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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA                                             

ZEFERINO GONZÁLEZ (1831-1894)                                                        

Tomo I - Tomo II - Tomo III - Tomo IV                                                       

 

 

Historia de la Filosofía - Tomo II - Segunda época filosófica
La filosofía cristiana - La filosofía de los árabes

§ 93 - ALGACEL

Hacia mediados del siglo XI (1058) nació en Tous, ciudad del Khorasan, Al-Gazali o Al-Ghazâli (el Algacel de los escolásticos), que adquirió grande celebridad entre sus correligionarios como teólogo y como filósofo, y que falleció en 1111, después de haber regentado el colegio de Bagdad, después de haber enseñado en las escuelas de Jerusalén, Damasco y Alejandría, y después de haber escrito numerosas e importantes obras, encaminadas en su mayor parte a rehabilitar el islamismo como religión, afirmando y defendiendo su superioridad enfrente de las demás religiones y enfrente, sobre todo, de la Filosofía, que a la sombra de Al-Farabi y Avicena había descargado rudos golpes sobre la religión promulgada por Mahoma. De aquí el nombre y prestigio grande que alcanzó entre sus correligionarios, que solían honrarle con el epíteto de ornamento de la religión y con el de prueba del islamismo.

 

   Haciendo caso omiso de sus escritos puramente teológico-religiosos, que no son de nuestra incumbencia, y concretándonos a los filosóficos o directamente relacionados con la Filosofía, cuyo texto más o menos fiel ha llegado hasta nosotros, debemos citar como los más importantes: 

      a) El tratado (1) en que expone los fundamentos y razones principales que militan en favor del escepticismo filosófico, y que la verdad sólo puede encontrarse en el misticismo o sufismo.

b) El tratado en que Al-Ghazâli expone sumariamente la doctrina y teorías enseñadas generalmente por los filósofos, tratado que suele llevar el título de Las tendencias de los filósofos, y el mismo que fue traducido al latín hacia fines del siglo XII por el Arcediano español Domingo Gundisalvi, y que vio la luz pública en Venecia a principios del siglo XVI, con el título de Logica et philosophia Algazelis Arabis. Este libro es un resumen de la Filosofía peripatética, según la comprendían y explicaban los filósofos musulmanes, y con especialidad Al-Farabi y Avicena o Ibn-Sinâ.

c) El tratado que con el significativo epígrafe de Destrucción de los filósofos, escribió Al-Ghazâli con el objeto de poner de manifiesto los errores de los filósofos, la ineficacia de sus demostraciones, la vanidad de sus doctrinas y de su pretendida ciencia. Grande fue el nombre y fatales fueron los efectos de este famoso libro de Al-Ghazâli para la Filosofía árabe, pudiendo decirse que ésta decayó visiblemente desde que apareció la famosa Destructio philosophorum,. Ni los trabajos de Avempace y de Averroes, ni la refutación que con el título de Destructio Destructionum hizo el último del libro de Al-Ghazâli, fueron capaces de levantar de su postración y decadencia a la Filosofía musulmana, ni sanar las heridas causadas por el filósofo de Tous en su Destructio philosophorum.

La vida intelectual de Al-Ghazâli abraza tres períodos, de los cuales el primero corresponde al estudio y conocimiento de la Filosofía y de las demás ciencias, según se enseñaban por entonces en libros y escuelas.

En el segundo período, que pudiera denominarse crítico-escéptico, Al-Ghazâli somete a una crítica severa y universal los diferentes sistemas filosóficos, y socava sus bases por medio de una duda metódica, bastante parecida a la de Descartes en tiempos posteriores. La ciencia, dice en substancia el filósofo de Tous, no merece el nombre de tal si no entraña el conocimiento cierto con tal certeza (2) y evidencia que excluya todo error y toda duda. Empero esta certeza absoluta y científica no puede ser producida, ni por la enseñanza o autoridad humana, que no es ni evidente ni uniforme, ni tampoco por los sentidos, cuyos juicios se oponen con frecuencia a lo que enseña y juzga la razón, ni tampoco por ésta, aun considerada en cuanto asiente a los primeros principios y posee las nociones o ideas generales (3), porque es posible que una inteligencia superior a la nuestra perciba estas cosas de diferente manera que nosotros y rectificara nuestro juicio, así como nuestra razón rectifica los juicios de los sentidos. Estas dudas se aumentan y afirman, si reflexionamos que es muy posible que nuestro estado de vigilia sea un verdadero sueño con respecto a otro estado superior, en el cual las realidades y certezas de la vida presente se conviertan en ilusiones y apariencias, análogas a las que ahora experimentamos en el sueño. a mayor abundamiento, la demostración, que parece el medio más natural y fácil para obtener la certeza científica, es imposible (les demonstrations sont impossibles), porque las bases necesarias de las demostraciones son los primeros principios, o sea las ideas y nociones primitivas de la razón; siendo, pues, éstas inciertas, como se ha dicho, nunca se podrá fundar en ellas una verdadera demostración: Donc si celles-ci ne sont pas certaines, on ne saurait établir une demonstration.

