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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA                                             

ZEFERINO GONZÁLEZ (1831-1894)                                                        

Tomo I - Tomo II - Tomo III - Tomo IV                                                       

 

 

Historia de la Filosofía - Tomo I - Tercer período de la filosofía griega

§ 91 - ESCEPTICISMO PIRRÓNICO

a) Pirrón, de quien recibió el nombre este escepticismo, fue natural de Elis, contemporáneo de Aristóteles, y acompañó a Alejandro Magno en sus expediciones por el Egipto, la Persia y la India. De vuelta a su patria, comenzó a dogmatizar en sentido escéptico, y a vivir y obrar en armonía con su teoría, si se da crédito a Diógenes Laercio, el cual refiere varias anécdotas (1) en confirmación de esto. Fue muy honrado por sus conciudadanos, y murió a la avanzada edad de noventa años.

 

Según los testimonios más fidedignos, Pirrón sola negaba al hombre el conocimiento de la verdad objetiva y de la esencia de las cosas, pero no negaba la realidad subjetiva, ni el valor de los sentidos como norma de conducta práctica en el proceso de la vida. El hombre debe obrar en conformidad con las prescripciones de la ley, de la cual emana la distinción entre lo bueno y lo malo; pero debe abstenerse de afirmar y de negar cosa alguna acerca de la realidad objetiva del mundo externo, de las cosas sensibles, y con mayor razón de las cosas espirituales.

Los efectos e impresiones que en sí mismo experimenta, no dan derecho ni medio al hombre para afirmar nada en pro ni en contra de la existencia y naturaleza de las causas. En este quietismo de juicio y en ejecutar ciegamente las leyes consiste la felicidad del hombre. 

b) La escuela de Pirrón duró poco tiempo después de su muerte, y el más notable de sus representantes fue su compatriota y amigo el médico Timón, el cual escribió un poema satírico con el exclusivo objeto de poner de relieve las contradicciones en que habían incurrido los metafísicos o dogmáticos de todas las escuelas, desde Tales hasta su contemporáneo Arcesilao. Tanto en este como en otros escritos escépticos, Timón esfuérzase en probar que al hombre sólo le es dado conocer lo que las cosas parecen a sus sentidos y a su entendimiento; pero no le es dado conocer su naturaleza o realidad objetiva. Lo que los filósofos y metafísicos suelen ofrecernos como una tesis cierta o como conclusiones demostradas, no son ni serán jamás sino hipótesis más o menos especiosas. Como se ve, el escepticismo de Timón, lo mismo que el de su maestro, es un escepticismo objetivo, pero no absoluto o subjetivo.

Diógenes Laercio indica que el fundador del escepticismo que nos ocupa no escribió obra alguna (Pyrrho quidem ipse nullum reliquit opus) para enseñar y extender su doctrina, dejando esto a cargo de sus discípulos, entre los cuales ocupa lugar preferente el ya citado Timón, a quien se debe principalmente la consolidación y propaganda del escepticismo pirrónico, ora por los elogios que tributa al fundador de esta doctrina (2), comparando su vida con la de los dioses (solus ut in vivis gereres te Numinis instar), ora por el desenvolvimiento que comunicó a las razones y argumentos en favor del escepticismo.

Aunque fue el principal o más celebrado, no fue Timón el único discípulo y sucesor de Pirrón; pues fuéronlo también Euriloco, acérrimo enemigo de los dogmáticos o sofistas, como los apellidaban los pirrónicos; Filón, muy perito y ejercitado en disputas dialécticas contra los dogmáticos; Hecateo, natural de Abdera, y Nausifanes, que fue maestro de Epicuro, según algunos autores antiguos, lo cual se halla en perfecta consonancia con las tendencias escéptico-sensualistas de este filósofo, y con el menosprecio o ninguna importancia y valor que concedía a la dialéctica, si hemos de dar crédito a Cicerón, cuando escribe que Epicuro totam dialecticam et contemnit et irridet.

