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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA                                             

ZEFERINO GONZÁLEZ (1831-1894)                                                        

Tomo I - Tomo II - Tomo III - Tomo IV                                                       

 

 

Historia de la Filosofía - Tomo II - Segunda época filosófica
La filosofía cristiana

§ 40 - ESCUELA MÍSTICA: HUGO DE SAN VÍCTOR

Hemos dicho arriba que Guillermo de Champeaux, antes de su elevación al episcopado, se retiró a la abadía de San Víctor, o, mejor dicho, a un pequeño monasterio situado extramuros de París y dependiente de la abadía de San Víctor en Marsella. A ruego de sus compañeros, el futuro obispo de Chalons se vio obligado a explicar Filosofía y Teología, dando de esta suerte, si no origen, al menos impulso y renombre a la escuela de San Víctor, una de las más celebradas —y no sin razón— en aquella época y siglos posteriores.

 

       Los principales representantes de esta fueron Hugo, nacido probablemente en las cercanías de Ipres, y su discípulo Ricardo, oriundo de Escocia, y que falleció en 1173. Uno y otro escribieron numerosas obras dogmáticas, místico-exegéticas y filosóficas, en las cuales se nota un sello indudable de misticismo, que, si bien pudiera apellidarse psicológico en atención a la importancia que conceden al conocimiento del alma y de sus facultades, merece con mayor razón la denominación de misticismo ontológico, porque entraña la intuición directa de Dios y de la verdad divina, aun prescindiendo del orden sobrenatural y místico.

El misticismo en Hugo de San Víctor se encuentra unido además con lo que pudiéramos llamar misticismo neoplatónico e idealista. Para convencerse de ello, basta recorrer sus comentarios sobre el libro De Coelesti Hierarchia, atribuido a Dionisio Areopagita, en los que abundan los pensamientos y pasajes relacionados con la concepción mística y neoplatónica, aunque sin salir de la esfera ortodoxa o católica. La suma y complemento de la Filosofía para Hugo, es contemplar las naturalezas invisibles de invisibles substancias, y las causas invisibles de las cosas visibles, lo cual, aunque pertenece a la física (physica scrutatur invisibiles rerum visibilium causas), ni ésta, ni las matemáticas, ni la teología humana, pudieron alcanzar la verdad, porque sus sabios carecieron del auxilio de la gracia y menospreciaron la humildad: Sapientes hujus mundi propterea stulti facti sunt, quia solo naturali documento incedentes, exemplaria gratiae non habuerunt.... Veritatem agnoscere non potuit (sapientia mundi), quoniam in sua eruditione formam humilitatis tenere contempsit.

La razón, añade, no puede penetrar o conocer por sí sola ciertas verdades superiores, siquiera pertenezcan al orden natural (ratio per se non sufficit, nisi a Deo adjuta fuerit), si no es auxiliada por Dios.

Hugo habla con frecuencia de la manifestación de la verdad divina, que el hombre consigue por medio de la elevación y depuración de la mente (per mentis ascensum), que contempla la verdad en la luz superior o divina: habla de diferentes modos de revelación intelectual, de iluminaciones mediatas e inmediatas, de ascensiones y grados por medio de los cuales el hombre entra en posesión de la verdad divina: quibus gradibus divinae illuminationis processio fiat usque ad nos; et rursum quibus progressionibus mens nostra reducatur ad summae claritatis contemplationem.

Son muchos los pasajes de este género, y muchos también aquellos en que parece indicar que la luz intelectual, con la cual y en la cual vemos la verdad, es la misma luz divina, y al leer algunos de éstos, se creería fácilmente que son pasajes de Plotino (1), o de alguno de sus discípulos.

A pesar de esta tendencia místico-idealista, y hasta ontológica, si se quiere, el principio católico impidió al moje de San Víctor extraviarse en los senderos tortuosos del panteísmo, o en las teorías peligrosas y erróneas de Orígenes y de los traducianistas: Credimus animas non esse ab initio cum angelis simul creatas, sicut Origenes fingit, nec cum corporibus per coitum seminantur.

