Historia de los héroes y semidioses de los griegos -
Capítulo I -
Hércules
Ya tenéis una idea exacta de la Mitología, y habéis visto a qué extremo
de insensatez son arrastrados los hombres, cuando llega a faltarles para
las cosas del cielo la antorcha de la fe que de Dios han recibido, y
para las de la tierra el buen sentido, que es una senda llana y
derecha, de la que no puede salir el hombre sin perderse en intrincados
laberintos. Así es que los hombres hallaron la fuente de la Mitología en
la corrupción de su corazón, que había perdido la fe, y en el desarreglo
de su imaginación, que había perdido el buen sentido.
Como los griegos mezclaron su Mitología en los sucesos históricos de su
época, y como erigieron en semidioses a sus héroes, será necesario que
os hable de los principales de estos héroes, que, siendo hombres,
merecieron honores de divinidades. El primero y más nombrado de todos es
el famoso y nunca bien ponderado Hércules.
Era hijo, como ya podéis colegir, de
Júpiter y de Alcmena, princesa
tebana. Reinaba por entonces en Micenas Esténelo, cuya mujer estaba
embarazada, y habiendo sabido la celosa Juno que un oráculo había
predicho que el hijo que iba a dar a luz Alcmena sería rey de Micenas
obtuvo de Júpiter que aquel de los dos niños que naciese primero tendría
absoluto dominio sobre el otro, y en seguida hizo con su soberano poder
que Euristeo, hijo de Esténelo, naciese antes que Hércules. No contenta
con esto, hizo Juno que se llegasen a la cuna de
Hércules dos
serpientes para matarle; pero el niño las cogió con sus manitas y las
hizo pedazos. Palas quiso reconciliar a Juno con el niño, y le llevó al
Olimpo, y hasta logró que Juno le diese de mamar para darle así la
inmortalidad, y en esa ocasión dicen que cayeron unas gotas de aquella
leche divina, lo que produjo en el firmamento una raya blanquecina que
habréis visto, y que es formada por una infinidad de estrellas que están
a una inmensa distancia de nuestro globo, pero que por aquella causa
llamaron «Vía láctea», nombre que ha conservado.
Subido que hubo Euristeo al trono, e instigado por la rencorosa Juno,
abusó del poder que sobre Hércules le había alcanzado aquélla,
condenándole a unos trabajos tales, que han llegado a ser proverbiales.
La opinión más general es que fueron doce los que efectuó Hércules, y le
valieron la fama que tuvo. Fueron los siguientes:
1. Mató al invulnerable león de Nemea, ahogándole entre sus brazos y
desde entonces llevó siempre su piel sobre los hombros y su melena le
sirvió de gorro.
2. Mató a la hidra de Lerna, que, como sabéis, tenía siete cabezas que
se reproducían; pero Hércules no se anduvo con chiquitas, sino que
le cortó las siete de un tajo.
3. Cogió vivo, y se lo trajo a Euristeo, a un formidable jabalí que
tenía su guarida en el monte Erimanto.
4. Mató, después de correr un año tras de ella, a una cierva que tenía
pies de acero y cuernos de oro.
5. Echó de Arcadia a unos pájaros terribles que todo lo despedazaban con
sus garras y sus picos.
6. Venció a las valientes amazonas cerca del río Termodonte.
7. Venció y mató a dos terribles tiranos,
Busiris y Diomedes, que hacían
perecer a cuantos pasaban por sus estados.
8. Venció y mató a Gerión, rey de España, que tenía tres cuerpos, lo que
significa, niños míos, que había varios Geriones. El que mató
Hércules
fue el que era jefe de las tribus que poblaban a Galicia. La
torre del
faro de la Coruña, llamada de Hércules, dicen que se levantó en el sitio
del combate referido.
9. Limpió las cuadras de Augias,
rey de Élide, que contenían tres mil
bueyes, y había treinta años que no se aseaban, lo que llevó a cabo
sacando de su cauce al río Alfeo y haciéndolo correr por las
cuadras.
10. Domó al toro bravo que, para castigo de Grecia, había creado
Neptuno.
11. Adormeciendo al fiero dragón que las guardaba, robó las
manzanas de
oro del jardín de las Hespérides. Eran éstas el fruto de unos árboles
que regaló Juno a Júpiter cuando se casaron; el cual las colocó en el
jardín de las Hespérides bajo la custodia de ese fiero dragón, hijo de
Equidna y de
Tifón, como ya sabéis.
12. Bajó a los infiernos y se trajo al can
Cerbero, y de camino a su
amigo Teseo, a quien encontró allí.
Después que hubo felizmente dado cima a estos trabajos, anduvo Hércules
por el mundo haciendo otras muchas hazañas. Libertó a Italia de
Caco,
famoso ladrón y protector de ladrones, hijo de Vulcano; rompió las
cadenas que sujetaban a Prometeo sobre el monte Caúcaso. Venció en
combate singular a Anteo, hijo de la
Tierra. Castigó con muerte a
Lico
que había usurpado su trono y matado a Creón, su suegro. Dio paso al
Océano para que formase el mar Mediterráneo, que divide la Europa del
África, separando la montaña Calpe y la montaña Abila, y abriendo así el
estrecho de Gibraltar, y en ambas montañas escribió el famoso «Non
plus ultra» sobre unas columnas que allí levantó. Tuvo muchas mujeres,
entre ellas las cincuenta hijas de Testio, rey de Etolia, con las que se
casó a la par. La última fue Deyanira, hija de
Oeneo, rey de Calydonia.
El centauro Neso se la quiso robar,
pero Hércules le mató con una flecha envenenada, por haberla impregnado
en sangre de la hidra. Neso antes de
morir dio a Deyanira la túnica que llevaba empapada en sangre,
diciéndole que si su marido se la ponía le sería siempre fiel, y en una
ocasión en que ella tuvo celos de Iole, hija de Euristeo, le mandó a
Hércules la túnica de regalo. Él se la puso, y al punto el veneno
empezó a hacer efecto; se la quiso quitar, pero estaba adherida a sus
carnes. Entonces, y con los más crueles dolores, erigió una pira, sobre
la que se tendió, mandando a su amigo Filoctetes que le prendiese fuego.
Júpiter entonces se le trajo al Olimpo, en el que, no habiendo perdido
su afición al matrimonio, se casó con Hebe. Su arma habitual era una
enorme maza de leña de olivo (que también se llama clava), que cuando
subió al Olimpo clavó en tierra y se hizo un hermoso olivo. Dicen que
Hércules cuando bajó al infierno iba coronado de álamo blanco,
cuyas hojas se tiñeron por su lado exterior de negro por el humo que
allí había, por eso son por un lado blancas y por el otro negras.
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