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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA                                             

ZEFERINO GONZÁLEZ (1831-1894)                                                        

Tomo I - Tomo II - Tomo III - Tomo IV                                                       

 

 

Historia de la Filosofía - Tomo IV - La filosofía novísima (siglo XIX)

§ 90 - LA FILOSOFÍA EN ESPAÑA DURANTE EL SIGLO ACTUAL. MOVIMIENTO FILOSÓFICO HASTA EL AÑO 34

Para comprender y apreciar el movimiento y condiciones de la Filosofía cristiana en nuestra patria, conviene no olvidar que en la misma se ha verificado y verifica un movimiento filosófico-racionalista al lado del movimiento cristiano. Durante el primer tercio de nuestro siglo, no hubo en España movimiento filosófico-racionalista, en el sentido riguroso de la palabra, puesto que los tratados filosóficos de aquel tiempo conservan lo esencial del principio católico, aunque abundaban en ideas que gravitan hacia el racionalismo, ideas cuyos preludios y antecedentes, al menos en su fase sensualista, encontramos ya en el siglo anterior bajo la pluma de Pereira, cuyo método y doctrina, en su Theodicea o Religión natural, coinciden con el método y doctrina de los sensualistas, si bien procura explicar y rechazar lo que este sistema tiene de incompatible con el catolicismo.

Sabido es, en efecto, que la Filosofía sensualista de Condillac y las teorías político-sociales de los enciclopedistas franceses tuvieron eco en España durante los primeros años de nuestro siglo y en los últimos del anterior, como lo habían tenido en Italia, pero en menor escala que en ésta, en atención a que el contacto entre España y Francia fue menos permanente y menos amigable que el que medió entre la última y la península itálica. Gallardo, Muñoz Torrero, Puigblanch, Arguelles, Villanueva, con algunos otros de los legisladores de Cádiz, representan la influencia de las teorías político-sociales aludidas, al paso que la influencia del sensualismo filosófico se dejaba sentir en La Florida del P. Muñoz, en algunos escritos del presbítero Reinoso y en las obras de Jovellanos. La obra citada del P. Muñoz, se supone con fundamento que fue escrita por los años de 1811 o 12, aunque no vio la luz pública hasta 1836.

 

  Por lo demás, la obra del agustino cordobés es notable y curiosa por su contenido esencialmente sensualista, con sensualismo muy semejante al de Condillac, cuyas, ideas y tendencias dominan en La Florida, libro que contiene un tratado de lógica, psicología, moral y metafísica, si metafísica cabe en la doctrina de Condillac. Según el autor de La Florida, quedan grabados en el cerebro vestigios de lo que percibimos por los sentidos y por la razón, de manera que «el cerebro es el depósito de las sensaciones e ideas y de los enlaces (relaciones) de las ideas que forman el total de los conocimientos».

En Jovellanos (1744-1812) se observa también la influencia de las teorías sensualistas en el terreno filosófico, pero su sensualismo tiene más afinidad con el moderado de Locke que con el exagerado y absoluto de Condillac. Como el filósofo inglés, Jovellanos supone que no podemos conocer la esencia o substancia de las cosas, y, como él, enseña también que «todas nuestras ideas proceden de la sensación o de la reflexión; de la sensación, cuando la percibimos por medio de los sentidos, y de la reflexión, cuando el alma se para a considerar sus propias operaciones». Esto no obstante, y a pesar de su tendencia lockiano-sensualista, Jovellanos se aparta y rechaza las teorías del sensualismo en sus aplicaciones a la moral y al derecho, según se observa especialmente en su Tratado teórico-práctico de enseñanza.

El catolicismo subjetivo y personal de Jovellanos, acerca del cual no cabe abrigar dudas, le obligó a refugiarse en el tradicionalismo filosófico, para evitar las consecuencias heterodoxas a que de suyo arrastra la tesis sensualista. Así le vemos afirmar que, sin la revelación divina, el hombre poco o nada hubiera podido conocer con certeza, aun de aquellas santas verdades que tanto ennoblecen su ser, o sea de las verdades fundamentales en el orden metafísico y moral. En armonía con esto, Jovellanos nos presenta la instrucción, no ya sólo como auxiliar, sino como elemento o causa indispensable del pensamiento, y apellida a las palabras signos necesarios de nuestras ideas; de manera que aquellas son absolutamente necesarias, no solamente para hablar, sino también para pensar.

Según dejamos apuntado, este movimiento, sensualista y tradicionalista a la vez, que domina en las esferas filosóficas fuera de la escolástica, durante el primer tercio de nuestro siglo, fue debido en gran parte a los esfuerzos y lucubraciones del jesuita portugués P. Monteiro, y de los españoles Eximeno y Andrés, pertenecientes a la misma Orden, que fueron otros tantos fervientes propagandistas y defensores de las teorías de Locke y Condillac en los últimos años del pasado siglo, como lo fueron también poco antes el ya citado Pereira y el sevillano Pérez y López, autor de la obra rotulada Principios del orden esencial de la naturaleza, establecidos por fundamento de la moral y política, y por prueba de la religión.

No hay para qué recordar que los tres Jesuitas citados, pero especialmente Eximeno y Andrés, se pasaron con armas y bagajes al campo sensualista, sin contentarse siquiera con el sensismo relativamente moderado de Locke, sino prefiriendo el más acentuado de Condillac. Si el primero en sus Instituciones Philosophicae et mathematicae, al mismo tiempo que nos presenta el Ensayo de Locke y el Tratado de las sensaciones de Condillac, como depósito y fuente general de toda la ciencia, repítelas declamaciones de Genovesi y Verney contra la Filosofía aristotélica, el segundo ensalza y acepta la teoría de Condillac, cuando reduce todas las facultades y operaciones del alma a una sensación transformada.

La influencia ejercida por estos y otros secuaces, ora del sensualismo puro, ora del sensualismo ecléctico, no se limitó a la Península, sino que se extendió a nuestras provincias de Ultramar, y con especialidad a las Antillas. En Cuba fue principal representante y partidario de las teorías sensualistas y eclécticas el presbítero D. Félix Varela, el cual, por los años de 1812, dio a la estampa sus Institutiones Philosophiae ecclecticae, en las que domina el elemento sensualista combinado con el procedimiento ecléctico.