Afirma igualmente la unidad o unicidad del alma en el hombre, la cual, aunque espiritual, es el origen y razón suficiente de la vida, como lo es de la sensibilidad, del pensamiento y de la voluntad libre (2).

Sin embargo, en otros lugares de sus obras aparece de nuevo el elemento neoplatónico, representado en la teoría de la reminiscencia y de las representaciones o formas sensibles (3) como impedimentos del conocimiento. En consecuencia de esto, y combinando esta doctrina con su tendencia mística, aconseja buscar la verdad sin salir de nosotros mismos: discamus extra non quaerere, quod in nobis possumus invenire.

Su clasificación de las facultades del alma ofrece también reminiscencias neoplatónicas, y más todavía ontológicas, puesto que además de los sentidos y de la imaginación, señala y distingue tres facultades superiores, que son la razón, el entendimiento y la inteligencia. La razón percibe las naturalezas, atributos, modificaciones y diferencias de los cuerpos bajo un punto de vista universal y por medio de abstracciones. El entendimiento (intellectus) percibe las cosas invisibles y las substancias espirituales creadas. La inteligencia, que está inmediata a Dios, percibe, o, mejor dicho, ve intuitivamente (cernit) la verdad suprema e inconmutable: Cernit siquidem ipsum Summum Verum et vere incommutabilem (4).

§ 41 - RICARDO DE SAN VÍCTOR

La tendencia mística de Hugo fue seguida y hasta desarrollada por su discípulo Ricardo de San Víctor, bastando para convencerse de ello pasar la vista por sus tratados De Praeparatione animi ad contemplationem, y por el que se titula De gratia contemplationis. Después de sentar, como su maestro, que el conocimiento de sí mismo y del alma es condición necesaria para elevarse al conocimiento, o, digamos mejor, a la intuición de Dios (ad videndum Deum) en la vida presente, afirma y repite que el hombre no puede alcanzar esta contemplación y conocimiento perfecto de Dios por sus esfuerzos (nam ipsi (homines) ascendere omnino non possunt) propios. Y la razón es que cualquier conocimiento de las criaturas, por perfecto que sea, dista tanto del conocimiento del Creador, como el cielo de la tierra: Ad cognitionem siquidem Creatoris, quantalibet cognitio creaturarum, quid aliud est quam quod terra ad coelum?

 

    El que aspira, pues, al conocimiento de las verdades superiores, sólo puede llegar a ellas siguiendo a Cristo; trabaja en vano si no es guiado e iluminado por la verdad divina (5), única que debe seguir el hombre si no quiere incurrir en error.

    Ni es sólo la verdad superior y divina, sino también la humana y terrena, la que necesita de la enseñanza de Cristo: Christus ergo est qui docet utraque; sed terrena in valle, coelestia in monte.     

En suma: el conocimiento del mundo y de las cosas naturales de que se glorian la Filosofía mundana y la razón del hombre, apenas contiene más que errores y cosas vanas, y la ignorancia acerca de esto sería muy grande, si Dios no hubiera revelado al hombre los conocimientos necesarios acerca de esto; por lo cual no es extraño que muchos que antes sólo trabajaban y pensaban en sacar conocimientos de la oficina de Aristóteles, hoy sólo piensan en trabajar en la oficina del Salvador: Multi qui prius fabricabant in officina Aristotelis.... discunt cudere in officina Salvatoris (6).

El misticismo de la escuela de San Víctor es la expresión y en parte el resultado de la reacción que se había obrado en los espíritus contra las tendencias racionalistas y excesivamente escolástico-aristotélicas de Berengario, Roscelin, Abelardo, Gilberto de la Porree, Amauri de Bene y algunos otros doctores de aquella época. Ni se crea por eso que la escuela de San Víctor rechaza en absoluto ni reprueba el uso de la razón humana con respecto a la verdad teológica y revelada. Esfuérzase, por el contrario, en penetrar los más altos misterios de la fe, discutiendo por medio de indagaciones profundas y sutiles (profunda et subtilissima indagatione discutiantur), con el objeto de conocer, de la manera posible, por medio de la razón lo que ya conocemos por la fe, la cual representa para el católico una certeza superior a todas las demás: Quotquot  veraciter fideles sumus, nihil certius, nihil constantius tenemus, quam quod fide aprehendimus.