Colocado en este terreno de universal escepticismo y de absoluta desconfianza de adquirir la verdad y la certeza por las fuerzas humanas, Al-Ghazâli, que experimentaba el malestar inherente a la duda universal, buscó y encontró la verdad y certeza que ansiaba en Dios, que quiso en su misericordia restituirle la paz y tranquilidad del alma. Si salió, pues, del abismo escéptico, no fue ciertamente por medio de pruebas y de sistemáticos raciocinios, sino por un golpe o rayo de luz que Dios arrojó en su corazón (Celà se fit pas par composition de preuves et par raisonnements systématiques, mais par un éclat de lumière que Dieu me jeta dans le coeur), resultando de aquí el tercer período de su vida intelectual, que pudiera apellidarse período místico-tradicionalista, porque el misticismo de Al-Gahzâli no es un misticismo meramente ascético, como el de la generalidad de los sufís, sino un misticismo que tenía la vista fija en las enseñanzas del Corán, para admitir o rechazar las opiniones y doctrinas de los filósofos y sabios.

A esta tercera fase de la vida intelectual de Al-Ghazâli responden sus dos obras principales y más conocidas, que arriba hemos citado. Porque la primera, o sea las Tendencias de los filósofos, expone y resume las opiniones y teorías más importantes de éstos, sin defender unas ni otras, porque su designio era combatirlas y rechazarlas todas, según lo verificó en la segunda obra citada, o sea la Destrucción de los filósofos, en la cual, ora llamando la atención sobre las teorías contradictorias de los filósofos, ora esforzándose a probar la falsedad de muchas de sus opiniones y sentencias, ora poniendo de manifiesto que lo que nos presentan como demostraciones científicas, no son verdaderas demostraciones científicas, condena todos los sistemas filosóficos, aniquila, destruye y niega, cuanto es de su parte, toda verdad y todo valor científico a la Filosofía.

Entre otros varios puntos, Al-Ghazâli demuestra, o al menos intenta demostrar:

a) Que es errónea y falsa la opinión de los filósofos que afirman la eternidad de la materia;

b) Que Dios no es solamente el obrero del mundo, como pretenden los mismos, sino verdadero creador del universo;

c) Que carecen de sólido fundamento las aserciones de los que niegan la resurrección de los cuerpos, y la existencia del paraíso y del infierno, con sus goces y tormentos eternos;

d) Que la Filosofía y los filósofos son impotentes para demostrar que no pueden existir dos seres primitivos necesarios, y consiguientemente para demostrar la unidad de Dios, debiendo decirse lo mismo en orden a su simplicidad y a su inmaterialidad;

e) Tampoco son capaces de probar con evidencia que Dios conoce su propia esencia, ni que el universo tiene una causa, ni que el alma humana es substancia espiritual, ni incorruptible, de donde resulta que los filósofos vienen a precipitarse en el ateísmo y el materialismo;

f) Que es falsa la doctrina de los filósofos cuando dicen que Dios no conoce las cosas particulares y los accidentes especiales y transitorios que resultan de las leyes universales, como es falsa también su teoría o doctrina acerca de la causalidad; pues no solamente es posible que se verifiquen fenómenos contrarios a lo que llaman leyes de la naturaleza, y a lo que sucede habitualmente, sino que lo que llamamos causa y efecto, es muy probable, por no decir cierto, que no entraña verdadera causalidad, sino mera concomitancia. Porque el autor de la Destructio philosophorum, como todos los escépticos, dirige y multiplica sus ataques contra el principio de causalidad, concluyendo que el enlace permanente y habitual que existe entre ciertas cosas, no procede de leyes naturales y necesarias, ni responde a la causalidad ejercida por la una sobre la otra, sino que procede de la omnipotencia divina, que creó o puso entre ellas cierto enlace o relación permanente y habitual: Ne sont dans cette rélation mutuelle que par la toute-puissance divine, qui, depuis long-temps, y a creé ce rapport et cette liaison.

Esta discusión y negación del principio de causalidad, en unión con el espíritu escéptico, que domina en el tratado, cuyo contenido acabamos de indicar, y al cual sirvieron como de prólogo e introducción los otros dos libros filosóficos de Al-Ghazâli arriba citados, ponen de manifiesto que la importancia histórico-filosófica del autor de la Destructio philosophorum se resume y concentra en su escepticismo universal y sistemático, porque esto es lo que le da lugar, nombre e influencia especiales en la historia y destinos de la Filosofía arábigo-musulmana.

