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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA                                             

ZEFERINO GONZÁLEZ (1831-1894)                                                        

Tomo I - Tomo II - Tomo III - Tomo IV                                                       

 

 

Historia de la Filosofía - Tomo I - Tercer período de la filosofía griega

§ 107 - EL GNOSTICISMO

Es el gnosticismo uno de los hechos histórico-doctrinales cuya crítica es más difícil, no ya solamente porque se trata de un hecho que se presenta en la escena sin antecedentes apreciables a primera vista, sino también por lo complejo de sus manifestaciones, no menos que por la multiplicidad y variedad de sus representantes. De aquí la diversidad de sistemas y métodos adoptados por los críticos e historiadores para clasificar y exponer las fases del gnosticismo. Siguen unos el orden cronológico; atiénense otros al orden lógico; hay quien clasifica y expone el gnosticismo bajo un punto de vista geográfico, dividiéndole en gnosticismo asiático, egipcio, sirio, etc., al paso que otros subordinan esta clasificación al predominio relativo de los elementos (elemento judaico, cristiano, pagano o politeísta) religiosos que entran en él, no faltando tampoco autores que someten la clasificación sistemática del gnosticismo al predominio de ésta o aquélla idea filosófica.

 

  Como quiera que no se trata aquí del gnosticismo desde un punto de vista dogmático-religioso, ni bajo el punto de vista de su significación en la historia eclesiástica, sino bajo un punto de vista filosófico, parécenos oportuno y razonable tomar como base para el estudio, clasificación y exposición del gnosticismo, la idea que sirve de punto de partida general de todos estos sistemas, y que constituye o representa el centro de gravitación de todas las teorías gnósticas.

 En nuestro sentir, la idea-madre de los sistemas gnósticos; el problema fundamental que se propone resolver el gnosticismo, es el relativo al origen del mal, con el cual se halla íntimamente ligado el problema que se refiere al origen del mundo, o sea al tránsito de lo infinito a lo finito. La solución de este doble problema constituye el fondo y el contenido real y casi exclusivo de todas las teorías gnósticas; es el objeto constante y preferente de sus especulaciones, y, consiguientemente, la distinción y variedad de sus escuelas se halla en relación con la naturaleza de la solución dada a este doble problema. Esta solución, una vez rechazada la solución cristiana, basada sobre la creación ex nihilo, o es la solución panteísta, o es la solución dualista. Una y otra se encuentran en el gnosticismo heterodoxo, en el cual, por lo mismo, distinguiremos dos ramas o dos escuelas fundamentales, que son la panteísta y la dualista. Esta última puede subdividirse en otras dos, en que predominan las tendencias prácticas y morales, prevaleciendo en una de ellas el sentido antijudaico o el exclusivismo cristiano, y en la otra el sentido pagano o materialista.

En resumen: el movimiento gnóstico heterodoxo, en nuestro sentir, se halla representado y condensado

a) En la escuela panteísta.

b) En la escuela dualista.

c) En la escuela antijudaica.

d) En la escuela semipagana o materialista.

§ 108 -  GNOSTICISMO PANTEÍSTA

El representante principal del gnosticismo panteísta es, a no dudarlo, Valentín o Valentino, que vivía y dogmatizaba en Alejandría por los años 140 de nuestra era; que pasó después a Roma, y que falleció en la isla de Chipre en el año de 160. Reuniendo, desarrollando y sistematizando las corrientes panteístas parciales que hasta entonces se habían manifestado en el seno del gnosticismo durante la primera época de su fermentación, formuló este gnóstico alejandrino un sistema más acabado y completo, aunque no más racional ni verdadero que el de sus predecesores. He aquí sus rasgos principales:

1.º Desde la eternidad y antes que todas las demás cosas, y como principio de todas ellas, existía el Abismo, al cual acompañaba el Silencio. Al cabo de infinidad de siglos, el Abismo concibió la idea de manifestarse, y habiendo depositado esta idea en su compañero el Silencio, nacieron de ella simultáneamente la Inteligencia y la Verdad, las cuales, en unión con los dos primeros, constituyen los cuatro Eones primitivos, las cuatro manifestaciones primordiales de la Divinidad o del Ser. Esta tetrada primitiva pasó después a ser ogdoada, porque la inteligencia y la verdad producen la Palabra y la Vida, y éstas a su vez producen al Hombre y la Iglesia. Esta ogdoada primordial da origen a otros veintidós Eones, diez de los cuales emanan de la Palabra y la Vida, y los doce restantes del Hombre y la Iglesia. La emanación de unos y otros se verifica por Syzigias o parejas, y todos reciben denominaciones más o menos extrañas y obscuras. Los doce pares de Eones que emanan del Hombre y la Iglesia son Parakletos (el paracleto o consolador), y Pistis (la fe); Patriklos (la paternidad, lo que pertenece al padre), y Elpis (la esperanza); Metriklos (lo que dice relación a la madre, la maternidad), y Agapé (la caridad); Aeinous (lo que siempre entiende o es inteligente), y Synesis (la prudencia); Eclesiastikos (el eclesiástico), y Makariotes (la dicha); Thélétos (el volente o voluntad), y Sophia (la sabiduría).