§ 92 - EL ESCEPTICISMO ACADÉMICO

El escepticismo académico representa y debe su origen a una transformación de la escuela platónica. Arcesilao, natural de Pitaña, en la Eolia, y discípulo y sucesor de Crates en la Academia, fue el autor de esta transformación. Con el intento de oponer una valla y correctivo al dogmatismo exagerado de Zenón y Crisipo, resucitó y puso de nuevo en boga el método socrático, empleando la ironía, la interrogación y la duda en las controversias filosóficas. Los procedimientos escépticos por parte del método le condujeron al escepticismo objetivo, y sus ataques contra las ideas claras de los estoicos como criterio de la verdad, le arrastraron a exagerar las ilusiones de los sentidos y la impotencia de la razón para cerciorarse de la realidad objetiva de las cosas y para llegar a la posesión científica y refleja de la verdad. Sócrates había dicho: sólo sé una cosa, y es que no sé nada; y Arcesilao, desarrollando el germen escéptico del maestro de Platón, añadía: ni aun se de cierto que no sé nada. Sin embargo, su escepticismo no se extendía al orden moral, cuya fijeza admitía con los estoicos, limitándose al orden especulativo y metafísico. Sus discípulos y sucesores inmediatos fueron Lacides de Cirene, Evandro de la Focide y Hegesino de Pérgamo. Su sistema es conocido generalmente en la historia de la Filosofía con los nombres de Academia media, Academia segunda, para distinguirlo de

b) La Academia tercera o nueva, que debió su origen al filósofo Carneades. Nació éste en Cirene, dos siglos antes de Jesucristo; y habiendo sido enviado a Roma en calidad de embajador en 155, llamó la atención de los romanos con su elocuencia, y más todavía con su doctrina filosófica, la cual parece que se diferenciaba poco en el fondo de la de Arcesilao. Uno y otro oponían a la percepción comprensiva (catalepsia) de los estoicos la incomprensibilidad (acatalepsia) objetiva de las cosas, o sea la imposibilidad de conocer con certeza y evidencia lo que son las cosas en sí mismas, su realidad objetiva.

Algunos de ellos, sin embargo, y con especialidad los representantes de la Academia nueva o tercera, reconocían el valor relativo y la legitimidad práctica de los sentidos, como reconocían también la posibilidad y la suficiencia de la verosimilitud o probabilidad racional para la dirección de la vida. Yerran, según observa Cicerón, los que piensan que los académicos niegan en absoluto el testimonio de los sentidos; pues lo que realmente niegan a éstos es la razón de criterium, o nota propia para discernir lo verdadero de lo falso. Tampoco niegan toda especie de afirmación y negación, sino la que se refiere a la realidad objetiva de las cosas (3), o, mejor dicho, a la cognoscibilidad cierta y evidente de esta realidad objetiva. Podemos, no obstante, formar juicios probables acerca de las cosas, los cuales son suficientes para la dirección y orden de la vida, por más que nunca debe admitirse que el hombre conoce con certeza y comprende con verdad la naturaleza o ser de las cosas como son en sí mismas, cuya realidad o esencia y atributos permanecen incomprensibles e inaccesibles a la razón humana.

El argumento fundamental en que se apoyaban para llegar a esta conclusión, es la imposibilidad en que nos hallamos de reconocer con certeza y evidencia si nuestras percepciones e ideas son o no conformes con los objetos a que se refieren nuestras representaciones. Así es, que pudiera decirse que en realidad de verdad la doctrina de Arcesilao (Academia media) y la de Carneades (Academia nueva), representan una doctrina idealista más bien que una doctrina escéptica, o al menos que su aspecto escéptico es una deducción y resultado de su concepción idealista. El escepticismo académico es bastante análogo al escepticismo idealista de Berkeley y al criticismo escéptico de Kant en los tiempos modernos. Más todavía: la analogía entre Arcesilao y Kant, hácese más notable si se tiene en cuenta que, así como el filósofo de Kœnisberg colocó el orden moral fuera del principio escéptico por una feliz inconsecuencia, así también el filósofo griego no extiende ni aplica al orden práctico el rigorismo acataléptico que profesa en el orden especulativo.

