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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA                                             

ZEFERINO GONZÁLEZ (1831-1894)                                                        

Tomo I - Tomo II - Tomo III - Tomo IV                                                       

 

 

Historia de la Filosofía - Tomo I - Tercer período de la filosofía griega

§ 99 - EL ESTOICISMO ENTRE LOS ROMANOS.— SÉNECA

Séneca, Epicteto y Marco Aurelio, sin ser los únicos (1), fueron los principales representantes del estoicismo greco-romano.

Séneca (Lucio Anneo), que floreció en el primer siglo del Cristianismo, fue natural de Córdoba. Sus padres fueron Marco Anneo Séneca, que enseñó la retórica en Roma en tiempo de Augusto, y Helvia, que contaba entre sus ascendientes a la madre de Cicerón. Llevado a Roma por su padre, Séneca se dedicó en su juventud a la elocuencia, en la cual llegó a sobresalir; pero habiendo sabido que sus discursos excitaban los celos y la suspicacia de Calígula, abandonó el foro para dedicarse al estudio de la Filosofía, en la cual hizo rápidos progresos. Habiendo tomado parte después en la vida pública, fue nombrado cuestor, lo cual no impidió que fuera desterrado a Córcega, en donde permaneció siete años, por haber sido acusado, con razón o sin ella, por Mesalina, de tener relaciones ilícitas con Julia, hija de Germánico.

 

  Llamóle a Roma Agripina para encargarle la educación de su hijo Nerón, cuyos instintos de sanguinaria crueldad conoció desde luego, pero no supo o no pudo corregir. A pesar de su profesión de estoicismo, la conducta del filósofo cordobés mientras permaneció al lado de Nerón, fue más propia de un discípulo de Epicuro que de un estoico. Sin embargo, ni sus lisonjas y bajezas, ni sus grandes tesoros, ni los millares de esclavos que poseía, pudieron libertarle de los caprichos sanguinarios de su discípulo.

 Acusado, con razón o sin ella, de tener parte en la conspiración de Pisón, recibe orden de abrirse las venas, sin que se le permitiera siquiera hacer testamento, y muere a los sesenta y cinco años de edad con estoica o dramática impasibilidad, dictando un discurso en que rebosan sublimes máximas morales y cierta magnanimidad propias del orgullo estoico.

El fondo de la Filosofía de Séneca es el estoicismo, y lo es especialmente bajo el punto de vista de la moral. Como los estoicos, divide la Filosofía en Lógica o Racional, Física y Moral. La primera, más bien que lógica, es una simple dialéctica, según la concibe y la expone, y por lo que hace a la física, comprendiendo en ésta la cosmología y la teodicea, puede decirse que la concepción de Séneca es una concepción escéptico-académica, muy análoga a la de Cicerón. Para el filósofo cordobés, lo mismo que para el orador romano, la certeza y la evidencia están fuera del alcance de la razón humana en las cosas físicas y en las ciencias especulativas, debiendo limitarnos a asentir a lo probable y verosímil.

Esto no obstante, y faltando en cierto modo a su consigna, Séneca investiga, discute y resuelve varios problemas pertenecientes a la Física en sus escritos, y con especialidad en los siete libros de sus Quaestiones Naturales, en los cuales trata del cielo, de la tierra, de los elementos, de los terremotos, de los fenómenos meteorológicos, de los cometas, etc. Más todavía: el filósofo cordobés plantea también, aunque no siempre discute y resuelve los principales problemas pertenecientes a la teodicea y la cosmología, y, al hacerlo, no solamente ensalza la nobleza e importancia de las ciencias especulativas y principalmente de las que tienen por objeto a Dios, sino que parece darles la preferencia sobre la ciencia moral que se refiere al hombre, insinuando que la superioridad de la primera está en relación con la superioridad y distancia del hombre a Dios (tantum inter duas interest, quantum inter Deum et hominem), y concluyendo por afirmar que apenas merecía la pena de nacer, si el hombre no pudiera elevarse al conocimiento de Dios y de las cosas divinas (2) o superiores, al conocimiento de las causas y razones primeras de las cosas.