Fácil es reconocer que esta colección de Eones, siendo como es politeísta, o, mejor dicho, mitológica en cuanto a su forma, es esencialmente panteísta en su fondo y en su contenido real, en atención a que todos esos Eones son fases y emanaciones descendentes del Ser, el cual, inactivo y silencioso antes, sale de su reposo y silencio para manifestarse y desarrollarse en Inteligencia y Verdad, en Palabra y Vida, en Humanidad e Iglesia o Cristianismo. Lo mismo puede aplicarse a los demás Eones inferiores, emanaciones mediatas del Ser, e inmediatas de la ogdoada. A través de la diversidad de nombres y del proceso por parejas, lo cual puede considerarse como una reminiscencia y reproducción de los dioses masculinos y femeninos del politeísmo, descúbrese con toda claridad el pensamiento panteísta, pensamiento que aparece más indudable y evidente cuando se tiene en cuenta que, según el gnóstico alejandrino, estos treinta Eones constituyen el Pleroma, como si dijéramos, la totalidad, la plenitud del Ser primitivo y absoluto.

2.º El Eón femenino Sophia, último de los treinta cuyo conjunto forma y representa el mundo inteligible o superior, habiendo concebido un deseo violento de comprender al Padre (al Ser primitivo o divino), produjo en el Pleroma una perturbación y desequilibrio, perturbación y desequilibrio que cesaron cuando el Hijo único del Padre (la inteligencia, el segundo Eón del Pleroma) produjo una nueva pareja de Eones, a saber, el Cristo y el Espíritu Santo, destinados a restablecer el equilibrio y la paz entre los Eones del mundo superior. Sin embargo, a causa de su desordenado deseo de unirse con el Abismo y de comprender su ser, la Sophia fue desterrada del Pleroma y precipitada en el caos, transformándose en Sophia Achamoth, o sabiduría de orden inferior, y dando origen con sus pasiones, crisis y agitaciones, al mundo material y visible, el cual es, por consiguiente, una degeneración del inteligible o superior, y debe su origen inmediato a la pasión, al movimiento desordenado y malo de uno de los Eones que constituyen el Pleroma. La materia y el Demiurgo son las producciones primeras de la Sophia inferior, la cual, por medio del Demiurgo, que es como el alma universal y el principio activo del mundo, produce todos los seres mundanos, y entre ellos el hombre, el cual recibe su cuerpo de la materia, su alma del Demiurgo y la parte espiritual de la Sophia inferior, la cual recibió este poder del Espíritu Santo enviado por Cristo.

3.º Luego en la constitución del mundo entran tres principios fundamentales, a saber: la materia pura (principio hylico), la vida animal (principio psíquico),  y la vida espiritual (principio pneumático), y las diferentes substancias de que se compone este Universo, responden a estos tres principios. Todos tres entran por partes iguales en la constitución e integración del hombre, y, según que éste cultiva, desarrolla y hace predominar alguno de estos tres elementos integrantes, resulta la clasificación de los hombres en hombres hylicos, hombres psíquicos y hombres pneumáticos o espirituales. Estos últimos manifiestan, encarnan y representan el principio divino en el mundo, y la misión de Cristo y la redención del hombre consisten precisamente en el conocimiento del Padre, en la ciencia perfecta (Gnosis) del Pleroma, que Jesucristo reveló a los hombres. De aquí es que el Cristianismo o la Iglesia representan el reinado, ósea el predominio relativo de los hombres pneumáticos, así como el reinado de los psíquicos u hombres interesados, y como flotantes entre la vida material y la espiritual, corresponde al mosaismo, y el reinado de los hylicos u hombres entregados a la vida terrena y material, corresponde al paganismo, sin que por eso deba negarse la existencia de algunos hombres pneumáticos en el judaismo y paganismo, como hay también hombres hylicos en el Cristianismo.

§ 109 -  CRÍTICA

En conformidad y armonía con sus principios acerca de la unidad esencial de la especie humana, el Cristianismo proclamó desde su origen la unidad de fe y de moral para todos los hombres. Así como la moral evangélica es la misma para los grandes y los pequeños, para los sabios y los ignorantes, el símbolo de la fe, la verdad religiosa, es también la misma para todos los hombres, y el espíritu del Evangelio rechaza absolutamente la orgullosa pretensión de los que dividen los hombres en dos clases, como si el pueblo tuviera el deber de creer todo lo que le dicen, y los grandes el derecho de creer lo que bien les parezca. Nada más contrario a la letra y al espíritu del Evangelio; nada más opuesto a la enseñanza y la práctica del Divino Salvador, que semejante separación entre grandes y pequeños, entre sabios e ignorantes; y esto precisamente constituye uno de los caracteres divinos del Cristianismo, la aspiración a la universalidad, la unidad absoluta de fe y de moral.