El movimiento genuinamente cristiano de la Filosofía durante este corto período, apenas tiene más representantes directos que Amat, autor de un curso de Filosofía inspirado en la escolástica, y el dominico mallorquín P. Rafael Puigcerver, que, además de algunos opúsculos de controversia contemporánea, escribió una Philosophia Sancto Thomae Aquinatis, auribus hujus temporis accommodata, que sirvió de texto en no pocos conventos y otros centros de enseñanza hasta la exclaustración.

En cambio, en el terreno político-social, y desde un punto de vista indirecto, las teorías heterodoxas y las tendencias racionalistas de aquel tiempo fueron refutadas de una manera contundente y sólida por los PP. Vidal y Alvarado, dominicos ambos, el primero de Valencia, y el segundo de Sevilla. Origen de los errores revolucionarios de Europa y su remedio, tiene por rótulo la obra del P. Vidal, el cual expone en ella la doctrina de Santo Tomás acerca de la ley, de la sociedad, del poder público y de la soberanía, rebatiendo de paso los errores y extravíos que a la sazón pululaban en orden a estas materias.

Más comprensiva y universal, aunque no más sesuda y sólida que la de Vidal, fue la polémica sostenida por el P. Alvarado, conocido generalmente bajo el pseudónimo de El Filósofo Rancio, no ya sólo contra los errores político-sociales de la época, si que también contra las ideas eclécticas y sensualistas arriba mencionadas. En sus Cartas Aristotélicas y en las Cartas Críticas, vese a la Filosofía de Santo Tomás rebatiendo las teorías filosóficas, políticas y sociales más o menos heterodoxas que hacían esfuerzos para tomar arraigo en España. Aludiendo a dichas cartas, con razón escribe Menéndez y Pelayo: «Apenas hay máxima revolucionaria, ni ampuloso discurso de las Constituyentes, ni folleto o papel volante de entonces, que no tenga en ellas impugnación o correctivo. Desde la Inquisición sin máscara, hasta el Diccionario critico-burlesco; desde El Jansenismo y Las Angélicas Fuentes, hasta el Juicio de El Solitario de Alicante, todo lo recorrió y lo trituró todo, dejando donde quiera inequívocas pruebas de la pujanza de su brazo.... No hay en la España de entonces quien le iguale, ni aún de lejos se le acerque, en condiciones para la racional especulación (1).»

Por ser casi extrañas a la Filosofía propiamente dicha, no mencionamos aquí la Apología del Altar y del Trono, escrita por el P. Vélez, ni las Institutiones juris naturae et gentium, obra del dominico gallego P. Texeiro. Relación más directa con la Filosofía tienen las dos obras de Cortiñas, rotulada la primera Demostración física de la espiritualidad e inmortalidad del alma, y la segunda, El triunfo de la verdad y refutación del materialismo.

§ 91 - LA FILOSOFÍA RACIONALISTA DESPUÉS DEL 34

Los escritores sensualistas y ecléctico-tradicionalistas mencionados en el párrafo anterior, sin ser subjetivamente racionalistas, sino más bien católicos, pueden considerarse como los iniciadores, o, digamos mejor, precursores del racionalismo en España, a causa de la afinidad y gravitación espontánea de sus ideas hacia las ideas racionalistas, ideas cuya manifestación decisiva y cuya pública propaganda datan desde la terminación de la guerra dinástica, y principalmente desde la revolución del 54. De entonces más, el racionalismo filosófico se desenvuelve y crece, presentando direcciones y tendencias determinadas, cada una de las cuales cuenta con representantes más o menos numerosos y genuinos. El radicalismo político que, según hemos indicado antes, entraña relaciones secretas, pero íntimas y reales, con determinadas escuelas filosóficas, ha contribuido también eficazmente al desarrollo y propaganda del racionalismo en estos últimos años.

Las principales direcciones racionalistas durante este período, son: la hegeliana, la krausista y la materialista. Aunque de una manera incompleta y vergonzante, siguió la primera Castelar en los primeros años de su vida literaria, a los que pertenecen sus lecciones del Ateneo acerca de La Civilización en los cinco primeros siglos del Cristianismo. En sus escritos y discursos posteriores hay también ideas, reminiscencias y frases de sabor hegeliano, pero amalgamadas con otras pertenecientes a otras escuelas. Las teorías de Hegel, lo mismo que las de los demás filósofos, son para Castelar materia prima y lugares tópicos, de que echa mano según las ocasiones y según las exigencias estéticas de la palabra. De aquí es que, como nota oportunamente Menéndez y Pelayo, unas veces parece católico y otras protestante; cuándo unitario y cuándo trinitario; ya naturalista, ya sobrenaturalista; tan pronto creyente en la creación como en la eternidad de la materia; unas veces arriano y otras partidario de la divinidad de Cristo; todo, según que el rodar de la frase, único amor filosófico y literario de Castelar, va trayendo unas u otras ideas.

Representante más genuino y también más avanzado del hegelianismo es Pi y Margall. En su Reacción y Revolución, lo mismo que en sus Estudios sobre la Edad Media, palpitan las teorías de Hegel, combinadas con las político-sociales de Proudhon, desenvueltas unas y otras en sentido avanzado, o sea de la llamada izquierda hegeliana, excepción hecha, sin embargo, de la teoría cesarista de Hegel referente al Estado, teoría que Pi no puede admitir en su calidad de republicano federal.

En los escritos de Canalejas (D. Francisco de Paula) se descubren también reminiscencias, aficiones e ideas hegelianas, pero amalgamadas, y aun pudiéramos decir, dominadas y transformadas por las teorías de Krause, cuya concepción considera más científica y más comprensiva que la de Hegel. Fabié, que tradujo la Lógica de Hegel, hace también profesión de hegeliano, pero rechazando los puntos del sistema de Hegel que son incompatibles con el catolicismo. Así es que su nombre aquí sólo significa al discípulo parcial de Hegel, no al partidario del hegelianismo racionalista.

