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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA                                             

ZEFERINO GONZÁLEZ (1831-1894)                                                        

Tomo I - Tomo II - Tomo III - Tomo IV                                                       

 

 

Historia de la Filosofía - Tomo III - Crisis escolástico-moderna

§ 40 - BACÓN DE VERULAM

En 1561 nació en Londres este escritor, cuya celebridad data principalmente desde los tiempos de Voltaire y D'Alembert. Este último dijo, entre otras cosas, que Bacón había nacido en el seno de la más profunda noche, sin acordarse que aun en el orden de las ciencias experimentales, únicas que algo deben a Bacón, habían florecido antes que él, o eran contemporáneos suyos, Copérnico y Tycho-Brahé, Vives, Paracelso, Telesio y Gardano, y sobre todo Kepler y Galileo. Después de hacer sus estudios universitarios en Cambridge, residió tres años en París (1577-1580), regresando luego a su patria, donde desempeñó varios cargos políticos, protegido por Essex, favorito de la reina Isabel, al cual correspondió más adelante con repugnante ingratitud. Su ambición y sus hábitos de inmoralidad y de lujo le llevaron primero a ser Canciller de Inglaterra, y le precipitaron después en una cárcel, acusado y convicto de graves crímenes, de donde le sacó la clemencia del Rey, falleciendo en 1626.

Las obras principales de Bacón (Francisco, barón de Verulam) llevan los siguientes títulos: De dignitate et augmetis scientarum.— Novum Organum scientiarum, sive Indicia rerum de interpretatione naturae.— Sylva sylvarum sive Historia naturalis.— Scala intellectus, sive filum Labyrinthi.— Prodromi sive anticipationes philosophiae secundae.—Philosophia secunda, sive scientia activa (1). Todos estos tratados constituyen lo que su autor llamaba Instauratio magna, a pesar de que algunos ofrecen escasísima importancia por su contenido y por su extensión, reducida a muy pocas páginas, no obstante los epígrafes pretenciosos que llevan al frente.

He aquí ahora los puntos culminantes, no diremos de la Filosofía, —porque en rigor Bacón no es filósofo,— sino de la doctrina baconiana.

 

       La memoria, la imaginación y la razón son las tres facultades fundamentales del alma humana. Pertenecen a la primera las ciencias históricas, a la segunda la poesía con sus especies, y a la tercera la Filosofía. La historia, cuyo conocimiento pertenece a la memoria, se divide en natural y civil. La Filosofía se divide en Filosofía de la naturaleza, Filosofía del hombre y Teología natural, en relación con los tres grandes objetos de la ciencia racional, la naturaleza, el hombre y Dios.

La experiencia externa o sensible es el punto de partida, y la inducción el único método que debe emplearse para llegar al conocimiento de la verdad. El silogismo es un instrumento completamente inútil y perjudicial para la Filosofía, y a su empleo en las escuelas se deben principalmente las preocupaciones, ilusiones y abstracciones que esterilizan la razón y la hacen impotente para conocer la realidad de las cosas. Es preciso rechazar siempre y para siempre, no sólo el silogismo como medio de descubrir la verdad, sino las afirmaciones axiomáticas, las nociones a priori y las ideas todas metafísicas o racionales, siquiera hayan sido enseñadas por Aristóteles y Platón, por Santo Tomás y Escoto, y hasta por Hipócrates y Galeno, los cuales no fueron más que o miserables sofistas, o teólogos mentecatos (citetur Aristoteles pessimus sophista —citetur jam et Plato.... theologus mente captus), o vanos charlatanes (Hippocrates, annorum venditor.—Galenum, vanissimum causatorem), y todos ellos juntos filosofastros, fabulistas y falsarios: Philosophastros istos poetis ipsis fabulosiores, stupratores animorum, rerum falsarios.

La ciencia es la imagen (veritatis imago) o reproducción fiel de la verdad, y, por consiguiente, la Filosofía verdadera es aquella que sabe reproducir y como repercutir la realidad del mundo externo, siendo como una copia fiel de éste. Ea demum est vera philosophia, quae mundi ipsiuis voces quam fidelissime reddit et veluti dictante mundo conscripta est, nec quidquam de proprio addit, sed tantum iterat et resonat.