Esta universalidad de doctrina, esta igualdad de deberes y derechos, esta unidad de símbolo y de moral para el hombre del pueblo y el hombre del mundo sabio, chocaba de frente contra una de las preocupaciones y prácticas más arraigadas en el mundo antiguo, y hería profundamente la susceptibilidad del filósofo, del sabio, del literato y del sacerdote, acostumbrados, como se hallaban, a distinguir y separar en la religión la parte mitológica, externa y vulgar, de la parte filosófica, esotérica, especial, o sea del sentido científico y verdadero, reservado a los sabios: la verdad religiosa para el hombre ilustrado nada tenía de común con la concepción religiosa y con el culto que practicaba el vulgo. Que esto y no otra cosa es lo que debe buscarse, y lo que existía en el fondo de las iniciaciones secretas que tenían lugar en los templos y en el fondo de las enseñanzas ocultas de los magos y sacerdotes en la Persia, la Asiria y la Caldea, bien así como en los colegios hieráticos del Egipto y en la distinción entre la doctrina pública y la reservada por parte de los principales filósofos. De aquí una de las grandes repugnancias de los sabios del mundo gentílico contra el Cristianismo.

Porque los sabios del mundo pagano, los aristócratas de la inteligencia que escucharon y hasta recibieron la doctrina evangélica en los primeros tiempos, rehusaban confundir su religión con la religión del vulgo; creíanse rebajados con tal comunidad e igualdad religiosa, y su orgullo, sublevado contra semejante idea igualitaria, les inspiró el pensamiento de la Gnosis, el pensamiento de buscar en el Cristianismo una ciencia más perfecta, una concepción superior a la del común de los fieles, una sabiduría propia y como constitutiva del perfecto cristiano: de aquí la clasificación gnóstica en hombres hylicos, psíquicos y pneumáticos. El gnosticismo, pues, en todas sus formas, debe su origen al orgullo de los sabios del paganismo; el gnosticismo es un ensayo de esoterismo aplicado a la religión de Jesucristo; el gnosticismo, en fin, representa la protesta de la religión, de la ciencia y de la Filosofía del mundo pagano, contra la universalidad de religión y de moral, contra la unidad e igualdad de deberes y derechos, de fe y de moral para todos los hombres, predicadas y autorizadas por el Cristianismo.

Concretándonos ahora al gnosticismo particular de Valentín, diremos que el panteísmo constituye el fondo de su doctrina, en la cual, aparte de algunas ideas cristianas más o menos desfiguradas, entran como elementos principales el platonismo y el judaísmo cabalístico. En el Abismo-Silencio y en los treinta Eones en que se manifiesta y desarrolla, constituyendo éstos el Pleroma o plenitud del Ser, no es posible dejar de ver una concepción esencialmente panteísta. Por otra parte, esa serie de evoluciones y emanaciones, excogitadas para explicar, sin acudir a la creación ex nihilo, la producción del mundo, el tránsito de lo infinito a lo finito, revelan y demuestran claramente la idea panteísta del gnóstico alejandrino. Si se prescinde de las formas mitológicas y cabalísticas en que Valentín envuelve su doctrina, salta a la vista que su teoría cosmogónica es tan panteísta como su teogonía. La Sophia Achamoth, la Sophia inferior y perturbada del gnóstico alejandrino, es el Ser absoluto y primitivo, es Dios, fondo substancial y real del Pleroma, que sale de sí mismo para manifestarse en la naturaleza visible, para limitarse y determinarse a sí mismo en el mundo. A juzgar por lo que de los valentinianos dice San Ireneo, al cual no se puede negar ciertamente un conocimiento bastante exacto de su doctrina, el panteísmo de Valentín y sus discípulos es un panteísmo idealista, puesto que solían decir en su lenguaje figurado que el mundo existe en Dios como una mancha en una túnica, indicando otras veces que el Universo, con respecto a Dios, es como la sombra en la luz. Ritler y Baur son de opinión que el sistema de Valentín hasta envuelve la negación de la realidad de la materia, puesto que todo emana de una misma substancia espiritual. Esto quiere decir que el panteísmo valentiniano entraña, por lo menos, tendencias idealistas.

Por otro lado, los vestigios de platonismo en la teoría del gnóstico alejandrino son tan numerosos como patentes, bastando recordar que los Eones valentinianos no son más que las Ideas de Platón hipostasiadas o personificadas; que las tres vidas del hombre, hylica, psíquica y pneumática, corresponden a las tres almas del filósofo ateniense, y que la teoría de éste sobre la materia, como origen del mal, como cárcel del alma superior, como impedimento del conocer, de la ascensión a las Ideas y de la reversión a Dios, se halla en perfecto acuerdo con la teoría de Valentín sobre el origen del mal, sobre el Cristianismo, como religión que eleva al espíritu y le exime de las trabas de la materia, y sobre la redención, que consiste en el conocimiento de la grandeza inefable del Ser primitivo y divino:

