del feto.


 

 Diariamente realizaba experiencias físicas y cálculos y estudios matemáticos, y trababa amistad con personas de alta posición social o de gran reputación científica, como la princesa Isabel, hija de Federico V, elector palatino y rey de Bohemia, Pascal y Gassendi. Vio aumentar de día en día el número de sus discípulos, crecer su fama y propagarse sus doctrinas por los centros científicos de más importancia; obtuvo del cardenal Mazarino una pensión de tres mil libras, y en dulce calma, libre de los cuidados materiales de la vida, gozo toda la felicidad posible, perturbada solamente por injurias y maquinaciones de sus adversarios.

En 1645 Chanut, su entusiasta amigo, pasó a ocupar un puesto diplomático en la corte de Cristina, reina de Suecia, la cual, movida por los entusiastas elogios y encarecimientos que Chanut hacía de Descartes, sintió vivos deseos de conocerle y atraerle a su corte. Rechazó en un principio el filósofo las ofertas de dicha reina transmitidas por Chanut, pero siguió con Cristina curiosa y notable correspondencia, y, por fin, en 1649 se dirigió a Estocolmo, no sin entregar antes al impresor Elzevir el manuscrito de su Tratado de las pasiones, que se publicó en aquel mismo año. Cristina le recibió admirablemente, y sin pérdida de tiempo comenzó, bajo su dirección, el estudio de la Filosofía. No pudo ser para Descartes el clima de Suecia más funesto. Obligado en aquel riguroso clima a levantarse a las cinco de la mañana para ir a la biblioteca de Reina, enfermó muy pronto, y víctima de una pulmonía, que se desarrolló rápidamente, falleció a las cuatro de la mañana del día y año citados, con serenidad extraordinaria y cristiana resignación. Sus restos fueron trasladados a París en 1667 y depositados con gran pompa en la iglesia de San Esteban del Monte, donde hoy se halla. La intolerancia no le perdonó ni aun después de su muerte, y así, en el mismo día de sus funerales, la corte prohibió la oración fúnebre que en honor del gran filósofo debía pronunciar el Padre Lallamand, canciller de la Universidad.

Fuera de las obras que publicó en vida, escribió las siguientes, dadas a las prensas después de su fallecimiento: Tratado del mundo o de la luz, Tratados del hombre y de la formación del feto; Compendio de la Música; Mecánica; Reglas para la dirección del ingenio; Indagación de la verdad por medio de la luz natural; Pensamientos sobre la generación de los animales y sobre los sabores, y una inmensa colección de Cartas. Todas estas obras se escribieron en latín, excepto el Discurso del método, la Dióptrica, la Geometría, los Meteoros, las Pasiones del alma, el Tratado del mundo, los Tratados del hombre y de la formación del feto, y la Mecánica, que lo fueron en francés. Hay noticia, además, de que Descartes escribió estas obras, que todas se han perdido: Parnassus; Olympica; Democritica; Experimenta ; Præambula; Thaumontis Regia; Introducción acerca de los fundamentos del Álgebra; Fragmentos sobre la naturaleza e historia de los metales; Observaciones sobre la naturaleza de las plantas y de los animales; Descripción del cuerpo humano, Compendio de las Matemáticas puras; Fragmentos acerca de la ciencia de los números y de la Física; Tratado de los animales; Tratado del estudio del buen sentido; una comedia escrita en Suecia dos meses antes de su muerte; los versos y la prosa de un baile, cuyo argumento era la paz de Munster, y diversos fragmentos sobre varias materias. Las obras de Descartes cuentan numerosas ediciones. Son dignas de recuerdo: las latinas de Elzevir (Ámsterdam, 1650, 1664 y 1672), Ámsterdam (1685) y Francfort (1692), y las francesas de Garnier (París, 1835), Aimé-Martín (París, 1838) y Julio Simón (París, 1863). En castellano tenemos las Obras filosóficas de Descartes, traducidas por Manuel de la Revilla (Madrid, dos vol.), y precedidas de una introducción que sirve de fuente principal para la presente biografía. Entre las ediciones de las obras completas se citan las latinas de 1677 y de Ámsterdam (1692-1701); la francesa de París (1721-45), y la gran edición francesa de Víctor Cousin (París, 1824-26).