La doctrina de Bacón acerca del método filosófico y científico, aparte de los defectos que entraña por su exclusivismo sistemático en favor de la experiencia, es una doctrina o concepción estéril e infecunda en sus manos, porque no señala ni fija de una manera precisa las leyes del método experimental e inductivo, limitándose a indicaciones e ideas más o menos generales y alguna vez contradictorias. Y es que, según la observación muy exacta de su compatriota y admirador Bain, Bacón sólo poseía una idea muy vaga de la inducción.

Las ciencias físicas no deben a Bacón descubrimiento alguno de importancia, y los experimentos de que hace alarde en el Novum Organum distan mucho de poder presentarse como modelos de aplicación y práctica del método experimental, cosa reconocida hoy hasta por sus discípulos y por los partidarios más acérrimos del método experimental. En su Introducción a la medicina experimental, Claudio Bernard escribe: «Los que hicieron más descubrimientos en la ciencia, son los que menos conocieron a Bacón, al paso que nada han producido en este género aquellos que más han leído y meditado sus obras.»

Las ideas de Bacón con respecto a la metafísica son bastante confusas, hasta rayar en contradictorias. Después de establecer distinción entre la metafísica y la Filosofía primera, considerando la metafísica como una porción o parte de la Filosofía natural y señalando por objeto de la Filosofía primera los axiomas generales (2) o comunes de las ciencias, Bacón se contradice a sí mismo a las pocas líneas, afirmando que hay una ciencia a la cual pertenece reunir y concentrar en axiomas generales los principios y axiomas particulares de las ciencias, y que esta ciencia no es otra que la metafísica: quam liquet esse metaphiysicam. De todos modos, es cierto que, arrastrado por sus preocupaciones contra las ciencias y métodos tradicionales, concedió escasa importancia a la metafísica, y que, preludiando a los positivistas de nuestros días, aconsejaba que se hiciera poco caso de ella: De metaphysica ne sis sollicitus.

Bien es verdad que, poniéndose en contradicción consigo mismo en esto como en tantos otros puntos, coloca a la metafísica entre las cosas que hacen falta, y añade que «las ciencias particulares son semejantes a las ramas de un árbol que se reúnen en un solo tronco, el cual hasta cierta altura permanece uno y seguido antes de dividirse en ramas, siendo necesario, por lo mismo, constituir una ciencia única, universal, que sea la madre de las otras y que desde el punto de vista del desarrollo de los conocimientos, sea considerada como un principio del camino común a las diferentes ciencias, hasta que se separen y formen distintas ramificaciones: tal es la ciencia a la que damos el nombre de Filosofía primera».

No es menos chocante y explícita la contradicción en que incurre cuando, después de haber dicho de metaphysica ne sis sollicitus, enumera esta ciencia entre las que forman el árbol general, dividiendo la ciencia especulativa de la naturaleza en física, que tiene por objeto la causa eficiente y la materia, y metafísica, cuyo objeto es investigar las causas formales y finales.

Los objetos generales de la Filosofía, según Bacón, son Dios, la naturaleza y el hombre, y tres son también las especies de rayos que vienen de estos objetos a nuestra inteligencia, y mediante los cuales nos ponemos en contacto con aquellos objetos y adquirimos su conocimiento, a saber: rayo directo con respecto a la naturaleza, rayo refracto con respecto a Dios, y rayo reflejo con respecto al hombre.

En relación con estos tres objetos, la Filosofía debe dividirse en Filosofía divina o Teología natural, cuyo objeto es el conocimiento racional de Dios y de los espíritus; Filosofía natural, que tiene por objeto investigar y conocer la naturaleza externa o material, y Filosofía humana, cuyo objeto es el conocimiento del hombre con sus atributos y relaciones. La Filosofía natural puede ser, o teórica, o práctica. La primera se subdivide en física especial y en metafísica. La segunda se subdivide en mecánica y en magia, la cual responde a la metafísica, así como la mecánica responde a la física especial. La Filosofía humana se divide en Filosofía de la humanidad, es decir, de la naturaleza humana, y Filosofía civil. La Filosofía o doctrina que tiene por objeto el cuerpo humano se divide en medicina, cosmética, atlética y ciencia del deleite.