La tetrada, la ogdoada, la década y la dodécada de Valentín, bien pueden mirarse como imitaciones y aplicaciones de la numeración cabalística, tan en boga entre los judíos, y, según se presenta en los famosos códigos del cabalismo hebreo, el Sepher Ietzirah, o libro de la creación, y el Zohar, o libro de la luz; pero es mayor aún y más evidente la afinidad panteística que existe entre la doctrina contenida en esos libros y la teoría de Valentín. El dios del Zohar, que debe ser concebido como el ser oculto y concentrado en sí mismo, como el ser indeterminado, sin forma y sin nombre, es muy parecido, por no decir idéntico, al Abismo-Silencio que sirve de punto de partida a la teogonía valentiniana. El libro de la luz nos dice también que el tránsito de Dios, como ser indeterminado y abstracto, a la existencia concreta, se verifica por medio de una serie de evoluciones lógicas, que manifiestan y determinan la substancia divina. Del infinito salen por emanaciones graduales la Corona, la Sabiduría, la Inteligencia, la Misericordia, la Justicia, etc. No hay para qué decir que estas evoluciones o Sephiroth de la Cabala, responden a los Eones de la gnosis valentiniana, y que los treinta Eones de ésta, lo mismo que los diez sephiroth de aquélla, no son más que nombres diferentes y personificaciones de los atributos intelectuales y morales del Ser único, de la substancia divina, siendo de advertir que en el citado Zohar Dios es apellidado el Ser único, no obstante las formas inumerables de que se halla revestido. Para que la afinidad sea más completa, se dice en el mismo libro que todo lo que ha sido formado por Dios existe por medio de macho y hembra, doctrina que sirvió, sin duda, de punto de partida y de norma para la emanación por syzigias, de eones masculinos y femeninos, que hemos encontrado en la concepción de Valentín.

El empeño y esfuerzos que emplearon los antiguos doctores cristianos, y con especialidad San Ireneo y Tertuliano, en refutar la doctrina de Valentín, indican la importancia y desarrollo que adquirió, y revelan que su gnosticismo encontró eco entre los primeros cristianos, lo cual se demuestra también por el número e importancia de sus discípulos y sucesores, entre los cuales figuran Heraclión, Segundo, Marco, y algunos otros.

A juzgar por las indicaciones de San Ireneo, los discípulos de Valentín no se distinguían por la pureza de sus costumbres (1), y hasta solían emplear ciertas supercherías y fraudes para seducir y atraer a los incautos y sencillos (2). Llegaron también a cambiar las formas de los sacramentos en relación y armonía con sus teorías, viéndoseles bautizar en el nombre del Padre incomprensible o silencioso, y de la verdad como madre de los demás eones inferiores: in nomine ignoti Patris universorum, in Veritate matre omnium.

§ 110 -  GNOSTICISMO DUALISTA

Al lado del gnosticismo panteísta aparece el gnosticismo dualista, representado principalmente por Saturnino y Basílides, discípulos de Menandro, el cual puede considerarse como el iniciador de este movimiento en el seno del gnosticismo.

 

Ya hemos dicho que todo el movimiento gnóstico se halla concentrado en la solución del doble problema fundamental acerca del origen del mundo y del mal. Una vez rechazada la solución cristiana, si no satisface ni se abraza la solución panteísta, es preciso recurrir ala solución dualista, y esto es lo que hicieron Saturnino y Basílides. Según las indicaciones y fragmentos que encontramos en las obras de los escritores ortodoxos de los primeros siglos, y especialmente en las de San Ireneo y Clemente Alejandrino. 

a) El primero de éstos admitía dos reinos: el de la Luz y el de las Tinieblas. En la cúspide del reino de la Luz, y como primer origen de los seres que le componen, está el Dios supremo, oculto en sí mismo e incomprensible en su esencia, del cual proceden los seres que constituyen el mundo de los espíritus. Este proceso se verifica a perfectiori ad minus perfectum, y el último grado corresponde a los siete ángeles o espíritus inferiores encargados de formar y organizar el mundo visible, al cual apenas llega un débil reflejo de la luz divina que abunda en el mundo superior de los espíritus. A causa de su impotencia relativa y de la oposición de Satán, principio del mal, los siete ángeles productores del mundo sólo consiguieron comunicar y fijar en cierto número de hombres la chispa divina procedente del mundo superior; y de aquí la existencia originaria de hombres naturalmente buenos y hombres naturalmente malos. El príncipe de las tinieblas y del mal, sirviéndose de estos hombres naturalmente malos, llegó a adquirir tal imperio sobre los hombres buenos, que fue necesario que el Padre celestial enviara a Cristo para salvar a los buenos y librarlos de la acción de Satán. Este Salvador o Cristo, como perteneciente al mundo de la Luz y de los espíritus, sólo tiene la apariencia y la figura del hombre, pero no la realidad de la naturaleza humana, ni verdadero cuerpo, y es superior al Dios de los judíos, el cual no es el Dios supremo y verdadero, sino el primero de los siete ángeles que fabricaron u organizaron este mundo visible.