Hombre de baja estatura, cabeza muy grande, frente ancha y prominente, cabellos negros que le caían sobre las cejas, y que sustituyó en la edad madura con una peluca, tenía Descartes los ojos muy separados, ancha, saliente y larga nariz, grande la boca, belfo el labio inferior, ovalado el rostro, y la tez pálida en sus primeros años, encendida en la juventud y aceitunada hacia el fin de su vida. Su voz era débil, y severa y meditabunda la expresión del rostro. Gastaba bigote y perilla como los militares, y vestía bien, pero sin lujo, prefiriendo siempre color negro. Sobrio y nada bebedor, trabajaba con asiduidad, era muy metódico y vivía con orden y economía, sin llegar a incurrir en la nota de avaro. Leía con preferencia la Biblia y la Suma de Santo Tomás, si bien su estudio predilecto fueron las Matemáticas, y nunca dio pretexto para que le tacharan de exclusivo, ni menospreció lo que no era de su competencia. Amigo de la soledad y del reposo, no huía del mundo; sin embargo, no era misántropo ni cayó en las extravagancias de otros filósofos. Modesto por naturaleza, procuró no exhibir su persona, evitó el hablar en público, y prefirió siempre al debate oral la polémica por escrito. Prefería a todas las cosas su tranquilidad, y por eso pecó con frecuencia de sobrado tímido y condescendiente con sus adversarios. No se crea por lo dicho que era cobarde. Cumplió como bueno en su profesión militar, y en ocasiones dio muestras de valor personal y de pasmosa serenidad. En uno de sus viajes por Alemania, yendo en una barca con un criado, tomárosle los barqueros por un comerciante extranjero, y creyendo que no entendía la lengua del país hablaron de sus propósitos de robarle y darle muerte. Oyó Descartes la conversación, y, sacando la espada, lanzase sobre ellos, les increpó en su propia lengua, los intimidó y terminó con felicidad su viaje. Tan generoso como valiente, aceptó el desafío a que le provocó un pretendiente de madame de Rosay, a la que galanteaba Descartes, habiéndole desarmado le perdonó la vida, diciéndole que se la debía a aquella hermosa señora, por la cual había tenido la dicha de exponer la suya. Afectuoso con los inferiores, sensible a los goces del amor, gustaba mucho de las mujeres, a las que trataba con el encogimiento y la torpeza que suelen ser propios de los sabios. Contó indudablemente algunos triunfos amorosos, puesto que tuvo una hija natural, y aunque dijo en cierta ocasión a Clervelier que éste era el único pecado de aquel género que había cometido, tal afirmación se armoniza poco con la vida libre y alegre que llevó en París algunos años.

Desinteresado y generoso, leal y amante de la justicia, dotado de nobles y puros sentimientos, caritativo para los desgraciados, fiel a sus amigos y agradecido a sus bienhechores, era en cambio orgulloso e intransigente, y con su timidez y condescendencia puso algunas veces en peligro su dignidad. Encastillado en sus doctrinas, no admitía observaciones, no toleraba contradicción alguna, ni respetaba la opinión que se oponía a la suya. Juzgábase infalible, único poseedor de la verdad absoluta, y creía ofensiva toda oposición a sus creencias. Intemperante y descortés en la polémica, llegaba hasta el insulto y la grosería al rebatir los argumentos de sus adversarios, sobre todo si eran débiles y no tenían autoridad para perjudicarle. En su anhelo de tranquilidad, por miedo a la persecución, aceptó todo género de humillaciones y no tuvo nunca el valor de sus convicciones. Aplazó indefinidamente, como se ha dicho, la publicación de su Tratado del Mundo, luego que supo la condenación de Galileo; mostróse en repetidas ocasiones dispuesto a abdicar con fingida humildad de sus ideas ante poderes que secretamente despreciaba; rodeó de reservas y circunloquios sus opiniones astronómicas en Los principios de la Filosofía; «manchó, dice Revilla, sus admirables Meditaciones con una servil dedicatoria a la Sorbona, que hace poco honor a la independencia de su espíritu y a la dignidad de su carácter, y demostró que siendo el renovador de la Filosofía moderna, el fundador del racionalismo, carecía de las condiciones necesarias para mantener la integridad y pureza del libre pensamiento que proclamaba. Poseyó una de las inteligencias mejor organizadas que registra la Historia, y apenas hubo Ciencia en que no brillara y en que no dejara profunda huella de su genio.

