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EL DESPERTAR DEL BUDA

Vicente Blasco Ibáñez

 

 

 

 

 

 

 

 

EL DESPERTAR DEL BUDA


EN "NOVELAS DE AMOR Y DE MUERTE"
 

Editorial Prometeo - Valencia - 1927
 

(actualizamos únicamente la ortografía

y titulamos los capítulos, TBE)
 

(edición en formato e-book)

 



 

(imagen: Partida de Buda. en Myths of the Hindus & Buddhists.  Sister Nivedita, and  Ananda K. Coomaraswamy. Illustrations in colour by indian artist under the supervision of Abanindro Nath Tagore. London Harrap. 1914)

 

AL LECTOR

I [LA PROFECÍA DE ASITA]

II [BODAS DE GOPA CON SIDARTA]

III [SIDARTA DESCUBRE EL SUFRIMIENTO]

IV [LA FIESTA EN EL PALACIO DE SIDARTA]

V [SIDARTA HUYE DEL PALACIO PARA BUSCAR LA ILUMINACIÓN]

VI [LA ILUMINACIÓN DE SIDARTA]


AL LECTOR

De las seis novelas que forman el presente volumen, cinco son recientes, pues las he escrito en el curso del año último. La sexta, El despertar del Buda, tiene más de treinta años de vida, pero creo que muy pocos de mis lectores la conocen. Casi resulta tan nueva como sus cinco hermanas ya mencionadas. Después de haberla escrito en 1896 y de aparecer en una modesta publicación de Valencia, no me he preocupado hasta ahora de darla al lector en una forma más duradera.

No significa esto que la haya olvidado durante tantos años. Precisamente el recuerdo de cómo la escribí va unido a uno de los períodos menos agradables y más novelescos de mi vida.

En el mencionado año de 1896 comparecí ante un consejo de guerra reunido en Valencia para juzgarme. El fiscal militar pidió que me condenasen a catorce años de presidio. El consejo rebajó dicha petición a cuatro años, y de ellos pasé encerrado catorce meses, hasta que me conmutaron la prisión por destierro, y el pueblo de Valencia suprimió este destierro eligiéndome diputado por primera vez.

Ya no existe el penal en que pasé los catorce meses. Era un convento viejo, situado en el centro de Valencia. Tenía capacidad para unos trescientos penados y éramos cerca de mil. Fácil es imaginarse lo que sería tal amontonamiento de carne humana, con sus hedores, sus miserias y sus rebeldías. Sólo una disciplina severísima hacía posible la existencia en esta cárcel angosta.

Por favor especial y secreto, los empleados me consideraban siempre doliente, y gracias a dicha tolerancia podía vivir y dormir en la enfermería del establecimiento, pequeña sala con las paredes pintadas de cal amarillenta, media docena de camitas de hierro, un botiquín, y el piso de ladrillos rojos siempre rezumando agua, por ser baldeado todos los días, como la cubierta de un buque, procedimiento medianamente eficaz para evitar la propagación de los parásitos.

En algunas ocasiones pasaba los días solo. Otras tenía por vecinos a dos o tres penados jóvenes, en el último grado de la tisis. La mala alimentación, los excesos antes de entrar en la cárcel y las excitaciones solitarias que produce el encierro, propagaban esta terrible enfermedad entre mis compañeros de entonces.

     Si morían antes de media tarde, el cadáver era llevado fuera del establecimiento. Si la defunción ocurría al cerrar la noche o después, quedaba el muerto en su cama hasta la mañana siguiente, acabando los habitantes de la enfermería por acostumbrarnos a tal vecindad.

     Por un patio interior ascendían los hedores del rancho infecto y el vaho de centenares de cuerpos humanos, abundantes en jugos animales.

Una reja alta ciaba al exterior del edilicio, y a través de sus barrotes se veía un pedazo rectangular de cielo azul. El paso de una nube o de una paloma lejana era para mí un acontecimiento.      

Algunas veces, ayudado por el enfermero, subía hasta la reja, manteniéndome en ella de modo que no me viesen los soldados que hacían guardia en la calle con el fusil al brazo.