Por lo demás, la diferencia entre Carneades y Arcesilao, entre la Academia nueva y la Academia media, más bien que en el fondo, consiste en el método de procedimiento y de aplicación. Carneades, además de acentuar en sentido más idealista la doctrina de Arcesilao, se distingue por la crítica sutil y universal de los sistemas filosóficos, y con especialidad del estoicismo, al cual persiguió sin tregua ni descanso, refutando y demoliendo una por una todas sus afirmaciones dogmáticas.

c) Clitómaco, natural de Cartago, discípulo y sucesor de Carneades, se limitó a continuar la enseñanza de su maestro, y poner por escrito sus argumentos y sus ataques contra los estoicos.

d) No imitó su ejemplo su discípulo y sucesor Filón de Larisa, el cual inició en el seno de la Academia platónica un movimiento de restauración antiescéptica, esforzándose en restablecer el dogmatismo moderado de la antigua Academia. Según Sexto Empírico, reconocía Filón la posibilidad de conocer los objetos con certeza y evidencia, y admitía, además, ciertas proposiciones lógicas como absolutamente ciertas y verdaderas.

e) Este movimiento de restauración dogmática, que Filón no había hecho más que iniciar, recibió desarrollo y complemento en manos de Antíoco de Ascalón,el cual admitía la evidencia intelectual o percepción clara de la razón, como criterio de la ciencia (4), y la que es más aún, reconocía la evidencia de los sentidos (5) como razón y fuente de juicios ciertos y verdaderos.

 

  Teniendo en cuenta las profundas diferencias de doctrina que separan a este filósofo de las teorías escéptico-idealistas profesadas por Arcesilao y Carneades, dieron algunos a su escuela el nombre de Academia novísima. Pero la verdad es que la doctrina de Antíoco no es ni escéptica ni académica; pues su solución del problema crítico participa a la vez de la solución platónica, de la estoica y de la peripatética. Filón de Larisa, y con particularidad Antíoco de Ascalón, representan la transición del escepticismo al sincretismo, y preparan el camino al eclecticismo superior y sistemático de la escuela de Alejandría.

§ 93 - ESCEPTICISMO POSITIVISTA.— ENESIDEM0

Mientras que en el escepticismo académico tenía lugar un movimiento de restauración, mediante el cual se transformaba en dogmatismo ecléctico, aparecía una nueva escuela de escépticos positivistas y empíricos, que, no solamente resucitó el anticuado pirronismo, sino que le comunicó una extensión y desarrollo que jamás había alcanzado. Fue el primer representante notable de este escepticismo, Enesidemo, natural de Gnose, en Creta, y que parece enseñó en Alejandría, aunque se ignora la época precisa en que floreció, haciéndole unos contemporáneo o poco posterior a Cicerón, al paso que otros suponen que vivió en el primer siglo de la era cristiana. Sea de esto lo que quiera, es lo cierto que en sus Ocho litros sobre el pirronismo, de los cuales sólo poseemos fragmentos y el extracto de los mismos conservado en las obras de su correligionario Sexto Empírico, Enesidemo expone y desenvuelve las razones principales en que se apoya el escepticismo positivista y empírico.

Los escépticos llamaban a estas razones o motivos de duda universal tropos, y son en número de diez, siendo las principales las ocho siguientes :

1.º La diversidad de organización que se observa entre los seres sensibles, y la consiguiente diversidad y oposición de las impresiones producidas por los objetos en dichos seres.

2.º La diversidad en la organización humana, de la cual debe resultar y resulta diversidad de impresiones, de ideas y de inclinaciones, las cuales deberían ser idénticas, si no hubiera diversidad en la organización de los individuos.

3.º La variedad y oposición de sensaciones producidas por el mismo objeto. Un pájaro de hermoso plumaje y de canto o voz desentonada, produce una sensación agradable por parte de la vista, y a la vez otra desagradable al oído. Por otro lado, es muy posible que este objeto que nos parece uno a pesar de las contrarias impresiones que en nosotros produce, sea en realidad múltiple y compuesto de elementos esenciales que nosotros no percibimos por carecer de sentidos acomodados al efecto, así como la vista no percibe la música, por no ser sentido acomodado para percibir esta realidad.