La materia, como que es esencialmente opuesta al espíritu, y con particularidad al principio o autor del mundo de los espíritus y de la Luz, es el origen, o, mejor dicho, la esencia del mal, cuya personificación es Satán. De aquí el predominio del mal en el mundo visible, en el cual tanto abunda la materia; y de aquí también la guerra y los esfuerzos que Satán hace para destruir la pequeña parte espiritual, la ráfaga de luz que recibió cuando fue producido por los siete ángeles inferiores del mundo superior. De aquí procede el antagonismo perpetuo y permanente entre Dios y Satán, entre la materia y el espíritu, entre los hombres buenos o pneumáticos y los malos o hylicos y carnales. En armonía con esta doctrina, Saturnino y sus adeptos consideraban como malo todo lo que envuelve contacto íntimo con la materia; condenaban hasta la comida de carne, y afirmaban que el matrimonio es una institución ilícita y satánica.

b) El sistema de Basílides es un sistema esencialmente dualista, como el de Saturnino, por más que se diferencie de él en algunos puntos más o menos importantes y en algunas de sus aplicaciones.

El gnóstico sirio se separa desde luego de Saturnino, y también de Valentín, por el número de emanaciones o efectos del Ser divino que componen y constituyen el mundo superior. A los ángeles de Saturnino y a los treinta Eones de Valentín, Basílides añade seres y emanaciones hasta componer un total de trescientos sesenta y cinco mundos intelectuales, anteriores todos y superiores al mundo visible y material.

Para Basílides, el reino de la Luz y el reino de las Tinieblas o del mal, son dos reinos igualmente eternos, existentes por sí mismos e independientes el uno del otro. Mientras que estos dos reinos funcionaron cada uno de por sí y dentro de sus propios seres y límites, todo marchó en orden. El desorden comenzó cuando ciertos seres del mundo tenebroso, habiendo percibido la luz de las inteligencias del mundo celeste, concibieron el deseo de unirse a éstas. A esta unión o mezcla primitiva de principios buenos y malos, como la llamaban estos gnósticos, debe su existencia y organización el mundo visible, el cual es obra inmediata de los ángeles inferiores o que residen en el último cielo, siendo el primero o principal de ellos el Dios de los judíos. Su impotencia relativa, unida a los esfuerzos de las potencias o espíritus malos del mundo tenebroso para juntarse con ellos, es la causa de que en este mundo el bien y el mal se hallen mezclados y confundidos por todas parles; de que el mal siga al bien como, la sombra a la luz, y de que el principio divino que entra en el alma humana se halle rodeado y como oprimido por los vicios y pasiones, que son los espíritus procedentes del reino tenebroso.

Para separar de nuevo la luz de las tinieblas; para libertar al espíritu de las trabas de la materia, restituyéndole la existencia espiritual que tenía antes de unirse al cuerpo (metempsicosis, preexistencia platónica de las almas); para restablecer, en una palabra, el orden primitivo, envió al mundo el Padre celestial a su primogénito, apellidado Cristo. Descendió éste sobre Jesús cuando fue bautizado en el Jordán; pero no fue crucificado realmente, porque en el acto de la Pasión fue sustituido por Simón Cirineo de una manera milagrosa, el cual fue crucificado en lugar de Jesús. El conocimiento de la verdad secreta y oculta que Cristo comunica a ciertos hombres elegidos, es lo que constituye la gnosis, la ciencia superior del cristiano, que eleva a éste sobre los demás hombres. Esta ciencia o iluminación le exime de la influencia de la materia y de las potencias del mundo de las tinieblas. Ningún movimiento de las pasiones y de la carne, ningún pecado puede impedir su salvación, o sea su regreso al seno del Padre y Dios Supremo, principio del mundo de la Luz.
En Saturnino y Basílides, lo mismo que en Valentín, se descubre la influencia de las ideas platónicas, las cuales aparecen en estos sistemas hipostasiadas para explicar los atributos divinos y el origen del mundo. La distinción entre el mundo superior e inteligible y el mundo inferior o material, así como la metempsicosis y la preexistencia de las almas, son también derivaciones y aplicaciones del platonismo. Considerado desde este punto de vista, el gnosticismo dualista coincide con el panteísta, del cual se distingue y separa, sin embargo, en razón a la concepción dualista que le informa. Las semejanzas y afinidad que se notan entre los sistemas dualistas del gnosticismo y la doctrina del Zend-Avesta, ponen de manifiesto la influencia de este libro y de las tradiciones del parsismo en el origen y desarrollo del gnosticismo dualista. Lo que es el panteísmo simbólico del Zohar y de la Cábala judaica para el sistema de Valentín, es el Zend-Avesta y la tradición mazdeista para los sistemas de Saturnino y de Basílides.