A este tenor, Bacón divide y subdivide las tres ramas fundamentales de la Filosofía en una infinidad de ciencias, algunas de las cuales son tan insubstanciales en su fondo como extravagantes en sus denominaciones, siendo digno de notarse que, para Bacón, las matemáticas deben enumerarse, no entre las ciencias propiamente dichas o substanciales, sino entre los apéndices de la Filosofía natural.

A pesar de su constante menosprecio y de todas sus diatribas contra Aristóteles, no es raro encontrar en los escritos del Canciller inglés ideas y teorías que pertenecen al filósofo griego. Tal acontece, entre otras, con la teoría acerca del número y naturaleza de las causas, siendo aún más de notar que la doctrina del filósofo inglés acerca de las formas, coincide en el fondo y es casi una mera reproducción y aplicación de la teoría del Estagirita sobre este punto.

Si el positivismo materialista de nuestros días tiene algún derecho para citar a Bacón en su apoyo cuando se trata de metafísica, a causa de sus vacilaciones y contradicciones en la materia, no sucede lo mismo cuando se trata del conocimiento de Dios. Sobre este punto las ideas del Canciller inglés son la antítesis más completa de las profesadas hoy por el positivismo, y coinciden perfectamente con las de la Filosofía cristiana, con la cual admite la posibilidad y existencia del conocimiento de Dios y de sus principales atributos, a la vez que afirma y establece la necesidad de la revelación divina en el orden religioso y para el culto legítimo de la Divinidad. «La teología natural o teodicea es aquella ciencia, escribe Bacón, que se puede adquirir acerca de Dios por medio de la luz natural de la razón y de la contemplación de las cosas; ciencia que puede considerarse como divina por parte de su objeto, y como natural por parte de la manera con que se adquiere. Si ahora queremos fijar los límites de esta ciencia, diremos que está destinada a refutar al ateísmo, a convencerle de falsedad, a hacernos conocer la ley natural, que a esto se limita, y que no se extiende a establecer la religión. Así es que vemos que Dios nunca ha hecho milagros para convertir a un ateo, en atención a que la luz natural basta al ateo para conducirle al conocimiento de Dios.,.. La sola luz natural no basta para manifestarnos la voluntad de Dios y para darnos a conocer su culto legítimo....

»Por lo que hace al modo de tratar este asunto, es cosa fácil establecer y demostrar por sus obras que Dios existe; que es infinitamente poderoso, sabio, bueno; que tiene providencia de las cosas; que merece nuestra adoración, y que es remunerador y vengador supremo. De estas mismas fuentes pueden deducirse también una infinidad de verdades admirables y ocultas, relacionadas con sus atributos; pero querer discurrir acerca de los misterios de la fe o persuadirlos con mayor fuerza y analizarlos en detalle, mediante la sola contemplación de las cosas naturales y los principios solos de la razón humana, es, a mi juicio, una empresa peligrosa (3).»

Bacón repite y amplía estas ideas en otros lugares de sus obras, pudiendo decirse que su pensamiento, confuso y flotante, con sobrada frecuencia, sobre otros puntos, es fijo, decisivo e inmutable acerca de Dios y de la verdad religiosa. En los Ensayos de Moral y de Política, dice, entre otras cosas, que le sería mas fácil creer todas las fábulas de la mitología, del Talmud y del Alcorán, que el creer que esta gran máquina del universo, donde se ve un orden tan constante, marcha por sí sola y sin ser dirigida y gobernada por una Inteligencia suprema. «Una Filosofía superficial, añade, inclina algo hacia el ateísmo; pero una Filosofía más profunda conduce al conocimiento de Dios.»