Al hablar de la Filosofía de Krause, indicamos ya que en Bélgica y España había encontrado mucho eco. Y, en efecto, desde que Sanz del Río la introdujo y aclimató en la última, viene ejerciendo activa propaganda, favorecida y fomentada en los últimos años por el movimiento revolucionario y por la política. A la propaganda oral ejercida en la cátedra, y más todavía en su casa, donde reunía a sus discípulos predilectos Sanz del Río juntó luego la propaganda escrita, por medio de sus Lecciones sobre el sistema de Filosofía analítica de Krause, que representan el punto de partida del movimiento externo y público del krausismo en España . El Ideal de la humanidad para la vida, obra de Krause, traducida y comentada, junto con los Programas de Psicología, Lógica y Ética y algunos otros opúsculos, cartas y discursos, representan las publicaciones del jefe del krausismo español. Krause cuenta hoy en España con partidarios numerosos y más o menos puros y fieles de su doctrina, entre los cuales figuraron o figuran Fernando de Castro, autor de un Curso de Historia Universal, inspirado en fuentes e ideas krausistas; Tapia, clérigo apóstata, a quien se confió la cátedra de Sistema de la Filosofía, fundada por el patriarca del krausismo; Giner de los Ríos, Salmerón (Nicolás), González Serrano, Hermenegildo Giner, Eguílaz, el cual, en sus lecciones o tratado sobre el derecho, y más todavía en su Teoría de la inmortalidad del alma, une, con el fondo de la concepción krausista, ciertas ideas y direcciones espiritistas.

Hasta la hora presente (1877), los discípulos de Krause y Sanz del Río en España no han publicado trabajos de especial importancia, o que puedan llamar la atención por su contenido y por su extensión. Generalmente se reducen a traducciones de algunas obras de Krause y de su discípulo Röder, a escritos de propaganda y tratados elementales. Entre estos últimos, merecen citarse los Elementos de Lógica de González Serrano y los Elementos de Ética, escritos por el mismo en colaboración con Revilla. Giner de los Ríos, ya sólo, ya en colaboración con algunos de sus correligionarios, ha publicado un Compendio de la Estética de Krause, traducido del alemán; Lecciones sumarias de Psicología,—Principios de derecho natural,—Programa de doctrina general de la ciencia,Bases para la teoría de la propiedad, sin contar algunos otros escritos menos importantes o menos relacionados con la Filosofía. Los Elementos de Filosofía moral, escritos por Hermenegildo Giner, pertenecen también a la clase de tratados elementales de la escuela krausista.

Haciendo caso omiso de los partidarios que tuvo la Frenología durante cierto período, sobresaliendo entre ellos Cubí por sus trabajos de propaganda, el doctor Mata puede considerarse como el principal representante del positivismo materialista. En su Filosofía española, lo mismo que en el tratado De la libertad moral o libre albedrío, el profesor de San Carlos defiende no pocas de las teorías propias del sistema materialista, si bien en el terreno psicológico no desciende, al menos explícitamente, a las afirmaciones escuetas y paladinas de los Büchner y Moleschott de nuestros días.

El cubano Poey, autor de una Biblioteca positivista destinada a vulgarizar la doctrina de Comte, y los catalanes Estasen y Pompeyo Gener, autor este último de un voluminoso libro rotulado La muerte y el diablo, Historia y Filosofía de dos negaciones supremas, son hoy los sostenedores más visibles del materialismo positivista. A éstos pueden añadirse los nombres de Simarro, Perojo, Cortezo, Melitón Martín y Tubino, aunque el de este último es un positivismo evolucionista, el cual, en unión con el darwinismo, es el que gana más terreno, no sólo en las universidades y ateneos, sino en las demás esferas sociales.

Al lado de las direcciones o escuelas mencionadas, no faltan escritores y escritos que responden a otras fases del racionalismo. Así, por ejemplo, la fase o dirección espiritualista se halla representada por la Exposición histórico-crítica de los sistemas filosóficos modernos y verdaderos principios de la ciencia, de Azcárate, al paso que la dirección kantiana se halla representada por la Teoría trascendental de las cantidades imaginarias del cordobés Rey y Heredia, y acaso más todavía, o en sentido más alto y genuino, por D. Matías Nieto Serrano, en su obra La ciencia viviente, en la cual se descubren a la vez ideas y tendencias hegelianas y krausistas. Estas últimas aparecen más acentuadas en su libro rotulado La Naturaleza, el Espíritu y el Hombre, programas de enciclopedia filosófica, que vio la luz pública en 1877. Milita hoy también en las filas racionalistas Vidart, el mismo que en años anteriores militó en el campo católico, y que debe a la inspiración cristiana la más importante de sus producciones, o sea La Filosofía española.

En la primera edición de esta obra hicimos figurar a Valera entre los partidarios o fautores al menos del racionalismo. «Cierto es, decíamos, que este elegante escritor parece abandonar y rechazar en ocasiones la tesis racionalista; diríase que su pensamiento no se mueve con seguridad en la esfera del racionalismo, dentro de la cual parece experimentar inquietud y desasosiego, pero sin atreverse ni decidirse a entrar en la esfera católica, porque a ello se opone el criticismo escéptico que se vislumbra a través de sus páginas y que esteriliza su innegable talento.»

Hoy tenemos motivos personales y reales para excluir del gremio racionalista al autor del prólogo a los Ensayos críticos de La verde, y al regocijado impugnador de los Estudios sobre la Edad Media de Pi y Margall. Debemos consignar, sin embargo, que en sus adiciones o continuación de la Historia de España, encontramos juicios sobre cosas, personas y hechos, que están más en armonía con el criterio o preocupaciones de un progresista del año 23 o 40, que con la serena imparcialidad del hombre de ciencia, de que el mismo Valera ha dado gallarda muestra en otras ocasiones.

§ 92 - MOVIMIENTO FILOSÓFICO-CRISTIANO.— BALMES

El racionalismo incubado y preparado en los primeros años de nuestra centuria por las doctrinas político-sociales de los legisladores de Cádiz, a la vez que por las teorías sensualistas y eclécticas, revistió más tarde la forma krausista, y en 1850 tuvo lugar su presentación pública, solemne, oficial, según queda apuntado, por medio de las Lecciones sobre el sistema de Filosofía analítica de Krause, dadas a la estampa por Sanz del Río. Cuatro años antes había visto la luz pública la Filosofía fundamental de Balmes, eflorescencia espontánea y expresión genuina del movimiento filosófico-cristiano que se había conservado en las escuelas eclesiásticas, y cuyo desarrollo había sido incubado y preparado por la Summa philosophica ya citada de Roselli, en la que se inspiraron las escuelas españolas a contar desde los últimos años del pasado siglo, por los escritos del portugués P. Almeida, por las excelentes obras del P. Zeballos, y más tarde por las Cartas Críticas y las Cartas Aristotélicas del P. Alvarado, o sea el Filósofo Rancio.