§ 111 -  GNOSTICISMO ANTIJUDAICO

Marción, natural de Sinope, en el Ponto, es el principal representante del gnosticismo que hemos llamado antijudaico, a causa del antagonismo absoluto que establece entre el Cristianismo y el judaísmo. El Dios del Evangelio, lejos de ser el mismo Dios que adoraban los judíos, es, no ya sólo distinto, sino antitético al mismo en su ser, en sus atributos, en sus obras y en sus manifestaciones. El primero es el Dios supremo, el Ser inefable y absolutamente puro que excluye toda comunicación con la materia, el Dios de paz, de bondad y de amor, mientras que el segundo es un Dios inferior e imperfecto, organizador de la materia y del mundo. Nada hay de común entre la ley mosaica y la Ley evangélica, entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Jesucristo no es el Mesías anunciado por Moisés y los profetas judíos; pues éstos sólo hablaron de un Mesías humano y temporal, que debía darles el imperio del mundo. Ni Moisés, ni los patriarcas, ni los profetas del Antiguo Testamento, conocieron al Dios supremo y verdadero, sino al Demiurgo o Dios inferior. Cristo es el Dios supremo y verdadero, que apareció repentinamente, es decir, sin antecedentes ni preparación mosaica, bajo el reinado de Tiberio, con la apariencia y figura de hombre; pero sin cuerpo real ni naturaleza humana, sin nacer de la Virgen realmente: porque el Dios supremo no puede tener comunicación alguna con este mundo material, ni sujetarse a las leyes de un mundo producido por el Demiurgo o Dios de los judíos.

La materia es eterna y el origen del mal. La impotencia relativa del Demiurgo, junto con la imperfección esencial y la malicia inherentes a la materia, son una doble causa de la imperfección grande del mundo visible, pero con particularidad de la imperfección del hombre, el cual, si hoy puede obrar bien y elevarse en conocimiento y verdad, entrando en el orden divino, es en virtud de la revelación y acción del Cristo; pues considerado el hombre según salió de las manos del Demiurgo, se halla sometido al imperio del mal y de los malos espíritus, sin poder resistirles: su impotencia en este concepto es tal, que no puede elevarse al conocimiento del Dios Supremo y verdadero, ni siquiera sospechar su existencia.
Por lo dicho se ve que el pensamiento fundamental del gnosticismo de Marción es la ruptura completa, la antítesis radical entre el Cristianismo y el judaísmo, y que la concepción dualista le sirve de base filosófica para llegar a la antítesis teológica. Como es consiguiente y lógico, la moral del gnóstico de Sinope es una derivación de su concepción dualista, y por eso le vemos enseñar que, para ser verdadero discípulo de Cristo, es preciso librarse de los lazos de la materia y rechazar toda comunicación con ella; que es ilícita la comida de carnes, y que el matrimonio es una institución reprobada por Dios, y propia de los hombres que siguen las inspiraciones del Demiurgo y las condiciones de imperfección y de mal que pertenecen al mundo por él producido.

Es digno de notarse que Marción, mientras que por un lado exageraba en sentido exclusivista la importancia y elevación del Cristianismo, por otro negaba y destruía su esencia misma, negando la realidad de la encarnación, de la pasión y de la redención por parte del Hijo de Dios, y reduciéndolas a una especie de fantasmagoría. Y es digno de notarse también que esta idea de reducir a meras apariencias (docetismo) la vida y las acciones de Cristo, es idea adoptada generalmente por la mayor parte de las sectas gnósticas, sin perjuicio de separarse y combatirse sobre otros puntos. Esto, prueba que la redención del hombre, según la enseña la fe católica, el gran misterio de Cristo crucificado, fue y será siempre misterio de escándalo para el judaísmo carnal, misterio de locura para la ciencia del paganismo: judaeis quidem scandalum, gentibus autem stultitiam.

§ 112 -  GNOSTICISMO SEMIPAGANO

Carpocrates, natural de Alejandría, y su hijo Epifanes, son los principales representantes de este gnosticismo, que llamo semipagano, porque se trata de un sistema compuesto, casi en totalidad, de doctrinas pitagóricas y platónicas. Puede decirse que todo el cristianismo del sistema carpocraciano se reducía a considerar a Cristo como un hombre extraordinario en ciencia y comunicación con Dios; como un maestro que enseñó la vanidad de la idolatría; como un alma unida íntimamente a la Mónada o Dios supremo, del cual recibió iluminaciones especiales y el poder de hacer milagros. Solían también aducir o alegar algunos textos del Evangelio en comprobación de sus afirmaciones, siquiera fueran absurdas, como cuando pretendían probar la metempsicosis, alegando el texto o capítulo V del Evangelio de San Marcos.

Aparte de estos débiles vestigios de cristianismo, la doctrina de Carpocrates no es más que la doctrina de Platón, amalgamada y combinada en algunos puntos con las tradiciones de Pitágoras. Dios, ser primordial, eterno e increado, es unidad absoluta, es la Mónada de la cual nacen por emanaciones graduales y descendentes multitud de seres. Las primeras y más nobles emanaciones constituyen y representan los seres de que se compone el mundo superior, el mundo de los espíritus, el mundo inteligible: el mundo terrestre, que sirve de morada a los hombres, es una manifestación remota e imperfecta de la Mónada divina; debe su origen inmediato a los espíritus o seres inferiores del mundo inteligible.