Por lo demás, las ideas y opiniones de Séneca en orden a estos problemas, y más especialmente con respecto a la divinidad, coinciden generalmente con las de la escuela estoica. Para el maestro de Nerón, como para el estoicismo, Dios es la mente o razón del universo, y es a la vez todo el universo mundo, considerado en todas sus partes, superiores o inferiores, visibles o invisibles: Quid est Deus? Mens Universi. Quid est Deus? Quod vides totum, et quod non vides totum.

La virtud es el único y supremo bien a que debe aspirar el sabio. Consiste ésta en vivir conforme a la naturaleza humana (secundum naturam suam vivere), y es cosa muy fácil de suyo, por más que las preocupaciones y locura general de los hombres la haga difícil: difficilem facit communis insania.

Esta virtud, que hace al hombre verdaderamente sabio; la virtud que resume y que representa todas las virtudes y que lleva consigo el bien supremo y la felicidad del hombre, es la prudencia; porque a ésta acompañan necesariamente la templanza, la fortaleza o constancia, la imperturbabilidad, la exención de la tristeza, y consiguientemente la felicidad (3), siendo para él indiferentes todas las demás cosas. Así es que el sabio, el hombre de la virtud estoica, «no temerá la muerte, ni las cadenas, ni el fuego, ni los golpes de la fortuna; pues sabe que estas cosas, aunque parecen males, no lo son en realidad.»

El hombre de la virtud, no sólo se asemeja a Dios, sino que es superior a éste en cierto modo, por cuanto que realiza con sus propios esfuerzos y hace por elección lo que Dios hace naturalmente. Est aliquid quo sapiens antecedat Deum: ille naturae beneficio, suo sapiens est.

Aquí aparece ya el orgullo refinado y egoísta del estoico, como aparecen su estúpida impasibilidad y sus aberraciones morales, cuando afirma que el alma del hombre permanece impasible e intrépida, mientras que el cuerpo mordetur, uritur, dolet, y, sobretodo, cuando enseña que el suicidio, no solamente es lícito, sino acción conforme con la ley eterna (nihil melius aeterna lex fecit, quam quod unum introitum nobis ad vitam dedit, exitus multos), dejando al arbitrio o capricho del hombre la vida y la muerte: Placet? vive: non placel? licet eo reverti unde venisti.

Máxima es esta muy propia de un estoico orgulloso, y muy propia también de un filósofo que enseña que el virtuoso, el sabio estoico, si tiene poco que temer de los hombres, nada tiene que temer de Dios: scit non multum esse ab homine timendum, a Deo nihil.

En el orden especulativo, Séneca profesa ciertas opiniones que se acercan mucho al materialismo, por más que otras veces parezca inclinarse a la opinión contraria. Quod fit, etq uod facit, corpus est, escribe, y en otros pasajes considera como cuerpos a las pasiones y los vicios (4) y hasta el alma misma: corpora ergo sunt, et quae animi sunt; nam et hic corpus est.

Al lado de esta doctrina tan desconsoladora y tan poco conforme con la verdadera moral, Séneca enseña y ensalza el culto de Dios y su providencia paternal para con los hombres, y recomienda su imitación como medio eficaz de perfeccionamiento moral. Y es justo añadir aquí que lo que constituye el verdadero mérito de Séneca como filósofo moralista, es lo que pudiéramos llamar su principio humanitario. El filósofo cordobés, sin rechazar ni condenar en absoluto la esclavitud, tiene para los esclavos palabras de benevolencia y máximas de dulzura y dignidad, que no se encuentran en los filósofos que le precedieron. Séneca enseña, y enseña con insistencia, la fraternidad o parentesco universal que liga a los hombres todos entre sí —natura nos cognatos edidit— y que radica en la misma naturaleza. De este principio, relativamente nuevo y extraño para la Filosofía pagana, deduce aplicaciones y máximas que debían ser no menos nuevas y extrañas para esa Filosofía. En la antigua política, en la antigua Filosofía, en las antiguas costumbres y en las antiguas instituciones sociales, era doctrina corriente, y práctica autorizada considerarse exento y libre de todo deber de humanidad y benevolencia, no ya sólo para con los esclavos, sino también para con los extranjeros, los cuales, por el solo hecho de serlo, eran mirados y tratados como enemigos. El filósofo cordobés abandona estas máximas tradicionales y arraigadas para predicar el amor mutuo —haec nobis amorem indidit mutuum— que la naturaleza misma inspira y prescribe a todos los hombres, y, lo que es más, la obligación o precepto de hacer eficaz y práctico este amor de nuestros semejantes, sin distinción de clases ni estados, prestándoles auxilio y ayuda en sus necesidades: Praecipiemus, dice, ut naufrago manum porrigat, erranti viam monstret, cum esuriente panem suum dividat.