Balmes no es un filósofo original con la originalidad usada en nuestros días, con esa originalidad que, atenta únicamente a inventar algún sistema nuevo, prescinde de la verdad y realidad, y que, dando rienda suelta a la imaginación, se complace en ofrecer a la vista del espectador una construcción más o menos bella, más o menos sistemática, pero puramente subjetiva, fantástica, pendiente en el aire, sin base sólida en la realidad objetiva. Balmes posee, en cambio, la originalidad propia de la ciencia; la originalidad que la ilustra, desenvuelve y completa; la originalidad que derrama vivos fulgores sobre la verdad, que la defiende contra los ataques de sus enemigos, que conserva, afirma y aumenta el patrimonio intelectual del género humano; porque en el terreno propiamente filosófico, en las ciencias metafísicas, no cabe más originalidad que ésta, sobre todo después que la idea cristiana afirmó su base y coronó su cima.

En este concepto, Balmes es el tipo del filósofo cristiano. La base esencial de su Filosofía es la Filosofía cristiana, o, digamos mejor, la Filosofía de Santo Tomás, como solución la más sintética y comprensiva de los problemas fundamentales de la Filosofía. Pero sobre esta base, una, segura, anchurosa y firme, es posible levantar edificios que presenten notable variedad en su conjunto, en su organismo sistemático y en la belleza y relaciones de sus partes. En el levantado por el autor de la Filosofía fundamental, al lado del elemento tomista que constituye su base y su fondo esencial, dominan el psicologismo cartesiano, el armonismo dinámico de Leibnitz y empirismo ideológico de la escuela escocesa.

Sabido es que Balmes se separa de la doctrina de Santo Tomás en las cuestiones que se refieren a la existencia del entendimiento agente y de las ideas o especies inteligibles, a la naturaleza del alma de los brutos, a la distinción real entre la esencia y la existencia en las cosas finitas, sin contar algunos otros puntos de menor importancia. Por lo demás, su discusión y examen de los diferentes criterios de verdad, su explicación fundamental del orden moral y la refutación sólida y concienzuda del panteísmo germánico en algunas de sus fases principales, avaloran sus escritos y revelan la profundidad de su talento y de su ciencia, sin contar la precisión de ideas y la claridad de lenguaje, que constituyen uno de los caracteres más notables de su Filosofía fundamental, y que se descubren igualmente en sus Cartas a un escéptico, en El Criterio, en la Filosofía elemental y en El Protestantismo comparado con el Catolicismo, obras todas que no desdicen, en su género, de la citada Filosofía fundamental, y que bastarían para justificar la fama y el renombre que colocan justamente al filósofo de Vich a la cabeza de los filósofos españoles del siglo presente.

Para ser justos, debemos advertir que, en nuestra opinión, la doctrina filosófica de Balmes entraña un grave defecto, y es su tendencia al escepticismo objetivo y al fideísmo de Jacobi. Para quienquiera que reflexione sobre el papel que, según el filósofo de Vich, desempeña el sentido común y sobre la influencia que ejerce el instinto intelectual, no ya sólo con respecto a los criterios de evidencia mediata, de los sentidos externos, de la autoridad, sino hasta en el de evidencia inmediata, no cabe poner en duda que la teoría criterológica de Balmes conduce a la siguiente tesis: sólo poseemos certeza racional y segura en orden a los fenómenos subjetivos; la que poseemos en orden a la realidad objetiva de las cosas distintas del yo, es una certeza que se apoya en una necesidad íntima, en una inclinación instintiva de la naturaleza. Y no hay para qué llamar la atención sobre la afinidad y estrechas relaciones que existen entre esta tesis y el escepticismo objetivo, y más aún con el fideísmo de Jacobi y con el sentimentalismo de la escuela escocesa. Por algo hemos dicho que el empirismo de esta escuela y el psicologismo cartesiano entran por mucho en la concepción del autor de la Filosofía fundamental.

§ 93 - DONOSO CORTÉS

 

    Este ilustre publicista español no es un filósofo en el sentido propio de la palabra; es más bien un escritor, que, en la originalidad nativa y en la fuerza inmensa de su talento, comunica sabor filosófico a los problemas religiosos, político-sociales y teológicos que renueva y discute. Su obra capital en este concepto es el Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo, cuya dirección o tendencia, marcadamente tradicionalista con ribetes de escéptica, contrasta con la dirección independiente, pero moderada y sensata, de la Filosofía fundamental de Balmes, publicada cinco años antes que el Ensayo citado.

Donoso Cortés es el De Maistre español, que quiere volver la Europa y el mundo a Dios, del cual vienen separándose más y más, y cayendo por ende de abismo en abismo; quiere que la Iglesia católica vuelva a ocupar el trono de la Europa y constituir el eje central del mundo; quiere que el principio sobrenatural y divino penetre y reincarne en todas las partes de la sociedad, informe y vivifique al hombre individual y social en todas sus esferas. Pero el marqués de Valdegamas, que es superior al conde De Maistre por las magnificencias de su estilo, por la elevación de ciertas ideas, por la profundidad del pensamiento y por las súbitas y luminosas fulguraciones del genio, exagera y desfigura la importancia del criterio teológico, hasta caer en el tradicionalismo y abrir la puerta al escepticismo.

Para Donoso Cortés, la Teología no es sólo la primera y la más noble de las ciencias, sino la ciencia universal, la ciencia «que contiene y abarca todas las ciencias.» Para el ilustre publicista, el entendimiento humano es falible en tal grado, que no puede nunca estar cierto de la verdad, y, lo que es más aún, la «incertidumbre está de una manera esencial en todos los hombres, ahora se les considere juntos, ahora se les considere aislados.»

Por lo que hace al origen del lenguaje, el marqués de Valdegamas va más lejos todavía que el vizconde de Bonald. Si éste buscaba el origen del lenguaje en una revelación positiva, y, por consiguiente, accidental, externa y posterior en orden de naturaleza respecto del hombre, Valdegamas busca en la creación misma del hombre el origen de este lenguaje, al cual considera como uno de sus atributos esenciales. «El lenguaje y la sociedad, escribe, no son asunto de invención ni de revelación, sino de creación: siendo atributos esenciales de la naturaleza del hombre, fueron creados cuando su naturaleza fue creada.»

Esto no obstante, la noción de Valdegamas acerca de la naturaleza del hombre es más exacta y ajustada a la Filosofía cristiana que la noción de Bonald, cuya definición del hombre rechaza justamente como equívoca (2) y poco exacta.