Y en este ambiente de miseria y tristeza fui escribiendo El despertar del Buda, con un pequeño lápiz y papel de la oficina del establecimiento que me regalaban los empleados. Para añadir a las penalidades del encierro un tormento moral, los que me habían condenado recomendaban todos los meses que se cumpliese el reglamento, especialmente conmigo, no tolerando que recibiese libros ni que tuviera lo necesario para escribir.

Como en nuestra vida deseamos siempre lo contrario de lo que nos rodea., encontré inmenso solaz en la producción de esta leyenda indostánica, exuberante de riquezas y esplendores en su primera parte, y que es en su fondo la glorificación del amor, de la tolerancia con el semejante, del sacrificio. ¡Quién me hubiese dicho entonces a mí, joven escritor viviendo entre ladrones y asesinos a causa de mis ideas políticas, que muchos años después haría un viaje alrededor del mundo, conociendo la India, país de ensueño, donde se desarrolla la leyenda del sublime Buda!...

Pasados treinta años vuelvo a leer lo que hice en 1896, y no lo encuentro indigno de figurar en compañía de las otras novelas que acabo de escribir. Después de haber visto la India con mis ojos, reconozco que no anduve tan desacertado al pretender adivinarla desde el fondo de una cárcel de España. Sólo he tenido que hacer en está pequeña obra ligerísimas correcciones.

A través de tantos años, veo las cosas del pasado con una benevolencia que podría llamar histórica. Mi vida de presidiario no me parece ahora tan horrible como fue en la realidad. Es sin duda porque tenía yo entonces treinta años menos.

Pienso también que no es caso extraordinario en España que un novelista haya vivido en la cárcel. El padre de todos nosotros y tal vez de todos los novelistas del mundo, el glorioso don Miguel, cuentan que escribió la primera parte de su Don Quijote estando encerrado en la cárcel de Sevilla.

Esto, dicho sea de paso, no es mas que una leyenda.. Lo afirmo con la seguridad de un experto. No niego que pudo concebir la historia de Don Quijote en su prisión; pudo también trazar un boceto o síntesis de su obra, ampliándola luego al verse en libertad; pero declaro imposible que escribiese la primera parte de su novela, tal come la conocemos, en un lugar «donde todo ruido e incomodidad tienen su asiento».

Yo sé lo que me costó escribir «materialmente» mi leyenda indostánica, que no es mas que una novela corta, y gozaba además el favor especial de vivir en una enfermería y dormir entre muertos, compañeros que no pueden ser más silenciosos.

Otra razón que me hace grato tan sombrío recuerdo es considerar cómo el tiempo transforma muchas cosas que la vanidad o la idiotez humana creen inconmovibles.

En 1896 mi venerable maestro Pi y Margall pedía que fuesen todos a la guerra de Cuba, pobres y ricos —modo de que la guerra terminase—, y con más ahínco aún, reclamaba la independencia de dicha isla. Casi toda la antigua América española era independiente, desde hacía un siglo, y resultaba lógico que este pedazo de tierra americana se emancipase también.

Humilde y entusiasta discípulo, repetí las palabras del maestro en periódicos y mítines, y hasta organicé manifestaciones que acabaron por convertirse en motines, dando origen a choques entre el pueblo y la fuerza pública. Al apóstol venerable del republicanismo, célebre por su austeridad, se cuidaron bien de respetarle los gobernantes de aquella época. A mí me condenaron en consejo de guerra por enemigo del orden, de las instituciones y hasta de la patria...

Y ahora el servicio militar obligatorio es ya casi una antigualla, pues, con más o menos pureza, hace muchos años que existe. Y de la independencia de Cuba nada hay que decir. La bandera de la República cubana ondea en Madrid durante las fiestas oficiales, y sus representantes diplomáticos son agasajados en todos los centros de la monarquía española.
No hay mas que vivir para ir viendo cómo las cosas anatematizadas y perseguidas hoy, se conviertan algún tiempo después en vulgaridades admitidas por todos.

Por eso me propongo vivir cuanto pueda, dándome palabra a mí mismo de llegar a los ochenta años.

¡Lo que veré en los veinte que me quedan por delante, si es que se cumple mi deseo!...

VICENTE BLASCO IBÁÑEZ

«Fontana Rosa»
Mentón (Alpes Marítimos)
Julio 1927

 

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