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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA                                             

ZEFERINO GONZÁLEZ (1831-1894)                                                        

Tomo I - Tomo II - Tomo III - Tomo IV                                                       

 

 

Historia de la Filosofía - Tomo IV - La filosofía novísima (siglo XIX)

§ 46 - EL MATERIALISMO

En más de una ocasión hemos indicado que el materialismo contemporáneo se halla íntimamente enlazado con el positivismo de que acabamos de hablar en los dos párrafos que anteceden. Esta fue también la razón principal porque hicimos caso omiso del movimiento materialista en Alemania, a pesar que a ella pertenecen sus más notables partidarios, sin que por eso deje de tenerlos también muy importantes y numerosos en otras naciones.

 

    Porque la verdad es que de todos los puntos del horizonte levántase hoy, y crece, y se desarrolla, y se afirma un movimiento materialista, que amenaza apoderarse por completo de la sociedad en todas sus partes y elementos. Universidades y ateneos, libros y periódicos, escuelas y parlamentos, ciencias y artes, todo se halla minado, saturado y corroído por las ideas materialistas que invaden todas las esferas de la vida, y penetran, y se infiltran, y marchan en silencio a la conquista del mundo por medio de la conquista paulatina y latente de todas las capas sociales.

Y en verdad que a primera visto apenas se concibe la razón suficiente de esa fuerza avasalladora del materialismo de nuestros días. Porque, después de todo, y si se prescinde de sus relaciones con el darwinismo y del aparato científico que éste le presta, el materialismo de hoy no se distingue del materialismo vulgar de Lametrie, Cabanis y Broussais. Que si nuestros materialistas dicen que el alma humana no es más que un producto o aspecto de la organización de la materia, y el pensamiento una secreción del cerebro, ahí está Broussais, que en su libro De l'irritation et de la folie, había enseñado idéntica doctrina; ahí está también Cabanis afirmando explícitamente «que no hay alma y que el entendimiento no es más que un efecto del cerebro», añadiendo que éste hace orgánicamente la secreción del pensamiento.

Muchas y muy complejas son las causas que contribuyeron y contribuyen al desarrollo sorprendente y universal que presenta el movimiento materialista; pero hay dos que figuran entre las más poderosas y eficaces. La primera y principal es el principio de secularización religiosa adoptado y practicado por reyes y gobiernos, bajo la forma regalista antes, y bajo la forma liberal después; porque desde el momento que la sociedad deja de recibir la influencia perenne, viva, divina y eficaz de la Iglesia de Dios; desde el momento que rechaza el reinado social de Jesucristo, colocándose fuera de la corriente esencialmente espiritualista y divina de la Iglesia católica, esa sociedad, arrastrada fatalmente por el elemento naturalista, desciende, y desciende hasta el fondo del materialismo. La segunda causa principal del movimiento absorbente e impetuoso del materialismo contemporáneo es la estrecha alianza establecida entre éste último y el radicalismo político: porque el ardor febril de propaganda que caracteriza a los partidos políticos, y con especialidad a los más radicales, refluye, se comunica y se deja sentir en las ideas profesadas por la generalidad de sus adeptos, en armonía con sus aspiraciones y costumbres, a la vez que éstas preparan el camino y facilitan el triunfo de los partidos revolucionarios. De aquí la solidaridad que por lo común se observa entre el radicalismo político y el radicalismo religioso y anticristiano, entre la idea revolucionaria y la idea ateo-materialista, considerada en el orden práctico, ya que no siempre sucede en el orden teórico.