4.º La dependencia y mutabilidad de nuestras percepciones en relación con la distancia, situación y demás circunstancias que rodean el objeto. El mismo elefante, que visto de cerca nos parece muy grande, nos parece pequeño a cierta distancia. Esto quiere decir que, aunque podemos conocer y afirmar lo que son para nosotros tales objetos en tal situación, en tal distancia, en tal condición, no podemos afirmar ni conocer lo que son esos objetos en sí mismos y con independencia de tales condiciones.

5.º Las modificaciones o cambios del sujeto percipiente. El objeto que nos causa tal sentimiento o emoción en la juventud, nos la causa diferente en la vejez; en la enfermedad vemos y sentimos las cosas de diferente manera que en buena salud, de manera que la naturaleza del juicio y del sentimiento relativamente al objeto, cambia y se relaciona con el estado del sujeto.

6.º La cantidad de las cosas modifica y cambia por completo sus cualidades, y, por consiguiente, estas no pueden guiarnos en el conocimiento de su naturaleza verdadera. Ciertas substancias venenosas, en pequeñas dosis, sirven de medicamento, y las mismas, en mayor cantidad, producen la enfermedad y la muerte.

7.º Podemos conocer y sabemos lo que es una cosa con relación a otra y las impresiones que en nosotros produce; pero no sabemos lo que ella es en sí misma, o con relación a su esencia íntima; porque nada nos asegura que la relación de una cosa a otra, o la impresión que en nosotros produce, sea la norma y la medida de su realidad objetiva.

8.º La influencia de la costumbre, de la educación, de la sociedad y de la religión. Un eclipse, o la aparición de un cometa, nos llama la atención y nos impresiona vivamente, porque no son frecuentes, mientras que ni nos impresiona ni llama nuestra atención la vista del sol, por estar habituados a ella. El judío educado en la religión de Moisés, considera a Jehová como el Dios verdadero, y a Júpiter como un ídolo vano.

Enesidemo no se contenta con asentar el escepticismo sobre estas razones generales; somete a una crítica prolija, sutil e implacable las concepciones principales de la Filosofía dogmática, y con especialidad la idea de causalidad, que es acaso la más esencial y trascendental en el terreno de la ciencia. Sexto Empírico expone en los siguientes términos la crítica que el filósofo de Gnose hace de la idea de causa :

«Un cuerpo no puede ser causa respecto de otro cuerpo; porque si obra por sí mismo inmediatamente, no puede producir sino lo que ya está en su propia naturaleza. Para obrar mediante otro cuerpo, sería preciso que dos hiciesen uno, y además esta producción intermediaria se extendería in infinitum. Lo que es corpóreo, no puede ser causa de otro ser incorpóreo, por la razón de que los seres no pueden producir más que lo que encierran en sí mismos: por otra parte, lo que es incorpóreo, no puede tener contacto, ni obrar, ni experimentar acción. Un cuerpo no puede ser causa de un ser incorpóreo, y recíprocamente, porque el uno no contiene la naturaleza del otro....

»Las cosas que coexisten no pueden ser causa la una de la otra; porque cada una de ellas tendría igual derecho a ejercer esta prerrogativa. Una cosa anterior no puede ser causa de otra que viene después; porque la causa no existe si no existe el efecto al mismo tiempo, puesto que éste debe estar contenido en aquélla, y, por otro lado, constituyen una relación cuyos términos son simultáneos y correlativos. Más absurdo sería decir que la causa puede ser posterior al efecto.

»¿Admitiremos una causa perfecta, absoluta, que obra por su propia energía y sin ninguna materia extraña? En este caso, obrando su propia naturaleza y en posesión permanente de su virtud, debería producir su efecto sin cesar, sin mostrarse activa en unos casos e inactiva en otros.

»¿Afirmaremos con algunos dogmáticos que la causa necesita de una materia extraña sobre la cual obre, de manera que la una produzca el efecto y la otra lo reciba? En este caso, la palabra causalidad expresará solamente la relación combinada de dos términos, sin que haya razón para atribuir la propiedad de causa a la una más bien que a la otra, toda vez que el uno de los términos no puede prescindir del otro.»