Es justo advertir, sin embargo, que aun en este orden de ideas, Bacón deja bastante que desear, puesto que, según se ve en el pasaje arriba citado, negaba la utilidad y aptitud de los conocimientos adquiridos por la razón natural para discurrir acerca de los misterios de la fe, para analizarlos y para ilustrar su conocimiento, en lo cual se aparta de la teoría y de la práctica de los teólogos cristianos y Padres de la Iglesia. Si a esto se añade que para el filósofo inglés el consentimiento del género humano, lejos de ser indicio de verdad, más bien entraña presunción vehemente en contra (tantum abest ut consensus pro vera et solida auctoritate haberi debeat, ut etiam violentam praesumptionem inducat in cuntrarium) de aquélla, y que afirma terminantemente que debe establecerse una separación absoluta entre la Filosofía y la Teología, se verá que sus excelentes ideas acerca de la religión y del ateísmo quedan desvirtuadas en gran parte por otras ideas y teorías que no se compadecen fácilmente con aquéllas.

La moral de Bacón corre parejas con su teodicea. Ni de una ni de otra escribió tratados verdaderamente científicos, ni teorías completas, encontrándose sólo en sus escritos ideas aisladas y como sembradas al acaso, ideas que, aunque filosóficas y exactas por punto general, presentan también con alguna frecuencia inexactitudes y errores. Sabido es que Bacón aconseja que, cuando se ha incurrido en la indignación de algún poderoso o príncipe por alguna falta, se haga recaer ésta con destreza sobre los otros; que aconseja la adulación y el fingimiento como medios de medrar, y que considera pueril el temor que los hombres tienen a la muerte, comparándole al temor de los niños a las tinieblas, lo cual, si no entraña una negación implícita de la inmortalidad del alma, entraña desde luego dudas acerca de los premios y castigos de la vida futura.

Las ideas cosmológicas y psicológicas de Bacón son muy escasas, y por punto general poco científicas y hasta extravagantes. Entre ellas encontramos que todos los cuerpos están dotados de percepción (omnibus corporibus naturalibus inesse vim manifestam percipiendi), de manera que a los movimientos o mutaciones producidas por un cuerpo sobre otro, acompaña la percepción recíproca (nullum siquidem corpus ad aliud admotum illud immutat, aut ab illo immutatur, nisi operationem praecedat perceptio), percepción que tiene lugar en todas las cosas, y de un modo particular en el aire, cuya percepción es más delicada y sutil con respecto al calor y al frío que la del cuerpo humano. Ubique denique est perceptio: aër vero calidum et frigidum tam acute percipit, ut ejus perceptio sit longe subtilior,quam tactus humani.

La Filosofía, o sea la razón, no puede suministrarnos el conocimiento del alma humana, sino que éste debe buscarse y obtenerse por medio de la inspiración divina (4), o sea de la revelación, porque la Filosofía nada puede enseñarnos acerca de la substancia del alma racional.

En cambio, y como pasando al extremo contrario, Bacón dice que el alma de los brutos es un cuerpo delgado o sutil, compuesto de llama y de aire, y que se nutre, en parte, de fluidos oleosos, y, en parte, de fluidos acuosos: Anima siquidem sensibilis seu brutorum, plane substantia corporea censenda est, a calore attenuata.... ex natura flammea et aërea conflata.... partim ex oleosis, partim ex aquaeis nutrita.

§ 41 - CRÍTICA

Las indicaciones que acabamos de hacer acerca del pensamiento metafísico, teológico y ético de Bacón, revelan con bastante claridad que su teodicea y su moral, si es que tal nombre merecen los conceptos aislados y diseminados que a estas ciencias se refieren en sus escritos, son esencialmente incompletas, y con frecuencia inexactas y erróneas. Esta dirección antiteista y antiética se revela también en sus máximas morales y políticas, muchas de las cuales entrañan un fondo de bajeza, de inmoralidad y de corrupción, que ha merecido la reprobación hasta de sus admiradores, que movió a Pontecoulant a decir que Bacón «no tenía ni religión, ni probidad, ni moral», y que ha provocado juicios severos, tal vez demasiado severos, de algunos escritores (5), contra la moral baconiana. Cierto es que a veces se encuentran en sus escritos ideas y sentencias profundamente religiosas y morales, según dejamos apuntado; pero esto sólo quiere decir que Bacón se contradijo a sí mismo sobre esta materia, como lo hizo en otras, y que no sin razón escribió Séneca: Magna res est unum hominem agere.