Para juzgar con acierto al marqués de Valdegamas, no basta atenerse a las reglas generales de crítica, según las cuales el sentido real de una frase debe determinarse en relación con los antecedentes y consiguientes; es preciso, además, no perder de vista que Donoso pertenece a la raza de escritores cuya palabra suele algunas veces ir más lejos que su pensamiento, porque a ello son arrastrados por su marcada, y digamos, espontánea, predilección por las fórmulas y tesis absolutas. Después de todo, ¿quién sabe si a la vuelta de una centuria, o tal vez de algunos años, los hombres de buena voluntad sentirán que los pueblos y gobiernos de la Europa no hayan ajustado su marcha a los consejos, previsiones e ideas del autor del Ensayo sobre el Catolicismo, el liberalismo y el socialismo? ¿Quién sabe si lo que hoy miramos como exageraciones, como tesis paradójicas y sobrado absolutas de Donoso Cortés, llegará un día en que sea mirado como previsiones ajustadas al movimiento de la historia, como la expresión genuina de las verdaderas necesidades político-sociales y religiosas de nuestra época? En todo caso, el nombre de Donoso Cortés aparecerá siempre como tipo de hidalguía castellana, de buena fe, de ciencia profunda y de piedad cristiana.

§ 94 - CONTINUACIÓN DEL MOVIMIENTO FILOSÓFICO CRISTIANO EN ESPAÑA

Los dos eminentes publicistas de que acabamos de hablar no fueron ni son los únicos representantes de la Filosofía cristiana en nuestra patria y en nuestro siglo. Que ésta ha tenido y tiene hoy representantes serios y más o menos legítimos de sus principios. Los nombres de Orti y Lara y de Campoamor merecen figurar entre aquéllos, y hasta pudiera añadirse que sus nombres y sus doctrinas responden en cierto modo a la doble dirección que entrañan el nombre de Balmes y de Valdegamas. Orti y Lara se acerca más a Balmes que a Donoso, ya porque es un publicista-filósofo, ya principalmente porque desenvuelve y completa la Filosofía de Santo Tomás, que en Balmes constituye la base y el elemento más importante, pero con desviaciones y restricciones que desaparecen en Orti y Lara. En Campoamor es fácil observar que, sin tener nada de tradicionalista, y sin ser tampoco partidario de la tesis teológica y ultramontana, hay algo de la raza de Valdegamas, no ya sólo por la forma de su estilo, en que se revela el poeta, si que también por la originalidad relativa de algunas ideas, y, sobre todo, por cierta tendencia a las tesis y fórmulas absolutas. Su libro de Lo Absoluto es una prueba de lo que acabamos de indicar. Sólido en el fondo, original en la forma, cristiano en sus aspiraciones y conclusiones finales, encuéntranse esparcidas en sus páginas ciertas ideas de dudosa exactitud, ciertas afirmaciones demasiado absolutas, ciertas frases que, tomadas aisladamente, se prestan a sentido no muy ortodoxo y católico. Así, por ejemplo, Berkeley no rechazaría la siguiente frase de Campoamor: el universo material sólo es la misma idea hecha sensible; esto sin contar el sentido hegeliano que alguien pudiera ver en la misma.

Decir que «el universo no es otra cosa más que la encarnación física de las leyes de la inteligencia de Dios», es afirmación inexacta y hasta peligrosa en el terreno de la ortodoxia cristiana; porque la inmutabilidad de las leyes de la inteligencia divina es superior a la que a las leyes del universo creado corresponde. Todavía es más inexacta, o, por mejor decir, explícitamente heterodoxa en el terreno del catolicismo, la afirmación de que el «ser que tiene la necesidad de existir, tiene la necesidad de crear». Afirmación es esta que bastaría para colocar el libro de Lo Absoluto fuera de la esfera católica, si su sentido no se hallara atenuado y retractado en parte por otras frases del autor (3), más en armonía con la doctrina católica. Como suele acontecer en las construcciones sistemáticas a priori, el autor de Lo Absoluto sólo puede realizar, y realiza, su plan o programa apriorístico, a expensas del rigor lógico en las inducciones y deducciones, a condición de transformar en sentido propio el sentido metafórico de la cantidad, y a condición también de fijar de una manera más o menos inexacta y arbitraria la definición real y nominal del ente y de la substancia.

No sucede, en verdad, lo mismo con la doctrina filosófica de Orti y Lara, la cual, como derivación genuina de la de Santo Tomás, participa de la exactitud, precisión y ortodoxia de ideas que caracterizan al Doctor de Aquino. Y como la doctrina de éste, en razón a la poderosa y fecunda virtualidad que la distingue, contiene en germen la solución de la mayor parte de los recientes problemas filosóficos, nuestro autor sabe discutir y resolver estos problemas nuevos, tomando por base y norte la Filosofía de Santo Tomás. Así es que Orti y Lara, no es sólo un filósofo cristiano de los más notables y genuinos, como prueban su Psicología, Lógica y Ética, sus Fundamentos de Religión y su excelente Introducción al estudio del Derecho, sino que es a la vez un hábil polemista y crítico, según lo demuestran sus Lecciones sobre el sistema de Filosofía panteística de Krause, no menos que El racionalismo y la humildad, el opúsculo titulado Krause y sus discípulos convictos de panteísmo, con algunos otros tratados de este género, entre ellos La sofistería democrática, cuyo objeto es examinar y criticar las lecciones de Castelar sobre la civilización durante los cinco primeros siglos del Cristianismo y algunas otras ideas del tribuno demócrata.

En estos últimos años, y con el título de La Ciencia y la Divina Revelación, publicó Orti una contundente refutación del vulgar libro de Draper, obra en que, a la sombra de la metafísica elevada de la Filosofía cristiana, se descargan rudos y certeros golpes contra el positivismo absorbente de la época. ¡Lástima grande que el Sr. Orti haya abandonado el campo sereno de la Filosofía y de la ciencia para entrar en el campo revuelto de la política! Los artículos y folletos relacionados con esta última carecen de la serena imparcialidad, de la solidez de procedimientos y de la exactitud de ideas que campean en los anteriores trabajos del Sr. Orti y Lara.

En su libro Examen del materialismo moderno, libro bien hecho, salvas algunas ideas hegelianas, y que contiene una excelente refutación de las teorías positivistas y materialistas, Fabié merece contarse entre los representantes de la Filosofía cristiana. En las Disertaciones jurídicas sobre el desarrollo histórico del Derecho, recientemente publicadas, el Sr. Fabié expone con acierto y defiende con solidez las teorías de nuestros teólogos y filósofos escolásticos acerca del Derecho.