Después de atacar la idea de causa con estos y otros argumentos metafísicos, Enesidemo echa mano con el mismo objeto de argumentos empíricos tomados del orden experimental y de la observación de los hechos. La brevedad que nos hemos propuesto no nos permite exponer estos últimos argumentos, y así bastará recordar que el filósofo de Gnose puede ser considerado como legítimo precursor de Hume en el terreno metafísico, y como legítimo precursor también de los materialistas de nuestros días en el terreno empírico y positivista. Entre Enesidemo y los positivistas de nuestro siglo hay todavía otro punto de contacto y afinidad, y es su predilección, su tendencia común a la física atomístico-naturalista.

§ 94 - SEXTO EMPÍRICO

Entre los sucesores de Enesidemo, además de Favorino, natural de Arlés, en la Galia, cuyo escepticismo sólo es conocido por los títulos de sus obras y por indicaciones más o menos vagas de Galeno, distinguiéronse Agripa y el médico Sexto, que recibió la denominación de Empírico a causa de la escuela médica a que pertenecía (6), y que floreció hacia fines del siglo II de la Iglesia.

El primero de éstos, o sea Agripa, redujo a cinco los diez tropos o motivos de duda que solían alegar los pirrónicos, a saber: 1.º, la discordancia y contradicción en las opiniones y sistemas de los filósofos; 2.º, la necesidad de proceder in infinitum en lo que se llama demostración, puesto que las premisas de toda demostración necesitan a su vez ser demostradas; 3.º, la relatividad, o, mejor dicho, la subjetividad de nuestras sensaciones e ideas; 4.º, el abuso de la hipótesis, o sea la conversión de hipótesis en tesis; 5.º, el empleo frecuente del círculo vicioso.

El segundo asumió la misión de reunir, desarrollar y condensar respectivamente todos los argumentos aducidos en favor del escepticismo desde Pirrón hasta sus días. Sus Hypotyposes pyrrhonicae y su tratado Adversus mathematicos, pueden considerarse como una compilación y comentario general de los trabajos precedentes en favor del escepticismo, y como el arsenal común de los escépticos que le siguieron hasta nuestros días. Son obras que apenas contienen rasgo alguno de originalidad, pero que revisten el carácter de verdadero monumento literario levantado al escepticismo, a causa de la extensión, universalidad y método de sus ataques. Porque Sexto Empírico, además de agrupar y exponer en sus obras los argumentos todos del escepticismo, dirige ataques especiales y directos contra cada una de las ciencias. Su obra Adversus mathematicos, aunque lleva este título, contiene capítulos o tratados especiales contra los astrónomos, contra los aritméticos, contra los lógicos, contra los físicos, contra los matemáticos, contra los moralistas, de manera que pudiera muy bien intitularse Adversus omnes et singulas scientias.

En realidad de verdad, Sexto Empírico merece ser considerado como el principal representante de la escuela escéptico-positivista que nos ocupa, y que parece haber florecido durante los dos primeros siglos de nuestra era. Sexto es el gran vulgarizador de esta escuela, porque en sus dos citadas obras expone, resume y desenvuelve respectivamente las teorías y argumentos de sus antecesores y compañeros. Así es que aunque sus escritos no se recomiendan ni por el método, ni por el estilo, ni por la originalidad, sirvieron de arsenal y fueron como fuente general en que han ido a beber en todo tiempo los partidarios del escepticismo.

Debemos, además, al autor de las Hypotyposes pyrrhonicae el conocimiento exacto y concreto de la naturaleza, procedimientos, aspiraciones y fines del escepticismo empírico o positivista. Para Sexto, el escepticismo es una especie de arte o disciplina esencialmente dubitatoria, una facultad o fuerza indagatoria, y a la vez hesitatoria de suyo y siempre (dubitatoria vel haesitatoria, aut inde quod de re omni dubitet et quaerat, aut propterea quod haesitans, suspenso sit animo ad assentiendum aut repugnandum), de manera que en ningún caso y por ninguna razón produce asenso o disenso en el hombre. El verdadero escéptico se mantiene siempre en la duda; no se inclina jamás a parte ninguna, y esto, no ya sólo tratándose de asenso cierto, sino también de asenso probable o verosímil, en lo cual el verdadero escéptico se distingue y separa del escéptico académico, que admite probabilidades, es decir, que en sus juicios se inclina a una parte más que a la contraria: esto sin contar que el escepticismo académico afirma que todas las cosas son incomprensibles, afirmación de que se abstiene el escéptico verdadero, el cual ni afirma ni niega (7) tampoco la incomprensibilidad de las cosas.