Infiérese de lo dicho que el mérito principal, y hasta pudiéramos decir, único de Bacón, consiste en haber llamado la atención de los hombres de letras, sobre la importancia y ventajas de la experiencia y del método de inducción para la restauración y progreso de la Filosofía, o, mejor dicho, de las ciencias físicas, porque ya hemos visto que la Filosofía para el Canciller inglés se reduce a la lógica y a la física, comprendiendo en ésta la fisiología zoológica y la historia natural, toda vez que la ontología, la teodicea, la psicología y la moral, o son ciencias vanas, como la primera, o entran en la esfera de la revelación, como las tres últimas.

 

      Y téngase en cuenta que el mérito de Bacón, baje este punto de vista, queda desvirtuado a causa del exclusivismo sistemático que predomina en su método de experiencia e inducción, condenando en absoluto la utilidad e importancia del silogismo o método deductivo. Tampoco habla muy alto en su favor el menosprecio que afecta hacia los más ilustres representantes de la Filosofía griega y escolástica. 

Ya hemos indicado que el ejemplo y la parte práctica no corresponden en Bacón al precepto y a la parte teórica. Después de tanto hablar y preconizar la experiencia y la inducción, y a pesar de todas las reglas y máximas sobre la materia, el autor del Novum Organum no hizo descubrimiento alguno de importancia, y hasta puede añadirse que si alguna vez se aparta de la opinión recibida, es para sustituirla con otra menos sólida y científica. Tal sucede cuando atribuye percepción a todos los cuerpos; cuando hace del alma de los brutos un cuerpo o substancia corpórea tenue e invisible (calore attenuata et facta, invisibilis) por razón de esta tenuidad, compuesta de partes oleosas y acuosas, y cuando supone que los cielos son sólidos y que a través de sus agujeros (foramina) vemos las nebulosas.

Lange, testigo nada sospechoso en esta materia, reconoce en Bacón una grande ignorancia científica, en la que la superstición no tenía menos parte que la vanidad. «En este asunto, añade (6), los hechos son demasiado innegables. El más frívolo diletantismo en sus propios ensayos relativos a la ciencia de la naturaleza; la ciencia rebajada a una hipócrita adulación de corte; la ignorancia o desconocimiento de los grandes resultados científicos alcanzados por Copérnico, Kepler, Galileo, que no habían esperado para hacerlos a la Instauratio magna, una polémica acre, una injusta desestimación de los verdaderos sabios que le rodeaban, como Gilbert y Harvey: he aquí hechos masque suficientes para presentar el carácter científico de Bacón bajo un punto de vista tan desfavorable como el que corresponde a su carácter político y personal, hasta el punto de que la opinión de Macaulay, rebatida ya además con justicia por Kuno Fischer, no es sostenible.»

Así es que, a pesar de los elogios, no del todo desinteresados que le tributaron Descartes, D'Alembert y La place, es lo cierto que no poseía el genio de las ciencias físicas, y, lo que es más, ni podía poseerlo, ignorando como ignoraba las matemáticas, y no sospechando siquiera el papel importante que en su época misma y en lo sucesivo estaban llamadas a desempeñar en el desarrollo y progresos de las ciencias físicas; porque, según hemos visto, Bacón concedía poca importancia a las ciencias matemáticas, y las consideraba como apéndices de la física. No es de extrañar, por lo tanto, que su mismo compatriota Hume, lo mismo que los eminentes físicos Biot y Liebig, hayan afirmado que Bacón es muy inferior a Galileo, y que no hizo ningún descubrimiento real en esas mismas ciencias físicas de que tanto hablaba, pudiendo añadirse que ignoraba la verdadera naturaleza y la teoría exacta de esa misma inducción que tanto preconizó y recomendó.