Y concretando la cuestión a la esclavitud y los esclavos, Séneca, no sólo reconoce que la esclavitud no excluye la humanidad, o, digamos mejor, la igualdad de naturaleza (servi sunt? imo homines), la amistad y el compañerismo (servi sunt? imo humiles amici; servi sunt? imo conservi), sino que recomienda que los esclavos sean tratados con clemencia y cortesía, admitidos a familiar trato, y hasta como consejeros (in sermonem admitte et in consilium), y sentados a la mesa lo mismo que los hombres libres (5) siempre que sean dignos por razón de sus costumbres; porque de éstas, y no de sus ministerios, depende su dignidad: non ministeriis illos aestimabo, sed moribus.

En vista de todo esto, ocurre naturalmente preguntar: ¿de dónde procede que Séneca, sin ser un filósofo de primer orden, sin poder compararse con Pitágoras y Sócrates, con Platón y Aristóteles, enseña, sin embargo, y profesa máximas tan superiores a las de estos grandes filósofos y tan desconocidas y extrañas en épocas anteriores? La respuesta no es difícil, si se tiene en cuenta que el filósofo cordobés fue maestro y víctima del gran perseguidor de los cristianos, del que dio muerte a San Pedro y San Pablo. Rechazando como
apócrifa la correspondencia epistolar entre el filósofo de Córdoba y el Apóstol de las naciones, es preciso reconocer en todo caso que cuando el primero descendió al sepulcro, el segundo ya había recorrido o recorría a la sazón las provincias del Oriente y del Occidente, anunciando por todas partes y en la misma Roma la buena nueva la gran revelación del Verbo de Dios sobre la tierra, el Cristianismo, en fin, cuya doctrina religiosa, cuyas máximas y ejemplos, y cuyo espíritu de caridad habían penetrado paulatinamente en todas las capas sociales, y venían infiltrándose insensiblemente en el mundo de la ciencia, subyugando con la fuerza de su verdad y belleza divinas los mismos espíritus que se rebelaban contra él y le hacían cruda guerra.  Sólo de esta suerte es posible concebir y explicar los vislumbres y como fulgores de moral cristiana que, confundidos y amalgamados con las frías y orgullosas máximas del estoicismo, aparecen con frecuencia en las obras de Séneca. Las últimas palabras arriba citadas pueden considerarse como un eco lejano y como una repercusión inconsciente de las bienaventuranzas predicadas por el Hombre-Dios en el Sermón de la montaña. Añádase a esto que los acontecimientos históricos debieron poner a Séneca en contacto inmediato o mediato con San Pablo. Durante su permanencia en Acaya, el Apóstol fue citado y compareció ante el tribunal de Gallón, el cual era hermano de Séneca. Más adelante compareció en Roma ante el prefecto del pretorio, Burrho, amigo de nuestro filósofo, sin contar que graves autores afirman que San Pablo compareció  también dos veces ante el mismo Nerón. Estos hechos demuestran que el filósofo cordobés debió tener, si no comunicación directa y personal con el Apóstol de las naciones, al menos conocimiento más o menos exacto de su predicación y doctrina.

La elevación que distingue y caracteriza a la moral de Séneca, como resultado e indicio de la influencia latente del Cristianismo, parece observarse también en algunos otros puntos de su doctrina, entre los cuales merecen llamar la atención sus ideas acerca del futuro progreso de la humanidad. Séneca es acaso el único filósofo de la antigüedad que entrevió con cierta claridad relativa la existencia de la ley del progreso humano en el terreno social, en el político, y sobre todo en el de las ciencias y artes. La verdad, dice, está patente a la investigación de todos; pero ninguno la posee toda, antes bien queda mucho que descubrir de la misma a los venideros (patet omnibus veritas, nondum est occupata, multum ex illa etiam futuris relictum est), o sea nuestros hijos y sucesores. Porque llegará tiempo, añade, en que a beneficio de repetidas y diligentes observaciones, se harán patentes ciertas verdades que hoy ignoramos: no basta una sola época para descubrir todas las verdades: Veniet tempus, quo ista, quae nunc latent, in lucem dies extrahat, et longioris aevi diligentia: ad inquisitionem tantorum una aetas non sufficit.