Pero entre los partidarios más ilustres y genuinos de la Filosofía de Santo Tomás, merece figurar, al lado de Orti y Lara, D. Alejandro Pidal y Mon. a pesar de sus pocos años, ha contribuido eficazmente a consolidar y propagar la Filosofía cristiano-tomista, no solamente con su entusiasmo sincero por la doctrina del Ángel de las Escuelas, sino también con la publicación de algunos buenos artículos crítico-filosóficos, y, sobre todo, con su hermoso libro sobre Santo Tomás de Aquino, libro recomendable como pocos por su estilo grandilocuente, acaso con algún exceso, por el resumen y crítica de la doctrina de Santo Tomás que contiene, por su profundo sentido cristiano y por su vasta y escogida erudición. Es de esperar y desear que no sea éste el único libro con que su autor influya en el renacimiento y propaganda de las doctrinas filosóficas de Santo Tomás.

Corresponde igualmente lugar distinguido entre los restauradores de la Filosofía cristiana al hoy Cardenal Arzobispo de Valencia, Sr. Monescillo. Este sabio y erudito adicionador del Diccionario teológico de Bergier, tradujo al castellano, enriqueciéndola con oportunas adiciones, la Historia de la Filosofía de Bouvier, y bien puede decirse que todos sus escritos están calcados sobre la doctrina de Santo Tomás, bastando citar como ejemplo los artículos publicados en La España Católica, en los cuales, marchando en pos del Doctor Angélico, expone y desenvuelve con solidez y copia de ciencia las relaciones que deben existir entre la Iglesia y el Estado, a la vez que las condiciones internas y externas de la sociedad cristiana.

§ 95 - OTROS REPRESENTANTES DEL MOVIMIENTO FILOSÓFICO CRISTIANO EN LA ESPAÑA CONTEMPORÁNEA

El libro de Draper Conflictos entre la Ciencia y la Religión, libro tan desprovisto de mérito científico como vulgarizado en nuestra patria, gracias al medio ambiente, formado y representado por los hombres de pasiones anticristianas y de superficiales lecturas, dio ocasión a que vieran la luz pública algunas obras serias, inspiradas e informadas por la Filosofía cristiana. El P. Tomás Cámara, Agustino, y hoy Obispo de Salamanca, fue de los primeros que con lógica nerviosa y escogida erudición puso de relieve lo que hay de falso, de contradictorio y de insustancial en el libro de Draper. Las Conferencias del mismo, predicadas en San Ginés de Madrid, son también un trabajo de Filosofía cristiana.

La Demostración de la armonía entre la religión católica y la ciencia, del presbítero catalán D. Antonio Comellas; Los supuestos convictos entre la Religión y la ciencia, o la obra de Draper ante el tribunal del sentido común, de la razón y de la historia, del Sr. Rubio y Ors, profesor de los más insignes de la universidad de Barcelona; la Armonía entre la ciencia y la fe, escrita por el P. Miguel Mir, jesuita, lo mismo que La Ciencia y la divina Revelación, del Sr. Orti y Lara, y de que ya queda hecho mérito, son obras que honran a sus autores y que constituyen una de las mejores manifestaciones de la Filosofía cristiana en España. Como representante más directo y completo de esta Filosofía, debe citarse el P. Mendive, de la Compañía de Jesús, y autor de un curso completo de Filosofía, escrito en castellano.

Al lado de los citados escritores, merece figurar en primer término el profesor de la universidad de Zaragoza, D. Antonio H. Fajarnés, que ha comenzado una obra rotulada Estudios críticos sobre la Filosofía positivista. A juzgar por el primer volumen, único que ha llegado a nuestras manos, y en que se trata y discute la psicología celular, la obra del Sr. Fajarnés está destinada a llenar un gran vacío en nuestra patria, cual es una refutación seria, completa y verdaderamente científica del positivismo materialista, sistema que, como es sabido, invade hoy todas las esferas de la vida. La exposición y refutación de las teorías de Häckel y sus adeptos en orden a la psicología celular, nada dejan que desear, y si los volúmenes sucesivos corresponden al primero, como es de suponer, los Estudios Críticos sobre la Filosofía positivista de Fajarnés merecerán ocupar lugar preferente en la historia de la Filosofía cristiana de nuestra patria, siendo de esperar y desear que sea leída por muchos.

El malogrado Severo Catalina mereció bien de la Filosofía cristiana con la publicación de La verdad del progreso, libro que contiene reflexiones atinadas acerca de la naturaleza del movimiento científico contemporáneo y acerca de las condiciones del verdadero progreso filosófico.

El jesuíta P. Cuevas, el agustino P. Álvarez y el catedrático de Zaragoza Pou y Ordinas, contribuyeron también a la restauración de la Filosofía cristiana; los dos primeros con sus obras elementales escritas en latín, y el segundo con sus Prolegómenos al estudio del Derecho, libro bien hecho, y calcado sobre las ideas de Santo Tomás.

Moreno Nieto, hombre de grande erudición filosófica y no menor facilidad de palabra, defendió en ocasiones, con entusiasmo y copia de doctrina, la causa del catolicismo y de la Filosofía cristiana; pero no es raro encontrar en sus polémicas y escritos ideas y tendencias que se aproximan más al racionalismo que al catolicismo, siendo también muy frecuentes sus excursiones por el campo doctrinario. Aparte de esta falla de fijeza de ideas y de un sistema doctrinal, Moreno Nieto, en su afición a discutir por líneas generales, suele perder de vista la precisión de la palabra y la exactitud de la idea. Su muerte prematura e inesperada fue y es justamente sentida por cuantos tuvieron ocasión de conocer y apreciar la nobleza y bellos sentimientos de su corazón de oro.

No sucede lo mismo con Cánovas del Castillo, cuyos escritos y peroraciones se distinguen por la precisión del lenguaje y la exactitud de las ideas. En medio y a pesar de sus graves preocupaciones políticas, este distinguido hombre de Estado ha contribuido no poco a extender y consolidar el movimiento filosófico-cristiano, no ya sólo por medio de sus estudios y trabajos históricos, sino principalmente por razón de algunos de sus discursos pronunciados en el Ateneo, los cuales reflejan el talento profundo y la ciencia seria y comprensiva de su autor, a quien ni las tareas políticas ni los trabajos literarios de variada índole, y, entre ellos, el muy notable referente al Solitario, libro que contiene reflexiones histórico-políticas de grande alcance, impiden estar al corriente del movimiento intelectual del mundo filosófico.