Cuando se trata de las verdades reveladas y de los misterios superiores a la razón, debemos apoyarnos en la fe y la autoridad, más bien que en raciocinios y argumentos: In horum itaque cognitione vel assertione, magis inniti solemus fide quam ratiocinatione auctoritate potius quam argumentatione, juxta illud prophetae: Nisi credideritis, non intelligetis.

Estos pasajes y las indicaciones hechas de antemano, demuestran la injusticia y sinrazón del historiador de la Filosofía Weber, cuando supone que la escuela de San Víctor, y determinadamente Ricardo, profesó el libre examen. Y todo ello, porque el último escribe en el capítulo quinto del tratado De Trinitate: «He leído frecuentemente que Dios es uno, eterno, increado, inmenso, omnipotente, uno y trino....; pero no recuerdo haber leído las pruebas de todo esto: abundan las autoridades en la materia, pero escasean los argumentos,» sin reflexionar que esto, en boca del monje Victorino, no significa más que la conveniencia y utilidad de conocer, investigar y discutir por medio de la razón las verdades admitidas ya por ésta como procedentes y fundadas en la revelación divina. Así es que el mismo Ricardo de San Víctor añade a continuación de las palabras citadas: «Creo, por lo tanto, que haré una cosa útil si, por medio del estudio o examen de estas cosas, consigo ayudar o ilustrar algo, ya que no satisfacer plenamente a las inteligencias amantes del estudio:» studiosas mentes potero vel ad modicum adjuvare, etsi nondetur posse satisfacere (7).

Sin negar la utilidad del uso legítimo de la razón con respecto a las verdades superiores y divinas, el representante de la escuela de San Víctor pone a salvo la necesidad de la fe, sin abandonar la concepción mística, según la cual, el hombre adelanta y aprovecha más en la ciencia de las cosas divinas por medio de la oración y compunción, que por medio de la investigación y escrutación científica. Melius in hoc ipsum orando, quam investigando proficimus; altius devota compunctione, quam profunda perscrutatione illuminamur.

San Bernardo (1091-1153), sin pertenecer en rigor a la escuela de San Víctor, contribuyó a propagar su dirección y tendencias místicas con sus escritos y con sus actos. Los primeros, morales, exegéticos, místicos y ascéticos casi en totalidad, se rozan poco con la Filosofía propiamente dicha, y si la historia de ésta hace mención del abad de Claraval, es más bien a causa de sus disputas y controversias teológicas con Abelardo y Gilberto de la Porree.

__________

(1) En prueba de esto y como specimen del lenguaje místico-idealista de Hugo de San Victor, transcribiremos algunos de sus pasajes: «Mens vero humana eisdem rursus gradibus ad superna conscendens, sacra divini eloquii inspectione coelestia secreta, et eam, quae in angelis est, divinae claritatis illuminationem perpendit, ex qua paulatim in invisibilium agnitionem succresceus ad ipsum tandem Summi Luminis splendorem contemplandum convalescit.
      »Respicientes enim claritatem Patris, restituimur, id est, reformamur iterum; hoc est, reductive conversi ad illud unde venimus in simplum ejus radium, ut in uno lumine unum simus, qui lucemus ex lumine uno.» Comment. in Lib. de Coeles. Hierarch., cap. I.

(2) «Nec duas animas esse credimus in uno nomine, sicut multi scribunt.... sed dicimus unam eandemque esse animam in homine, quae et corpus sua societate vivificet, et semetipsam sua ratione disponat, habens in se libertatem arbitrii.» De Anima., lib. II, capitulo XXXII.