 

En obsequio de la justicia y de la imparcialidad, es justo recordar que el filósofo español non semper sibi constat, siendo muy difícil conciliar entre sí algunas de sus ideas, y no siendo raro tropezar en sus escritos con afirmaciones contradictorias. Varios historiadores y críticos, y entre ellos algunos compatriotas de Séneca (6), se ocuparon en este punto, llamando la atención sobre la falta de fijeza de ideas que se echa de ver en el maestro de Nerón.

§ 100 - EPICTETO Y MARCO AURELIO

Apenas había bajado al sepulcro Séneca, cuando comenzó a llamar la atención Epicteto, nacido en Hierápolis, ciudad de la Caria o de Frigia, y a quien vicisitudes ignoradas de la guerra o de familia, llevaron a la esclavitud. Su paciencia e imperturbabilidad de ánimo fue verdaderamente estoica, a juzgar por las anécdotas que corren acerca de este filósofo (7), que fue esclavo de un liberto de Nerón.

La Filosofía de Epicteto es la Filosofía del Pórtico, llevada al último grado de rigorismo en su parte ética. Nótase en ella, como en la de Séneca, la influencia vivificante de la idea cristiana, especialmente en sus máximas referentes a la benevolencia universal, a la obediencia y culto de Dios, y a la conformidad con la voluntad divina en las adversidades y males de la vida presente. Nótase también esta influencia cristiana en los consejos sobre el modo de refrenar las pasiones y apetitos de la carne, y hasta en el desprendimiento de padres, parientes y patria, bien que desfigurando en esto último, o, por mejor dicho, desconociendo el sentido cristiano, puesto que Epicteto subordina este desprendimiento a la tranquilidad del ánimo, y en tanto lo recomienda, en cuanto que lleva consigo la paz o exención de cuidados, y, por consiguiente, con un fin esencialmente terreno y egoísta, cosas que están muy lejos de los fines superiores y de las condiciones propias del desprendimiento cristiano.

Pascal observa, con razón, que Epicteto es uno de los filósofos paganos que conocieron mejor los deberes del hombre, pero que al propio tiempo desconoció la flaqueza de la naturaleza humana, lo cual le arrastró a errores de consideración.

Sin contar algunos otros errores generales o comunes del estoicismo, Epicteto considera el alma humana como una parte de la substancia divina; afirma que el dolor y la muerte no son males, y hace al hombre dueño y arbitro de quitarse la vida, añadiendo máximas que dejan de ser morales a causa de las exageraciones del orgullo estoico (8), el cual pervierte y destruye la naturaleza del hombre so pretexto de seguirla. Que desfigurar el orden moral y negar la naturaleza humana, es aconsejar que en la muerte del hijo o de la esposa, el hombre se mantenga en insensibilidad perfecta, como cuando se rompe una olla: Si ollam diligis, te ollam diligere (memento considerare); nam ea confracta, non perturbaberis. Si filiolum aut uxorem, hominem a te diligi; nam eo mortuo, non perturbaberis.

En medio de estas y otras máximas análogas, más o menos inexactas, pero muy propias de la soberbia estoica, como cuando afirma que el hombre puede adquirir por sí mismo todo el mal y todo el bien sin esperar (omnem utilitatem et damnum a semetipso expectare), sin recibir nada de nadie, Epicteto nos ofrece máximas e ideas que parecen más propias de un filósofo cristiano que de un filósofo gentil, según es fácil observar en las que se refieren a la existencia de Dios, su providencia, culto y obediencia (9), según se ha indicado arriba.

La doctrina contenida en las Máximas de Marco Aurelio coincide con la que acabamos de ver en el Manual o Enchiridion del estoico de Hierápolis. Lo que en Marco Aurelio llama la atención, es la fidelidad, el rigor y la constancia con que practicó las máximas más rígidas de la moral estoica en medio de la corrupción que le rodeaba, teniendo a la vista los ejemplos de aquellos emperadores romanos, monstruos de maldad y de todo género de vicios, rodeado de desórdenes, guerras y conspiraciones. Nació este gran estoico el año 121 de la era cristiana: fue adoptado por Antonino, a quien sucedió en el gobierno del Imperio, haciéndose notar por su prudencia, su valor y su firmeza, y murió en Sirmio, año 180 después de Jesucristo. Puede decirse que con Marco Aurelio descendió al sepulcro la escuela estoica, que no tardó en desaparecer como las demás escuelas filosóficas, envueltas en las ruinas que sobre ellas amontonaron las tribus y naciones enviadas por la Providencia para castigar los crímenes del pueblo rey, y para abrir los cimientos y desembarazar el terreno sobre el cual debía levantarse, andando el tiempo, el grande edificio de la civilización cristiana.