En la primera edición de esta Historia decíamos que al movimiento filosófico-cristiano en nuestra patria contribuyó «Menéndez y Pelayo con su libro sobre La Ciencia española, libro que consideramos como el prólogo y punto de partida para obras más importantes, destinadas a ejercer influencia decisiva sobre la literatura patria y sobre la Filosofía católica». Nuestra predicción ha sido plenamente confirmada en estos últimos años, como lo demuestra la Historia de los heterodoxos españoles, libro que pertenece a la clase de aquellos que constituyen el fondo permanente de la historia literaria de un pueblo. En este libro, lo mismo que en el estudio crítico de Gómez Pereira, publicado en la Revista de España, no es difícil reconocer que su competencia en cuestión de Filosofía cristiana no es inferior a la que tan merecida fama le ha conquistado en el terreno histórico, crítico y literario. Vislúmbrase en Menéndez y Pelayo cierta tendencia, natural y patriótica sin duda, a sobreponer la Filosofía de Vives, Pereira y otros españoles a la escolástico-tomista; pero, excepción hecha de algunas inexactitudes en orden a ésta, que puso de manifiesto el dominico P. Fonseca, es preciso reconocer que el autor de los Heterodoxos españoles conoce a fondo y juzga con exacto criterio los diferentes sistemas filosóficos que aparecen en el campo de la historia en lo antiguo como en los tiempos modernos.

A juzgar por los volúmenes publicados, su Historia de las ideas estéticas en España no desdice de los Heterodoxos españoles, y nos merece el mismo juicio crítico que esta última. Extraordinaria y escogida es la erudición; acertado y crítico el juicio; exacta y completa la exposición de ideas y teorías que se observan en la excelente obra citada. En ella, sin embargo, como en toda obra humana y como en los Heterodoxos, no faltan algunos puntos discutibles.

§ 96 - CONTINUACIÓN

D. Manuel Polo y Peyrolón, autor de varias novelas cristianas, de algunos libros elementales de Filosofía, e impugnador inteligente del darwinismo, merece figurar entre los representantes más genuinos de la Filosofía cristiana. No lo son, o fueron tanto, Mora, que escribió de lógica y ética según la escuela de Edimburgo; el catalán Martín de Eixalá, autor de unos Elementos de Filosofía, en los cuales predominan los principios y teorías de la escuela escocesa, bien que sin abandonar el terreno católico, ni él ni sus discípulos, entre los cuales descolló Llorens, profesor de metafísica en la universidad de Barcelona.

No sería justo pasar aquí en silencio el nombre de Alonso Martínez, el cual, si en sus Discursos leídos en la Academia de Ciencias Morales y Políticas expone y critica con acierto el sistema krausista y las teorías positivistas en sus relaciones con la religión y la moral, en sus Estudios sobre Filosofía del Derecho, obra de más fuste y más relacionada con la Filosofía, revela conocer a fondo los sistemas y teorías más notables de los tiempos antiguos y modernos acerca de las relaciones entre la Filosofía y el Derecho, refutando generalmente con sólida argumentación las teorías anticatólicas en la materia.

Algunos de estos trabajos fueron publicados en la Defensa de la sociedad, cuyo director, Perier, figura con justicia entre los constantes defensores del catolicismo y de la ciencia cristiana, sin contar la parte que le corresponde como director de la revista citada, en la cual se han publicado algunos artículos filosóficos de no escaso mérito. Entre ellos figuran en primera línea la refutación del materialismo de Büchner y el examen del krausismo, trabajos debidos a la pluma muy competente del malogrado Caminero, y que colocan a su autor entre los representantes más genuinos y más notables de la Filosofía cristiana, siquiera manifieste ciertas aficiones y tendencias tradicionalistas.

Tratándose de movimiento filosófico-cristiano, no debe omitirse el nombre de Letamendi, escritor de sólida ciencia, y cuyos trabajos se distinguen por rasgos originales, por observaciones crítico-filosóficas muy atinadas, y por puntos de vista amplios y comprensivos, sin salir de la corriente cristiana. El Pro y el Contra de la vida moderna y su reciente discurso sobre el valor de los estudios anatómicos, bastarían, a falta de otras pruebas, para convencerse de la exactitud de nuestro juicio. Hemos oído, sin embargo, que en estos últimos años algunas de sus ideas no son tan católicas como antes.

Tampoco debe omitirse el nombre de Barrantes, el cual, aparte de sus producciones históricas y literarias, escritas bajo el criterio cristiano, rebatió con energía y acierto las ideas krausistas y sus formas literarias en su discurso de recepción en la Academia Española. En la contestación a este discurso, y en el prólogo a las obras de Jovellanos, Nocedal revela la grande estima y el valor que concede a la Filosofía católica.

Martín Mateos y Salvador Mestres militan también en el campo de la Filosofía cristiana, siquiera sus doctrinas y tendencias sean menos tomistas y más eclécticas que las de Orti y Lara y Pidal. El Espiritualismo del primero contiene una concepción en que dominan el cartesianismo y la escuela escocesa, transformados y modificados bajo las inspiraciones de Bordas-Dumoulin y Huet. La obra principal del segundo, o sea su Ontología o metafísica pura, universal y general, y Cosmoteología o tratado del mundo en general y de su causa, lo mismo que sus Lecciones de psicología, lógica y ética, dejan entrever la influencia y las inspiraciones de Galluppi y Rosmini. En sentido menos directo, o sea desde el punto de vista crítico-bibliográfico, han contribuido a fomentar y propagar el movimiento filosófico-cristiano Roca y Cornet, con su Ensayo critico sobre las lecturas de la época en la parte filosófica y social; Laverde, con sus Ensayos críticos sobre Filosofía, literatura e instrucción pública españolas; el P. Yáñez del Castillo, con sus Controversias críticas contra los racionalistas; el doctoral de Valencia Perujo, con sus obras varias, entre ellas, con su Manual del apologista, con sus Lecciones sobre el Syllabus, y principalmente con el bien pensado y escrito libro rotulado Pluralidad de los mundos habitados. Al mismo orden pertenecen las Analogías de la fe, por Moreno Labrador.