El alma racional pertenece al mundo superior, y existió antes de su unión con el cuerpo, en el cual se halla como prisionera y desterrada; pero conserva las aspiraciones propias de su naturaleza espiritual y divina. En virtud de este principio divino y sobremundano que en ellos anida, algunos hombres elévanse sobre las leyes ordinarias de la naturaleza y sobre las pasiones de la humanidad, y excitando y vigorizando la reminiscencia de la felicidad que gozaban en su vida superior y anterior, llegan a la unión gnóstica, a la unión íntima e intuitiva con el Ser divino, con la Mónada primordial. Cuando el hombre llega a esta unión absorbente e íntima con la Divinidad, en la cual consisten la felicidad suprema y la gnosis perfecta, desaparecen para él la diferencia de cultos y religiones, la distinción entre lo justo y lo injusto, entre el vicio y la virtud. Todo es indiferente y lícito al gnóstico que ha llegado a este estado (molinosismo, iluminados); ni las pasiones ni el pecado pueden tener parte en él, ni mancharle.

Las almas humanas están sujetas a la trasmigración, mientras que no adquieren la gnosis perfecta por medio de la absorción y de la unión íntima con Dios. San Ireneo afirma que Carpocrates enseñaba que, para librarse de la trasmigración, era preciso entregarse a todo género de acciones malas y experimentar todos los placeres. En todo caso, es cierto que la indiferencia gnóstica de los carpocracianos conduce lógicamente a la abolición de toda ley moral y a la práctica de las orgías horribles que la historia atribuye a estos sectarios. Dícese que en las juntas daban culto, o, mejor dicho, reverenciaban las efigies de Pitágoras, de Platón y de Jesús, lo cual se halla ciertamente en armonía con su doctrina cristológica.

En los escritores antiguos encontramos frecuentes testimonios de la influencia que en el gnosticismo ejercieron las ideas pitagóricas. Del arriba citado Valentín, el más notable acaso de los gnósticos, escribe Filostorgio que tenía más de pitagórico que de cristiano: Pythagoricus magis quàm christianus.

§ 113 -  EL GNOSTICISMO Y LA FILOSOFÍA NOVÍSIMA

Es muy posible que el epígrafe con que encabezamos este párrafo haga asomar la sonrisa a los labios de los admiradores de la novísima Filosofía alemana. Pero, a riesgo de escandalizar a éstos y a otros que se hallan muy lejos de sospechar que existen relaciones de afinidad y parentesco entre el gnosticismo de los primeros siglos de la Iglesia y ciertas especulaciones de la Filosofía germánica, nos atrevemos a afirmar que esa afinidad existe, y, lo que es más, que sólo puede pasar desapercibida para los que desconozcan esos dos movimientos del espíritu humano.

Acabamos de ver que todas las cristologías gnósticas entrañan bajo una forma u otra la negación de Jesucristo como Dios y hombre verdadero. El Cristo del Evangelio cristiano es para los gnósticos, o una mera apariencia, un fantasma, o un hombre dotado de virtud y ciencia extraordinarias recibidas de Dios. Es evidente que, en uno y otro caso, el Cristo del Catolicismo se convierte en Cristo ideal o mítico, en un ser que representa la encarnación, la expresión de un principio de vida superior en la humanidad, sometida hasta entonces a una vida material e inferior. El Cristo no tiene importancia alguna como ser histórico y personal; toda su importancia y la redención que se le atribuye, consiste en haber revelado al mundo la idea moral en toda su pureza; en haber inspirado a la conciencia humana la idea de la perfección ética, por medio de la cual el hombre puede elevarse sobre las condiciones de la materia y de los sentidos que antes le dominaban. ¿Será necesario llamar la atención del lector sobre las estrechas relaciones de semejanza y afinidad entre la cristología del gnosticismo y la cristología del padre y fundador del trascendentalismo germánico? Porque ello es cierto que en la teoría de Kant, el Cristo Salvador de que nos hablan los Evangelistas, no es el Verbo divino hecho carne en realidad, no es una persona divina, no es Dios-hombre verdadero: es un hombre a quien Dios ha comunicado la perfección moral, teórica y práctica, en su grado más elevado, y que, por lo mismo, puede y debe servir de ejemplar para la regeneración y redención de la humanidad. Jesús de Nazareth es el arquetipo del hombre perfecto, superior y libre de las condiciones de la materia y de los sentidos, que dominan en el hombre a proporción que se aparta de este modelo o ideal; porque apartarse de este modelo es apartarse de la idea moral realizada en Cristo, el cual, bajo este punto de vista, o sea como representante de la idea moral en toda su pureza, eleva, redime y salva al hombre.