Espíritu profundamente reflexivo y metódico, poseedor de claro y penetrante entendimiento y de admirable sentido práctico, si se extravió en sus indagaciones y no cumplió la misión que se había impuesto, haciendo una verdadera critica de la razón humana, fue, antes que por exceso de idealismo, por obedecer a propósitos preconcebidos y por no plantear con el acierto necesario las cuestiones. Más que el vuelo aventurero del espíritu le perjudicó quizás el rigorismo lógico y el sentido mecánico y abstracto propio de los estudios mecánicos. Su idealismo era de geómetra mejor que de metafísico o poeta. Claro en sus razonamientos, metódico en sus indagaciones, apegado siempre al buen sentido, creó una Filosofía luminosa, sencilla, comprensible; y si no fue siempre profundo en sus concepciones y minucioso en sus análisis, si alguna vez se le puede tachar de ligero, no se muestra oscuro ni enigmático en ningún caso. No despreció Descartes las galas de la imaginación, ni por ser filósofo se olvidó de ser literato; antes bien, aun haciendo caso omiso de sus poesías, concedió singular atención a la forma literaria en todos sus escritos, y así, no sólo es el primer filósofo de su patria, sino también uno de los grandes escritores de la misma, y su elegante prosa se considera allí como modelo digno de ser estudiado. Procuró, en efecto, dar a la prosa francesa el giro propio de la latina, y escribió sus obras en rotundos y redondeados períodos, llenos de elegancia y armonía. Severo y majestuoso su estilo, a la par que sencillo y claro, no faltan, cuando la ocasión lo exige, bellas y exactas imágenes y verdaderos rayos de elocuencia. Vivo, nervioso y enérgico en la polémica, reposado en la exposición, sentido en ocasiones, su estilo es siempre bello y su lenguaje castizo, correcto y elegante. Orgullo de Francia y gloria de la humanidad, fue Descartes uno de los más altos representantes del pensamiento filosófico; su fama se extendió en breve tiempo por el mundo y su sistema reunió portentoso número de sectarios y numerosos y encarnizados enemigos. De estos últimos el mayor fue la Teología. Hoy el cartesianismo ha pasado a la Historia; una escuela insignificante y desacreditada, sostenida en Francia más por la protección oficial que por sus propias fuerzas, es la única que a la desesperada lo defiende. Mas el principio que lo anima subsiste íntegro y es el alma de la filosofía moderna. «El cartesianismo, dice Revilla, ha muerto; Descartes vive y vivirá mientras exista como ley fundamental de la ciencia y de la vida el gran principio de la libertad de pensar.»

Debe ser considerado Descartes bajo dos aspectos: como cultivador de las Ciencias matemáticas, físicas y naturales, y como filósofo. Nace su popularidad y renombre de sus trabajos filosóficos; pero ha prestado mayores servicios como hombre de ciencia, y especialmente como matemático. Creó la aplicación del Algebra a la Geometría, lo que constituye uno de los mayores descubrimientos; fundó la Geometría analítica; introdujo los exponentes, y dio aplicación práctica por primera vez a las cantidades negativas. Descubrió la tangente de la cicloide, línea descubierta por su discípulo Mersenne, y objeto entonces y después de muchas discusiones. Consecuencia de la aplicación del Algebra a la Geometría fue el cálculo diferencial, que sin ella sería imposible. En Física expuso Descartes la teoría del arco iris y descubrió las verdaderas leyes de la refracción de la luz. También se le debe la teoría de que el vacío no existe, plenamente confirmada por la ciencia moderna. Sobre la formación del Universo expuso la curiosa hipótesis que se denomina Teoría de los torbellinos. Con arreglo a esta doctrina el vacío no existe; los cielos están llenos de una sustancia líquida, cuyas partículas pueden ser determinadas a moverse en todas direcciones, y cuando son movidas todas a la vez en un mismo sentido deben necesariamente llevar consigo todos los cuerpos que ciñen y rodean, a no ser que se lo impida una causa exterior. La materia del cielo, donde se hallan los planetas, gira circularmente sin cesar, como un torbellino en cuyo centro estuviera el Sol. Las partes más próximas a éste se mueven con velocidad mayor que las de las más apartadas, y todos los planetas, incluso la Tierra, permanecen siempre suspendidos entre unas mismas partículas de la sustancia del cielo. Newton destruyó este sistema, hoy reemplazado por la teoría de Laplace; pero en su fondo hay algo de verdad, a saber: la existencia de una energía que, poniendo en movimiento la materia, produce todos los fenómenos físicos que, en suma, son modos diferentes de un movimiento nunca interrumpido, manifestaciones distintas de una energía que siempre se conserva. En Ciencias naturales nada hizo Descartes que merezca citarse, o a lo menos no se conoce, pues sus trabajos sobre tales materias se han perdido. Lo que acerca de Biología y Antropología sostiene, se halla contenido en sus trabajos filosóficos, que merecen párrafo aparte.