Conviene, sin embargo, no olvidar que, según acontece generalmente a los escépticos cuando se refugian en el misticismo exagerado, Al-Ghazâli, que no oculta su predilección por las teorías ascéticas y las prácticas místicas de los sufís del Indostán, incurre con frecuencia en contradicciones, afirmando en una parte lo que niega en otra. Así es que su mismo correligionario Tofaïl dice que «ata en un lugar de sus obras, y desata en otro; niega ciertas cosas, y después las declara verdaderas». Bien es verdad que hay motivos para sospechar que Al-Ghazâli tenía una doctrina esotérica diferente de su escepticismo vulgar (4), de su misticismo ascético, y más o menos relacionada con el panteísmo.

Es de notar que en Algazel se observan reminiscencias y aficiones místico-teúrgicas del neoplatonismo. Así es que entre las ramas de la física enumera, no solamente la medicina, sino las visiones, los encantamientos, las fascinaciones (imagines, incantationes, allectiones), en conformidad a lo cual en la psicología dedica un capítulo entero a explicar el modo con que se producen los milagros y prodigios, cuya verdadera causa es la virtud que posee el alma humana de producir determinadas impresiones, imágenes y formas, no solamente en su propia materia, o sea en el cuerpo que le está unido, sino también en la materia universal del mundo, la cual es eterna, según Algazel. Así se explica la existencia de tormentas y lluvias prodigiosas (5), los sueños extraordinarios, los encantamientos, fascinaciones (6), y hasta infusión o revelación de luces y conocimientos superiores: Secundum est virtus speculativa; clarificatur enim anima tantum quod fit aptissima conjungi cum intelligentia agente, sic ut infundantur ei scientiae.

__________

(1) Schmölders, al traducir y publicar este libro de Al-Ghazâli en su Essai sur les Écoles philos. chez les Arabes, le pone el siguiente titulo: Ce qui sauve des égarements et ce qui eclaircit les ravissements, advirtiendo que este epígrafe, que responde en lo posible al rimado del original, es susceptible de la siguiente paráfrasis: Avertissements sur les erreurs des sectes, suivis de notices sur les extases des Çoûfis. Según Munk, el epígrafe de este tratado de Al-Ghazâli podría traducirse por Delivrance de l'erreur et exposé de l'état vrai des choses.

(2) «Il m'était évident que la connaissance certaine doit être celle qui explique I'objet à connaître de telle manière qu'aucun doute n'y reste, et que toute erreur et toute conjecture y soient désormais impossibles.» Délivrance de l'erreur, et Exposé, etc., trad. de Schmölders, pág. 19 del Essui sur les Écoles phil., etc.

(3) «Peut-étre, me dis-je, il n'y a d'assurance que dans les notions de la raison, c'est-à-dire, dans les principes primitifs, tels que: Dix est plus que trois; une même chose ne peut être creé et être de toute éternité, exister et non exister. Mais les perceptions de la sensation me repondirent: Qui t'assure que ta confiance aux principes intellectuels n'est pas de la même nature que ta confiance dans les perceptions des sens?.... Or, il existe peut-être au-dessus de la percepcion de la raison un autre juge qui, s'il apparaissait, donnerait un dementi aux jugements de la raison, de même que la raison s'est élevée pour convaincre la sensation de la fausseté de ses jugements.» Ibid, pag. 21.

(4) Es probable que profesaba el panteísmo de la India, en la cual vivió mucho tiempo, comunicando y hasta familiarizándose con sus filósofos y sufís. De todos modos, parece indudable que poseía alguna doctrina especial, que sólo comunicaba a sus adeptos. El siguiente pasaje de Tofaïl parece indicarlo claramente: «Hay en sus libros muchas contradicciones de este género, según pueden atestiguar los que leen y examinan con atención sus obras. Él mismo se ha excusado sobre este punto al final de su libro Mizan al'-amal, donde dice que las opiniones son de tres especies: una que pertenece al vulgo y a su modo de ver las cosas; otra que sirve para responder a los que proponen cuestiones y preguntas con el deseo de aprender, y otra la que el hombre quería para sí mismo, y en la que no permite penetrar sino a aquellos que participan de sus convicciones.» Philosophus autodidactus, pág. 20.

(5) «Proprietas est in virtute animae, et ejus essentia ut imprimat in yle mundi, removendo unam formam et coferendo aliam: imprimit enim in aerem convertendo illum in pluviam, sicut diluvium.... dictum est enim in tractatu divinorum, quod yle substantia est animabus et imprimitur ab eis.» Liber philos. Algazelis translatus a Magistro Dominico archidiacono secobiensi, trat. V, cap. X.

(6) «Aliquando autem impressio alicujus animae pertransiit ad Corpus aliud sic ut destruat spirituum aestimationem et inficiat hominum aestimationem, et hoc dicitur fascinatio.» Ibid.

Avicena                                                                                                                        Avempace y Abdelaziz

 

 

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