Aunque principales e importantes, no son estas las únicas causas que influyen en el origen y desenvolvimiento del materialismo contemporáneo. Indicado queda ya en páginas anteriores que las exageraciones del panteísmo idealista, que las construcciones a priori de Fichte, Schelling y Hegel, debían precipitar los espíritus en el positivismo materialista por espontánea y natural reacción. Schopenhauer, afirmando que el pensamiento es una función orgánica que depende del cerebro, como la digestión del estómago, y negando a la vez la libertad y la inmortalidad personal, preparaba el camino a las ideas y concepciones del materialismo. Ni son cosas extrañas al crecimiento y desarrollo de este sistema la facilidad relativa de los goces, el sensualismo y afeminación de las costumbres públicas y privadas, los progresos y descubrimientos realizados en las ciencias físicas y naturales, los cuales sirven de pretexto a deducciones y aplicaciones en que tiene más parte la preocupación antirreligiosa que las reglas de la lógica; la esterilidad relativa del espiritualismo ecléctico y racionalista, que pretende establecer un equilibrio o conciliación imposible entre el materialismo y el espiritualismo cristiano, y, finalmente, el movimiento darwinista, auxiliar poderoso del materialismo, con el cual presenta relaciones íntimas de afinidad, por no decir de identidad real y perfecta.

Excusado parece advertir que lo dicho aquí se entiende de las causas indirectas, externas y ocasionales del movimiento materialista, pues por lo que hace a su causa directa, principal y genética, por decirlo así, ésta debe buscarse en el positivismo, o sea en la Filosofía positiva de Comte, antecedente lógico y premisa natural de la concepción filosófico-materialista.

§ 47 - FILOSOFÍA MATERIALISTA

La Filosofía del materialismo, si es que tal nombre merece la doctrina profesada por sus partidarios, se resume en la tesis siguiente: Todo cuanto existe es materia o movimiento de la materia.

En conformidad con esta tesis fundamental, y como desarrollo y aplicaciones de la misma, el materialismo dice:

La materia es infinita en su magnitud y eterna en cuanto a su duración. El movimiento es también eterno en su duración a parte ante y a parte post. Tanto la materia como el movimiento, que es su propiedad esencial, existen por sí mismos y por necesidad absoluta, siendo, por lo mismo, incapaces de aniquilación o absolutamente indestructibles.

El movimiento se verifica con sujeción a leyes universales y necesarias, las cuales son inmanentes en la materia, como lo es la misma fuerza. Las transformaciones y evoluciones sucesivas que se realizan en la materia por medio de la fuerza, constituyen el universo con todas las clases y variedades de seres y substancias que integran el cosmos. La variedad infinita de seres y fuerzas que aparecen y desaparecen en la naturaleza, no son más que combinaciones diferentes de los átomos y transformaciones de la materia y de la fuerza. El movimiento que en el mundo sideral e inorgánico se manifiesta como atracción, como fuerza de cohesión, es el mismo que se manifiesta en el hombre como inteligencia y como voluntad. El pensamiento es, pues, una propiedad de la masa cerebral, una secreción del cerebro, y entre ésta y el pensamiento hay la misma relación que entre la bilis y el hígado.

El alma, tanto la de los brutos como la del hombre, no es más que la fuerza inherente y esencial originariamente a la materia, la cual, en virtud de la organización, en virtud de una combinación especial de átomos determinados, se manifiesta como vida, como sensación y como pensamiento. De aquí es que cuando se destruye o descompone esta combinación determinada, deja de existir el alma, es decir, desaparecen las funciones vitales, porque la actividad vital entra de nuevo en el fondo de la naturaleza para transformarse, dando origen a nuevos seres y nuevas manifestaciones de la fuerza.

 

    Lo que se llama, pues, espiritualidad e inmortalidad del alma humana, es una quimera de la imaginación. Entre el hombre y los brutos no existe diferencia alguna esencial, y sí únicamente diferencia accidental, la cual radica en su organización más perfecta. Hablar de vida futura, hablar de premios y castigos después de la muerte, es engañar miserablemente, porque nada hay inmortal en el universo más que la materia y el movimiento.