Desde un punto de vista más indirecto, también pueden considerarse como auxiliares y colaboradores del movimiento filosófico-cristiano de nuestros días, La Fuente (D. Vicente), que escribió la Historia eclesiástica de España y la de las Sociedades secretas, sin contar su Disciplina eclesiástica; García Rodrigo, autor de una buena Historia verdadera de la Inquisición; Fernández, que está publicando una Historia universal, escrita bajo las inspiraciones de la idea cristiana, como lo están también los excelentes Discursos sobre la Edad Media debidos a la pluma elocuente del malogrado montañés González Riaño. En este sentido indirecto, y desde el punto de vista político, social y religioso, influyeron e influyen en el movimiento filosófico-cristiano, Ceferino Suárez Bravo y Gabino Tejado.

El catolicismo liberal, debido a la pluma del último, está escrito bajo las inspiraciones del más puro catolicismo; pero se resiente alguna vez de falta de precisión en los conceptos. Villoslada, escritor serio y de escogida erudición, y Aguilar (D. Francisco de Asís), autor de un buen compendio de historia eclesiástica y de varios opúsculos de polémica cristiana, pertenecen también a esta clase de representantes del movimiento filosófico-cristiano en nuestra patria. Por sus escritos sobre derecho canónico y en defensa de la Santa Sede, merece figurar al lado de los anteriores el nombre de Carramolino, autor de unos Elementos de Derecho canónico, y el presbítero Mateos Gago, ilustrado polemista católico y autor de varios trabajos crítico-filosóficos e históricos de verdadero mérito, en cuyo orden de conocimientos, y principalmente en los que se refieren a literatura arábigo-hispana, se distingue también Simonet.

No deben omitirse aquí los nombres de a) D. Pedro J. Pidal, por el criterio, generalmente cristiano, que domina en su Historia de las alteraciones de Aragón, criterio no muy generalizado entre los escritores y políticos de su tiempo; b) P. Francisco Rivas, cuya Historia eclesiástica, bien escrita, sirve hoy de texto en varios Seminarios; c) D. Eduardo Hinojosa, por su libro sobre la Historia del derecho romano; d) D. Francisco Silvela, quien, al publicar la correspondencia que medió entre la V. Ágreda y Felipe IV, emite sagaces y atinadas reflexiones sobre el reinado de este último.

La ciudad de Dios y después La ciencia cristiana, revistas dirigidas por Orti y Lara; La Ilustración católica, dirigida al principio por Caminero; La Cruz, dirigida por Carbonero y Sol, y La Civilización, por D. José Carulla, vienen cooperando en mayor o menor escala al movimiento que nos ocupa, como sucede también con el fecundo y erudito D. Miguel Sánchez, autor de varias obras, entre ellas de un Cursus Theologiae dogmaticae, de algunos folletos de polémica político-religiosa, y de algunos escritos contra el espiritismo, la vida de Jesús por Renán y otras cuestiones de actualidad.

Entre los directores de Revistas científico-cristianas, merece especial mención D. José Salamero, que lo es de La Lectura Católica, en la que aparecen con frecuencia excelentes artículos científicos, ora originales, ora tomados de publicaciones extranjeras. De desear es también que este sacerdote, tan ilustrado y celoso como modesto, pueda terminar las dos obras que, con el título de Dios sobre todo o la Razón eterna sobre el Racionalismo moderno la una, y la otra con el de Exégesis de los Libros Santos, comenzó a publicar con aplauso de los doctos.

El presbítero catalán Almela merece aquí especial mención por su libro Cosmogonía y geología, como la merece también Creus y Corominas, por sus conferencias sobre La Arqueología y la Biblia. La bien escrita Historia Natural del P. Martínez Vigil, hoy obispo de Oviedo, y el libro del catalán Donadiu rotulado Ampliación de la Psicología y nociones de Ontología, Cosmología y Teodicea, son obras que demuestran prácticamente que las ciencias físicas y naturales pueden moverse libremente dentro del campo de la Filosofía cristiana.

Al terminar la exposición del movimiento filosófico cristiano realizado en los tiempos modernos, debemos consignar otra vez más que a él contribuyó y contribuye poderosamente el sabio y santo Pontífice que hoy rige los destinos de la Iglesia. A contar desde el momento en que el Soberano Pontífice León XIII lanzó en medio de la Europa su admirable Encíclica Aeterni Patris, monumento imperecedero de su profunda sabiduría y alta previsión, la Filosofía cristiana, y con especialidad la del Doctor Angélico, adquirió extraordinaria fuerza de propaganda, y vive en los centros de enseñanza, y palpita en las asociaciones religiosas, y se revela por todas partes, informando, vivificando y cristianizando, si es lícito decirlo así, las producciones científicas y literarias del mundo católico. Desde este punto de vista, bien puede afirmarse que León XIII ha influido en el movimiento y desarrollo de la Filosofía cristiana en nuestros días más que ninguno de los escritores contemporáneos. El autor augusto de la Encíclica Aeterni Patris facilitó también las aspiraciones de ésta y el logro de sus propósitos, al declarar a Santo Tomás de Aquino Patrono de las Escuelas católicas.

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(1) Conviene no olvidar que en 1847 se dieron a la estampa once cartas inéditas de nuestro escritor, en las cuales trata de materias tan trascendentales como la instrucción pública, la libertad de imprenta, el juicio por jurados, la constitución tradicional de España, etc., etc.

(2) Sabido es que, según Bonald, el hombre es una inteligencia servida por órganos. Valdegamas, después de citar esta definición, añade: «El error de Bonald no está en los elementos que tomó de San Agustín; está en haber pensado que estos elementos bastaban para componer la definición apetecida. Esta definición es, por un lado equivoca, y por otro incompleta. Es equivoca, porque por ella se da a entender (lo que es falso) que entre el cuerpo y el alma no hay otro vínculo de unión sino el del servicio, siendo así que, según el dogma católico, el hombre no es otra cosa sino el alma y el cuerpo juntos en uno. El dogma de la Resurrección descansa cabalmente en esa perfectísima unidad, que supone una responsabilidad común en los dos elementos constitutivos del hombre.» Obras de D. Juan Donoso Cortés, tomo III, pág. 411.

(3) Entre otros, puede citarse el siguiente pasaje: «¿Podrá el mundo no existir o existir de otra manera? Sí, porque su existencia es contingente, porque depende de la voluntad de Dios, y como si Dios quiere no hay imposibilidad absoluta de que pueda aniquilarlo, de aquí se infiere que su existencia no es de necesidad absoluta.» Lo Absoluto, pág. 124.

La filosofía cristiana en Francia                                                                                                   Conclusión

 

 

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