(3) «Animus enim corporis passionibus consopitus, oblitus est quid fuerit, et quia nihil aliud fuisse se meminit, nihil, praeter id quod videtur, esse credit

(4) «Ratio ea vis animae est, quae rerum corporearum naturas, formas, differentias, propria et accidentia percipit. Abstrahit enim a corporibus, quae fundantur in corporibus non actione, sed consideratione. Intellectus ea vis animae est, quae invisibilia percipit, sicuti angelos, daemones, animas et omnem spiritum creatum. Intelligentia ea vis animae est, quae immediate supponitur Deo; cernit siquidem ipsum summum Verum, ac vere incommutabilem. Sic anima sensu percipit corpora, imaginatione corporum similitudines, ratione corporum naturas, intellectu spiritum creatum, intelligentia Spiritum íncreatum. » De Anim., lib. II, cap. VI.

(5) «Illi soli sine impedimento perveniunt, qui Christum sequuntur, qui a veritate ducuntur. Quisquis ad alta properas, securus eas si te praecedit veritas (divina); nam sine ipsa frustra laboras; Christum ergo sequere si non vis errare.» De praepar. an. ad contempl., cap. LXXVII.

(6) Este pasaje de Ricardo de San Víctor es muy notable y curioso por las alusiones que contiene, referentes probablemente a Roscelin, Abelardo, Berengario, Gilberto de Poitiers, y en general a los novadores y racionalistas contemporáneos: «Tradidit Deus mundum disputationi eorum, sed evanuenint in cogitationibus suis, et defecerunt scrutantes scrutinio, eo quod non posset invenire homo opus quod operatus est Deas ab initio usque in finem. Revelavit autem Deus per Spiritum suum, quibus voluit, quantum de his scire oportuit.... Etiam temporibus nostris insurrexerunt quidam pseudo philosophi, fabricatores mendacii, qui volentes sibi nomen facere, studuerunt nova invenire; nec erat eis cura tam ut assererent vera, quam ut putarent invenisse nova. Praesumentes itaque de sensu suo.... tradiderunt sententias novas, arbitrantes secum ortam, morituramque sapientiam.... In tantum enim infatuata est illa quondam gloriosa mundana philosophia, ut innumeri quotidie ex ejus professoribus fiant ejus irrisores, et illam detestantes, nihil aliud profitentur se scire nisi Christum Jesum et hunc crucifixum. Et ecce quam multi qui prius fabricabant in officina Aristotelis, tandem saniori consilio discunt cudere in officina Salvatoris.» De Contempl., lib. II, cap. II.

(7) Si fuera posible, después de lo dicho, abrigar todavía alguna duda sobre la verdadera mente del monje de San Víctor, ésta desaparecería con fijar la vista en los siguientes pasajes, tomados precisamente de los capítulos que anteceden inmediatamente al citado por Weber. Helos aquí:
«Ad eorum itaque notitiam, de quibus recte dicitur nobis, si non credideritis, non intelligetis, oportet quidem per fidem intrare, nec tamen in ipso statim introitu subsistere, sed semper ad interiora et profundiora intelligentiae properare, et cura omni studio et summa diligentia insistere, ut ad eorum intelligentiam quae per fidem tenemus, quotidianis incrementis proficere valeamus.» De Trinit.,cap. III.
     «Erit itaque intentionis nostrae in hoc opere, ad ea quae credimus, in quantum Dominus dederit, non modo probabiles, verum etiam necessarias rationes adducere, et fidei nostrae documenta, veritatis enodatione et explanatione condire.» Ibid., cap. IV.
     En resumen: la escuela de San Víctor y su representante no hacen más ni menos que lo que en todo tiempo han hecho los filósofos cristianos: indagar por los caminos de la razón y de la ciencia el contenido de la verdad revelada, sin perjuicio de la fe, y presupuesta ésta como base y norma de la indagación.

Escuela platónica                                                    Escuela independiente y ecléctica. Guillermo de Conches

 

 

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