__________

(1) Pertenecieron a esta escuela Musonio Rufo de Volsena, Anneo Cornuto de Leptis, en África, Eufrates de Alejandría, Arriano o Flavio Arriano de Nicomedia, con algunos otros.

(2) Equidem, tunc naturae rerum gratias ago, cum illam non ab hac parte video quae publica est, sed cum secretiora ejus intravi; cum disco quae Universi materia sit, quis auctor, aut custos, quid sit Deus, totus in se intendat, an ad nos aliquando respiciat; faciat quotidie aliquid, an semel fecerit; pars mundi sit, an mundus.... Nisi ad haec admitterer, non fuerat opere praetium nasci.... Detrahe hoc inaestimabile bonum, non est vita tanti ut sudem, ut aestrum.» Natural. Quaest., lib. I.

(3) «Qui prudens est, et temperans est; qui temperans est, et constans; qui constans est, et imperturbatus est; qui imperturbatus est, et sine tristitia est; qui sine tristitia est, beatus est: ergo prudens beatus est, et prudentia ad beatam vitam satis est.» Epist. 85.

(4) «Non puto te dubitaturum an affectus corpora sint, tamquam ira, amor, tristitia. Si dubitas, vide an vultum nobis immutent. Quid ergo? tam manifestas corporis notas credis imprimi, nisi a corpore? Si affectus corpora sunt, et morbi animorum.... ergo et malitia et species ejus omnes, malignitas, invidia, superbia.... Tangere enim et tangi, nisi corpus, nulla res potest, ut ait Lucretius. Omnia autem ista, quae dixi, non mutarent corpus, nisi angerent: ergo corpora sunt.» Opera, epist. 106.

(5) «Vive cum servo clementer, comiter quoque, et in sermonem admitte, et in consilium, et in convictum.... Quid ergo? omnes servos admovebo mensae meae? non magis quam omnes liberos. Erras, si existimas me quosdam quasi sordidioris operae rejecturum, ut puta illum mulionem, et illum bubulcum, non ministeriis illos aestimabo, sed moribus.... Quidam caenent tecum quia digni sunt; quidam, ut sint.» Op., epist. 47.

(6) Merece citarse, entre los últimos, Alonso Núñez de Castro, quien, a mediados del siglo XVII, puso de relieve las contradicciones de nuestro filósofo en un libro publicado ad hoc con el siguiente título: Séneca impugnado de Séneca en cuestiones políticas y morales.

(7) En cierta ocasión, en que su amo le golpeaba con mucha violencia, Epicteto le advirtió que si seguía dándole golpes tan fuertes, acabaría por romperle algún miembro. Prosiguió el amo golpeándole con la misma furia, resultando de los golpes la fractura de una pierna del esclavo-filósofo, el cual se contentó con decir a su amo con fría calma: «Ya os había dicho yo que si seguíais así, me la romperíais.»

(8) Algunas de las máximas e ideas de Epicteto, no sólo traspasan los límites de la verdadera moralidad, sino que se convierten o degeneran en indecentes y ridículas, como cuando escribe: «Hebetis ingenii signum est, in rebus corporis immorari, velut exerceri diu, edere diu, potare diu, cacare diu.... nam haec quidem facienda sunt obiter.» Enchiridion, cap. LXIII.

(9) «Religionis erga Dros immortales praecipuum illud esse scito, rectas de eis habere opiniones; ut sentías, et esse eos, et bene justeque administrare universa, parendum esse eis, et omnibus iis, quae fiant, acquiescendum, et sequenda ultro, ut quae a Mente praestantissima regantur.» Enchir., cap. XXXVIII.

La filosofía en Roma: peripatéticos, epicúreos y académicos          La filosofía en el siglo I de la era cristiana

 

 

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