Por otra parte, el llamamiento que hizo Bacón a la experiencia y al método inductivo, postergado hasta entonces, racional y fecundo en sí mismo, se convirtió en perjudicial para la Filosofía y la religión a causa de su exclusivismo sistemático, y a causa también de la ausencia de sentido crítico que se echa de ver en sus obras. En este concepto, Bacón es padre, fautor o cómplice del moderno positivismo ateo-materialista, como lo es de los diferentes sistemas sensualistas y materialistas que le sirvieron de premisas intermedias e inmediatas, y con razón escribe Lange que «el pensamiento dominante del sistema materialista procede de Bacón», quien podría ser apellidado verdadero restaurador del materialismo, siendo además muy difícil «indicar los puntos en que su doctrina se diferencia de la de los materialistas».

Es justo advertir, sin embargo, que hay un problema importante, acerca del cual los partidarios del positivismo contemporáneo no pueden invocar con justicia el nombre y la autoridad de Bacón, y es el que se refiere a la existencia de causas finales. Porque si bien es cierto que algunos historiadores de la Filosofía, y no pocos escritores, suelen colocar a Bacón entre los filósofos que rechazan las causas finales, la verdad es que el Canciller inglés no niega la existencia de estas causas, ni la importancia científica de esta cuestión, sino la oportunidad de su discusión y resolución en la física. Y es que, según Bacón, el problema de las causas finales puede y debe discutirse convenientemente en los libros que tratan de metafísica (in his recte): pero es fuera de propósito (in illis perperam) tratar de esto en los libros de física. En pocas palabras: Bacón opina que la investigación de las causas finales pertenece a la metafísica, y, por consiguiente, que se halla mal colocada en la física, a la cual es extraño este problema: Metaphysicae pars secunda est finalium causarum inquisitio, quam non ut praetemissam, sed ut male collocatam notamus.

Con respecto al problema divino o teológico, el pensamiento de Bacón es todavía más explícito, más terminante y más paladinamente contrario a las ideas y aspiraciones del moderno positivismo materialista, pues ya se ha visto que el filósofo inglés admite y reconoce expresamente que la razón humana puede conocer y demostrar la existencia de Dios y sus principales atributos.

No sucede lo mismo en orden al problema metafísico, porque las vacilaciones y contradicciones de Bacón en esta materia, dan cierto derecho a los modernos positivistas para citarle en su apoyo. Su doctrina acerca de la incognoscibiidad natural del alma racional en cuanto a su substancia, se halla en armonía con las ideas del positivismo y favorece sus pretensiones, así como por otro lado se aproxima al tradicionalismo, al atribuir aquel conocimiento a la inspiración divina.

En resumen: el mérito casi único y exclusivo de Bacón como filósofo, consiste en haber proclamado la necesidad del método experimental y de la inducción para el progreso de las ciencias, cosa que Copérnico, Tico-Brahé, Vives, Galileo y otros habían hecho y hacían entonces con mayor sentido científico, sin sus exageraciones, y sobre todo con verdaderos resultados prácticos para el progreso de las ciencias. En este concepto, César Cantú no anda lejos de la verdad cuando escribe (7), refiriéndose a Bacón: «Aunque se le citaba mucho, era poco leído, y hasta el año 1730 no se había hecho en Inglaterra más que una sola edición de sus obras. El efecto por él producido fue, por lo tanto, escaso, mientras que la escuela experimental italiana abrió el camino a notables descubrimientos. Bacón es mirado como inferior a Galileo por Hume, su compatriota. Sólo en el siglo XVIII, cuando se comenzó a hacer una guerra a muerte a la Edad Media, fue cuando Bacón se vio ensalzado hasta las nubes, como el hombre que había sabido desprenderse de aquélla; y en atención a que en sus predecesores debían encontrarse solamente ignorancia y credulidad, preciso fue atribuirle el mérito de haber creado de un solo golpe la Filosofía experimental, la única que se quería aceptar para fundarla definitivamente sobre la sensación. Prodigósele entonces el incienso a porfía. Condillac llegó hasta proclamarle el creador de la metafísica, cuando apenas se había ocupado de ella sino incidentalmente. Cuando más adelante la Enciclopedia francesa fue vaciada en el molde de su árbol científico, apareció como el representante del saber moderno, del cual, sin embargo, no había sido más que uno de los promovedores.»

