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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA                                             

ZEFERINO GONZÁLEZ (1831-1894)                                                        

Tomo I - Tomo II - Tomo III - Tomo IV                                                       

 

 

Historia de la Filosofía - Tomo II - Segunda época filosófica
La filosofía cristiana - La filosofía de los árabes

§ 91- AL-FARABI

 

    Según parece, Al-Farabi recibió este nombre de Farabi, ciudad de la Persia y lugar de su nacimiento. Floreció en la primera mitad del siglo X (murió en 950), e hizo sus estudios en Bagdad, bajo la dirección de un maestro cristiano llamado Juan. Consta que este filósofo comentó casi todas las obras de Aristóteles, y con particularidad las que forman el Organon, porque descúbrese en Al-Farabi una marcada predilección por los estudios dialécticos.

El célebre autor del Philosophus autodidactus, Tofaïl, después de afirmar que los libros filosóficos de Al-Farabi están plagados de dudas y contradicciones, añade que una de estas contradicciones se refiere a la inmortalidad del alma, porque si bien en sus obras éticas da a entender que las almas de los malos padecen tormentos eternos, en sus escritos políticos afirma que son aniquiladas, que el bien supremo del hombre está en la vida presente, y «que lo que se pretende poseer fuera de este mundo, no es más que locura y cuentos de viejas». a ser ciertas y exactas estas afirmaciones del filósofo de Guadix, sería necesario admitir que Al-Farabi fue el iniciador de las teorías sensualistas y materialistas, seguidas y desarrolladas por algunos de sus sucesores, y fomentadas principalmente por Averroes con su doctrina acerca de la unidad del alma racional.

La verdad es, sin embargo, que no faltan motivos para creer que hay exageración e inexactitud en lo que afirma Tofaïl. Si hemos de dar crédito a otros textos y escritores, y principalmente a las indicaciones de Alberto Magno, que menciona y discute las teorías y opiniones más importantes de Al-Farabi, éste, si bien enseñaba con Aristóteles que las facultades o fuerzas sensitivas están sujetas y ligadas a la materia en el hombre, como lo están en los animales, enseñaba al propio tiempo que el entendimiento es independiente de la materia en sus funciones o actos, que es simple por parte de la esencia o substancia de la cual es potencia o facultad, y que esa substancia, es decir, el alma racional, sobrevive al cuerpo y permanece después de la muerte.

En el orden metafísico Al-Farabi, por medio de una serie de raciocinios y deducciones muy en armonía con los principios de la razón y de la ciencia, llega a un concepto de Dios que bien puede calificarse de exacto y filosófico. Después de probar la existencia de Dios tomando por base o punto de partida la existencia del mundo y de sus fenómenos contingentes; después de demostrar que es preciso llegar a la existencia de una causa primera y necesaria o existencia a se, porque en la serie de las causas no es posible ni admitir un proceso infinito, ni admitir un proceso circular, Al-Farabi afirma y demuestra que esta causa primera, o sea Dios, así como entraña independencia perfecta y necesidad absoluta por parte de su existencia, así también por parte de su esencia entraña necesariamente los atributos de infinidad, inmutabilidad, eternidad, inteligencia, voluntad, belleza, sabiduría, con exclusión de todo accidente. Dios es, además, el Bien sumo y objeto último de la voluntad, y en su simplicidad infinita, en su unidad absoluta, es a la vez pensamiento, objeto del pensamiento o inteligible, y ser inteligente (intelligentia, intelligibile, intelligens) o sujeto pensante. El conocimiento de Dios es el objeto y el fin propio de la Filosofía; la perfección moral del hombre consiste en la aproximación y semejanza con la divinidad; pero debe rechazarse como imposible y quimérica la unión íntima con esta divinidad que pregonan los místicos, especialmente cuando pretenden que por medio de esta unión mística el hombre se identifica con la Inteligencia suprema, siendo un mismo ser con la Divinidad.

La teoría cosmológica de Al-Farabi no parece responder a la elevación y verdad del concepto de Dios que se acaba de indicar, puesto que enseñaba que los principios de las cosas son seis :

a) El principio divino, o sea Dios como causa primera.

b) Las inteligencias o espíritus que vivifican y mueven las esferas celestes.

c) El entendimiento agente, como substancia intelectual separada del hombre.

d) El alma.

e) La forma substancial.

f) La materia prima y universal.

Al-Farabi parece haber sido también el primero que introdujo en la Filosofía árabe la clasificación, bastante obscura por cierto, del entendimiento humano en entendimiento en acto o efecto (intellectus in actu, intellectus in effectu), entendimiento adquirido (intellectus acquisitus), y entendimiento poseído (intellectus adeptus) o alcanzado (1). Ni una ni otra teoría fueron adoptadas, sino más bien rechazadas por los filósofos escolásticos, lo cual prueba lo infundado de la opinión de los que pretenden que la Filosofía escolástica debió su ser a los árabes y recibió de ellos sus elementos y su doctrina.