Lo que se llama libre albedrío es una pura ilusión, porque las acciones de la voluntad, como todas las demás del hombre, de los animales y de todos los seres, están sometidas a las leyes necesarias e inmutables que rigen la naturaleza. Las condiciones internas y externas son las que determinan inevitablemente las acciones que vulgarmente se consideran como libres, pero que, en realidad, son tan fatales y necesarias como las de las plantas y animales. Y como quiera que la libertad es condición precisa de la moralidad, síguese de aquí que la virtud y el vicio son nombres que carecen de sentido y vanas preocupaciones del individuo y de la sociedad.

En resumen: el hombre es un mero organismo, y lo que se llama su inteligencia no es más que la resultante de los fenómenos orgánicos que en el hombre se realizan: sensación, memoria, abstracción, juicio, raciocinio, voluntad, son fenómenos orgánicos que proceden de una propiedad común a todos los cuerpos vivos, o sea de la sensibilidad, la cual se identifica con la conciencia. Esta sensibilidad, de la cual proceden todos los demás fenómenos orgánicos, o lo que el vulgo llama facultades y fuerzas del alma, no es más que la suma o colección de innumerables movimientos celulares que acompañan o siguen al trabajo del organismo y que fibras especiales transmiten al encéfalo.

El origen de la sociedad, lo mismo que los deberes y derechos de los asociados, proceden de un mero contrato entre éstos. Este contrato es también el que da origen, forma y ser a lo que se llama moralidad, e inmoralidad, bien y mal, virtud y vicio.

Vana es y quimérica la noción de un ser-espíritu, y más vana y quimérica todavía la idea de Dios como ser absoluto y perfectísimo, como realidad trascendente y causa primera. La ciencia no debe ocuparse de semejante ser absoluto, o sea de Dios, no por ser un objeto fuera de la esfera de la ciencia, según dice el positivismo, sino y precisamente porque no existe ni es posible semejante absoluto. La idea de Dios no tiene más fundamento que el vano temor y la ignorancia de las causas de los fenómenos de la Naturaleza.

Tal es, en resumen, la doctrina enseñada y popularizada por Büchner, el heraldo más ruidoso del materialismo contemporáneo, en su Fuerza y Materia, en su Naturaleza y Espíritu, en su tratado sobre El hombre según la ciencia.

Al lado y en pos de Büchner marchan por la senda materialista, con mayor o menor decisión y franqueza, muchos naturalistas, sin contar los que son arrastrados hacia la corriente materialista, no tanto por sus Ideas científicas, cuanto por sus preocupaciones anticristianas, y sin contar tampoco los que entran en el terreno del materialismo por la puerta del darwinismo.

Pertenecen al primer grupo, o sea a los partidarios científicos del materialismo, además de los restos de la izquierda hegeliana, Vogt, Littré, Lefèvre, Broca, Moleschott, Herzen, Mantegazza, Virchow, Tyndall, Huxley, Jacquot, Burmeister, Bois-Reymond, Dühring, Ueberweg, Haeckel, con tantos y tantos otros menos flotables, pero que trabajan de consuno, aunque por diferentes caminos, en afirmar y promover el movimiento materialista. Entre los partidarios más avanzados de éste, merece figurar también Conta, profesor de la universidad de Jassy, que acaba de publicar una Teoría del fatalismo, obra escrita con criterio esencialmente materialista, y cuyas conclusiones coinciden con las de Büchner.

No son menos radicales y avanzadas en esto terreno las ideas de Löwenthal, cuyo Sistema e historia del naturalismo es una declaración de guerra contra Dios y una negación absoluta de todo ser espiritual y suprasensible.

Es justo advertir aquí que el materialismo, en algunos de los autores citados, va acompañado de ciertas reservas y atenuaciones, que no permiten confundir e identificar enteramente sus doctrinas con las del materialismo más explícito y radical. Du Bois-Reymond, por ejemplo, reconoce y confiesa que «ninguna combinación ni movimiento alguno de las partes materiales puede servir de puente para pasar al dominio de la inteligencia».

