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PSICOLOGÍA ELEMENTAL

José Moreno Castelló

Índice general


 

J.  Moreno Castelló - Psicología Elemental                               1ª parte - Psicología empírica - Cap. IV - Sensibilidad interna

   
   

Artículo III - El sentimiento

Posee la sensibilidad afectiva como una más elevada esfera, una más alta y noble tendencia, cuya manifestación en el alma lleva el nombre de sentimiento. No se origina inmediatamente el fenómeno de una acción física, ni es posible referirlo a órgano ni parte alguna del cuerpo, y bien pronto se descubren en él, señales propias del ejercicio de las facultades espirituales. El ilustre Balmes le llama un resorte para mover el alma.

Los caracteres que a la observación atenta revela el sentimiento, hacen dudar, por lo menos, de que sea propio de la sensibilidad afectiva, y si en ella tiene su origen, pronto se eleva, desarrolla y termina en la noble región espiritual. Muévese siempre en sentido de la belleza, que es su objeto propio, y la misma elevación del término de su natural tendencia, basta para significar la alteza del medio que actúa.

La presencia del objeto en quien termina como complemento la nobilísima tendencia del alma, ocasiona en ella un agradable estado que lleva el nombre de emoción, la cual ofrece diversidad de caracteres, que suele tomarse como base para la clasificación de los sentimientos.

Es cierto que algunas de sus manifestaciones se verifican con bastante semejanza en el hombre y en el bruto; pero es cierto también que si aquellas parecen ser comunes y acusar un origen idéntico, muchas hay que se muestran exclusivamente en el hombre; y hasta las mismas que parecen propias de ambos, se elevan y ennoblecen en el ser racional, revelando la naturaleza y privilegios con que éste ha sido enaltecido. El amor a los hijos puede servir de ejemplo que confirme la doctrina expuesta.

«Mientras los animales, dice el sabio Balmes en su Metafísica, no conservan su afecto hacia sus pequeñuelos, sino por el tiempo en que estos no pueden acudir a sus necesidades, la madre entre los hombres no pierde el cariño a sus hijos en toda su vida; y al paso que en los brutos este amor tiene por único objeto la conservación, en la mujer se combina con mil sentimientos que se extienden a todo el porvenir del hijo y engendrando continuamente el temor y la esperanza, llenan de amargura el corazón de la madre o le inundan de gozo y de ventura.»

La notoria variedad de los sentimientos humanos, hace muy difícil su estudio, y es un obstáculo para su clasificación. Añádese a esto la nueva dificultad que nace de la combinación que muestran a veces, y que da por resultado lo que llaman los autores sentimientos complejos, producto de la unión de dos o más de los que podemos llamar simples.

Vamos a ocuparnos, siquiera sea brevemente, del objeto propio del sentimiento, que es la belleza.

Acredita la observación que entre la muchedumbre de objetos que sirven de término o provocan en el alma su actividad cognoscitiva, existen solamente algunos, dotados de la singular virtud de producir una especie de deleite, un amor generoso y noble, que despertado por la presencia del objeto, detiene al sujeto en su grata contemplación. Esto lo explica el profundo Jugmann del modo siguiente: «Las cosas bellas, dice, por su misma belleza, tienen naturalmente así con nuestro espíritu como con el bien absoluto, con Dios, una relación de semejanza, de conformidad, y por consiguiente que el efecto de la belleza en nuestro corazón consiste esencialmente en dirigir nuestro amor propiamente dicho, nuestra benevolencia ora absoluta, ora relativa, hacia las cosas bellas.»

La estrecha relación entre la belleza y el sentimiento es cierta y evidente. Sus efectos naturales se experimentan en aquellas dulces y tiernas emociones que conmueven al corazón del hombre y le unen con vínculo misterioso a los objetos bellos, que le proporcionan tan agradable estado.

La naturaleza del sentimiento, así como el fondo del objeto que con él se relaciona, por ley de sabia armonía, permanecen desconocidos. Experimentamos el hecho e ignoramos la causa. Los filósofos antiguos creyeron notar semejanzas entre la belleza, la verdad y la bondad; a veces llegaron a confundirlas, porque al cabo los respectivos objetos de las facultades vienen como a constituir una sola cosa para la actividad esencial del alma, si la consideramos en la unidad de ésta; pero como término de las diversas tendencias son cosas distintas, y así lo revelan las variadas manifestaciones de aquella misma actividad.

Muchas son las definiciones que se han formulado acerca de la belleza; pero teniendo en cuenta que su carácter distintivo es el de producir deleite, cuando reside en los objetos, no todas comprenden esa nota propia y característica. Con este precioso requisito, así se ocupó de ella Santo Tomás:. «Lo bello dice sobre lo bueno cierto orden a la facultad de conocer: bueno se llama lo que complace simplemente al apetito; pero bello se llama a aquello cuya percepción misma nos deleita.»

La belleza se divide en suprema o absoluta, natural y artística.

La primera o absoluta sólo reside en el Ser eterno, único principio de todo ser y realidad. Es Dios mismo, cuya belleza perfectísima influye con suave, constante atracción sobre el alma humana. Y como dice San Basilio el Grande: «solo es visible para los corazones puros y es la que eternamente rodea a los bienaventurados.»

La belleza natural presenta la limitación e imperfecciones de los seres creados, en quienes reside. Algunos de los objetos pertenecientes al mundo físico producen con su presencia el efecto que revela la existencia de lo bello, pero intangible y fugaz se escapa a la observación.

Por último, la llamada artística es aquella que el hombre realiza; reproduciendo, eligiendo o combinando lo que ha conocido y contemplado, como dotado de la virtud de ocasionar la emoción deleitable, y con variedad de medios cultiva las bellas artes, así llamadas por el objeto nobilísimo que se proponen alcanzar, que no es otro sino la realización de la belleza.

 

J.  Moreno Castelló - Psicología Elemental                           1ª parte - Psicología empírica - Cap. IV - Sensibilidad interna - Art. 3

 

 

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