El fin a que debe aspirar el escéptico, como fin último y bien supremo del hombre, y fin que se consigue en lo posible por medio del escepticismo, es la imperturbabilidad de la mente, la ataraxia, la tranquilidad perfecta del ánimo; porque cuando el alma, en el orden especulativo, nada afirma ni niega; cuando nada juzga realmente como bueno ni malo en sí mismo, y en el orden práctico o moral se limita a satisfacer las necesidades naturales (la sed, el hambre, el calor, etc.), y a seguir sencillamente las indicaciones de la costumbre y de la ley, es cuando posee la tranquilidad asequible, la imperturbabilidad de ánimo que cabe tener. En suma: el escéptico se propone como fin y felicidad suprema y única la imperturbabilidad (dicimus autem finem esse Sceptici imperturbatum mentis statum) del alma; para conseguirla: a) duda de todo, y nada afirma acerca de lo que es bueno o malo, y, por consiguiente, no persigue, ni busca, ni rehuye cosa alguna con vehemencia (qui ambigit de his quae secundum naturam bona aut mala sunt, nec fugit quidquam nec persequitur acri studio, proptereaque perturtatione caret) e intensidad, lo cual excluye la perturbación; b) sigue en la práctica las corrientes de la vida común (observationem vitae communis) ú ordinaria, conformándose con las costumbres y leyes, sin dejarse llevar de afectos o pasiones tumultuosas, y obedeciendo a las necesidades de la naturaleza, como obedece a la costumbre y a las leyes, con perfecto indiferentismo, y sin formar juicio alguno acerca de su bondad o malicia: Nos autem leges, et consuetudines, et naturales affectiones sequentes, vivimus citra ullam opinationem.

Aparte de su contenido escéptico, los libros de Sexto Empírico contienen abundantes y, ordinariamente, exactas noticias e indicaciones acerca de los sistemas y opiniones de los filósofos antiguos.

Ya hemos indicado antes que las obras de Sexto Empírico son las fuentes en que han bebido todos los escépticos desde la época del médico empírico hasta nuestros días. Y ahora debemos añadir que apenas se encontrará argumento de alguna fuerza entre los alegados por el escepticismo en sus diferentes fases históricas, que no se halle o desenvuelto, o indicado al menos en los escritos de Sexto Empírico. La existencia de Dios y la noción de causa son objetos preferentes de los ataques del escéptico alejandrino, el cual dedica sus esfuerzos a rechazarlas y destruirlas en los primeros capítulos del libro tercero de sus Hypotyposes Pyrrhonicae. Entre los demás argumentos, alegados ordinariamente contra la existencia de Dios, hállase allí expuesto y desarrollado, con cierto lujo de palabras y detalles (8), el que se refiere a la providencia divina en sus relaciones con la existencia y origen del mal.

__________

(1) Cuenta y afirma, entre otras cosas, que no se apartaba de los carros, perros y precipicios que había o le salían al paso en su camino, teniendo que cuidar sus discípulos de apartarle en estos peligros, fundándose en que no se debe dar crédito alguno al testimonio de los sentidos. En cierta ocasión pasó al lado de Anaxarco, que había sido su maestro y que había caído en un lodazal, sin detenerse a darle auxilio para salir.

(2) En el ya citado poema dice, entre otras cosas, dirigiéndose a su maestro y en alabanza del mismo: Miror qui tandem potuisti evadere Pyrrho.—Turgentes frustra, stupidos vanosque sophistas.—Atque imposture fallacis solvere vincla.—Nec fuerit curae scrutari, Graecia quali.—Aëre cingatur, neque ubi aut unde omnia constent.