Un crítico de nuestros días, partidario del positivismo materialista, y que en tal concepto no escasea los elogios a Bacón y ensalza mucho sus trabajos filosóficos, no puede menos de reconocer la esterilidad práctica del filósofo inglés y los graves defectos que entraña su doctrina.

«En la práctica, escribe Lefévre (8), Bacón no supo sacar partido de su método. La ciencia no le es deudora de descubrimiento alguno. Sus investigaciones personales sobre la densidad, el peso, el sonido, el calor, la luz, el magnetismo, sólo condujeron a errores, y hasta negó muchas de las verdades que constituyen los títulos de gloria de Galileo.»

«Con razón ha sido criticada, añade, la división muy artificial y subjetiva que Bacón propone para las ciencias. Funda esta división sobre la diferencia de facultades que ponen en acción las diversas ciencias, como si todas las facultades del espíritu no concurrieran al conocimiento. La clasificación de las ciencias debe verificarse con relación a sus objetos, y no con relación a las facultades del sujeto que las adquiere, memoria, imaginación, razón. El gran renovador fue infiel a su método en más de una ocasión.»

Es posible, sin embargo, que Bacón hubiera modificado algunas de sus opiniones, si hubiese vivido más tiempo; porque hay que tener presente que algunos de los tratados contenidos en sus obras, y entre ellos el rotulado Sylva sylvarum, sive Historia naturalis, fueron ordenados y publicados después de su muerte por sus discípulos.

__________

(1) Además de estos escritos, Bacón publicó otros varios que se refieren a la moral, la política y la religión, y que tienen escasa relación con sus ideas filosóficas.

(2) «Patet ex his quae supra disseruimus, disjungere nos philosophiam primam a metaphysica, quae hactenus pro re eadem habitae sunt. Illam communem scientiarum parentem, hanc naturalis philosophiae portionem posuimus. Atque philosophiae primae cummunia et promiscua scientiarum axiomata assignavimus.» De augm. scient., lib. III, cap. IV.

(3) Op. De dignit. et augment. scient., lib. III, cap. II.

(4) «Etenim, cum substantia animae in creatione sua non fuerit retracta aut deducta ex massa coeli et terrae, sed immediate inspirata a Deo, cumque leges coeli et terrae sint propria subjecta philosophiae, ¿quo modo posset cognitio de substantia animae rationalis ex philosophia peti et haber? Oper. De dignit. et augm. scienti., lib. IV, cap. III.

(5) He aquí como se expresa la Enciclopedia del siglo XIX: «La moral del canciller Bacón era una moral muy relajada, y tal cual debe esperarse naturalmente de un hombre que llevó la ingratitud hasta el punto de arrastrar al cadalso a su bienhechor; que se convirtió después en el adulador mas vil de Jacobo I, y que por complacer a este príncipe, gran admirador de Enriqne VIl, escribió la vida de este Rey, y encontró reflexiones panegiristas para el asesino de Stanley. ¿No deberían ser arrancadas sus obras de las manos de la juventud, cuando se llega a los consejos que Bacón dirige al hombre que quiera ser autor de su fortuna? He aquí un fragmento tomado al acaso: «Si habéis incurrido en la desgracia del Príncipe, no os retiréis de su presencia; conviene aparentar que no sois insensible a la indignación del Príncipe, sea por una especie de estupidez, o por una altivez excesiva.... Haced recaer con destreza vuestra falta sobre los otros.»

(6) Histoire du Material., tomo I, pág. 481.

(7) Hist. Univ., Época XV, cap. XXXV.

(8) La Philosophie, pág. 287.

Origen y caracteres de la Filosofía moderna                                                                                        Hobbes

 

 

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