Si hemos de dar crédito a las indicaciones y noticias suministradas por Casiri, Al-Farabi conoció y expuso, no solamente las obras de Aristóteles, sino las de Platón; fue hombre de gran talento y de vastísima erudición, según se echa de ver por la Enciclopedia que escribió, compilación notable y única en su género (2), en la cual trataba su autor de casi todos los ramos del saber.

Munk, sin embargo, sospecha que esta Enciclopedia tan celebrada no es otra cosa más que la obra que con el título de Compendium omnium scientiarum o De scientiis se publicó en latín, si bien advierte que esta versión no es literal o completa, sino abreviada.

Lo que sí parece indudable es que Al-Farabi debe ser considerado y fue uno de los primeros y más genuinos representantes de la heterodoxia musulmana. Para el filósofo de Farâb, las enseñanzas de Mahoma y las doctrinas del Corán, si son útiles para dirigir a los ignorantes y contener al pueblo en la obediencia, poco o nada significan para el hombre de letras, que debe atenerse únicamente a la razón y a las especulaciones. científicas.

Ya hemos visto que, según Tofaïl, Al-Farabi negaba la inmortalidad del alma y la felicidad ultramundana, siendo de notar que el mismo Averroes, cuya ortodoxia no era ciertamente mucho más segura que la de Al-Farabi, reprende a éste porque suponía que para el hombre no hay más felicidad última ni más perfección suprema que la que consigue por medio de la ciencia especulativa en la vida presente, debiendo mirarse como cuentos de viejas lo que se dice y enseña al pueblo en orden a las almas separadas.

En confirmación de esto, añadiremos que Al-Gazzali —que debía conocer a fondo las ideas de Al-Farabi— considera a éste como uno de los representantes más notables y genuinos del principio racionalista entre los sectarios de Mahoma o de su profetismo. «Lo que yo hago, dice el filósofo racionalista, según Al-Gazzali, no lo hago en virtud de la autoridad de nadie, sino que, después de haber estudiado la Filosofía, comprendo muy bien lo que es el profetismo (la doctrina de Mahoma), el cual se reduce a cierta sabiduría práctica y a cierta perfección moral. Sus preceptos tienen por objeto servir de freno al populacho, impedir que se destruyan sus individuos mutuamente, que riñan y que se abandonen a sus malas inclinaciones. Por lo que a mí hace, yo no pertenezco a esta plebe ignorante, y no necesito por lo mismo que nadie me ponga trabas: pertenezco a la familia de los sabios, cultivo la ciencia, la conozco; ella me basta, y con ella puedo prescindir de la autoridad.» Después de poner estas ideas o palabras en boca de los musulmanes que hacían profesión de seguir la escuela filosófica, Al-Gazzali añade: «He aquí a lo que se reduce la fe de aquellos que estudian la Filosofía de los metafísicos, según lo vemos en Ibn-Sina (Avicena) y en Aboûnaçr Al-Farabi, los más distinguidos entre ellos (3).

__________

(1) Alberto Magno, que cita con alguna frecuencia a Al-Farabi, le atribuye el siguiente concepto del entendimiento poseído o pleno: «Adeptus autem intellectus, ut dicit Alpharabius, est quem adipiscitur intellectus noster possibilis ex luce intelligentiae irradiantis super omnia intelligibilia, et agentis intelligibilitatem in eis, sicut lux in coloribus agit visibilitatem.» Oper. om., tomo XVIII, pág. 381.
       A juzgar por estas palabras de Alberto Magno, el intellectus adeptus de Al-Farabi coincide con el acto del entendimiento posible, en virtud del cual conoce y forma el concepto intelectual del objeto, gracias a la luz fecundante del entendimiento agente, que comunica antes a dicho objeto la inteligibilidad actual.

(2) «Inter praestantissima illius opera censendum in primis est opus de scientiarum notitia, Enciclopaedia inscriptum, cui profecto nihil simile, nihil accuratius ad hunc diem ullus Doctor edidit. Alterum etiam habet de Platonis et Aristotelis mente: unde summa illius patet universa philosophiae peritia et sagacitas. Nec exiguo studiosis subsidio est liber ad theoricas scientias addiscendas, illarumque arcana introspicienda: ibi enim perspicua traditur methodus studendi, et in singularum scientiarum studiis proficiendi. Primum, Alpharabius Platonis libros, ejusque mentem exponere agressus est; inde Aristotelis Philosophiam illustrandam suscepit, in quam egregia edidit Prolegomena, et singulos illius libros ad Logicam, Physicam et Methaphysicam pertinentes explanavit. Nec mihi compertum est alia extitisse ad Philosophicas scientias assequendas magis idonea, magisque commoda, quam Alpharabii opera, quorum auxilio si quis destituatur, categoriarum sensus intelligere nequaquam possit. Illi praeterea accensentur libri duo praestantissimi de Ethica, ac de Politico Regimine ad Aristotelis mentem, ejusque principia compositi.» Bibliot. arab. hisp., tomo I, cod. 643.

(3) Avertissements sur les erreurs des sectes, suivis de notic. sur les extas. des Coûfis, trad de Schmölder.

Al-kindi                                                                                                                                               Avicena

 

 

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