(3) Merece ser leído el pasaje en que Cicerón expone y resume el pensamiento académico a que se alude en el texto: «Vehementer errare eos, qui dicant, ab Academia sensus eripi, a quibus nunquam dictum sit, aut colorem, aut saporem, aut sonum nullum esse; illud sit disputatum non inesse in his propriam, quae nusquam alibi esset, veri et certi notam.
     Quae cum exposuisset, adjungit, dupliciter dici assensum sustinere sapientem: uno modo, cum hoc intelligatur, omnino eum rei nulli assentiri; altero, cum se a respondendo, ut aut approbet quid, aut improbet, sustineat, ut neque neget aliquid, neque ajat. Id cum ita sit, alterum placere, ut nunquam assentiatur, alterum tenere, ut sequens probabilitatem, ubicumque haec aut occurrat, aut deficiat, aut etiam, aut non respondere possit. Nam, cum placeat, eum, qui de omnibus rebus contineat se ab assentiendo, moveri tamen et agere aliquid, reliquit (Carneades) ejusmodi visa, quibus ad actionem excitemur.... Non enim lucem eripimus, sed ea quae vos percipi comprehendique, eadem nos, si modo probabilia sint, videri dicimus.» Lucul, cap. XXXII.

(4) Así se desprende de la doctrina que Cicerón le atribuye por boca de Lúculo, cuando escribe en sus Cuestiones académicas: «Et cum accessit ratio, argumentique conclusio, tum.... eadem ratio perfecta his gradibus, ad sapientiam pervenit. Ad rerum igitur scientiam vitaeque constantiam, aptissima cum sit mens hominis, amplectitur máxime cognitionem.»

(5) He aquí las palabras que en orden a este punto pone en su boca el citado Cicerón: «Ordiamur igitur a sensibus, quorum ita clara judicia et certa sunt.... Meo judicio ita est maxima in sensibus veritas, si et sani sunt et valentes, et omnia removentur quae obstant et impediunt.» Acad. Quaest., lib. II, cap. X

(6) Según Galeno, florecían por entonces dos escuelas de medicina, cuyos partidarios se distinguían por la preferencia que daban respectivamente a las teorías racionales, o a la observación y la experiencia: los primeros eran conocidos con el nombre de metódicos, y los segundos con el de empíricos.

(7) «Jam vero, escribe Sexto Empirico, et novae Academiae alumni etiamsi incomprehensibilia esse dicant omnia, differunt tamen a scepticis fortasse, et in eo quod dicunt omnia esse incomprehensibilia; de hoc enim affirmant, at scepticus non desperat fieri posse ut aliquod comprehendatur, sed apertius etiam ab illis in bonorum et malorum; dijudicatione discrepant. Aliquid enim esse bonum et malum dicunt Academia.... persuasi verisimilius esse, id quod dicunt bonum, bonum esse quam contrarium, cum nos nihil bouum aut malum esse dicamus.... sed sine ulla opinatione sequamur vitam, ne nihil agamus. » Hypot. pyrrhon, lib. I, cap. XXXIII.

(8) Copiaremos, en confirmación de lo dicho en el texto, una parte solamente del pasaje aludido, que es por demás extenso: «His autem istud addendum est: Qui dicit esse Deum, aut providere eum dicit rebus quae sunt in mundo, aut non providere: et si quidem providere dicit, aut omnibus, aut aliquibus. Sed si quidem omnibus provideret, non esset neque malum ullum, neque vitiosus ullus, neque ulla vitiositas: atqui vitiositate plena omnia esse clamant: non ergo omnibus providere dicetur Deus. Sin aliquibus providet, ¿quare his quidem providet, illis vero non item? Etenim, aut vult et potest providere omnibus; aut vult quidem sed non potest; aut potest quidem sed non vult; aut neque vult neque potest.
»Sed si quidem et vellet et posset, omnibus provideret; atqui non providet omnibus, ut apparet ex supradictis: ergo nequaquam et vult et potest omnibus providere. Quod si vult quidem, sed non potest, ejus vires superabit illa causa propter quam non potest providere illis quibus non providet........Non ergo providet Deus iis quae sunt in mundo........ Ex his autem ratiocinamur, impietatis crimen fortassis effugere non posse illos qui asseveranter Deum esse dicunt.» Hypotyp. pyrrhon., lib. III, cap. I.

Crisis y decadencia en la filosofía helénica                                                        La filosofía entre los romanos

 

 

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