Dühring se separa también alguna vez del materialismo rígido acerca de puntos más o menos secundarios; pero esto no impide que el fondo de su doctrina sea esencialmente materialista, bastando para convencerse de ello recordar que, según Dühring, «la realidad toda entera es esencialmente un mecanismo, y que la fuerza, considerada en todas sus manifestaciones mecánicas, sensitivas e intelectuales, no es más que un estado de la materia (ein Zustand der Materie), sujeto y principio general de toda realidad». Dühring, que se complace en apellidar a su doctrina la Filosofía de la realidad (Wirklichkeitsphilosophie), podría apellidarla con igual propiedad la Filosofía de la materia, toda vez que para él materia y realidad son una misma cosa.

Su Curso de Filosofía o Exposición rigurosamente científica de los principios que deben servir para la explicación del mundo y para la dirección de la voluntad, es acaso la más notable, completa y científica que se ha escrito en nuestros días, desde el punto de vista materialista. En ella no se trata sólo de establecer y enseñar con toda crudeza la tesis materialista en el terreno metafísico, cosmológico y psicológico, sino de desenvolver y aplicar las consecuencias lógicas de la misma tesis a las ciencias morales, sociales y políticas. En esta parte, Dühring tiene el mérito de la lógica, y, sobre todo, el mérito de la franqueza y claridad; pues si enseña el determinismo absoluto, y si niega la libertad humana, y si condena todo culto religioso, y si acepta y recomienda el socialismo comunista con todas sus consecuencias, la verdad es que todas estas doctrinas y otras análogas del filósofo alemán, no son más que derivaciones y aplicaciones lógicas de la tesis central del materialismo. Así es que puede decirse que las escasas reservas que Dühring hiciera en un principio, han desaparecido paulatinamente para dar entrada al materialismo rígido.

El citado Conta, aunque en su Teoría fatalista entra de lleno en el terreno materialista, en algunas otras obras, y especialmente en su Filosofía materialista, sin dejar de ser materialista en el fondo, se expresa con cierta reserva sobre algunos puntos concretos.

Aunque Gzolbe dice que Ueberweg era formalmente ateo y materialista en los últimos días de su vida, hay motivo para sospechar que su materialismo no era idéntico al de Büchner y Vogt. Por de pronto, Ueberweg no rechaza la hipótesis de un alma del mundo, y en la cuestión religiosa hacía también algunas reservas, según afirma se amigo Lange.

Del materialismo de Haeckel nada decimos aquí, porque habremos de dedicar a su doctrina un párrafo especial, a causa de su importancia científica en la esfera del movimiento darwinista.

Los profesores italianos Mantegazza y Herzen mantienen también algunas reservas, o al menos no descienden a las aplicaciones y fórmulas descarnadas y absolutas de los Büchner y Vogt, sin que por eso dejen de pertenecer a la escuela materialista por sus teorías y conclusiones, especialmente en el terreno antropológico. Para uno y otro, el pensamiento no es más que una forma o fase del movimiento físico, sin que sea posible admitir diferencia real entre lo que se llama y es movimiento extenso, y lo que se llama movimiento psíquico o mental. Si Herzen añade, por su parte, que el pensamiento es un efecto o producto de la función orgánica del cerebro, Mantegazza resume y generaliza su teoría psicológica en los siguientes términos: «Nuestros pensamientos y nuestras afecciones, nuestros libros y nuestras estatuas, nuestras artes y nuestras revoluciones, no son más que transformaciones del calor solar».