Verdadero fundador de la Ciencia psicológica, dio Descartes un método, antes desconocido, para dirigir la razón en los estudios metafísicos, y basó en este método todo el valor de la Filosofía. Tuvo el mérito insigne de sentir el vacío de las doctrinas admitidas hasta su tiempo en las escuelas y en los libros, y de reconocer la inferioridad científica de sus contemporáneos, y «esto me obligó, dice, a decidirme por la libertad de juzgar por mí mismo a todos los demás, y a pensar que no había doctrina alguna en el mundo que fuese tal como me habían hecho esperar.» Se ha acusado a Descartes injustamente de escepticismo. Él mismo ha respondido a la acusación con estas palabras: «Desarraigué de mi espíritu todos los errores que habían podido deslizarse en él antes. Y no es que yo imitase por lo dicho a los escépticos, que dudan por dudar y afectan estar siempre irresolutos; porque, al contrario, todo mi plan se dirigía a asegurarme y a retirar la tierra movediza o la arena para hallar la roca o la arcilla.» «La filosofía cartesiana, dice Cousín, no obstante su profunda originalidad y su carácter completamente francés, está llena del espíritu platónico. Descartes no sueña con Platón, a quien parece que nunca había leído; no le imita ni se le parece en nada: sin embargo, desde los primeros pasos se halla con él en las mismas regiones, a las que llega por un camino diferente. La noción de lo infinito y lo perfecto es a Descartes lo que lo universal, la idea, es a Platón. Apenas ha hallado Descartes por la conciencia que piensa, y de aquí ha concluido que existe, cuando aun por la conciencia se reconoce imperfecto, lleno de defectos, de límites, de miserias, y, al mismo tiempo, concibe algo de infinito y de perfecto. Posee la idea de infinito y perfecto, pero esta idea no es obra suya, de él, que es imperfecto. Es preciso, pues, que haya sido puesta en él por otro ser dotado de la perfección: este ser es Dios. He aquí el procedimiento por medio del cual Descartes, partiendo de su pensamiento y de su ser propio, se eleva a Dios... La primera diferencia entre Platón y Descartes es que las ideas, que son a la vez en Platón las concepciones de nuestro espíritu y los principios de las cosas, no son para Descartes, como para toda la Filosofía moderna, más que concepciones nuestras, entre las cuales ocupan el primer lugar las de lo infinito y lo perfecto; la segunda diferencia es que Platón va de las ideas a Dios por el principio de las sustancias, si se me permite este lenguaje técnico de la Filosofía moderna, en tanto que Descartes prefiere el principio de las causas y llega, bien entendido, sin silogismo de la idea de infinito y perfecto, a una causa perfecta también e infinita. Más bajo estas diferencias, y a pesar de otras todavía, hay un fondo común, un mismo genio, que nos eleva al punto por encima de los sentidos, y por el intermedio de ideas maravillosas que están incontestablemente en nosotros nos lleva hacia el único que puede ser la sustancia, que es el autor infinito y perfecto de nuestra idea de infinidad y perfección. Por esto Descartes pertenece a la familia de Platón.» «Tres ideas principales, dice Janet, hacen de la Filosofía de Descartes una filosofía original entre todas: la duda metódica, la reunión de todos los fenómenos del Universo al pensamiento y la extensión, y, en fin, el mecanismo universal. Si estas ideas eran incompletas, insuficientes, inexactas, la disensión lo establecerá, y además Descartes no acabó la Filosofía, sino que la comenzó; pero que estas ideas eran nuevas y grandes sería preciso algo más que la ceguera para negarlo. Concedo que Descartes no tuvo la fecundidad inventiva de Leibnitz, la agudeza de Kant y el atrevimiento intrépido de Spinoza; pero negarle originalidad, aunque desagrade a la vanidad alemana, es sencillamente insensato. Por lo demás, es incontestable que la Filosofía moderna se ha desenvuelto en los cuadros establecidos por Descartes. Los sistemas de Malebraneche y Spinoza se refieren a éstos más directamente. Leibnitz y Locke, aunque adversario, aún son suscitados por Descartes, y su Filosofía se desarrolla, se pone en oposición con Descartes, pero siguiéndole siempre en las cuestiones que éste había planteado; Kant viene de Leibnitz a Wolff, de quien es antagonista y contradictor, y de Locke por Hume, a quien había meditado mucho; en fin, Hegel sale de Kant. Así, toda la Filosofía moderna tiene su origen en Descartes, y sería fácil mostrar las transformaciones que ha sufrido cada una de sus ideas, y cómo el Discurso del Método contiene en germen todo el pensamiento moderno. A la verdad, a medida que nos alejamos de Descartes se ve entrar poco a poco en la Filosofía todos los elementos del pasado que aquél había separado. Con Malebranche la Filosofía antigua y platónica entra de nuevo en la Metafísica; con Leibnitz vuelve al peripatetismo restaurado y perfeccionado; con Spinoza y Schelling, el alejandrinismo. Pero estas doctrinas, que el Renacimiento había reproducido y restaurado sin ninguna originalidad, renacen transformadas, reconciliadas con el espíritu moderno, por medio del espíritu cartesiano, espíritu de crítica y de geometría.





 

Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano (vol. 6, págs. 363-364 - editado:  octubre de 2012)              RENATO DESCARTES  (biografía)

 

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