Avancemos un paso más en el terreno de la Filosofía germánica, que pronto tropezaremos con Schelling reproduciendo los rasgos principales de la teogonía de Valentín. El Abismo-Silencio del gnóstico alejandrino, inactivo en su origen, y por espacio de siglos oculto y como envuelto (Deus implicitus de Schelling) en sí mismo, entra en acción y movimiento; manifiesta y desarrolla su ser por medio de emanaciones y evoluciones sucesivas y descendentes, parte de las cuales constituyen el mundo visible o la naturaleza, mientras que la Sophia entra en el hombre como principio divino, en el cual se desarrolla, se manifiesta y crece hasta dominar y sobreponerse a la materia, para volver al Pleroma o plenitud del ser, por medio de la gnosis, de la ciencia perfecta y absoluta del ser, de la grandeza inefable, como decían los valentinianos. El autor de la Filosofía de la naturaleza nos habla a su vez de un ser primitivo, indeterminado y vago, que todavía no es Dios, pero que entraña todo el ser, toda la esencia de Dios, del mundo y del hombre. Esta especie de abismo caótico; este fondo que contiene todas las perfecciones y todas las esencias en su estado inicial, sin ser ninguna de ellas determinadamente, comienza a moverse, despierta de su sueño, se agita, se desenvuelve, y por medio de evoluciones determinadas adquiere el ser personal, la conciencia de su divinidad; se transforma luego en naturaleza (mundo visible de los valentinianos), y encarna en la humanidad (elemento pneumático) o espíritu. La época histórica que corresponde a esta tercera manifestación del ser primitivo, se halla representada por el Cristianismo, en el cual y con el cual el bien adquiere la preponderancia sobre el mal.

Añádase a esto que la ciencia absoluta de Schelling, el conocimiento y la conciencia de la identidad entre el objeto y el sujeto, entre el espíritu y la naturaleza con respecto al Absoluto, responde a la ciencia perfecta y superior de los antiguos gnósticos, coincide con la gnosis que caracteriza a los hombres pneumáticos, a los cristianos verdaderos del antiguo gnosticismo.

Si de Schelling pasamos a Hegel, la afinidad y relaciones entre el trascendentalismo germánico y el gnosticismo antiguo, aparecen no menos patentes y reales. La Idea hegeliana, el Ser abstracto y puro del filósofo de Sttutgardt, su Dios-potencialidad, trae a la memoria espontáneamente al Abismo-Silencio, al Padre sin nombre ni atributos de los antiguos gnósticos, y al Ensoph o infinito inefable, innominado y sin formas del Zohar y de la Cabala.

Y pasando en silencio algunos otros puntos de contacto y afinidad, basta fijar la atención en las tres formas religiosas que, según Hegel, representan el movimiento lógico de la Idea en la historia, a saber: a) la religión de la naturaleza, en que el espíritu se halla como absorbido en la materia; b) la religión de la individualidad, en que el espíritu se separa de la materia y la naturaleza se opone a Dios; c) la religión de la razón absoluta y de la armonía, en que el espíritu y la materia, Dios y el hombre, se unen en la conciencia de su identidad en el hombre y por el hombre. Las religiones paganas de la India, de la Persia, del Egipto, etc., representan la primera forma religiosa de la humanidad; la segunda se halla representada por el politeísmo greco-romano; el Cristianismo representa la tercera y última forma religiosa. Con ligeras variantes, esta teoría es la teoría histórico-religiosa de Valentín, al cual hemos visto señalar y distinguir en la historia de la humanidad el período o reinado del principio hylico, el período o reinado del principio psicológico, y el período o reinado del principio pneumático. El paganismo representa el reinado del primero; el reinado del principio psíquico se verificó en el judaísmo y por el judaísmo; la religión de Cristo es la expresión, la manifestación correspondiente al reinado del principio pneumático, o sea del principio divino que entra en el alma humana y que vuelve a Dios reconociendo su identidad con él.

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(1) «Et quidam quidem Valentiniani clam cas mulieres, quae discunt ab eis doctrinam hanc, corrumpunt, quemadmodum multae saepe ab iis suasae, post conversae mulieres.... confessae sunt.» Adversus Haeres., lib. I, cap. VI.

(2) De Marco, uno de los discípulos de Valentín, cuenta el citado San Ireneo que para sensibilizar y demostrar la eficacia de las palabras de la consagración, preparaba de tal manera el vino, que cambiara de color después de las palabras del consagrante. «Pocula vino mixta fingens se consecrare, atque invocationis verba in longins protendens, efíicit ut purpurea et rubicunda appareant, existimeturque.... sanguinem suum per ipsius invocationem in poculum illud stillare, gestiantque ii qui adsunt, ex ea potione gustare, ut etiam in ipsos gratia ea, quae per hunc magnum praedicatur, influat.» Adven, Haeres., lib. I, cap. XIII. Este pasaje, que indica el proceder fraudulento del valentiniano, prueba a la vez que era ya por entonces idea corriente y general entre los fieles la conversión del vino en la sangre de Jesucristo por medio de las palabras de la consagración.

La escuela greco-judaica                                                                                         El neoplatonismo. Plotino

 

 

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