Antes de poner término a estas indicaciones sobre el materialismo contemporáneo y sus representantes, bueno será advertir que no faltan filósofos, principalmente en la Alemania, que ocupan una especie de posición intermedia e indecisa entre el materialismo y el espiritualismo idealista, y cuyo espíritu parece flotar como atraído alternativamente por la tesis materialista y por la tesis idealista. Así, por ejemplo, Flügel no se atreve a decir si el alma es simple o extensa; Zœllner, en medio y a pesar de sus tendencias y aficiones metafísicas, propende a considerar la sensibilidad como una propiedad general de la materia, y Lange, después de colocarse en el terreno del neokantismo, después de preconizar y defender en ocasiones el valor y la importancia de la metafísica y de la especulación racional, entra de lleno en el terreno del positivismo y se acerca al materialismo, buscando en el empirismo el origen y explicación de los fenómenos intelectuales y morales, afirmando la incognoscibilidad del Absoluto o de Dios, en sentido muy análogo al de Herbert Spencer, y proclamando, finalmente, la posibilidad de que el mundo, con todos sus seres y fenómenos, sea explicado por medio del universal mecanismo.

El mismo Virchow arriba citado, después de afirmar en su discurso sobre la Concepción mecánica de la vida, —epígrafe que constituye ya un programa materialista,— que la actividad de la célula que constituye la vida no se diferencia de las actividades físico-químicas, decía en una conferencia posterior, que «nada hay semejante a la vida, más que la misma vida», y que la naturaleza orgánica es una cosa particular, una cosa muy diferente de la naturaleza inorgánica. Esta posee su actividad propia, pero esta actividad no es la vida, si no es en sentido figurado: Mais cette activité n'est pas la vie, si ce n'est au figuré.

Por lo demás, la contradicción consigo mismo parece ser una ley para el filósofo alemán, quien, en su discurso rotulado Átomo e individuo, afirma la inmutabilidad de las especies, después de haber aceptado su transformación o mutabilidad en la Concepción mecánica de la vida.

Ahora debemos añadir que si tomamos la palabra materialista en sentido más amplio; si consideramos a este sistema desde un punto de vista general, y denominamos materialismo a toda concepción filosófica que lleva en su seno de una manera explícita o implícita, de una manera más o menos franca, alguna de las tesis fundamentales de la Filosofía materialista, como son, entre otras, la tesis que niega la espiritualidad del alma humana, la que niega su subsistencia personal después de la muerte, la que afirma que los fenómenos psíquicos o mentales y los fenómenos físico-fisiológicos proceden de la misma causa y son dos fases o manifestaciones de una misma substancia material, la que afirma que la materia es eterna, o que el Ser se identifica con el Universo, la que afirma o supone que Dios no es un ser infinito, personal y trascendente; si se trata, repito, de la Filosofía materialista en este sentido, entonces bien puede decirse que el materialismo es casi la única Filosofía que domina en Europa de cincuenta años a esta parte, fuera de la Filosofía cristiana.

Porque en este concepto hay verdadero materialismo en la doctrina de Strauss, y en la doctrina de Feuerbach y Stirner, con los demás representantes de la izquierda hegeliana, y en la doctrina de Schopenhauer, y en la doctrina de Renán y Vacherot, y en el positivismo de Comte, y en el transformismo de Darwin con casi todos sus numerosos partidarios, y hasta en el psicologismo, ora psicofísico, ora fisiológico, ora asociacionista, dominante en Alemania e Inglaterra, sin contar la concepción pesimista de Hartmann, la cual, no sólo coincide en el fondo con la tesis materialista, sino que entraña un verdadero nihilismo, que puede servir de bandera a las sectas socialistas que llevan este nombre.

Si a esto se añaden las teorías morales y las ideas o sistemas político-sociales que están en relación y armonía con esas concepciones filosóficas más o menos explícitamente materialistas, se verá que con sobrada razón hemos dicho arriba que «de todos los puntos del horizonte se levanta, y crece, y se desarrolla, y se afirma un movimiento materialista que amenaza apoderarse por completo de la sociedad en todas sus partes y elementos».

El positivismo en Inglaterra. Stuart Mill                                                                      La escuela humanitaria

 

 

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